lunes, 15 de febrero de 2010
La Santa Cuaresma
II. Miércoles de Ceniza
III. Mensaje se S.S. Benedicto XVI para la Santa Cuaresma 2010 (link externo)
1.- Volver a entradas por órden cronológico
lunes, 30 de marzo de 2009
El Tiempo de Cuaresma IV
Una de las particularidades más características de la liturgia cuaresmal antigua era la Misa "estacional ". Tenía lugar todos los días, al atardecer, después de la Hora de Nona. Durante todo el día, el pueblo y el clero dedicábanse a sus ocupaciones habituales, pero cuando el cuadrante solar del Forum marcaba la hora de Nona, los fieles de toda la ciudad de Roma se dirigían a la porfía hacia la iglesia estacional, a la que a menudo el mismo Papa acudía para ofrecer el Santo Sacrificio. Ordinariamente, la "colecta" o reunión efectuábase en una de las basílicas vecinas, donde esperaban la llegada del Sumo Pontífice y de su séquito. Una vez éstos en la basílica, revestíase el Papa de sus ornamentos y subía al altar para rezar la "colecta" u oración de toda la asamblea, terminada la cual iban todos en procesión a la Iglesia "estacional", al son de las Letanías y precedidos por la Cruz procesional. Allí el Papa celebraba ]a Misa del día, en la que todos los asistentes ofrecían y comulgaban. Era ya la puesta de sol, cuando el pueblo volvía a sus casas, satisfecho de haber ofrecido a Dios el sacrificio vespertino, como coronamiento de una jornada laboriosa, santificada por la oración, por la penitencia y por el trabajo(2).
Esta Misa "estacional" era la única que antiguamente había en cada población: por eso la celebraba el Pontífice con asistencia del clero y del pueblo. Como los de Cuaresma eran todos días de ayuno riguroso, todos esperaban en ayunas la hora de la Misa, para poder comulgar en ella. Después hacían su única comida, y los monjes completaban el Oficio canónico, cantando en sus monasterios las Vísperas. He aquí la razón de cantar Vísperas por la mañana, antes de la comida, todos los días de Cuaresma, excepto los domingos, que no son de ayuno.
Un momento antes de la Comunión, un Subdiácono anunciaba al pueblo el lugar de la estación del día siguiente en estos términog: "Mañana, la estación será en la iglesia de San N.". Y la Schola respondía: "A Dios gracias". En seguida de la Comunión y de la Oración-colecta, decía el Celebrante la colecta "super pópulum", que entonces reemplazaba a la bendición final. Estas fórmulas de despedida que, antiguamente, estaban en uso en todas les liturgias, aun orientales, y que llevaban a veces consigo la imposición de las manos del Obispo, sólo las ha conservado nuestro Misal en las ferias de Cuaresma, por el carácter solemne y episcopal que éstas tenían(3).
Cuando el Papa no intervenía en la fiesta estacional, un acólito iba, después de la Misa, a su palacio, y le llevaba por devoción un poco de algodón mojado en la lámpara del santuario. Al llegar, le pedía la bendición, la cual recibida, decíale: "Hoy tuvo lugar la "estación" en San N., y te saluda". El Papa le respondía: "Deo gratias", y después de besar respetuosamente el algodón, entregábaselo su cubiculario, quien lo guardaba con cuidado para meterlo, al morir el Papa, en la almohadilla fúnebre(4).
En el actual Misal Romano se indica todavía, al principio de la Misa correspondiente, la basílica o iglesia "estacional", de cada día, lo que muchas veces será útil tener en cuenta para explicarse el uso de ciertos textos y su verdadero significado en aquel día determinado(5).
6. Los Domingos de Cuaresma. -
Descontando el de Pasión y el de Ramos, que habremos de estudiar aparte, son cuatro los domingos de Cuaresma siendo el primero el de más categoría, y el cuarto, de "Laetare" el más popular.
El I Domingo ha tomado entre los Latinos el nombre de "invocabit" de la primera palabra del Intróito de la Misa, y entre los Griegos se le llama la "Fiesta de la Ortodoxia", por señalar el aniversario del restablecimiento de las santas Imágenes, en el siglo IX.
En la Edad Media llamósele el domingo de las "Antorchas", porque los jóvenes, que se habían desenfrenado en los jolgorios de Carnaval, presentábanse ese día en la iglesia con una tea encendida para pedir una penitencia al sacerdote, a fin de reparar sus pasados excesos, de los que eran absueltos el Jueves Santo en la Reconciliación general. También es conocido con el nombre de domingo de la Tentación, por referir el Evangelio de la Misa la triple tentación del Señor en el desierto.
El II Domingo, hasta el siglo IX, fue de los llamados "domingos vacantes", o libres de "estación", a causa de haberlo precedido con las suyas las IV Témporas y estar el público cansado. Después del siglo IX, empero, señalósele ya su estación, como a los demás.
El III Domingo - era el de los "Escrutinios", porque en él, o comenzaba el examen de los Catecúmenos que habían de recibir el Bautismo la Vigilia de Pascua, o bien se les citaba para el Miércoles siguiente.
NOTAS:
(2) Ca.rd.Schuster: ob. cit., vol. III, c. I.
(3) Card. Schuster: ob. cit.
(4) Card. Schuster: ob. cit.
(5) Para ello ninguna guía mejor que el "Liber Sacramentorum" del Card. Schuster.
- http://ar.geocities.com/misa_tridentina/t_cuaresma/cuaresma.html
- http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/03/el-tiempo-de-cuaresma-i.html
- http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/03/el-tiempo-de-cuaresma-ii.html
- http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/03/el-tiempo-de-cuaresma-iii.html
jueves, 19 de marzo de 2009
El tiempo de Cuaresma III
La ley de la abstinencia cuaresmal diríase que hasta a los templos materiales alcanza, pues a ellos también les impone la ley litúrgica sus privaciones, con las que se fomenta la compunción y el recogimiento.
Los templos, en efecto, vénse privados durante los Oficios cuaresmales del alegre aleluya, del himno angélico Gloria in excelsis, de la festiva despedida Ite missa est, de los acordes del órgano, de los floreros, iluminaciones y demás elementos de adorno, y del uso; fuera de las festividades de los Santos, de otros ornamentos que los morados, de cuyo color se cubren también, desde el Domingo de Pasión, los crucifijos y las imágenes. Tal es el aspecto severo del templo, o como si dijéramos, el continente exterior de la liturgia en tiempo de Cuaresma, el que acentúan todavía más los cantos graves y melancó1icos del repertorio gregoriano y el frecuente arrodillarse para los rezos corales.
4. El alma de la liturgia cuaresmal. -
Si, empero, sondeamos el alma de la Liturgia cuaresmal a la luz de los Evangelios, de sus Epístolas, Oraciones, Antífonas y demás textos de su rica literatura, la vemos embargada de los más variados sentimientos de arrepentimiento, de confianza, de ternura, de compasión, de pena, de temor.
El Breviario de Cuaresma, con sus homilías y sermones, con sus himnos, sus capítulos y sus responsorios, a cual más expresivos y piadosos, pone en juego los más delicados recursos de nuestra madre la Iglesia, para conmover los corazones de sus hijos; pero con eso y todo todavía le supera el Misal. Aquí encontramos cuadros indescriptibles: conversiones y absoluciones de pecadores, como la Samaritana, la Magdalena, la adúltera, el Hijo Pródigo, los Ninivitas; multitud de curaciones y milagros del Sa1vador; rasgos generosos de desprendimiento, como el de la viuda de Sarepta; difuntos resucitados y madres y hermanos consolados; a José, víctima de la envidia de sus hermarmanos, y a Jesús, vendido por uno de sus íntimos; amenazas y voces de trueno y vaticinios terroríficos de los antiguos Profetas, para los pecadores obstinados, y, en cambio, palabras dulces y persuasivas del Divino Maestro, llamándolos a penitencia; ríos de lágrimas que cuestan a la Iglesia los cristianos impenitentes, y gozos inenarrables que suscita en el cielo su conversión; quejas de los sacerdotes en vista de la indiferencia de muchos, y tiernos clamores del pueblo fiel pidiendo al Señor perdón y misericordia.
