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viernes, 20 de marzo de 2009

Claretianos y socialistas

Desde la sección Splendor Veritatis de Germinans Germinabit:

Por Antoninus Pius
Quien los ha visto y quién los ve. Si el pobre San Antonio María Claret levantara la cabeza y viera en que se ha convertido la congregación que él fundó. Incluso en Vic le cambiaron su histórica urna mortuoria de plata por una de colorines en tonos latinoamericanos para expresar (según ellos) más sencillez y adaptarla a los nuevos tiempos.

Muchos de nuestros claretianos, especialmente los de nuestra tierra catalana, parece que hayan cambiado de fundador, como si hubieran sido fundados realmente por SAN PERE CASALDALIGA, otro obispo claretiano que se parece al fundador como un huevo a una castaña. Qué lejos quedan aquellos tiempos de claretianos ejemplares, fieles a la Santa Madre Iglesia, preocupados por la auténtica evangelización y que nos dieron tantos testimonios de martirio en la persecución religiosa provocada por los izquierdistas que ahora defienden a capa y espada.

La librería Claret (situada en la calle Roger de LLúria), se ha convertido en el centro emblemático de los claretianos de nuestra ciudad. Cuando algún teólogo o sacerdote es llamado al orden por su obispo, por la Congregación para la Doctrina de la Fe, o se ha enfrentado públicamente al Magisterio oficial de la Iglesia, sus libros aparecen promocionados en los escaparates principales, para que puedan ser vistos por todos los que pasan por la calle y entren raudos a comprarlos. Una promoción sin precedentes de la heterodoxia de la que se sienten totalmente orgullosos, sobre todo teniendo en cuenta que su nuevo fundador (Casaldáliga) tiene como amigos a los más emblemáticos representantes de la Teología de la Liberación y de las ideologías políticas más izquierdistas.

Pero parece que no tenían bastante con la librería Claret para promocionar esas ideas revolucionarias, política y religiosamente hablando, así que el actual provincial, el Rvdo. P. Màxim Muñoz (en la fotografía, con traje y corbata de El Corte Inglés) se le ocurrió crear la Fundación Claret, para organizar charlas, conferencias y simposios. Como ejemplo de este tipo de actos pondremos el del XI Simposio que se celebrará el próximo 28 de marzo bajo el lema: “la religión en las sociedades modernas. Laicidad y laicismo”.
Pues para hablarnos de ese laicismo violento contra la Iglesia que impulsa el socialismo (y adláteres) en Cataluña y en el resto de España, nada menos que nos traen a dos socialistas, para demostrarnos lo bueno que es ese laicismo que impulsan. Concretamente el Sr. Carlos García de Andoin, coordinador federal de Cristianos Socialistas y asesor de la vicepresidenta Fernández de la Vega. Andoin es un claro defensor del matrimonio homosexual y ha llegado a afirmar que el PSOE no es “un partido abortista” (lo de las menores que podrán abortar lo debemos haber soñado). El segundo ponente es Jordi López Camps, responsable de Cristianos Socialistas del PSC. Para rematar el ciclo también intervendrá el teólogo Marciano Vidal, que ha defendido públicamente postulados morales contrarios totalmente a la doctrina oficial de la Iglesia y que fue amonestado en su momento por el entonces cardenal Joseph Ratzinger (hoy Benedicto XVI). Por si no hubiera bastante con estos nombres para que veamos por dónde van los tiros, en la mesa redonda también estará nuestro amigo Oriol Domingo. Dios los cría…
  1. http://www.germinansgerminabit.org/

viernes, 10 de octubre de 2008

LA CRISIS O CRACK FINANCIERO EN EL MACRO SISTEMA MUNDIAL

Extraemos el siguiente artículo del blog de "Radio Cristiandad", de autoría de Luis Eduardo López Padilla y originalmente publicado en el sitio web "Apocalipsis Mariano". Damos a conocer este artículo con el fin de compartir una visión distinta y alternativa del sistema financiero mundial y de las causas y posibles desenlaces de la actual crisis financiera.

EL FIN DEL SISTEMA ECONÓMICO ACTUAL
EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

El inicio del acto final de la obra en que el mundo lleva participando desde 1820, en los próximos meses va a atestiguar el principio del fin de su sistema económico. A partir de aquí, el sistema irá evolucionando hasta su total transformación en otro muy diferente el que el Sistema Mercantilista pasó en la segunda mitad del siglo XVIII.

La crisis de 1929 y la Gran Depresión significaron un cambio radical con respecto al pasado; y la actual estructura está en proceso de desaparición debido al egoísmo humano del éxito individual, y al plan concertado de unos cuantos que dirigen al mundo. Así, el sistema actual se está muriendo porque ya no es sostenible en su forma actual; la salida dará lugar a una cierta idea de ‘previsión’ que se traducirá en la ‘imposición’ de políticas y de medidas concretas que nos adentrarán en nuevo orden económico.

Los eventos de los últimos días dejan al desnudo la inmoralidad, y criminalidad del sistema financiero, bancario y monetario impuesto al mundo de desde hace décadas por quienes promueve la “globalización”, lo que ha permitido que un pequeño conjunto de personas acumulen inmenso poder sobre mercados, empresas, industrias, fuerzas armadas y naciones enteras, de una manera irresponsable y criminal. Se trata de un sistema de poder global inicuo y diseñado en los centros de planeamiento geopolítico y geoeconómico privados al servicio de las estructuras de poder del Nuevo Orden Mundial como el Council on Foreign Relations (CFR fundado en 1919), la Trilateral Commission (fundada en 1973), la Conferencia Bilderberg (formada en 1954), El Club de Roma (1968, )y otros como el Cato Institute, American Enterprise Institute (AEI) y el Proyect for a New American Century (PNAC).

Los que Mueven los Hilos

El Council on Foreign Relations

El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) es una institución supuestamente privada, pero de una incalculable y extraordinaria influencia pública, que se considera como el foco y núcleo fundamental y de mayor poder del imperio mundialista. Ha sido promotor indudable de otras importantes instituciones de carácter mundialista como lo son el Club Bilderberg, la Comisión Trilateral y el Club de Roma. Son parte de una élite de poder que controla, entre bastidores, al gobierno de los Estados Unidos. Sus miembros son políticos, financieros, catedráticos universitarios, dueños de los medios de comunicación más influyentes de América, y presidentes de grandes compañías que usan su influencia para infiltrar el Nuevo Orden Mundial en la vida americana.

En apoyo a lo anterior, Félix Frankfurter, juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos entre 1939 y 1962 y miembro del CFR, dijo lo siguiente: “El auténtico gobernante en Washington es invisible y ejerce ese poder detrás del escenario”. Asimismo, hay un testimonio del Almirante Chester Ward, miembro del CFR por más de 10 años que después denunció los auténticos fines de la institución: “Dentro del CFR existe un grupo mucho menor, pero mucho más poderoso, compuesto por banqueros internacionales del Wall Street y sus principales agentes. Primariamente desean que el monopolio mundial de la banca se hurte a cualquier poder para que caiga bajo el control del gobierno global. Este núcleo del CFR está dirigido por los hermanos Rockefeller”. En otra ocasión, el Almirante Ward, denunció al Council acusándolo de ser una “banda cuyo principal objetivo es terminar con la soberanía y la independencia nacional de los Estados Unidos”.

El Grupo Bilderberg

Los promotores y dirigentes mundialistas del CFR se dieron cuenta que la mayoría de los miembros eran norteamericanos, secundariamente había algunos británicos, por lo que necesitaban de otras instituciones subordinadas al CFR de donde pudieran integrarse personalidades de otros países, ya no sólo como colaboradores, sino como miembros vinculados al proyecto mundialista. Este proyecto se ha ido concretando a través de la creación de otros instrumentos y grupos internacionales de mira globalista y mundial, como son el Grupo Bilderberg fundado en 1954.

El propósito principal de los Bilderbergs, así como el del CFR, es el establecimiento de un Gobierno Mundial. Se estima que existen cerca de 200 hombres influyentes de las naciones miembros de la OTAN que pertenecen al Grupo Bilderberg.

El objetivo final del Club Bilderberg es el control de absolutamente todo en el mundo, en todos los sentidos de la palabra. Actúan como si fueran Dios en la Tierra. Entre sus planes figura establecer:

· Un solo gobierno planetario con un único mercado globalizado, con un solo ejército y una única moneda regulada por un Banco Mundial.

· Una Iglesia universal que canalizará a la gente hacia los deseos del Nuevo Orden Mundial. El resto de religiones serán destruidas.

· Unos servicios internacionales que destruirán cualquier identidad nacional a través de su subversión desde el interior. Sólo se permitirá que florezcan los valores universales.

· El control de toda la humanidad a través de medios de manipulación mental. En el Nuevo Orden Mundial no habrá clase media, sólo sirvientes y gobernantes.

· Una sociedad postindustrial de crecimiento cero. Este crecimiento cero es necesario para destruir los vestigios de prosperidad.

· Cabe incluir en ello la despoblación de las grandes ciudades, según el experimento llevado a cabo en Camboya por Pol Pot. Los planes genocidas de Pot fueron diseñados en Estados Unidos por una de las instituciones hermanas de Bilderberg, el Club de Roma.

· Crisis artificiales para mantener a la gente en un perpetuo estado de desequilibrio físico, mental y emocional.

· Un férreo control sobre la educación con el propósito de destruirla. La juventud de hoy ignora por completo la historia, las libertades individuales y el significado del mismo concepto de libertad.

· Una ONU más poderosa. La creación del impuesto directo sobre el “ciudadano mundial”.

· La expansión del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) como preludio de una Unión Americana similar a la Unión Europea.

· Una Corte Internacional de Justicia con un solo sistema.

· Un estado de bienestar socialista.

Samuel Berger, ex consejero de Seguridad Nacional de Bill Clinton, dijo en el Instituto Brookings que “la globalización económica, cultural, tecnológica y política, no es una lección. Es un hecho que ya está sucediendo. Es una realidad que avanzará inexorablemente con o sin nuestra aprobación”.