Si penetramos todavía más hondamente en el corazón de la Liturgia cuaresmal, descubrimos además tres grandes preocupaciones que embargan a la Iglesia:
la trama y desarrollo de la Pasión del Señor,
la preparación de los Catecúmenos,
y la Reconciliación de los penitentes públicos.
No hay día ni casi Oficio en que no se manifieste de algún modo esta triple preocupación, y es menester estar de ello advertidos, para interpretar ciertos pasajes y aun ciertos ritos especiales que, aunque muy hermosos, parecerían, sin eso, intempestivos.
miércoles, 18 de marzo de 2009
El Tiempo de Cuaresma II
Lo que Moisés, Elías y Jesucristo practicaron con más rigor en sus respectivas cuaresmas, fue el ayuno y la oración, los que, por lo mismo, sirvieron de base para la Cuaresma cristiana, a la cual agregó la Iglesia la práctica de la limosna y obras de caridad.
La ley del ayuno la observaban los antiguos con sumo rigor. No contentos con cercenar la cantidad del alimento, privábanse totalmente de carnes, huevos, lacticinios, pescado, vino y todo aquello que el uso común considerábalo como un regalo. Hacían sólo una comida diaria, después de la Misa "estacional" y Vísperas, que terminaban al declinar la tarde; y esa única comida solamente consistía en pan, legumbres y agua, y, a veces, una cucharada de miel. Con la particularidad que ninguno se eximía del ayuno, ni aún los jornaleros, ni los ancianos, ni los mismos niños de más de doce años de edad; tan sólo para los enfermos hacíase una excepción, que habían de refrendar el médico y el sacerdote. A estas penitencias añadían otras privaciones, tales como la continencia conyugal, la supresión de las bodas y festines, del ejercicio judicial, de los juegos, recreos públicos, caza, deportes, etc. De este modo se santificaba la Cuaresma no ya solamente en el templo como ahora, sino también en los hogares, y hasta en los tribunales, en los casinos, en los hoteles, en los teatros y en los circos. Es decir, que el espíritu de Cuaresma informaba la vida de toda la sociedad cristiana.
Actualmente la observancia íntegra del ayuno y abstinencia cuaresmal ha quedado confinada a algunas órdenes religiosas, ya que el Derecho común tan sólo manda ayunar con abstinencia el Miércoles de Ceniza y de Témporas y los Viernes y Sábados de Cuaresma, y sin abstinencia, todos los demás días(1).
De hecho, estos mismos ayunos cuaresmales están reducidos en muchos países casi a la nada, merced a los Indultos, Bulas y Privilegios particulares; habiendo llegado a tanto la condescendencia de la Iglesia, en cuanto al modo de observarlos, que en ellos ha permitido leche, huevos, pescado, vino y otros géneros de regalos, además de autorizar una comida fuerte, un desayuno, aunque leve, y una ligera colación.
La oración cuaresmal por excelencia era la Santa Misa, precedida de la procesión estacional.
La limosna practicábase en la iglesia con ocasión de la "colecta" de la Misa y otras particulares que se hacían en favor del clero, viudas, huérfanos y menesterosos, con quienes también ejercitaban a porfía otras obras de caridad.
NOTAS:
(1) "Código de Der. Can..", can. 1252, 2 Y 3.
lunes, 16 de marzo de 2009
El tiempo de Cuaresma I
1. Origen y vicisitudes de la Cuaresma. -
La Cuaresma es hoy un período litúrgico de cuarenta días, destinados a preparar la digna celebración de la Pasión, Muerte y Resurrecci6n de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo mismo, es un tiempo de mayor penitencia y recogimiento, y en que con más ahínco ha de procurarse la compunción del corazón.
Por más que los liturgistas no están aún acordes acerca de la fecha precisa en que se estableció en la Iglesia la Cuaresma, si viviendo todavía los Apóstoles o bastante después, todos sabemos que hay una Cuaresma de origen bíblico; pues en la Biblia constan expresamente las de Moisés, Elías y Jesucristo. ¿La practicarían como observancia eclesiástica los Apóstoles y los primitivos cristianos? San Jerónimo, San León Magno y otros Santos Padres pretenden que sí, y su opinión por cierto es muy probable, aunque no se apoya en ningún documento escrito. Verdad es que San Ireneo, en el siglo II, y la "Didascalia", en el III, hablan de ayunos preparatorios para la Cuaresma pero los ayunos de aquél son nada más que de contados días, y los de ésta de sola la Semana Santa.
El primer documento conocido que menciona la Cuaresma propiamente dicha, es el canon 5 del Concilio ecuménico de Nicea, celebrado en 325. A partir de esta fecha, abundan los testimonios en los escritos y concilios de Oriente, y desde el año 340, también en Occidente.
Pero lo que, ni en Oriente ni en Occidente se descubre claramente en aquellos primeros siglos es el comienzo y término de la Cuaresma. Combinándola de muy distinta manera las diversas iglesias, incluyendo unas, en ella, la Semana Santa, y otras excluyéndola. En una cosa empero, convenían todas: en el número de ayunos, que solía ser, para los fieles, de treinta y seis días. En el siglo V se unificó por fin, la duración; y en el VII, un Papa posterior a San Gregorio Magno, completó los cuatro días de ayuno que faltaban a la Cuaresma, prescribiéndolo como obligatorio desde el Miércoles de Ceniza, que por eso se llamó caput jejunii o "principio del ayuno".
lunes, 9 de marzo de 2009
El Vaticano publica música "santa" para Cuaresma en Internet
De la Capilla Musical "Sixtina" y del Pontificio Instituto de Música Sacra
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 6 marzo 2009 (ZENIT.org).- Con el objetivo de ayudar a personas de todo el mundo a vivir el espíritu de recogimiento propio de la Cuaresma, la Santa Sede ha publicado en Internet composiciones sacras propias de este período litúrgico.
En una sección cuaresmal especial, por una parte es posible escuchar himnos litúrgicos interpretados por la Capilla Musical "Sixtina", el coro más antiguo en este género, que desde hace siglos interpreta todas las partes musicales en las celebraciones litúrgicas del obispo de Roma.
La página ofrece cinco himnos cuaresmales, con la letra y la música, entre los que se encuentran "Me invocará y le escucharé", o "Señor, muéstrame tu rostro".
Monseñor Giuseppe Liberto, director de la Capilla Musical "Sixtina", en una reciente conversación mantenida con Renzo Allegri y publicada por ZENIT, explicaba que esta música no ha sido compuesta "para un concierto o para un espectáculo. Esta música nace para la liturgia". Por eso, explica, él no califica a esta música como "música sacra", sino que prefiere la expresión "música santa" (CF. ZENIT 1 de marzo y 2 de marzo de 2009).
La página web cuaresmal del Vaticano también ofrece pasajes interpretados por el Instituto Pontificia de Música Sacra de Roma, institución académica y científica erigida por la Santa Sede, cuyo preside es monseñor Valentín Miserachs Grau.