La Comisión Trilateral

La fundación más reciente de la CFR es la Comisión Trilateral. Este nombre, de claro simbolismo masónico, significa que el ámbito de esta organización es triangular: Norteamérica – Europa – Japón. No obstante considerarse por sus fundadores como entidad privada, la Comisión Trilateral pertenece al ámbito público. Fue creada en 1973. Y una vez más el gran impulsor de la Comisión Trilateral es David Rockefeller, el gran activista permanente del Nuevo Orden Mundial. Su figura más representativa es Henry Kissinger.

La integración de la Comisión Trilateral es mucho más amplia, ya que a diferencia del Bilderberg, se admiten miembros del lejano oriente, particularmente de Japón.

La idea que concibió Rockefeller para conformar y crear la Comisión Trilateral vino por inspiración de un libro del profesor de Columbia Zbigniew Brzezinski, intitulado Between Two Ages, (Entre dos Eras), en el que se subrayaba la necesidad de formar una alianza entre las elites más influyentes de Norteamérica (Estados Unidos y Canadá), Europa Occidental (incluyendo ya a Rusia), y Japón. El fin era el establecimiento del Nuevo Orden Mundial según los criterios del CFR.

El núcleo de sus tesis giran en torno a conceptos básicos: la necesidad de avanzar hacia un sistema mundial, en la que la URSS debiera estar integrada en el Nuevo Orden Mundial. La supresión de las soberanías nacionales, que en aras de un nuevo orden de paz y progreso deberán ser transferidas a instituciones supranacionales dirigidas por una elite científica y financiera mundial. Asimismo Brzezinski preconiza el ocaso de las ideologías y de las creencias religiosas tradicionales, pues sólo los elementos suministrados por la tecnología y la electrónica podrán permitir a las sociedades humanas avanzar hacia el bienestar y progreso, los dos grandes pilares de la Era Tecnotrónica.

El Club de Roma

El Club de Roma (CDR) nació en abril de 1968 a instancias de Aurelio Peccei, miembro destacado del Grupo Bilderberg, del Comité Directivo de la empresa Fiat y del Consejo de Administración del Chase Manhattan Bank.

Entre los postulados ideológicos para alumbrar esa nueva humanidad sostenidos por el Club de Roma, figura, desde luego, la necesidad de implantar un Gobierno Mundial. Se ha manifestado reiteradamente por parte de sus dirigentes, desde el ya fallecido Aurelio Peccei, que “uno de los mayores obstáculos para el progreso de la humanidad es el concepto de la soberanía de cada nación” y así lo ha confirmado uno de los jefes del Club de Roma, Alexander King, al decir que “la sociedad mundial requiere una única dirección, un gran capitán que guíe la tierra hacia un destino común.”

Algunos Principios Básicos

Debido a la enorme complejidad del proceso que se está desenvolviendo en estos momentos, la gran cantidad de información que se da día con día, y la dificultad aparente de prever desenlaces tanto globales como en México, expresaremos a continuación algunos aspectos y datos clave que ayuden a armar este rompecabezas, a fin de entrever el verdadero rostro de este drama, y que indudablemente forma parte del proyecto del Nuevo Orden Mudial (NOM), la plataforma de un nuevo gobierno cuya cabeza será el Anticristo, quien se aprovechará de la crisis mundial cuyos inicios han comenzado y se desparramarán en todos los órdenes: político, social, climático, moral, religioso, científico y natural.

· a) El sistema financiero (que es el mundo eminentemente virtual e irreal ), fue diseñado para funcionar en forma crecientemente contraria a los intereses de la economía (que es el mundo real del trabajo, la producción y los servicios concretos). A lo largo de las últimas décadas, las Finanzas y la Economía se fueron alejando una de otra, dejando de mantener una sana y equilibrada complementariedad, y pasando a ser crecientemente antagónicas. Ello se refleja en el sistema actual que se basa sobre el concepto de deuda, lo que hace que la Economía Real siempre quede aprisionada y subordinada a los intereses y vaivenes de las Finanzas Virtuales.

· b) En materia de financiamiento de la economía, la doctrina liberal prevaleciente ha desplazado crecientemente al Estado en su función inalienable de utilizar la Moneda Nacional como instrumento de financiamiento de la economía. De ahí se entiende que hoy se haya transformado en dogma de las finanzas, el concepto aberrante de considerar que los bancos centrales deben mantenerse “independientes” del Estado, lo que es una manera de lograr que los mismos se subordinan a los intereses de la superestructura bancaria privada en lugar de los del pueblo y la economía en su totalidad. En el caso de Estado Unidos resulta particularmente nefasto por cuanto su banco central - el Banco de la Reserva Federal (FED) - es lisa y llanamente privado en un 97% de su estructura accionaria. Al lograr la superestructrura bancaria privada controlar el banco central, pueden entonces imponer una aguda desvalorización de la economía que hace que nunca haya capital suficiente para satisfacer las necesidades de la economía real. De esta manera, son los propios bancos privados los que logran transformarse en fuente primaria de crédito para toda la economía, activando así el muy redituable negocio de prestar dinero a interés, a menudo a tasas usurarias.

La Creación de la Banca de la Reserva Federal (FED)

En 1907 la banca Morgan provocó uno de sus pánicos financieros en Nueva York. A causa de este pánico bursátil de 1907, el senador Nelson Aldrich fue elegido presidente de la Comisión Nacional Monetaria. En su función visitó y estudió los bancos centrales de Europa, donde fue agasajado espléndidamente; a su regreso organizó, en colaboración con Paul Warburg, una de las reuniones secretas más importantes de la historia americana a fines del año 1910 en la Isla Jekyl de Georgia, donde se sentaron las bases para la creación de ese Banco Central bajo el nombre de Banco de la Reserva Federal. Los asistentes fueron la crema y nata de la Banca Internacional norteamericana: Benjamín Strong, en representación de Bankers Trust Company, adscrito a la órbita de la Casa Morgan; Henry Davison, alto ejecutivo igualmente de J. P. Morgan; Frank Vanderlip, presidente del National City Bank, de Rockefeller; Paul Warburg, director de la Banca Warburg; Charles D. Norton, presidente de J.P.Morgan; Abraham Piatt Andrew, Subsecretario del Tesoro. Warburg propuso allí el nombre de Federal Reserve para evitar la etiqueta de Banco Central.

El sistema de Reserva Federal fue creado con el objetivo aparente de evitar crisis económicas relacionadas con los pánicos financieros anteriores. Sin embargo, la realidad es muy distinta ya que lo que provocó el gran crack económico de 1929 fue precisamente el recorte abrupto que la propia Reserva Federal hizo con una súbita elevación de los tipos de interés, que es el precio del dinero. La Banca Internacional de Nueva York restringió el crédito y sobrevino el colapso de la Bolsa y de los bancos menores. Así, la gran depresión no fue un accidente casual sino un hecho económico bien preparado. Así pues, el sistema de Reserva Federal vigente desde entonces, dispone que el Estado otorgue a un grupo bancario privado la facultad de acuñar moneda y el derecho exclusivo a emitir billetes, o lo que es lo mismo, el control absoluto de la circulación monetaria en todo el país. Desde que este sistema fue adoptado, el gobierno estadounidense se limita a emitir bonos estatales que son respaldados por la Reserva Federal que es gestionada por la banca privada. Como consecuencia de ello, la banca privada del sistema federal percibe anualmente en concepto de intereses miles de millones de dólares, que son pagados, obviamente, por los contribuyentes norteamericanos.

En conclusión, la creación de un sistema internacional de hegemonía financiera en manos de algunos individuos es capaz de dominar la política del país y la economía mundial. Por tanto, desde que el sistema fue implementado, aunque los gobernadores de los Bancos Centrales se reúnen con periodicidad, no son sino meros subalternos del Gran Capital, quienes en realidad dirigen financieramente el Establishment mundial.

Algunos Datos Concretos

Resulta muy aleccionador recapitular sobre algunos de los hitos más importantes de los últimos meses que condujeron a la actual crisis terminal del sistema financiero global y que reflejan, con nombres concretos, lo que describimos arriba:

· Marzo 2008: Colapso del banco de inversiones Bear Stearns, adquirido por JPMorgan Chase a través de una línea de crédito por $ 30.000 millones otorgada por el Banco de la Reserva Federal (FED)

· Abril 2008: Colapso del Banco IndyMac - Generación de un fondo de rescate de más de $100.000 millones por la FED para estabilizar el sistema;

· Agosto 2008: Nacionalización de las dos mayores agencias tomadoras de carteras hipotecarias de EEUU - Freddie Mac y Fannie Mae - por la FED a un costo directo de $ 200.000 millones, haciendo que el Estado asuma una cartera de deuda por $5.400.000 millones;

· Septiembre 15, 2008 - Colapso del cuarto mayor banco de inversiones de EEUU, Lehman Brothers que sin embargo no fue salvado por la FED por considerar que sus efectos estaban consumados. Colapso del banco de inversiones Merrill Lynch que fue rescatado por el Bank of America a un costo de $ 50.000 millones (extra-oficialmente aportados por la FED ya que el Bank of America no disponía de semejante cantidad para salvar a Merrill)

· Septiembre 17, 2008: Colapso de la mayor aseguradora estadounidense y mundial, American International Group (AIG), nacionalizada por la FED en un 80% a un costo de $ 85.000 millones

· Septiembre 19, 2008: Henry Paulson (secretario del Tesoro y ex-CEO de Goldman Sachs), Bernard Shalom Bernanke (gobernador de la FED) y Christopher Cox (chairman de la Securities & Exchange Commission - la comisión de valores de EEUU) presentan al Congreso un plan de recate al mejor estilo de “blindaje financiero” por $ 700.000 millones para evitar caídas bancarias adicionales a partir de la semana que viene, las que podrían hacer colapsar a todo el sistema bancario y financiero de EEUU y, por extensión, global. Ante una pregunta a Bernanke de un congresista de cómo se arribó a esta gigantesca cifra de $ 700.000 millones, el gobernador de la FED respondió diciendo que la misma representa el 5% (!) de hipotecas que según él son incobrables. Sin embargo, analistas independientes estiman que esta cifra resultará absolutamente insuficiente, por cuanto la porción de hipotecas que se prevé son o serán incobrables - y que deben por ende ser pasadas a pérdida por los bancos - es mucho mayor: del orden del 10, 15 o 20 por ciento, lo que elevaría el monto del blindaje económico a cifras inimaginables. No por nada, en su edición del domingo 21 de septiembre pasado, el usualmente conservador diario “The Daily Telegraph” de Londres dijo que existen posibilidades concretas de que el propio Estado norteamericano termine declarándose en default sobre la totalidad de su deuda pública, hoy del orden de los $ 13.500.000 millones.