Más información en: http://www.vatican.va/liturgical_year/lent/2009/index_lent2009_sp.html
sábado, 28 de febrero de 2009
Homilía de S.S. Benedicto XVI en la Santa Misa del Miércoles de Ceniza
A LA BASÍLICA DE SANTA SABINA EN EL AVENTINO
SANTA MISA, BENDICIÓN E IMPOSICIÓN DE LA CENIZA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Basílica de Santa Sabina
Miércoles de Ceniza, 25 de febrero de 2009
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, miércoles de Ceniza, puerta litúrgica que introduce en la Cuaresma, los textos establecidos para la celebración trazan, de forma sumaria, toda la fisonomía del tiempo cuaresmal. La Iglesia se preocupa de mostrarnos cuál debe ser la orientación de nuestro espíritu, y nos proporciona los subsidios divinos para recorrer con decisión y valentía, iluminados ya por el esplendor del Misterio pascual, el singular itinerario espiritual que estamos comenzando.
"Convertíos a mí de todo corazón". El llamamiento a la conversión aflora como tema dominante en todos los componentes de la liturgia de hoy. Ya en la antífona de entrada se dice que el Señor olvida y perdona los pecados de quienes se convierten; y en la oración colecta se invita al pueblo cristiano a orar par que cada uno emprenda "un camino de verdadera conversión".
En la primera lectura, el profeta Joel exhorta a volver al Padre "de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto (...), porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas" (Jl 2, 12-13). La promesa de Dios es clara: si el pueblo escucha la invitación a convertirse, Dios mostrará su misericordia y colmará a sus amigos de innumerables favores. Con el salmo responsorial la asamblea litúrgica hace suyas las invocaciones del Salmo 50, pidiendo al Señor que cree en nosotros "un corazón puro", que nos renueve por dentro "con espíritu firme".
Luego, en el pasaje evangélico, Jesús, poniéndonos en guardia contra la carcoma de la vanidad que lleva a la ostentación y a la hipocresía, a la superficialidad y a la auto-complacencia, reafirma la necesidad de alimentar la rectitud del corazón. Al mismo tiempo, muestra el medio para crecer en esta pureza de intención: cultivar la intimidad con el Padre celestial.
En este Año jubilar, para conmemorar el bimilenario del nacimiento de san Pablo, resultan especialmente significativas las palabras de la segunda carta a los Corintios: "En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios" (2 Co 5, 20). Esta invitación del Apóstol resuena como un estímulo más a tomar en serio la exhortación cuaresmal a la conversión. San Pablo experimentó de modo extraordinario el poder de la gracia de Dios, la gracia del Misterio pascual, de la que vive la Cuaresma misma. Se nos presenta como "embajador" del Señor. Así pues, ¿quién mejor que él puede ayudarnos a recorrer de modo fructuoso este itinerario interior de conversión?
En la primera carta a Timoteo escribe: "Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo"; y añade: "Por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que habían de creer en él para obtener la vida eterna" (1 Tm 1, 15-16). Por tanto, el Apóstol es consciente de haber sido elegido como ejemplo, y esta ejemplaridad se refiere precisamente a la conversión, a la transformación de su vida que se produjo gracias al amor misericordioso de Dios. "Yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento —reconoce—, pero Dios tuvo compasión de mí (...). Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí" (1 Tm 1, 13-14).
Toda su predicación y, antes aún, toda su existencia misionera estuvieron sostenidas por un impulso interior que se podría explicar como la experiencia fundamental de la "gracia". "Por la gracia de Dios soy lo que soy —escribe a los Corintios— (...). He trabajado más que todos ellos (los apóstoles). Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo" (1 Co 15, 10). Se trata de una conciencia que aflora en todos sus escritos y que fue como una "palanca" interior con la que Dios pudo actuar para impulsarlo hacia adelante, siempre hacia nuevos confines, no sólo geográficos, sino también espirituales.
San Pablo reconoce que todo en él es obra de la gracia divina, pero no olvida que es necesario aceptar libremente el don de la vida nueva recibida en el Bautismo. En el texto del capítulo 6 de la carta a los Romanos, que se proclamará durante la Vigilia pascual, escribe: "Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los deseos del cuerpo. No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado como instrumentos del mal; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como instrumentos del bien" (Rm 6, 12-13). En estas palabras se contiene todo el programa de la Cuaresma según su perspectiva bautismal intrínseca.
Por una parte, se afirma la victoria de Cristo sobre el pecado, obtenida una vez para siempre con su muerte y su resurrección; por otra, se nos exhorta a no poner nuestros miembros al servicio del pecado, o sea, por decirlo así, a no conceder espacio de revancha al pecado. El discípulo de Cristo debe hacer suya la victoria de Cristo y esto se realiza ante todo con el Bautismo, mediante el cual, unidos a Jesús, "de la muerte volvemos a la vida". Ahora bien, el bautizado, para que Cristo pueda reinar plenamente en él, debe seguir fielmente sus enseñanzas; nunca debe bajar la guardia, para no permitir que el adversario de algún modo recupere terreno.
Pero, ¿cómo realizar la vocación bautismal?, ¿cómo vencer en la lucha entre la carne y el espíritu, entre el bien y el mal, una lucha que marca nuestra existencia? En el pasaje evangélico de hoy, el Señor nos indica tres medios útiles: la oración, la limosna y el ayuno. Al respecto, en la experiencia y en los escritos de san Pablo encontramos también referencias útiles.
Con respecto a la oración, exhorta a "perseverar" y a "velar en ella, dando gracias" (Rm 12, 12, Col 4, 2), a "orar sin interrupción" (1 Ts 5, 17). Jesús está en el fondo de nuestro corazón. La relación con Dios está presente, permanece presente aunque estemos hablando, aunque estemos realizando nuestros deberes profesionales. Por eso, en la oración, está presente en nuestro corazón la relación con Dios, que se convierte siempre también en oración explícita.
Por lo que atañe a la limosna, ciertamente son importantes las páginas dedicadas a la gran colecta en favor de los hermanos pobres (cf. 2 Co 8-9), pero conviene subrayar que para él la caridad es la cumbre de la vida del creyente, el "vínculo de la perfección": "Por encima de todo esto —escribe a los Colosenses— revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14).
Del ayuno no habla expresamente, pero a menudo exhorta a la sobriedad, como característica de quienes están llamados a vivir en espera vigilante del Señor (cf. 1 Ts 5, 6-8; Tt 2, 12). También es interesante su alusión a la "carrera" espiritual, que requiere templanza: "Los atletas se privan de todo —escribe a los Corintios—; y eso por una corona corruptible; nosotros, en cambio, por una incorruptible" (1 Co 9, 25). El cristiano debe ser disciplinado para encontrar el camino y llegar realmente al Señor.
Así pues, esta es la vocación de los cristianos: resucitados con Cristo, han pasado por la muerte, y su vida ya está escondida con Cristo en Dios (cf. Col 3, 1-2). Para vivir esta "nueva" existencia en Dios es indispensable alimentarse de la Palabra de Dios. Para estar realmente unidos a Dios, debemos vivir en su presencia, estar en diálogo con él. Jesús lo dice claramente cuando responde a la primera de las tres tentaciones en el desierto, citando el Deuteronomio: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3).
San Pablo recomienda: "La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría; cantad agradecidos a Dios en vuestro corazón con salmos, himnos y cánticos inspirados" (Col 3, 16). También en esto el Apóstol es, ante todo, testigo: sus cartas son la prueba elocuente de que vivía en diálogo permanente con la Palabra de Dios: pensamiento, acción, oración, teología, predicación, exhortación, todo en él era fruto de la Palabra, recibida desde su juventud en la fe judía, plenamente revelada a sus ojos por el encuentro con Cristo muerto y resucitado, predicada el resto de su vida durante su "carrera" misionera".