· Los grandes medios de prensa y analistas internacionales insisten en que estos blindajes los pagará el “contribuyente estadounidense” a través de mayores impuestos, hoy y en el futuro. Esto es apenas una parte de la verdad. La realidad es que estos salvoconductos sólo podrán pagarse con una aún mayor emisión monetaria descontrolada por parte del Banco de la Reserva Federal, lo que acelerará la erosión del valor del dólar. O sea, el costo de este desastre lo pagará todo el mundo que tenga tenencias en dólares, y no sólo el “contribuyente norteamericano”

La Situación Actual y posibles desenlaces

· La crisis que estamos viendo del sistema global financiero basado sobre el individualismo económico y la usura, es final No tiene solución a través de mecanismos y medidas estrictamente monetarias y económicas. Si las autoridades norteamericanas se circunscriben únicamente a este plano, entonces un grave colapso será inminente.

· Una visión más pragmática de las estructuras de poder globales y estadounidenses, sin embargo, permite afirmar que EEUU no va a permitir que esto le ocurra. Para ello, creemos entrever la existencia de lo que podríamos llamar tres planes alternativos para hacer frente a la crisis, según escenarios de creciente gravedad e inestabilidad:

Plan A Quedarse con el paquete que ya aprobó el Congreso el pasado viernes 3 de octubre por $ 700.000 millones de blindaje financiero, lo que permitirá que ese dinero se aplique como líneas de crédito de emergencia para asistir/salvar a aquellas instituciones bancarias que entre en crisis. Ello incluirá a bancos medianos, a financieras como Washington Savings & Loans, a bancos extranjeros con operaciones en EEUU (HSBC, Barclays, Deutsche Bank y otros), y muy especialmente a los megabancos estadounidenses aún en pie como Goldman Sachs, Morgan Stanley y CitiGroup (que espera muy ansiosamente cuantiosos fondos frescos para no entrar en colapso). La crisis se podrá administrar en las semanas por venir a través de medidas y mecanismos mayormente financieros, al tiempo que se redefinen las reglas de juego en Wall Street.

Plan B Si lo anterior no resulta, se da un colapso internacional en la bolsas y empieza a darse revueltas sociales violentas. Entonces, EEUU (Tesoro y FED) declara manu militari una emergencia económica nacional e introduce un cambio de moneda que al revés que el actual dólar tendrá respaldo en oro metálico (o sea con la introducción de algún chip u holograma inviolable transformándolo en una suerte de “oro de reserva global” de alto valor). Luego, con determinados poderosos tenedores de dólares y bonos del tesoro, se negociará según claros intereses geopolíticos y geoeconómicos: por ej., China, Japón, Unión Europea, y determinadas instituciones y empresas, que podrán transformar sus tenencias en dólares actuales por la nueva moneda según otras paridades.

Plan C Las autoridades norteamericanas no logran superar la crisis con medidas financieras, monetarias y económicas, lo que resulta en creciente violencia social e inseguridad política para Estados unidos y sus aliados.

Ello obligará a plantear el tema en el plano geopolítico, probablemente en los ámbitos político, diplomático y militar, promoviendo una mayormente generalizada situación de guerra global que permita derivar recursos, paliar los efectos de la crisis, imponer limitaciones estrictas a las libertades internas en EEUU so pretexto de la “grave crisis nacional”, intervenir militarmente en diversas partes del mundo, y movilizar al país (y aliados) en sus recursos materiales y en sus motivaciones psicológicas hacia la “defensa” ante el “enemigo”. Uno de los efectos buscados sería el de volver a equilibrar la economía y las finanzas así motorizadas, a través de una re-intensificada industria de guerra. Así podría darse un evento de algún ataque unilateral contra Irán so pretexto de su plan nuclear o, peor aún, algún bien orquestado auto atentado en territorio estadounidense o contra intereses norteamericanos o de sus aliados en otras partes del mundo, que hará empalidecer el del 11 de septiembre 2001. El mismo será entonces atribuido falsamente en los poderosísimos medios de difusión a Irán en particular, y al mundo musulmán en general lo que justificará una serie de ataques e invasiones. Otra posibilidad es que este ataque unilateral contra Irán sea llevado a cabo por el Estado de Israel tras recibir la luz verde para iniciarlo, lo que luego arrastrará a EEUU en la consiguiente guerra. También Rusia seguramente se verá involucrada, lo que tendrá el efecto de dividir y debilitar a la Unión Europea, especialmente en la inestable región centroeuropea. Semejante incendio bélico iniciado en Medio Oriente será excusa suficiente para liberar totalmente las reservas petrolíferas en Alaska, justificar una invasión de los campos petrolíferos de Venezuela, y militarizar el Atlántico Sur en las zonas de reservas petrolíferas Seguramente, todo esto también involucrará a China y a la India y conformaría una situación de guerra mundial, hoy de difícil previsión.

Estamos pues en la antesala de grandes definiciones que irán preparando el terreno a lo que se ha profetizado en la Escritura y recordado por la Madre del Señor. Es el comienzo de los dolores… y más.
  1. http://radiocristiandad.wordpress.com/2008/10/09/la-crisis-o-crack-financiero-en-el-macro-sistema-mundial/

lunes, 18 de agosto de 2008

De qué modo los católicos deben hacer política. El memorando de Denver

Desde Chiesa, texto e imagen, al final de la entrada un link hacia el sitio de amazon en que se puede comprar el libro:

Hace ruido un libro del arzobispo estadounidense Chaput, en vísperas de la elección presidencial, contra quienes quieren aguar la fe o ralearla de la esfera pública. "L'Osservatore Romano" lo resume por primera vez y recomienda su lectura: "en Estados Unidos y en otras partes"
por Sandro Magister

ROMA, 13 de agosto de 2008 – Hace un día ha salido a la venta en Estados Unidos un libro que provocará muchas discusiones, especialmente en vísperas de la elección presidencial. El autor es Charles J. Chaput, arzobispo de Denver.

Chaput, de 64 años de edad, nacido en una familia campesina de Kansas, pertenece a una tribu piel roja, la Prairie Band Potawatomi. Es franciscano de la orden de los frailes capuchinos. Antes que en Denver fue obispo en Rapid City, en Dakota del Sur. Está entre los candidatos a dos arquidiócesis de primera magnitud, en las que se está a la espera de nuevos titulares: Nueva York y Detroit.

Ya el título del libro permite intuir su contenido: "Render Unto Caesar. Serving the Nation by Living Our Catholic Beliefs in Political Life". Es justo dar al César lo que él espera. Pero se sirve a la nación viviendo la propia fe católica en la vida política.

Chaput se pone decididamente en movimiento contra la corriente cultural que prevalece en los medios de comunicación, en las universidades, entre los activistas políticos, una corriente que querría expulsar la fe de la escena pública.

Pero también lanza un desafío a la comunidad católica estadounidense. En Estados Unidos, los católicos son 69 millones de fieles, una cuarta parte de la población. En el Congreso hay más de 150 legisladores que se declaran católicos. En el Senado, los católicos son uno cada cuatro. En la Corte Suprema son mayoría. 'Pero qué diferencia hacen?, se pregunta el autor del libro.

Entre los obispos americanos, Chaput es uno de los más decididos en tomar posiciones absolutamente claras respecto al aborto, a la pena de muerte y a la inmigración. En la controversia sobre la comunión a los políticos católicos "pro choice", sostiene que si éstos ignoran la enseñanza de la Iglesia sobre el aborto no están más en comunión con la fe, con lo cual se separan de la comunidad de los fieles. En consecuencia, si reciben la comunión eucarística se actúa hipócritamente.

En Estados Unidos, esta controversia es siempre muy candente. La última llamarada se encendió en abril pasado, cuando durante las Misas del Papa en visita a Washington y Nueva York recibieron la comunión los católicos “pro-choice” Nancy Pelosi, John Kerry, Ted Kennedy y Rudolph Giuliani.

Pero el libro de Chaput profundiza mucho más. Pide a los católicos vivir plenamente su fe, sin componendas. Sostiene que si los católicos estadounidenses atraviesan una crisis de fe, de misión y de liderazgo, la tarea de superarla recae sobre todos, tanto sobre los fieles como también sobre los obispos.

Esta tarea tiene que reverdecer el mundo entero. Si Estados Unidos exporta violencia, avidez y desprecio por la vida humana, los católicos estadounidenses no pueden tolerar esto. Deben obrar activamente, a fin de que sus naciones vuelvan a ser un faro de civilización, de armonía religiosa, de libertad y de respeto por la persona.

El libro de Chaput ha suscitado fuertes intereses también en Roma. El mismo día que salió a la venta en las librerías, el 12 de agosto, "L'Osservatore Romano" le ha dedicado una amplia recensión, escrita por Robert Imbelli, sacerdote de la arquidiócesis de Nueva York y profesor de teología en el Boston College.

A continuación se reproduce un breve pasaje del libro. Inmediatamente después se reproduce la recensión aparecida en "L'Osservatore Romano".

El relato sobre dos obispos

Tomado de "Render Unto Caesar", comienzo del capítulo 4, páginas 55-58.
por Charles J. Chaput

El arzobispo Joseph Rummel sirvió al pueblo católico de New Orleans, desde 1935 hasta su muerte en 1964. En torno a los años 1950 enfrentó un problema crecientemente desagradable. La Arquidiócesis de New Orleans tenía la población católica más numerosa en el Sur Profundo y muchos miles de católicos de raza negra. También tenía escuelas que practicaban la segregación racial. Rummel y anteriores obispos habían asegurado siempre que los estudiantes de raza negra tenían acceso a la educación católica. Sin embargo, las escuelas parroquiales segregacionistas tenían la misma escasez de dinero y la pobre calidad que tenían también las escuelas públicas segregacionistas.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Rummel comenzó a dejar de lado la segregación en la Iglesia local. En 1948, su seminario dio la bienvenida a dos estudiantes de raza negra. En 1951, Rummel retiró de las parroquias católicas los carteles con la leyenda “blanco” y “de color”. En 1953, un año antes que la Corte Suprema de Estados Unidos derogara la segregación en las escuelas públicas, emitió la primera de dos cartas pastorales enérgicas: "Blessed Are the Peacemakers [Bienaventurados los constructores de la paz]." Los párrocos la leyeron a sus feligreses un día domingo en cada Misa. En ella, Rummel condenaba la segregación. Esto provocó una respuesta rápida. Algunos feligreses se resintieron amargamente al escuchar desde el púlpito que “no hay más discriminación o segregación racial en los bancos de iglesia, en la balaustrada de la Comunión, en lo confesional y en los encuentros parroquiales, así como no habrá segregación racial en el reino de los cielos.”