A él le fue revelado que Dios pronunció en Jesucristo su Palabra definitiva, él mismo, Palabra de salvación que coincide con el misterio pascual, el don de sí en la cruz que luego se transforma en resurrección, porque el amor es más fuerte que la muerte. Así san Pablo pudo concluir: "En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!" (Ga 6, 14). En san Pablo la Palabra se hizo vida, y su único motivo de gloria era Cristo crucificado y resucitado.
Queridos hermanos y hermanas, mientras nos disponemos a recibir la ceniza en nuestra cabeza como signo de conversión y penitencia, abramos nuestro corazón a la acción vivificadora de la Palabra de Dios. La Cuaresma, que se caracteriza por una escucha más frecuente de esta Palabra, por una oración más intensa, por un estilo de vida austero y penitencial, ha de ser estímulo a la conversión y al amor sincero a los hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados. Que nos acompañe el apóstol san Pablo y nos guíe María, atenta Virgen de la escucha y humilde esclava del Señor. Así renovados en el espíritu, podremos llegar a celebrar con alegría la Pascua. Amén.
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana
jueves, 26 de febrero de 2009
Miercoles de Ceniza
Miércoles, 25 feb (RV).- Benedicto XVI recordó en su homilía de este Miércoles de Ceniza que “la promesa de Dios es clara: si el pueblo escuchara la invitación a la conversión, Dios hará triunfar su misericordia y sus amigos serán colmados de innumerables favores”. La celebración eucarística presidida por el Santo Padre, esta tarde, en la Basílica romana de Santa Sabina fue precedida por la tradicional procesión penitencial, en forma de estaciones romanas que se desarrolló en la Iglesia de San Anselmo en el Aventino.
En efecto, el Pontífice partió del Vaticano poco después de las 4 de la tarde, en dirección a una de las siete colinas de Roma, el Monte del Aventino, donde se encuentran ambos templos, que tradicionalmente son el escenario de esta tradicional visita del Papa justamente en el primer día del tempo de la Cuaresma. Luego de presidir un momento de oración animado por los cantos de los monjes benedictinos de la Iglesia de San Anselmo, el Papa presidió la celebración eucarística en la Iglesia de Santa Sabina, dedicando particularmente su homilía a la herencia de San Pablo y su llamado a la reconciliación con Dios.
No obstante, al introducir sus palabras el Papa aludió a los textos de la liturgia de hoy, en los que el llamado a la conversión es el tema dominante. Desde la antífona de entrada en la que se recuerda que el Señor olvida y perdona los pecados de cuantos se convierten, pasando por la oración colecta donde se invita al pueblo cristiano a orar para que cada quien emprenda un camino de conversión hasta el salmo responsorial donde la asamblea invoca al Señor pidiéndole un corazón puro y un espíritu sólido. Pero en particular, el Santo Padre se refirió a las palabras de Jesús en evangelio de hoy.
“En la página evangélica, Jesús nos pone en guardia ante la insidia de la vanidad que lleva a la ostentación y a la hipocresía, a la superficialidad y al autocomplacencia, reafirma la necesidad de nutrir la rectitud del corazón. Él nos muestra al mismo tiempo el medio para crecer en esta pureza de intención; cultivar la intimidad con el Padre celeste”.
Benedicto XVI recordando el año jubilar que estamos conmemorando por el bimilenario del nacimiento de San Pablo recorrió algunos de sus textos, donde el Apóstol llama a la conversión. “Pablo experimentó de manera extraordinaria la potencia de la gracia de Dios” – afirmó el Papa, invitando a recorrer el fructuoso itinerario interior del apóstol. El Santo Padre explicó que Pablo era consciente de haber sido elegido como ejemplo de conversión, pues como él mismo aseguraba, era un perseguidor y un violento, que reconoce que la transformación de su vida ocurrió gracias al amor misericordioso de Dios.
“San Pablo reconoce que todo en él es obra de la gracia divina, pero no olvida que es necesario adherir libremente al don de la vida nueva recibida en el Bautismo”. El Papa explicó que la perspectiva bautismal de la Cuaresma, que podemos encontrar en la Carta a los Romanos de San Pablo, por una parte, afirma que la victoria de Cristo sobre el pecado ocurre, de una vez por todas, con su muerte y si resurrección, pero por otra parte, nosotros somos exhortados a no concedernos al pecado y darle un espacio a su posible victoria.
Benedicto XVI subrayó que para llevar adelante el cumplimiento de la vocación bautismal y ser victorioso en la lucha entre la carne y el espíritu, entre el bien y el mal, lucha que signa nuestra existencia, el Señor nos indica, en el pasaje evangélico de hoy, tres útiles medios: la oración, la limosna y el ayuno.
Volviendo a San Pablo, el Santo Padre explicó que en sus escritos de San Pablo hace referencia a estos caminos. Con respecto a la oración, él exhorta a “perseverar” y a “permanecer en ella, dando gracias”. En lo que concierne a la limosna, el Apóstol dedica algunas páginas a la gran colecta en favor de los hermanos pobres, y subraya que para él es la caridad, el ápice de la vida del creyente, su “vinculo de perfección”. En cuanto al ayuno, el Papa reconoció que no hay una referencia concreta, sin embargo, Pablo exhorta a la sobriedad como característica de quien está llamado a vivir en una vigilante espera del Señor. Retomando las palabras del Apóstol, el Papa recordó que la vocación de los cristianos, es que “resucitados en Cristo, ellos pasan a través de la muerte y así la vida está escondida con Cristo en Dios” (cfr Col 3,1-2). Para vivir esta nueva existencia en Dios – agregó, es indispensable nutrirse de la palabra de Dios.
“También en esto, el Apóstol es sobre todo testigo: sus Cartas son prueba elocuente del hecho de que el vivía de la Palabra de Dios: pensamiento, acción, oración, teología, predicación, exhortación, todo en él era fruto de la Palabra, recibida desde la juventud en la fe hebrea, plenamente revelada a sus ojos por el encuentro con Cristo muerto y resucitado, predicada para el resto de su vida durante su “carrera” misionera. A él fue revelado que Dios pronunció en Jesucristo su Palabra definitiva, Palabra de salvación que coincide con el misterio de la Cruz.
Al concluir su homilía, Benedicto XVI invitó a los fieles a recibir las cenizas como signo de conversión y de penitencia abriendo el corazón a la acción vivificadora de la Palabra de Dios. Pero también invitó vivir la Cuaresma con la escucha de la Palabra, una intensa oración y un estilo de vida austero y penitencial, que sea un estimulo para la conversión y el amor sincero hacia los hermanos, especialmente aquellos más pobres y necesitados. E invocando a San Pablo y a la Virgen María, humilde sierva del Señor, el Papa impartió su bendición apostólica.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Ayuno y abstinencia según el Catecismo Mayor de San Pio X
495.- ¿Qué nos manda el cuarto mandamiento de la Santa Madre Iglesia: AYUNAR Y ABSTENERSE DE COMER CARNE CUANDO LO MANDA LA SANTA MADRE IGLESIA? - El cuarto precepto de la Iglesia, con las palabras: Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia, nos manda que guardemos el ayuno en la Cuaresma (*); y nos abstengamos de tomar carne y su caldo en ciertos días.
496.- ¿En qué consiste el ayuno? - El ayuno consiste en no hacer más que una sola comida fuerte al día, permitiéndose la colación por la noche y la parvedad por la mañana, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
497.- ¿De qué sirve el ayuno? - El ayuno sirve para disponernos mejor a la oración, para hacer penitencia de los pecados cometidos y para preservarnos de cometer otros nuevos.