En 1956, Rummel dijo que su intención era eliminar la segregación racial en las escuelas católicas. La cólera aumentó. La mayoría de las juntas de las escuelas parroquiales votó contra la eliminación de la segregación racial, pero Rummel no se inmutó. Un año antes, él había cerrado una parroquia cuando sus feligreses objetaron a un nuevo párroco de raza negra que él les había asignado. Pero para complicar los problemas del obispo, muchos padres mudaron a sus hijos desde las escuelas públicas a las escuelas católicas, con la esperanza de evitar la eliminación de la segregación. Los miembros de la legislatura de Louisiana amenazaron con retener los fondos públicos entonces disponibles para las escuelas católicas si Rummel seguía adelante con sus planes.

A comienzos del año 1962, Rummel dijo que al año siguiente las escuelas católicas estarían integradas. Varios políticos católicos organizaron protestas públicas y campañas de envío de cartas, y amenazaron con boicotear a las escuelas católicas. El 16 de abril de 1962, Rummel excomulgó a tres católicos prominentes – a un juez, a un escritor político y a un líder comunitario – por haber desafiado públicamente la enseñanza de su Iglesia.

Los acontecimientos de New Orleans se convirtieron en noticia nacional, cubierta por la revista "Time" y por el diario "New York Times." La junta editorial de "Times" afirmó que “los hombres de todas las creencias deben admirar la valentía resuelta [de Rummel]”, porque él ha “dado un ejemplo basado en principios religiosos y en sintonía con la conciencia social de nuestra época.”

En 2004, otro arzobispo, Raymond Burke de St. Louis, ocupó los titulares nacionales. En sus semanas finales como obispo de La Crosse, en Wisconsin, pidió a tres figuras públicas católicas que se abstuvieran de presentarse a recibir la Eucaristía. Luego pidió a sus sacerdotes que se negaran a conceder la Comunión a los funcionarios públicos católicos que respaldan el pretendido derecho al aborto. Los tres políticos ofendidos afirmaron que ellos eran simplemente “pro-choice”. Pero según la perspectiva de Burke, sus acciones mostraban un respaldo material a favor del aborto y un desprecio tenaz de su propia fe. Los tres habían votado a favor o habían respaldado la decisión de obligar a los hospitales católicos a brindar servicios de aborto. En efecto, ellos habían tratado públicamente de forzar a la Iglesia para que violara su enseñanza en el serio tema de la santidad de la vida.

La acción de Burke, si bien más dúctil que la de Rummel, le granjeó bastantes enemigos, inclusive entre personas que se consideraban católicos. A diferencia de Rummel, Burke no recibió ningún elogio encendido por parte de "New York Times". También recibió un tratamiento muy diferente por parte de los medios de comunicación. Pero de nuevo y al igual que Rummel, él no había verificado con "Times" para obtener su aprobación. No le importaba lo que pensara "Times", sí lo que cree la Iglesia.

La enseñanza moral de nuestro relato es éste. Primero, cuando los católicos toman en serio a su Iglesia y actúan en el mundo basados en su enseñanza, eso no le gustará a algunos, con frecuencia a algunos que son poderosos. Segundo, en recientes políticas americanas, la línea que divide el “testimonio profético” de la “violación de la separación de Iglesia y Estado” depende por lo general de quién traza la línea, de quien se siente ofendido y de cuál es el tema en cuestión. La línea se extravía según sean las conveniencias. Pero los católicos, al buscar vivir su fe, no pueden seguir lo que les conviene.

Dar al César lo que es suyo
Tomado de "L'Osservatore Romano" del 12 de agosto 2008
por Robert Imbelli

Este nuevo libro del Arzobispo de Denver, Colorado, aunque dirigido primeramente a sus feligreses católicos, servirá también para promover un diálogo por demás necesario tanto dentro como fuera de la Iglesia. Más aún, aparece en un momento particularmente significativo: en las vísperas de una de las más importantes elecciones presidenciales en la reciente historia de Estados Unidos.

Se puede leer el libro en diversos niveles, cada uno de las cuales ilumina a los otros. El primer nivel está indicado por el subtítulo del libro: “servir a la nación viviendo nuestras creencias católicas en el ámbito de la vida política.”

Una idea central en la posición del autor es que la fe, aunque marcada y esencialmente personal, nunca es privada. Es inseparable la relación con Dios a través de Jesucristo y la relación con otras personas en Jesucristo, tal como lo expone con claridad meridiana la escena del gran juicio en el capítulo 25 del Evangelio según san Mateo.

Pero inclusive prescindiendo de esto, la fe bíblica tiene siempre implicancias sociales y también políticas. Todo aquél que toma en serio la tradición profética del Antiguo Testamento reconoce esto fácilmente. Y el cumplimiento de la revelación en Jesucristo sólo intensifica la vocación del creyente para promover la venida del Reino en cada una de las dimensiones de la vida humana.

La doctrina social de la Iglesia Católica - desde la “Rerum Novarum” de León XIII, pasando por la “Gaudium et spes” del Concilio Vaticano II hasta llegar al reciente mensaje a las Naciones Unidas de Benedicto XVI - es la aplicación permanente de esta tradición profética a los contextos cambiantes de la historia mundial. Las propias convicciones del Arzobispo Chaput se encuentran expresadas con estas palabras: “La Iglesia no reclama ningún derecho para dominar el dominio de lo secular. Pero ella tiene todo el derecho – de hecho la obligación – de comprometer a la autoridad secular y de desafiar a los que la detentan, para que satisfagan las exigencias de la justicia. En este sentido, la Iglesia Católica no puede permanecer, nunca ha permanecido y nunca permanecerá ’fuera de la política’. La política implica el ejercicio del poder. El uso del poder tiene un contenido moral y consecuencias humanas. Y el bienestar y destino de la persona humana es de lejos la preocupación, y la competencia especial, de la comunidad cristiana” (pp. 217-218).

Por otro lado, hay voces influyentes, tanto en Estados Unidos como en Europa, que tratan de reducir la religión y la fe a una preferencia privada que no tiene que jugar un rol público. Por eso ellos buscan construir lo que un crítico llama una “plaza pública desnuda”, con lo cual domestican la religión y secularizan totalmente el ámbito de lo público.

Para el Arzobispo Chaput, tal estrategia no solo desnaturaliza a la religión, y especialmente al catolicismo, sino que además se presenta en profunda contradicción con la originalidad histórica del “experimento americano de la democracia.” El llamado “muro de separación” entre la Iglesia y el Estado en Estados Unidos (una frase invocada frecuentemente en forma errónea) nunca fue pensado para excluir el compromiso integral de los creyentes en la vida civil y política de la nación. Y la prohibición de la Constitución de Estados Unidos que le impide al Estado actuar contra toda “institución” religiosa fue una excelente protección contra la intrusión injustificable del Estado en asuntos religiosos.

El autor expone específicamente el pensamiento del difunto teólogo John Courtney Murray, S.J., quien desempeñó un rol importante en el Concilio Vaticano Segundo, en la elaboración de la pionera Declaración conciliar sobre Libertad Religiosa, "Dignitatis humanae." Murray argumentaba (y Chaput está de acuerdo) que los documentos fundacionales de la democracia estadounidense expusieron una visión de la ley natural que afirma verdades universales sobre la condición humana. En consecuencia, al estar comprometidos con la tradición de la ley natural, los católicos tienen para aportar una contribución crucial a la vida pública y al proceso político estadounidenses. Por cierto, 'cómo se puede contribuir en lo posible al bien común, si no se plantea en la discusión y en el debate los valores y las convicciones morales personales bien fundamentados?

Más aún, las figuras más autorizadas de la tradición católica, como santo Tomás de Aquino, reconocen la autonomía legítima de lo secular. “César” reclama legítimamente la lealtad y dedicación de los ciudadanos, pero esa lealtad nunca puede usurpar la obediencia y el culto que se debe tributar únicamente a Dios.

El Arzobispo Chaput dedica un conmovedor capítulo al santo inglés Thomas More, a quien el papa Juan Pablo II llamó “el patrono de los Gobernantes y de los Políticos.” La grandeza de More radica en su valiente lucha para permanecer fiel a su obligación hacia su soberano terrenal, mientras no se comprometiera su consagración definitiva a los dictados de su propia conciencia como reflejo de su obediencia a su Rey celestial. Como bien se sabe, ser coherente hasta el fin le costó a More su vida, pero su testimonio permanece como una fuerza poderosa y como inspiración para todos los que buscan iluminar el orden social con la luz del Evangelio.

* * *

El segundo nivel en el que se puede leer el libro es un llamado a los católicos estadounidenses para que recobren una comprensión vigorosa y universal de su propia tradición de fe.

Con demasiada frecuencia, en los cuarenta años transcurridos desde el Concilio, los católicos se encuentran divididos, por cuanto apelan selectivamente a uno u otro aspecto de la Tradición. Esta tendencia a elegir selectivamente ha sido denominada “catolicismo de cafetería,” y sólo ha sido exacerbada por el individualismo creciente de una sociedad americana orientada hacia el consumo. Por eso, en lugar de ser “levadura” en la sociedad, la fe corre el riesgo de adaptarse en forma acrítica a la cultura contemporánea, lo cual debilita el testimonio evangélico de la Iglesia. El autor plantea un desafío fuerte a su grey católica: “como católicos, necesitamos tener una mirada mucho más firme y más autocrítica sobre nosotros mismos como creyentes, en los temas que subyacen hoy y que erosionan la identidad católica, y en la asimilación mayoritaria – mejor se podría decir absorción – que sufren los católicos por parte de la cultura estadounidense” (p. 184).
En efecto, el Arzobispo Chaput plantea a sus compatriotas el mismo desafío que san Pablo planteó a sus seguidores, quienes eran ciudadanos del Imperio Romano. “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12, 2).

La clave aquí es la virtud del discernimiento – una tarea siempre exigente. Pero sería ingenuo no admitir que el discernimiento auténtico plantea problemas particulares en nuestros días, cuando la influencia de los medios de comunicación es tan avasallante. Con todos los beneficios que proveen las comunicaciones instantáneas, a causa de su adicción a lo efímero también pueden desvirtuar el peso necesariamente reflexivo de evidencia que sólo proporciona el discernimiento. Además, gran parte de los medios de comunicación populares (música, películas, videojuegos) promueve entretenimientos de naturaleza escapista o violenta que insensibilizan y oscurecen la conciencia. No sorprende que el Arzobispo Chaput apele varias veces al análisis del difunto crítico de la cultura, Neil Postman, cuyo estudio lleva el ominoso titulo de "Amusing Ourselves to Death [Divirtiéndonos hasta la muerte]."

La evaluación realista de Chaput respecto al desafío que afrontamos desemboca en una apreciación renovada de lo que cuesta ser discípulo. Él invoca figuras como el pastor luterano alemán Dietrich Bonhoeffer, el líder norteamericano de los derechos civiles Martin Luther King y el extinto obispo católico vietnamita, el cardenal F. X. Nguyen Van Thuan, que le sirven como testigos ejemplares de lo que puede inmortalizar un valiente seguidor de Cristo. Frente a su testimonio fiel, nuestra predisposición a compromisos fáciles puede parecer una traición.

Por último, para el cristiano el criterio definitivo del discernimiento que da vida sólo puede ser el mismo Señor Jesús. Él es todo el tesoro de la Iglesia, el Evangelio de vida que estamos llamados a compartir. El autor escribe: “la fe católica es mucho más que un conjunto de principios con los que acordamos, es más bien una forma de vida completamente nueva. Las personas deben ver esta nueva vida que se vive. Ellas deben ver la alegría que esto trae, deben ver la unión de los creyentes con Jesucristo” (p. 190).

* * *

Finalmente, el tercer nivel en el que se puede leer el libro es como una lectura del Concilio Vaticano Segundo. Aún cuando no emplea el término o ni siquiera trata el tema ex professo, el Arzobispo lee claramente el Concilio Vaticano II a través de la óptica de una “hermenéutica de la reforma” dentro de la Tradición milenaria de la Iglesia.

Frente a las frecuentes apelaciones al “espíritu” del Concilio, él afirma con toda franqueza: “la enseñanza del Vaticano II existe primero y antes que nada en los mismos documentos conciliares. Ninguna interpretación del Concilio tiene valor, a menos que provenga orgánicamente de lo que el Concilio afirmó realmente y luego se mantenga fiel a ello” (p. 112).

Más aún, lo que el Concilio afirmó realmente debe ser interpretado en el contexto de todo su “corpus” doctrinal. Por eso, por más importante que puedan ser la Declaración sobre la Relación de la Iglesia con las Religiones no-cristianas ("Nostra aetate") o la Declaración sobre Libertad Religiosa ("Dignitatis humanae"), ellas deben ser leídas siempre en el marco del contexto general provisto por la cuatro “Constituciones”, que son las columnas fundamentales del Concilio Vaticano II. Deben ser leídas específicamente a la luz de la visión cristocéntrica del Concilio, la que recibe su orientación de la declaración de Lumen gentium, que proclama que “Cristo es la luz de las naciones” (LG 1), y de la feliz afirmación de Gaudium et spes, que proclama que “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).

Es verdad, por supuesto, que el foco de los trabajos del Concilio fue eclesiológico y que no dedicó un documento específico a la cristología. Sin embargo, la visión del Concilio fue tamizada con la cristología, en definitiva una cristología “elevada”. En otro lugar he escrito sobre la “profunda gramática” cristológica del Vaticano Segundo: cómo toda la enseñanza del Vaticano Segundo debe ser leída a la luz de su proclamación de la unicidad de Jesucristo.

Encuentro la misma convicción expresada en el libro del Arzobispo Chaput. Por ejemplo, él afirma que “necesitamos arraigar la dimensión social de nuestra fe católica, y todas las otras cosas que hacemos, por amor a Dios, lo cual es el combustible que nos moviliza para llevar a cabo nuestra misión evangelizadora. No podemos ofrecer una acción social católica a los hombres y mujeres de todo el mundo, sin ofrecerles al mismo tiempo a Jesucristo” (p. 193). La misión católica y la identidad católica son inseparables. Ambas encuentran expresión sacramental en la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida católica: "Ecclesia de Eucharistia [La Iglesia vive de la Eucaristía]." El Arzobispo declara: “la Iglesia Católica es un entramado de relaciones basado en la relación más importante de todas: el don de sí mismo que hace Jesucristo en la Eucaristía para nuestra salvación. Ninguno de nosotros merece el don del amor de Cristo. Ninguno de nosotros ‘es digno de’ la Eucaristía” (p. 223).

En un capítulo final el autor aborda algunos temas pastorales apremiantes, referidos al acceso a la Eucaristía por parte de figuras públicas que defienden posturas que la Iglesia afirma que son intrínsecamente malas, como el aborto. La forma en que el Arzobispo trata estos temas es a un mismo tiempo pastoralmente sensible y teológicamente convincente. Esto ayudará a proporcionar claridad al diálogo y discernimiento permanentes en esta materia tan delicada, una materia que exige ser tratada para bien de la integridad de la fe.

Para concluir, podemos afirmar que el Arzobispo Chaput ha escrito un libro documentado, equilibrado, refinado e incisivo. Este libro debe ser leído, discutido y tomado en serio en Estados Unidos y fuera de este país. En varios sentidos su mensaje es simple, si bien por cierto no es simplista. Él plantea con franqueza el interrogante: “'qué deben hacer los católicos hoy por su país?”. Su respuesta es igualmente franca: “no mentir. Si decimos que somos católicos, debemos probarlo. La vida pública de Estados Unidos necesita personas dispuestas a defender, sin engaños, la verdad de la fe católica y los valores humanos comunes que la fe respalda” (p. 197).

Aquí encuentro una clara resonancia con lo que el apóstol san Pablo dice a los cristianos de Éfeso, como requisito de su unión en Cristo: “Por lo tanto, desechando la mentira, hablad con la verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros” (Ef 4, 25).
  1. http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/206226?sp=y
  2. http://www.amazon.com/Render-Unto-Caesar-Catholic-Political/dp/0385522282

lunes, 5 de mayo de 2008

IMMORTALE DEI, S.S. León XIII

IMMORTALE DEI
de S.S. León XIII
sobre la constitución cristiana de los estados


Obra inmortal de Dios misericordioso es su Iglesia; la cual, aunque por sí y por su propia naturaleza atiende a la salvación de las almas y a que alcancen la felicidad en los cielos, aun dentro del dominio de las cosas caducas y terrenales procura tantos y tan señalados bienes, que ni más en número ni mejores en calidad resultarían si el primer y principal objeto de su institución fuesen asegurar la prosperidad de la presente vida.

A la verdad, dondequiera que puso la Iglesia el pie, hizo al punto cambiar el estado de las cosas e informó las costumbres con virtudes antes desconocidas y con una nueva civilización; y así los pueblos que la recibieron sobresalieron entre los demás por la mansedumbre, por la equidad y por la gloria de su historia.

No obstante, muy vieja y ya trasnochada es la calumniosa acusación, movida contra la Iglesia: la de que es enemiga de los intereses del Estado, e incapaz de promover, en nada, aquellas condiciones de bienestar y de gloria, a las que tiene pleno derecho y aspira toda sociedad bien ordenada.

Sabemos que ya desde el principio de la Iglesia fueron perseguidos los cristianos con semejantes y peores calumnias; tanto que, blanco del odio y de la malevolencia, pasaban por enemigos del Imperio; y sabemos también que en aquella época el vulgo, mal aconsejado se complacía en atribuir al nombre cristiano la culpa de todas las calamidades que afligían a la nación, no echando de ver que quien las infligía era Dios, vengador de los crímenes, que castigaba justamente a los pecadores. La atrocidad de esta calumnia armó, no sin motivo, el ingenio y afiló la pluma de San Agustín, el cual, en varias de sus obras y singularmente en la Ciudad de Dios, demostró con toda claridad la virtud y potencia de la sabiduría cristiana por lo tocante a sus relaciones con la república, que no tanto parece haber hecho cabal apología de la cristiandad de su tiempo, como haber logrado un perpetuo triunfo sobre tan falsas acusaciones.

Sobrevivió, sin embargo, el tan funesto apetito de tales quejas y falsas acusaciones; y muchos se empeñaron en buscar la norma constitutiva de la sociedad civil fuera de las doctrinas que aprueba la Iglesia católica. Y aun últimamente, surgió eso que llaman el derecho nuevo, que dicen ser la adquisición madura de los tiempos modernos, debida a la libertad que progresa, y que ha comenzado a prevalecer y dominar por todas partes.
Pero, a pesar de tantos ensayos, consta no haber encontrado modo más excelente de constituir y gobernar la sociedad civil que el que espontáneamente brota de la doctrina misma del Evangelio.

Juzgamos, pues, de suma importancia y cumple a Nuestro cargo apostólico comparar con la doctrina cristiana las modernas opiniones acerca del Estado civil; y, con ello, confiamos que ante el resplandor de la verdad se desvanezca y no subsistan los motivos de error o duda; y que así todos aprenderán con facilidad cuántos y cuáles sean aquellos capitales preceptos, norma práctica de la vida, que deben seguir y obedecer.

LA SOCIEDAD CIVIL.
Poder público.
No es difícil averiguar qué fisonomía y estructura revestirá la sociedad civil o política cuando la filosofía cristiana gobierna el Estado. El hombre está naturalmente ordenado a vivir en comunidad política, porque no pudiendo en la soledad procurarse todo aquello que la necesidad y el decoro de la vida exigen, como tampoco lo conducente a la perfección de su ingenio y de su alma, la providencia de Dios dispuso que el hombre naciera inclinado a asociarse y unirse a otros, ya en la sociedad doméstica ya en la civil, única que le puede proporcionar todo lo que basta perfectamente para la vida. Mas, como quiera que ninguna sociedad puede subsistir ni permanecer si no hay quien presida a todos y mueva a cada uno con un mismo impulso eficaz y encaminado al bien común, síguese de ahí ser necesaria a toda sociedad de hombres una autoridad que la dirija; autoridad que, como la misma sociedad, surge y emana de la naturaleza, y, por lo tanto, del mismo Dios, que es su autor.