498.- ¿Quien está obligado al ayuno? - Al ayuno están obligados todos los cristianos desde los diez y ocho años cumplidos hasta los sesenta incoados, si no están dispensados o excusados por legítimo impedimento.
499.- ¿Están exentos de la mortificación los que no tienen obligación de ayunar? - Los que no tienen obligación de ayunar no están exentos de la mortificación, porque todos estamos obligados a hacer penitencia.
500.- ¿Para qué fin se instituyó la Cuaresma? - La Cuaresma se instituyó para imitar en alguna manera el riguroso ayuno de cuarenta días que Jesucristo practicó en el desierto y para prepararnos por medio de la penitencia a celebrar santamente la Pascua.
502.- ¿Para qué fin se ha instituido el ayuno de las vigilias? - El ayuno de las vigilias se ha instituido para prepararnos a celebrar santamente las fiestas principales.
(*) El ayuno obliga el miércoles de ceniza y el viernes santo.
Mensaje Cuaresma 2009
"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,2)
¡Queridos hermanos y hermanas!Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor —la oración, el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.
Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos —dijo— delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.
En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.
La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).
En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).
La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.
Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.
Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.
Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 11 de diciembre de 2008
BENEDICTUS PP. XVI
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
miércoles, 12 de marzo de 2008
Audiencia General de S.S. Benedicto XVI del miércoles 5 de marzo
Queridos hermanos y hermanas:
Continuando nuestro camino entre los Padres de la Iglesia, auténticos astros que brillan desde lejos, en el encuentro de hoy vamos a considerar la figura de un Papa que en 1754 fue proclamado por Benedicto XIV doctor de la Iglesia: se trata de san León Magno. Como indica el apelativo que pronto le atribuyó la tradición, fue verdaderamente uno de los más grandes Pontífices que han honrado la Sede de Roma, contribuyendo en gran medida a reforzar su autoridad y prestigio. Primer Obispo de Roma que llevó el nombre de León, adoptado después por otros doce Sumos Pontífices, es también el primer Papa cuya predicación, dirigida al pueblo que le rodeaba durante las celebraciones, ha llegado hasta nosotros. Viene espontáneamente a la mente su recuerdo en el contexto de las actuales audiencias generales del miércoles, citas que en los últimos decenios se han convertido para el Obispo de Roma en una forma habitual de encuentro con los fieles y con numerosos visitantes procedentes de todas las partes del mundo.
San León era originario de la Tuscia. Fue diácono de la Iglesia de Roma en torno al año 430, y con el tiempo alcanzó en ella una posición de gran importancia. Este papel destacado impulsó en el año 440 a Gala Placidia, que entonces gobernaba el Imperio de Occidente, a enviarlo a la Galia para resolver una situación difícil. Pero en el verano de aquel año, el Papa Sixto III, cuyo nombre está ligado a los magníficos mosaicos de la basílica de Santa María la Mayor, falleció; y como su sucesor fue elegido precisamente san León, que recibió la noticia mientras desempeñaba su misión de paz en la Galia.
Tras regresar a Roma, el nuevo Papa fue consagrado el 29 de septiembre del año 440. Así inició su pontificado, que duró más de 21 años y que ha sido sin duda uno de los más importantes en la historia de la Iglesia. Al morir, el 10 de noviembre del año 461, el Papa fue sepultado junto a la tumba de san Pedro. Sus reliquias se conservan todavía hoy en uno de los altares de la basílica vaticana.
El Papa san León vivió en tiempos sumamente difíciles: las repetidas invasiones bárbaras, el progresivo debilitamiento de la autoridad imperial en Occidente y una larga crisis social habían obligado al Obispo de Roma —como sucedería con mayor evidencia aún un siglo y medio después, durante el pontificado de san Gregorio Magno— a asumir un papel destacado incluso en las vicisitudes civiles y políticas. Esto no impidió que aumentara la importancia y el prestigio de la Sede romana.
Es famoso un episodio de la vida de san León. Se remonta al año 452, cuando el Papa en Mantua, junto a una delegación romana, salió al encuentro de Atila, el jefe de los hunos, y lo convenció de que no continuara la guerra de invasión con la que ya había devastado las regiones del nordeste de Italia. De este modo salvó al resto de la península. Este importante acontecimiento pronto se hizo memorable y permanece como un signo emblemático de la acción de paz llevada a cabo por el Pontífice.
No fue tan positivo, por desgracia, tres años después, el resultado de otra iniciativa del Papa, que de todos modos manifestó una valentía que todavía hoy nos sorprende: en la primavera del año 455, san León no logró impedir que los vándalos de Genserico, tras llegar a las puertas de Roma, invadieran la ciudad indefensa, que fue saqueada durante dos semanas. Sin embargo, el gesto del Papa que, inerme y rodeado de su clero, salió al encuentro del invasor para pedirle que se detuviera, impidió al menos que Roma fuera incendiada y logró que no fueran saqueadas las basílicas de San Pedro, San Pablo y San Juan, en las que se refugió parte de la población aterrorizada.
Conocemos bien la acción del Papa san León gracias a sus hermosísimos sermones —se han conservado casi cien en un latín espléndido y claro— y gracias a sus cartas, unas ciento cincuenta. En estos textos, el Pontífice se muestra en toda su grandeza, dedicado al servicio de la verdad en la caridad, a través de un ejercicio asiduo de la palabra, que lo muestra a la vez como teólogo y pastor. San León Magno, constantemente solícito por sus fieles y por el pueblo de Roma, así como por la comunión entre las diferentes Iglesias y por sus necesidades, apoyó y promovió incansablemente el primado romano, presentándose como auténtico heredero del apóstol san Pedro: los numerosos obispos, en gran parte orientales, reunidos en el concilio de Calcedonia, fueron plenamente conscientes de esto.
Este concilio, que tuvo lugar en el año 451, con 350 obispos participantes, fue la asamblea más importante celebrada hasta entonces en la historia de la Iglesia. Calcedonia representa la meta segura de la cristología de los tres concilios ecuménicos anteriores: el de Nicea, del año 325; el de Constantinopla, del año 381; y el de Éfeso, del año 431. Ya en el siglo VI estos cuatro concilios, que resumen la fe de la Iglesia antigua, fueron comparados a los cuatro Evangelios: lo afirma san Gregorio Magno en una famosa carta (I, 24), en la que declara que «acoge y venera los cuatro concilios como los cuatro libros del santo Evangelio», porque sobre ellos —sigue explicando san Gregorio— «se eleva la estructura de la santa fe, como sobre una piedra cuadrada». El concilio de Calcedonia, al rechazar la herejía de Eutiques, que negaba la verdadera naturaleza humana del Hijo de Dios, afirmó la unión en su única Persona, sin confusión ni separación, de las dos naturalezas humana y divina.
Esta fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, fue afirmada por el Papa en un importante texto doctrinal dirigido al obispo de Constantinopla, el así llamado «Tomo a Flaviano», que al ser leído en Calcedonia, fue acogido por los obispos presentes con una aclamación elocuente, registrada en las actas del Concilio: «Pedro ha hablado por la boca de León», exclamaron al unísono los padres conciliares. Sobre todo a partir de esa intervención, y de otras realizadas durante la controversia cristológica de aquellos años, resulta evidente que el Papa sentía con particular urgencia la responsabilidad del Sucesor de Pedro, cuyo papel es único en la Iglesia, pues «a un solo apóstol se le confía lo que a todos los apóstoles se comunica», como afirma san León en uno de sus sermones con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo (83, 2). Y el Pontífice supo ejercer esta responsabilidad tanto en Occidente como en Oriente, interviniendo en diferentes circunstancias con prudencia, firmeza y lucidez, a través de sus escritos y mediante sus legados. Así mostraba cómo el ejercicio del primado romano era necesario entonces, como lo es hoy, para servir eficazmente a la comunión, característica de la única Iglesia de Cristo.