De donde se sigue que el poder público por sí propio, o esencialmente considerado, no proviene sino de Dios, porque sólo Dios es el verdadero y Supremo Señor de las cosas, al cual necesariamente todas deben estar sujetas y servir, de modo que todos los que tienen derecho de mandar, de ningún otro lo reciben si no es de Dios, Príncipe Sumo y Soberano de todos. No hay potestad sino de Dios[1].

El derecho de soberanía, por otra parte, en razón de sí propio, no está necesariamente vinculado a tal o cual forma de gobierno; se puede escoger y tomar legítimamente una u otra forma política, con tal que no le falte capacidad de cooperar al bienestar y a la utilidad de todos.

Gobernantes.
Mas, cualquiera que sea esa forma, los jefes o príncipes del Estado deben poner la mira totalmente en Dios, Supremo Gobernador del universo y proponérselo como ejemplar y norma que seguir en el administrar la república. Porque, así como en el mundo visible Dios ha creado causas segundas, que dan a su manera claro conocimiento de la naturaleza y acción divinas, y concurren a realizar el fin último del mundo, así también ha querido Dios que en la sociedad civil hubiese una autoridad principal, cuyos depositarios reflejasen de algún modo la imagen de la potestad y providencia divina sobre el linaje humano. Así que justo ha de ser el mandato e imperio que ejercen los gobernantes, y no despótico, sino en cierta manera paternal, porque el poder justísimo que Dios tiene sobre los hombres está también unido con su bondad de Padre; y por ello, ha de ejercitarse en provecho de los ciudadanos, porque la única razón del poder de quien gobierna es la tutela del bienestar público. Por lo tanto, de ningún modo puede admitirse que la autoridad civil sirva a los intereses de uno o de pocos, cuando ha sido establecida para el bienestar de todos.

Y si los jefes del Estado llegan a ejercer injustamente su autoridad; si oprimen a los súbditos; si pecan por orgullosos; si malvierten haberes y hacienda y no miran por los intereses del pueblo, tengan por muy cierto que han de dar estrecha cuenta a Dios; y esta cuenta será tanto más rigurosa cuanto más sagrado y augusto hubiese sido el cargo o más alta la dignidad que hayan poseído. Los poderosos serán poderosamente castigados[2].

Súbditos.
Con esto se logrará que la majestad del poder esté acompañada de la reverencia honrosa que de buen grado le prestarán los ciudadanos. Y en efecto, una vez convencidos de que los gobernantes tienen su autoridad de Dios, reconocerán estar obligados en deber de justicia a obedecer a los príncipes, a honrarlos y obsequiarlos, a guardarles fe y lealtad, a la manera que un hijo piadoso se goza en honrar y obedecer a sus padres. Toda alma se someta a las autoridades superiores[3].

No es menos ilícito el despreciar la potestad legítima, quienquiera que sea el poseedor de ella, que el resistir a la divina voluntad, pues quienes a aquella resisten caen voluntariamente y se despeñan en el abismo de la perdición. El que se insubordina contra la autoridad, se opone a la ordenación de Dios; y los que se oponen, recibirán su propia condenación[4]. Por tanto, quebrantar la obediencia y acudir a la sedición, valiéndose de la violencia de las muchedumbres, es crimen de lesa majestad, no sólo humana, sino divina.

Sociedad-Dios.
Así fundada y constituida la sociedad política, manifiesto es que ha de cumplir por medio del culto público las muchas y relevantes obligaciones que la unen con Dios.

La razón y la naturaleza, que mandan que cada uno de los hombres de culto a Dios piadosa y santamente, porque estamos bajo su poder, y de Él hemos salido y a Él hemos de volver, imponen la misma ley a la comunidad civil. Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios unidos en sociedad que cada uno de por sí; ni está la sociedad menos obligada que los particulares a dar gracias al Supremo Hacedor, a quien ella debe -y ha de reconocerlo- la existencia, la conservación, y todo aquel gran número de bienes que tiene en su seno. Por esta razón, así como no es lícito descuidar los propios deberes para con Dios, el primero de los cuales es profesar de palabra y de obra, no la religión que a cada uno acomode, sino la que Dios manda, y consta por argumentos ciertos e irrecusables ser la única verdadera, de la misma suerte no pueden las sociedades políticas obrar en conciencia, como si Dios no existiese; ni volver la espalda a la religión, como si les fuese extraña; ni mirarla con esquivez ni desdén, como inútil y embarazosa; ni, en fin, adoptar indiferentemente una religión cualquiera entre tantas otras; antes bien, y por lo contrario, tiene el Estado político la obligación de admitir enteramente, y profesar abiertamente aquella ley y prácticas de culto divino que el mismo Dios ha demostrado querer.

Es, por lo tanto, obligación grave de los príncipes honrar el santo nombre de Dios; así como favorecer con benevolencia y amparar con eficacia a la religión, poniéndola bajo el escudo y vigilante autoridad de la ley; y no instituir ni decretar nada que pueda ser nocivo a la incolumidad de aquélla.

Deber éste, al que también vienen obligados los Gobiernos a causa de los ciudadanos, sus súbditos; porque, a la verdad, y sin excepción, los hombres, todos cuantos hemos venido a la luz de este mundo, nos reconocemos naturalmente inclinados y razonablemente movidos a la consecución de un bien último y supremo que, por encima de la fragilidad y brevedad de esta vida, está colocado en los cielos, y al que todos nuestros pensamientos se han de dirigir.

Si, pues, de este sumo bien depende el colmo de la dicha o la perfecta felicidad de los hombres, no habrá quien no vea que su consecución importa tanto a cada uno de los ciudadanos, que mayor interés no hay ni es posible. Necesario es, por lo tanto, que la sociedad civil, al estar ordenada al bien común, promueva la prosperidad pública de tal suerte que los ciudadanos, en su caminar hacia la adquisición de aquel bien supremo e inconmutable, al que tienden por naturaleza, no sólo no encuentren dificultades por parte de ella, sino que reciban de ella todas las facilidades posibles. Y la primera y principal es precisamente esta, hacer todo lo posible para mantener respetada e inviolable la religión, cuyos deberes forman el nexo de unión entre el hombre y Dios.

LA SOCIEDAD RELIGIOSA.
Cuál sea la verdadera religión lo ve sin dificultad un juicio imparcial y prudente, toda vez que tantas y tan preclaras pruebas, como son la verdad y cumplimiento de las profecías, la frecuencia de los milagros, la rápida propagación de la fe aun entre los mayores obstáculos y frente a graves enemigos, el testimonio sublime de los mártires, y otras mil, hacen patente que la única religión verdadera es la que Jesucristo en persona instituyó, confiándola a su Iglesia, para que la mantuviese y dilatase por todo el universo.

Porque el unigénito Hijo de Dios constituyó sobre la tierra la sociedad que se llama la Iglesia, transmitiéndole aquella propia excelsa misión divina que Él en persona había recibido de su Padre, y encargándole que la continuase en todos tiempos. Como el Padre me envió, así también yo os envío[5]. Mirad que estoy con vosotros todos los días hasta que se acabe el mundo[6]. Y así como Jesucristo vino a la tierra para que los hombres tengan vida y la tengan en más abundancia[7], no de otra suerte la Iglesia tiene como propio fin la eterna salvación de las almas: y así, por su propia naturaleza, abarca a todo el género humano, sin que la limiten ni los lugares ni los tiempos. Predicad el Evangelio a toda criatura[8].

A esta multitud tan grande de hombres Dios mismo asignó Prelados con potestad de gobernarla, y quiso que uno solo fuese el Jefe de todos, y que fuese para todos el máximo e infalible maestro de la verdad, a quien entregó las llaves del reino de los cielos. Te daré las llaves del reino de los cielos[9]. Apacienta mis corderos..., apacienta mis ovejas[10]. Yo he rogado por ti para que no falle tu fe[11].

Esta sociedad, pues, aunque consta de hombres no de otro modo que la comunidad civil, con todo, atendido el fin a que mira y los medios de que usa y de que se vale para lograrlo, es sobrenatural y espiritual y, por consiguiente, distinta y diversa de la política; y, lo que es más de atender, completa en su género y perfecta jurídicamente, como que posee en sí misma y por sí propia, merced a la voluntad y gracia de su Fundador, todos los elementos y facultades necesarios para su existencia y para su acción. Y como el fin a que atiende la Iglesia es noble como ningún otro, de igual modo su potestad se eleva muy por encima de cualquier otra, y no puede en manera alguna ser inferior a los poderes del Estado, ni estar sujeta a él en cualquier modo.

Y, en efecto, Jesucristo otorgó a sus Apóstoles plena autoridad y mando libérrimo sobre las cosas sagradas, con facultad verdadera de legislar y con el doble poder consiguiente a esta facultad, conviene a saber: el de juzgar y el de castigar: Me fue dada toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las gentes..., enseñándolas a observar todas las cosas que os he mandado[12]. Y en otra parte: Si no te oyere, dilo a la Iglesia[13]. Y todavía: Estamos dispuestos a vengar toda desobediencia[14]. Aun más: Use yo con seguridad la autoridad que el Señor me dio para la edificación, y no para la destrucción[15]. No es, por tanto, la sociedad civil, sino la Iglesia, la que ha de guiar los hombres a la patria celestial; a la Iglesia ha dado Dios el oficio y deber de definir y juzgar en materias de religión; el enseñar a todas las gentes y ensanchar cuanto pudiere el imperio del nombre de Cristo; en una palabra, el de gobernar, libremente o sin trabas y según su propio criterio, la cristiandad entera.

Independencia de la Iglesia.
Pues esta absoluta y perfectísima autoridad, que filósofos lisonjeros del poder secular impugnan largo tiempo ha, la Iglesia no ha cesado nunca de reivindicarla para sí, ni de ejercerla públicamente. Por ella los Apóstoles batallaron en primer término, y por esta causa, a los príncipes de la Sinagoga, que les prohibían propagar la semilla de la doctrina evangélica, respondían constantes: Hay que obedecer a Dios más que a los hombres[16]. Esta misma autoridad cuidaron de afianzar acertadamente los Santos Padres con peso y claridad de razones por demás convincentes, y los Romanos Pontífices, con invicta constancia de ánimo, la vindicaron siempre contra sus enemigos.

Más aún: eso mismo ratificaron y de hecho aprobaron los príncipes y gobernantes de la sociedad civil, supuesto que han solido tratar con la Iglesia como con un supremo Poder legítimo, ora por medio de pactos y transacciones, ora enviándole embajadores y recibiéndolos, ora cambiando en mutua correspondencia otros buenos oficios.

Y ha de reconocerse una singular Providencia de Dios en el hecho de que dicha suprema Potestad llegara a encontrar en un principado civil la segura defensa de su independencia.

Por lo dicho se ve cómo Dios ha hecho copartícipes del gobierno de todo el linaje humano a dos potestades: la eclesiástica y la civil; ésta, que cuida directamente de los intereses humanos y terrenales; aquélla, de los celestiales y divinos. Ambas potestades son supremas, cada una en su género; ambas tienen sus propios límites dentro de los cuales actúan, definidos por la naturaleza y fin próximo de cada una: por lo tanto, en torno a ellas, se forma como una esfera, dentro de la cual cada una dispone iure proprio. Mas como el sujeto sobre que recaen ambas potestades soberanas es uno mismo, y como, por otra parte, suele acontecer que una misma cosa pertenezca, si bien bajo diferente aspecto, a una y otra jurisdicción, claro está que Dios, providentísimo, no estableció aquellas dos potestades soberanas, sino después de haberlas ordenado convenientemente entre sí. Y aquellas [las potestades], que son, están ordenadas por Dios[17]. Si así no fuese, con frecuencia nacerían motivos de litigios insolubles y de lamentables reyertas, y no una sola vez se pararía el ánimo indeciso sin saber qué partido tomar, a la manera del caminante ante una encrucijada, al verse solicitado por contrarios mandatos de las autoridades, a ninguna de las cuales puede sin pecado dejar de obedecer. Pero esto repugna en sumo grado pensarlo de la próvida sabiduría y bondad de Dios que, aun en el mundo físico que es tan inferior, dispuso, sin embargo, mutuamente las fuerzas y causas naturales con un plan tan ordenado y con tan maravillosa armonía, que ninguna sirva de impedimento a las demás, ya que todas juntas cooperan concordes y ordenadas a lograr el fin señalado al universo.

Necesario es, por lo tanto, que las dos potestades estén coordinadas entre sí; coordinación justamente comparada con la del alma y el cuerpo en el hombre. La cualidad y el alcance de dichas relaciones no se puede precisar, si no se atiende a la naturaleza de cada una de las dos soberanías, relacionadas así como es dicho, teniendo muy en cuenta la excelencia y nobleza de sus respectivos fines, pues la una atiende directa y principalmente al cuidado de las cosas temporales, y la otra a la adquisición de los bienes sobrenaturales y eternos.

Así que todo cuanto en las cosas y personas, de cualquier modo que sea, tenga razón de sagrado; todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, bien sea tal por su propia naturaleza o bien lo sea en razón del fin a que se refiere, todo ello cae bajo el dominio y arbitrio de la Iglesia; pero las demás cosas que el régimen civil y político, como tal, abraza y comprende, justo es que estén sujetas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

No obstante, a veces acontece que por razón de las circunstancias pueda convenir una especial concordia que asegure la paz y libertad de entrambas; por ejemplo, cuando los gobiernos y el Pontífice Romano se ponen de acuerdo sobre algún asunto particular. En estos casos, la Iglesia tiene dadas pruebas espléndidas de su bondad maternal, llevada al máximo de la transacción e indulgencia.

Esta, que dejamos trazada sumariamente, es la forma cristiana de la sociedad civil; no inventada temerariamente y por capricho, sino sacada de grandes y muy verdaderos principios, que, a juicio de la misma razón natural, merecen asentimiento.

La constitución social que acabamos de plantear no menoscaba la verdadera grandeza de los príncipes, ni en cosa alguna atenta a la honra que de justicia compete a la autoridad civil; guarda incólumes los derechos debidos a la majestad, y los hace más augustos y venerados. Que si bien se mira y se va al fondo de las cosas, se la verá presentar un grado máximo de perfección, que no tienen los demás sistemas políticos; perfección, cuyos frutos serían óptimos en verdad, los más preciosos y variados, si cada uno de los dos poderes se contuviese en su esfera y se aplicase sincera y totalmente a desempeñar, en aquello que les corresponde, su cargo y oficio.

En efecto; en una sociedad constituida según dijimos, lo divino y lo humano se distinguen, clasifican y ordenan convenientemente; los derechos de los ciudadanos respétanse como inviolables, ni se vulneran fácilmente, estando como están a cubierto bajo la égida de las leyes divinas naturales y humanas: los deberes de cada cual son exactamente definidos, y queda sancionado con oportuna eficacia su cumplimiento. Cada individuo, durante el curso incierto y laborioso de la mortal peregrinación hacia la patria eterna, sabe que tiene quien le guíe con seguridad, y le ayude hasta llegar a la meta; y sabe igualmente que tiene quien vigile por procurarle y conservarle la seguridad, las riquezas y los demás bienes necesarios en la vida terrenal.

La sociedad doméstica logra toda la necesaria firmeza por la santidad del matrimonio, uno e indisoluble. Los derechos y los deberes entre los cónyuges están regulados con sabia justicia y equidad; el honor y el respeto debidos a la mujer se guardan decorosamente; la autoridad del marido está moldeada sobre la autoridad de Dios; la patria potestad se ajusta, convenientemente moderada, a la dignidad de la esposa y a la de los hijos; finalmente, se ha provisto en la mejor forma al mantenimiento, al bienestar y a la educación de los hijos.

En la esfera política y civil las leyes se enderezan al bien común, debiendo ser dictadas, no por el voto apasionado de las muchedumbres, fáciles de seducir y arrastrar, sino por la verdad y la justicia; la majestad de los príncipes reviste cierto carácter sagrado y casi divino y está refrenada para que ni decline de la justicia ni se exceda en su mandar; la obediencia de los ciudadanos tiene por compañeras la honra y la dignidad, porque no es esclavitud o servidumbre de hombre a hombre, sino sumisión a la voluntad de Dios, que reina por medio de los hombres. Una vez que esto ha entrado en la persuasión, la conciencia entiende, al momento, que es un deber de justicia el respetar la majestad de los príncipes, obedecer constante y lealmente a la pública autoridad, no promover sediciones, y observar religiosamente las leyes del Estado.
Se imponen también como obligatorias, la mutua caridad, la benignidad, la liberalidad; y como el ciudadano y el cristiano son uno mismo, no se divide el uno del otro con preceptos que pugnan entre sí; y, en suma, los grandes bienes que espontáneamente ofrece la religión cristiana a la misma vida mortal de los hombres, todos se aseguran para la comunidad y sociedad civil. De donde aparece toda la verdad de aquel dicho: El estado de la república depende de la religión con que se da culto a Dios, y entre una y otra hay por muchas razones un estrecho e íntimo parentesco[18].

En muchos pasos de sus obras, San Agustín, tratando de la eficacia de aquellos bienes, discurre a maravilla, como acostumbra, y señaladamente cuando, hablando con la Iglesia católica, le dice: Tú instruyes y enseñas dulcemente a los niños, generosamente a los jóvenes, con paz y calma a los ancianos, según lo sufre la edad, no tan solamente del cuerpo, sino también del espíritu. Tú sometes la mujer al marido con casta y fiel obediencia, no como cebo de la pasión, sino para propagar la prole y para la unión de la familia. Tú antepones a la mujer el marido, no para que afrente al sexo más débil, sino para que le rinda homenaje de amor leal. Tú los hijos a los padres haces servir, pero libremente, y los padres sobre los hijos dominar, pero amorosa y tiernamente. Los ciudadanos a los ciudadanos, las gentes a las gentes, todos los hombres unos a otros, sin distinción ni excepción, aproximas, recordándoles que, más que social, es fraterno el vínculo que los une; porque de un solo primer hombre y de una sola primera mujer se formó y desciende la universalidad del linaje humano. Tú enseñas a los reyes a mirar por el bien de los pueblos y a los pueblos a prestar acatamiento a los reyes. Tú muestras cuidadosamente a quién es debida la alabanza y la honra, a quién el afecto, a quién la reverencia, a quién el temor, a quién el consuelo, a quién el aviso, a quién la exhortación, a quién la blanda palabra de la corrección, a quién la dura de la increpación, a quién el castigo, y manifiestas también en qué manera, como quiera sea verdad que no todo se debe a todos, hay que deber, no obstante, a todos caridad y a nadie agravio[19].

En otro lugar, el Santo reprendiendo el error de ciertos filósofos que presumían de sabios y entendidos en la política, añade: Los que dicen ser la doctrina de Cristo nociva a la república, que nos den un ejército de soldados tales como la doctrina de Cristo manda; que nos den asimismo regidores, gobernadores, cónyuges, padres, hijos, amos, siervos, reyes, jueces, tributarios, en fin, y cobradores del fisco, tales como la enseñanza de Cristo los quiere y forma; y una vez que los hayan dado, atrévanse entonces a decir que semejante doctrina se opone al interés común; antes bien, habrán de reconocer que es la gran prenda para la salvación del Estado, si todos la obedeciesen[20].

Europa cristiana.
Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su divina virtud, había penetrado profundamente en las leyes, instituciones y costumbres de los pueblos, en todos los órdenes y problemas del Estado; cuando la religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le correspondía, florecía en todas partes secundada por el favor de los príncipes y por la legítima tutela de los magistrados; y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad en amigable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes muy superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de ellos, y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer.
Si la Europa cristiana domó las naciones bárbaras y las hizo pasar de la fiereza a la mansedumbre, de la superstición a la verdad; si rechazó victoriosa las irrupciones de los mahometanos; si conserva el cetro de la civilización; si se ha mostrado guía y maestra de todos los pueblos en toda clase de laudable progreso; si ha procurado a los pueblos el bien de la verdadera libertad en sus diferentes formas; si con muy sabia providencia ha creado tan numerosas y heroicas instituciones para aliviar a los hombres en sus desgracias, no hay que dudarlo, muy obligada viene a la religión, en la que encontró inspiración para acometer y ayudar para llevar a cabo cosas tan grandiosas.