Consciente del momento histórico en el que vivía y de la transición que estaba produciéndose de la Roma pagana a la cristiana —en un período de profunda crisis—, san León Magno supo estar cerca del pueblo y de los fieles con la acción pastoral y la predicación. Impulsó la caridad en una Roma afectada por las carestías, por la llegada de refugiados, por las injusticias y por la pobreza. Se enfrentó a las supersticiones paganas y a la acción de los grupos maniqueos. Vinculó la liturgia a la vida diaria de los cristianos: por ejemplo, uniendo la práctica del ayuno con la caridad y la limosna, sobre todo con motivo de las Cuatro témporas, que marcan en el transcurso del año el cambio de las estaciones.
En particular, san León Magno enseñó a sus fieles —y sus palabras siguen siendo válidas para nosotros— que la liturgia cristiana no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada uno. Lo subraya en un sermón (64, 1-2) a propósito de la Pascua, que debe celebrarse en todo tiempo del año, «no como algo del pasado, sino más bien como un acontecimiento del presente». Todo esto se enmarca en un proyecto preciso, insiste el santo Pontífice: así como el Creador animó con el soplo de la vida racional al hombre modelado con el barro de la tierra, del mismo modo, tras el pecado original, envió a su Hijo al mundo para restituir al hombre la dignidad perdida y destruir el dominio del diablo mediante la nueva vida de la gracia.
Este es el misterio cristológico al que san León Magno, con su carta al concilio de Éfeso, dio una contribución eficaz y esencial, confirmando para todos los tiempos, a través de ese concilio, lo que dijo san Pedro en Cesarea de Filipo. Con Pedro y como Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Por este motivo, al ser a la vez Dios y hombre, «no es ajeno al género humano, pero es ajeno al pecado» (cf. Serm. 64). Con la fuerza de esta fe cristológica, fue un gran mensajero de paz y de amor. Así nos muestra el camino: en la fe aprendemos la caridad. Por tanto, con san León Magno, aprendamos a creer en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y a vivir esta fe cada día en la acción por la paz y en el amor al prójimo.
Saludos
Saludo a los peregrinos venidos de España y Latinoamérica, en particular a los seminaristas de Santiago de Compostela. Invito a todos a profundizar en el misterio de la Encarnación, que, como decía san León Magno, significa que el Señor no es extraño al género humano, sino al pecado; ha venido en ayuda de nuestra debilidad y en el encuentro con él está la mayor alegría de nuestra vida. Muchas gracias.
(En italiano) Saludo, por último, a los enfermos y a los recién casados. Queridos enfermos, sed siempre conscientes de que contribuís de modo misterioso a la construcción del reino de Dios, ofreciendo generosamente vuestros sufrimientos al Padre celestial en unión con los de Cristo. Y vosotros, queridos recién casados, edificad diariamente vuestra familia en la escucha de Dios, en el fiel amor recíproco y en la acogida de los más necesitados, siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
viernes, 29 de febrero de 2008
Audiencia General de S.S. Benedicto XVI del miércoles 27 de Febrero de 2008
Con el encuentro de hoy quiero concluir la presentación de la figura de san Agustín. Después de comentar su vida, sus obras, y algunos aspectos de su pensamiento, hoy quiero volver a hablar de su experiencia interior, que hizo de él uno de los más grandes convertidos de la historia cristiana. A esta experiencia dediqué en particular mi reflexión durante la peregrinación que realicé a Pavía, el año pasado, para venerar los restos mortales de este Padre de la Iglesia. De ese modo le expresé el homenaje de toda la Iglesia católica, y al mismo tiempo manifesté mi personal devoción y reconocimiento con respecto a una figura a la que me siento muy unido por el influjo que ha tenido en mi vida de teólogo, de sacerdote y de pastor.
Todavía hoy es posible revivir la historia de san Agustín sobre todo gracias a las Confesiones, escritas para alabanza de Dios, que constituyen el origen de una de las formas literarias más específicas de Occidente, la autobiografía, es decir, la expresión personal de la propia conciencia. Pues bien, cualquiera que se acerque a este extraordinario y fascinante libro, muy leído todavía hoy, fácilmente se da cuenta de que la conversión de san Agustín no fue repentina ni se realizó plenamente desde el inicio, sino que puede definirse más bien como un auténtico camino, que sigue siendo un modelo para cada uno de nosotros.
Ciertamente, este itinerario culminó con la conversión y después con el bautismo, pero no se concluyó en aquella Vigilia pascual del año 387, cuando en Milán el retórico africano fue bautizado por el obispo san Ambrosio. El camino de conversión de san Agustín continuó humildemente hasta el final de su vida, y se puede decir con verdad que sus diferentes etapas —se pueden distinguir fácilmente tres— son una única y gran conversión.
San Agustín buscó apasionadamente la verdad: lo hizo desde el inicio y después durante toda su vida. La primera etapa en su camino de conversión se realizó precisamente en el acercamiento progresivo al cristianismo. En realidad, había recibido de su madre, santa Mónica, a la que siempre estuvo muy unido, una educación cristiana y, a pesar de que en su juventud había llevado una vida desordenada, siempre sintió una profunda atracción por Cristo, habiendo bebido con la leche materna, como él mismo subraya (cf. Confesiones, III, 4, 8), el amor al nombre del Señor.
Pero también la filosofía, sobre todo la platónica, había contribuido a acercarlo más a Cristo, manifestándole la existencia del Logos, la razón creadora. Los libros de los filósofos le indicaban que existe la razón, de la que procede todo el mundo, pero no le decían cómo alcanzar este Logos, que parecía tan lejano. Sólo la lectura de las cartas de san Pablo, en la fe de la Iglesia católica, le reveló plenamente la verdad. San Agustín sintetizó esta experiencia en una de las páginas más famosas de las Confesiones: cuenta que, en el tormento de sus reflexiones, habiéndose retirado a un jardín, escuchó de repente una voz infantil que repetía una cantilena que nunca antes había escuchado: «tolle, lege; tolle, lege», «toma, lee; toma, lee» (VIII, 12, 29). Entonces se acordó de la conversión de san Antonio, padre del monaquismo, y solícitamente volvió a tomar el códice de san Pablo que poco antes tenía en sus manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la carta a los Romanos donde el Apóstol exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo (Rm 13, 13-14).
Había comprendido que esas palabras, en aquel momento, se dirigían personalmente a él, procedían de Dios a través del Apóstol y le indicaban qué debía hacer en ese momento. Así sintió cómo se disipaban las tinieblas de la duda y quedaba libre para entregarse totalmente a Cristo: «Habías convertido a ti mi ser», comenta (Confesiones, VIII, 12, 30). Esta fue la conversión primera y decisiva.
El retórico africano llegó a esta etapa fundamental de su largo camino gracias a su pasión por el hombre y por la verdad, pasión que lo llevó a buscar a Dios, grande e inaccesible. La fe en Cristo le hizo comprender que en realidad Dios no estaba tan lejos como parecía. Se había hecho cercano a nosotros, convirtiéndose en uno de nosotros. En este sentido, la fe en Cristo llevó a cumplimiento la larga búsqueda de san Agustín en el camino de la verdad. Sólo un Dios que se ha hecho «tocable», uno de nosotros, era realmente un Dios al que se podía rezar, por el cual y en el cual se podía vivir.
Es un camino que hay que recorrer con valentía y al mismo tiempo con humildad, abiertos a una purificación permanente, que todos necesitamos siempre. Pero, como hemos dicho, el camino de san Agustín no había concluido con aquella Vigilia pascual del año 387. Al regresar a África, fundó un pequeño monasterio y se retiró a él, junto a unos pocos amigos, para dedicarse a la vida contemplativa y al estudio. Este era el sueño de su vida. Ahora estaba llamado a vivir totalmente para la verdad, con la verdad, en la amistad de Cristo, que es la verdad. Un hermoso sueño que duró tres años, hasta que, contra su voluntad, fue consagrado sacerdote en Hipona y destinado a servir a los fieles. Ciertamente siguió viviendo con Cristo y por Cristo, pero al servicio de todos. Esto le resultaba muy difícil, pero desde el inicio comprendió que sólo podía realmente vivir con Cristo y por Cristo viviendo para los demás, y no simplemente para su contemplación privada.
Así, renunciando a una vida consagrada sólo a la meditación, san Agustín aprendió, a menudo con dificultad, a poner a disposición el fruto de su inteligencia para beneficio de los demás. Aprendió a comunicar su fe a la gente sencilla y a vivir así para ella en aquella ciudad que se convirtió en su ciudad, desempeñando incansablemente una actividad generosa y pesada, que describe con estas palabras en uno de sus bellísimos sermones: «Continuamente predicar, discutir, reprender, edificar, estar a disposición de todos, es una gran carga y un gran peso, una enorme fatiga» (Serm. 339, 4). Pero cargó con este peso, comprendiendo que precisamente así podía estar más cerca de Cristo. Su segunda conversión consistió en comprender que se llega a los demás con sencillez y humildad.
Pero hay una última etapa en el camino de san Agustín, una tercera conversión: la que lo llevó a pedir perdón a Dios cada día de su vida. Al inicio, había pensado que una vez bautizado, en la vida de comunión con Cristo, en los sacramentos, en la celebración de la Eucaristía, iba a llegar a la vida propuesta en el Sermón de la montaña: a la perfección donada en el bautismo y reconfirmada en la Eucaristía. En la última parte de su vida comprendió que no era verdad lo que había dicho en sus primeras predicaciones sobre el Sermón de la montaña: es decir, que nosotros, como cristianos, vivimos ahora permanentemente este ideal. Sólo Cristo mismo realiza verdadera y completamente el Sermón de la montaña. Nosotros siempre tenemos necesidad de ser lavados por Cristo, que nos lava los pies, y de ser renovados por él. Tenemos necesidad de una conversión permanente. Hasta el final necesitamos esta humildad que reconoce que somos pecadores en camino, hasta que el Señor nos da la mano definitivamente y nos introduce en la vida eterna. San Agustín murió con esta última actitud de humildad, vivida día tras día.
Esta actitud de humildad profunda ante el único Señor Jesús lo introdujo en la experiencia de una humildad también intelectual. San Agustín, que es una de las figuras más grandes en la historia del pensamiento, en los últimos años de su vida quiso someter a un lúcido examen crítico sus numerosísimas obras. Surgieron así las Retractationes («Revisiones»), que de este modo introducen su pensamiento teológico, verdaderamente grande, en la fe humilde y santa de aquella a la que llama sencillamente con el nombre de Catholica, es decir, la Iglesia. «He comprendido —escribe precisamente en este originalísimo libro (I, 19, 1-3)— que uno sólo es verdaderamente perfecto y que las palabras del Sermón de la montaña sólo se realizan totalmente en uno solo: en Jesucristo mismo. Toda la Iglesia, por el contrario —todos nosotros, incluidos los Apóstoles—, debemos rezar cada día: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
San Agustín, convertido a Cristo, que es verdad y amor, lo siguió durante toda la vida y se transformó en un modelo para todo ser humano, para todos nosotros, en la búsqueda de Dios. Por eso quise concluir mi peregrinación a Pavía volviendo a entregar espiritualmente a la Iglesia y al mundo, ante la tumba de este gran enamorado de Dios, mi primera encíclica, Deus caritas est, la cual, en efecto, debe mucho, sobre todo en su primera parte, al pensamiento de san Agustín.
También hoy, como en su época, la humanidad necesita conocer y sobre todo vivir esta realidad fundamental: Dios es amor y el encuentro con él es la única respuesta a las inquietudes del corazón humano, un corazón en el que vive la esperanza —quizá todavía oscura e inconsciente en muchos de nuestros contemporáneos—, pero que para nosotros los cristianos abre ya hoy al futuro, hasta el punto de que san Pablo escribió que «en esperanza fuimos salvados» (Rm 8, 24). A la esperanza he dedicado mi segunda encíclica, Spe salvi, la cual también debe mucho a san Agustín y a su encuentro con Dios.
En un escrito sumamente hermoso, san Agustín define la oración como expresión del deseo y afirma que Dios responde ensanchando hacia él nuestro corazón. Por nuestra parte, debemos purificar nuestros deseos y nuestras esperanzas para acoger la dulzura de Dios (cf. In I Ioannis, 4, 6). Sólo ella nos salva, abriéndonos también a los demás. Pidamos, por tanto, para que en nuestra vida se nos conceda cada día seguir el ejemplo de este gran convertido, encontrando como él en cada momento de nuestra vida al Señor Jesús, el único que nos salva, nos purifica y nos da la verdadera alegría, la verdadera vida.
Palabras del Santo Padre a los peregrinos en la basílica de San Pedro
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española aquí presentes. Os deseo que vuestra visita a Roma contribuya a reavivar vuestra vida cristiana con el testimonio de fe y caridad que los Apóstoles dieron en su martirio. Al mismo tiempo, os animo a proseguir con renovada esperanza vuestro camino de conversión cuaresmal para llegar, con el corazón purificado, a la celebración gozosa de la Pascua.
Palabras del Santo Padre en la sala Pablo VI
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, a los formadores y seminaristas de Córdoba, con su obispo, a los que animo a seguir con entusiasmo su preparación al sacerdocio. Saludo también a las cofradías del Cristo de la Expiración de Sevilla y de Málaga, a los distintos grupos de estudiantes y peregrinos venidos de Argentina, Chile, España, México y otros países latinoamericanos. Siguiendo el ejemplo de san Agustín, os exhorto a fijar vuestra mirada en Cristo, que se entregó por nosotros, y proseguir con esperanza vuestro camino de conversión cuaresmal. Muchas gracias.
(En italiano) Saludo a los obispos amigos del Movimiento de los Focolares y les aseguro mi oración a fin de que el Señor los sostenga en el ministerio pastoral diario al servicio del pueblo de Dios. Saludo a los representantes de la facultad pontificia de ciencias de la educación «Auxilium» y a los de la Escuela «Antonio Rosmini» de Roma, y doy las gracias a cada uno porque, con la participación en este encuentro, han querido renovar su filial devoción al Sucesor de Pedro. Saludo a los participantes en el congreso organizado por la Asociación italiana de medicina nuclear y deseo que lleven adelante su arduo trabajo diagnóstico y terapéutico con renovados sentimientos de profundo respeto por la persona humana. Saludo también a los representantes de la Marina militar italiana, a los militares del regimiento «Lancieri di Montebello» y a los representantes de la Policía de Estado de Isernia. A todos animo a seguir con generosa fidelidad a Jesús y su Evangelio, para ser cristianos auténticos en la familia, en el trabajo y en cualquier otro ambiente.
Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridos hermanos y hermanas, prosiguiendo el itinerario cuaresmal, la Iglesia nos invita a seguir las huellas de Cristo, que se dirige a Jerusalén, donde dará cumplimiento a su misión redentora. Dejaos iluminar por su palabra a fin de que en el estudio, en la enfermedad o en la vida de familia podáis experimentar su presencia y recorrer un camino de auténtica conversión en este sagrado tiempo de penitencia. La audiencia se concluyó con el canto del padrenuestro en latín y la bendición apostólica. Antes de dejar la sala, el Papa saludó a los obispos presentes, a un grupo de enfermos y a algunas de las personas que tomaban parte en esta audiencia.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
jueves, 21 de febrero de 2008
Meditación Jueves II de Cuaresma
miércoles, 20 de febrero de 2008
Meditación Miércoles II de Cuaresma
martes, 19 de febrero de 2008
Angelus de S.S. Benedicto XVI Domingo II de Cuaresma
Se concluyeron ayer, aquí, en el Palacio Apostólico, los ejercicios espirituales que, como todos los años, han congregado en la oración y en la meditación al Papa y a sus colaboradores de la Curia Romana. Doy las gracias a cuantos han estado espiritualmente cerca de nosotros: que el Señor les recompense por su generosidad.
Hoy, segundo domingo de Cuaresma, continuando con el camino penitencial, la liturgia, tras habernos presentado el domingo pasado el Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preanuncia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su Cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, le contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad.
De esta manera, podemos decir que estos dos domingos constituyen pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, es más, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.
La montaña, el Tabor como el Sinaí, es el lugar de la cercanía con Dios. Es el lugar elevado respecto a la existencia cotidiana en el que se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde se está en presencia del Señor, como Moisés y como Elías, que aparecen junto a Jesús transfigurado y hablan con él del «éxodo» que le espera en Jerusalén, es decir, de su Pascua. La Transfiguración es un acontecimiento de oración: al rezar, Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a Él, adhiere con su propia voluntad humana a la voluntad de amor del Padre, y de este modo la luz le penetra y aparece visiblemente la verdad de su ser: él es Dios, Luz de Luz. Incluso los vestidos de Jesús se vuelven blancos y resplandecientes.
Esto recuerda al Bautismo, el vestido blanco que llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz, anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el símbolo de las vestiduras blancas (Cf. Apocalipsis 7, 9.13). Aquí está el punto crucial: la transfiguración anticipa la resurrección, pero ésta presupone la muerte. Jesús manifiesta a los apóstoles su gloria para que tengan la fuerza de afrontar el escándalo de la cruz, y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al Reino de Dios.
La voz del Padre, que resuena en lo alto, proclama a Jesús como su Hijo predilecto, como en el bautismo del Jordán, añadiendo: «Escuchadle» (Mateo 17, 5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirle por el camino de la cruz, llevando en el corazón como Él la esperanza de la resurrección. «Spe salvi», salvados en la esperanza. Hoy podemos decir: «Transfigurados en la esperanza».
Dirigiéndonos ahora con la oración a María, reconocemos en ella a la criatura humana transfigurada interiormente por la gracia de Cristo y encomendémonos a su guía para recorrer con fe y generosidad el camino de la Cuaresma.
[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en siete idiomas. En italiano comenzó diciendo:]
Sigo con preocupación las persistentes manifestaciones de tensión en el Líbano. Desde hace casi tres meses el país no logra escoger un jefe de Estado. Los esfuerzos para componer la crisis y el apoyo ofrecido por numerosos exponentes de relevancia de la comunidad internacional, aunque todavía no han logrado resultados, demuestran la intención de encontrar un presidente sentido como tal por todos los libaneses y de sentar los cimientos para superar las divisiones existentes. Por desgracia no faltan tampoco motivos de preocupación, sobre todo a causa de la inesperada violencia verbal o de cuantos ponen su confianza en la fuerza de las armas y en la eliminación física de los adversarios.
Junto al patriarca maronita y junto a todos los obispos libaneses os pido que os unáis a mi súplica a Nuestra Señora del Líbano para que aliente a los ciudadanos de esa querida nación y, en particular a los políticos, a trabajar con tenacidad a favor de la reconciliación, de un diálogo verdaderamente sincero, de la pacífica convivencia y del bien de una patria profundamente sentida como común.
[En español, dijo:]
Dirijo mi cordial saludo a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, especialmente a los fieles provenientes de las parroquias de San Lorenzo y de Nuestra Señora del Rosario de La Unión (Murcia). En este segundo Domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar a Cristo, transfigurado en el monte Tabor, para que, iluminados por su Palabra, podamos vencer las pruebas cotidianas de la vida y ser en medio del mundo testigos de su gloria. ¡Muchas gracias!
[Al final, en su saludó en italiano, concluyó:]
Pienso de manera particular en los familiares de las personas desaparecidas el 4 de enero pasado en Venezuela, asegurándoles mi oración.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina © Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
Meditación Martes II de Cuaresma
La pasión de todo el cuerpo de Cristo
Que la liturgia resulte escuela de oración comunitaria, nadie lo duda; que nuestra participación en ella debe ser activa, está oficialmente reconocido; pero por insistir en los aspectos formales, podríamos correr el peligro de olvidar que, en la plegaria litúrgica, nuestra voz es un incienso de olor suave en la presencia del Padre: es la voz de Cristo, su Hijo. Y San Agustín nos lo recuerda. Señor, te he llamado, ven deprisa. Esto podemos decirlo todos. No lo digo yo solo, sino el Cristo total. Pero es más bien el cuerpo quien habla aquí; pues Cristo, cuando estaba en este mundo, oró en calidad de hombre, y oró al Padre en nombre de todo el cuerpo, y al orar caían de todo su cuerpo gotas de sangre. Así está escrito en el Evangelio: Jesús oraba con mayor intensidad, y sudó como gruesas gotas de sangre. Esta efusión de sangre de todo su cuerpo no significaba otra cosa que la pasión de los mártires de toda la Iglesia. Señor, te he llamado, ven deprisa, escucha mi voz cuando te llamo. Al decir: Te he llamado, no creas que ya ha cesado el motivo de llamar. Has llamado, pero no por eso puedes estar ya seguro. Si hubiera terminado ya la tribulación, no tendrías que llamar más; pero, como que la tribulación de la Iglesia y del cuerpo de Cristo continúa hasta el fin de los siglos, no sólo hemos de decir: Te he llamado, ven de prisa, sino también: Escucha mi voz cuando te llamo. Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde. Todo cristiano sabe que estas palabras suelen entenderse de la Cabeza en persona. Cuando, en efecto, declinaba el día, el Señor entregó voluntariamente su vida en la cruz, para volver a recobrarla. Pero también entonces estábamos nosotros allí representados. Pues lo que colgó del madero es la misma naturaleza que tomó de nosotros. Si no, ¿cómo hubiera sido nunca posible que el Padre abandonara a su Hijo único, siendo ambos un solo Dios? Y sin embargo, clavando nuestra frágil condición en la cruz, en la cual, como dice el Apóstol, nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, clamó en nombre de este hombre viejo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Aquella ofrenda de la tarde fue, pues, la pasión del Señor, la cruz del Señor, oblación de la víctima salvadora, holocausto agradable a Dios. Aquella ofrenda de la tarde se convirtió, por la resurrección, en ofrenda matinal. Así, la oración que sale con toda pureza de lo íntimo de la fe se eleva como el incienso desde el altar sagrado. Ningún otro aroma es más agradable a Dios que éste; este aroma debe ser ofrecido a él por los creyentes.