Habrían permanecido ciertamente, aun ahora, estos mismos bienes si la concordia entre ambas potestades hubiese durado también; y mayores se podrían esperar si la autoridad, el magisterio y los consejos de la Iglesia los acogiese el poder civil con mayor fidelidad, generosa atención y obsequio constante. Las palabras siguientes que escribió Ivo de Chartres al Romano Pontífice Pascual II merecen escucharse como la fórmula de una ley perpetua: Cuando el imperio y el sacerdocio viven en buena armonía, el mundo está bien gobernado y la Iglesia florece y fructifica; cuando están en discordia, no sólo no crece lo pequeño, sino que las mismas cosas grandes decaen miserablemente y perecen[21].

ERRORES DEL NUEVO DERECHO.
Pero las dañosas y deplorables novedades promovidas en el siglo XVI, luego de trastornar, ante todo, las cosas de la religión cristiana, por natural consecuencia pasaron luego a la filosofía, y por ésta a todos los órdenes de la sociedad civil. De aquí, como de su fuente, se derivaron aquellos modernos principios de libertad desenfrenada, inventados en la gran evolución del pasado siglo y propuestos como base y fundamento de un derecho nuevo, nunca jamás conocido, y que disiente en muchas de sus partes no solamente del derecho cristiano, sino también del natural.

Supremo entre tales principios es el que todos los hombres, así como son semejantes en especie y naturaleza, así son también en los actos de vida; que cada cual es de tal manera independiente, que por ningún concepto debe estar sometido a la autoridad de otro; que puede pensar libremente lo que quiera y obrar lo que se le antoje acerca de cualquiera cosa; en fin, que nadie tiene derecho de mandar sobre los demás. En una sociedad informada por tales principios no hay otro origen de autoridad sino la voluntad del pueblo, el cual, como único dueño que es de sí mismo, es también el único que puede mandarse a sí mismo. Y si elige personas a las cuales se someta, lo hace de suerte que traspasa a ellas, no ya el derecho, sino el encargo de mandar, y éste para ser ejercido en su nombre. Nada se habla de Dios, como si, o no existiese, o no se cuidase de la sociedad humana; o como si los hombres, ya por sí, ya en sociedad, no debiesen nada a Dios, o fuese posible imaginar una soberanía que no tuviese en Dios mismo su origen, su fuerza y su autoridad.

Según esto, como se ve claramente, el Estado no es sino la muchedumbre, señora y gobernadora de sí misma; y, como se dice que el pueblo mismo es la única fuente de todos los derechos y de toda autoridad, se sigue que el Estado no se creerá obligado hacia Dios por ninguna clase de deber; que no profesará públicamente ninguna religión, ni deberá buscar cuál es, entre tantas, la única verdadera, ni preferirá una cualquiera a las demás, ni favorecerá a una principalmente, sino que concederá a todas ellas igualdad de derechos, con tal que el régimen del Estado no reciba de ellas ninguna clase de perjuicios. De lo cual se sigue también dejar al arbitrio de los particulares todo cuanto se refiera a la religión, permitiendo que cada uno siga la que prefiera, o ninguna, si no aprueba ninguna. De ahí la libertad de conciencia, la libertad de cultos, la libertad de pensamiento y la libertad de imprenta.

Laicismo – ateísmo.
Fácilmente se ve a qué deplorable situación quedará reducida la Iglesia si se establecen para la sociedad civil estos fundamentos que hoy tanto se ensalzan.

Porque, dondequiera que a tales doctrinas se ajusta la marcha de las cosas, se da a la Iglesia, en el orden civil, el mismo lugar o quizá inferior que a otras sociedades no católicas; para nada se tiene en cuenta a las leyes eclesiásticas; y la Iglesia, que por orden y encargo de Jesucristo ha de enseñar a todas las gentes, se verá privada de tomar parte alguna en la educación pública de los ciudadanos.

Aun en las materias mixtas, las autoridades civiles mandan por sí y a su antojo, despreciando con soberbia las leyes santísimas de la Iglesia.

Por lo tanto, se arrogan la jurisdicción sobre los matrimonios cristianos, legislando aun acerca del vínculo conyugal, de su unidad y estabilidad; privan de sus posesiones a los clérigos, diciendo que la Iglesia no tiene derecho a poseer. Obra, en fin, de tal modo respecto a ella, que, al negarle los derechos y la naturaleza de una sociedad perfecta, la ponen en el mismo nivel de las otras sociedades incluidas en el Estado; y, por consiguiente, dicen que, si tiene algún derecho, alguna facultad legítima para obrar, lo debe al favor y a las concesiones de los gobernantes.

Y en el caso de que la Iglesia, en conformidad con las leyes civiles, ejerza su derecho en un Estado y exista entre éste y aquélla un Concordato solemne, empiezan por decir que es necesario que los intereses de la Iglesia se separen de los del Estado, y esto con el intento de poder ellos obrar impunemente contra el pacto convenido y, quitados todos los obstáculos, ser árbitros absolutos de todo.

De donde resulta que, no pudiendo la Iglesia tolerar esto, como que no está en su mano dejar de cumplir sus deberes santísimos y supremos, y exigiendo, por otra parte, que el convenio se cumpla entera y religiosamente, nacen muchas veces conflictos entre la potestad sagrada y la civil, los cuales generalmente concluyen en que la más pobre en fuerzas humanas queda sojuzgada por la más fuerte.

Así, en este modo de ser de los gobiernos, a que tanta afición tienen hoy algunos, lo que de ordinario se quiere es quitar de en medio a la Iglesia o tenerla atada y sujeta al Estado. A este fin van enderezados en gran parte los actos de los gobiernos. Las leyes, la gobernación del Estado, la educación laica de la juventud, el despojo y la supresión de las Ordenes religiosas, la destrucción del principado civil de los Romanos Pontífices no tienen más fin que quebrantar las fuerzas de las instituciones cristianas, ahogar la libertad de la Iglesia Católica y violar todos sus derechos.

Cuánto se alejan de la verdad estas opiniones acerca del gobierno de los Estados, lo dice la misma razón natural.

En efecto; la naturaleza misma enseña que toda la potestad, cualquiera que sea y dondequiera que resida, proviene de su suprema y augustísima fuente que es Dios; que la soberanía popular que dicen residir esencialmente en la muchedumbre independientemente de Dios, aunque sirve a maravilla para halagar y encender las pasiones, no se apoya en razón alguna que merezca consideración, ni tiene en sí bastante fuerza para conservar la seguridad pública y el orden tranquilo de la sociedad. En verdad, con tales doctrinas han llegado las cosas, a tal punto que muchos tienen como legítimo el derecho a la rebelión, y ya prevalece la opinión de que, no siendo los gobernantes sino delegados que ejecutan la voluntad del pueblo, es necesario que todo sea inestable como la voluntad de éste, y que se ha de vivir siempre con el temor de disturbios y sublevaciones.

En lo que toca a la religión, el decir que entre distintas y aun contrarias formas de culto lo mismo da una que otra, es venir a confesar que no se quiere aprobar ni practicar ninguna; lo cual, si difiere en el nombre del ateísmo, en realidad es la misma cosa, supuesto que quien cree en la existencia de Dios, si es consecuente y no quiere caer en un absurdo, ha de confesar necesariamente que las formas acostumbradas del culto divino tan diferentes, discordantes y opuestos entre sí, aun en cosas de suma importancia, no pueden ser todas igualmente aceptables ni igualmente buenas o agradables a Dios.

Verdadera libertad.
Por lo mismo, la absoluta libertad de pensamiento y de imprenta, en forma tan amplia como ilimitada, no es por sí misma un bien de que justamente pueda alegrarse la sociedad humana, sino la fuente y el origen de muchos males.

La libertad, como perfección del hombre, debe tener como objeto lo verdadero y bueno; pero la razón de verdadero y de bueno no puede cambiarse al capricho del hombre, sino que persevera siempre la misma, con aquella inmutabilidad que es propia de la naturaleza de las cosas. Si la inteligencia asiente a opiniones falsas y si la voluntad atiende y se abraza al mal, ni una ni otra alcanzan su perfección, antes decaen de su dignidad natural y ambas se corromperán; de lo cual se sigue que no debe ponerse a la luz y a la contemplación de los hombres lo que es contrario a la virtud y a la verdad, y mucho menos favorecerlo y ampararlo con las leyes. Sólo la vida buena es el camino que conduce al cielo, nuestra patria común; por ello falta a las leyes mandadas por la naturaleza el Estado que, suprimido todo freno al error y al mal, deja una plena libertad para que se extravíen las inteligencias y se corrompan los corazones.

Sumisión de la Iglesia al Estado.
Error es grande y de gravísimas consecuencias excluir a la Iglesia, obra de Dios, de la vida social, de las leyes, de la educación de la juventud, de la familia. Sin religión es imposible que sean buenas las costumbres en un Estado; y todos saben, tal vez más de lo que convendría, a qué se reduce y dónde va a parar la llamada moral civil.

La verdadera maestra de la virtud y la defensora de las costumbres es la Iglesia de Cristo; ella es la que defiende incólumes los principios de donde se derivan los deberes; la que, al proponer los más eficaces motivos para moverse a vivir honestamente, no sólo prohíbe las pecaminosas acciones externas, sino que manda refrenar los movimientos de ánimo contrarios a la razón, aunque sean meramente interiores.

Querer someter la Iglesia, aun en lo que toca al cumplimiento de sus deberes, a la potestad civil, es no solamente una gran injuria, sino temeridad grande, pues con esto se perturbaría el orden de las cosas, anteponiendo las naturales a las sobrenaturales; se destruiría o al menos se disminuiría la abundancia de bienes con que la Iglesia, libre de trabas, enriquecería la vida humana; y no hace falta decir que se abriría la puerta a enemistades y conflictos, los cuales, cuánto daño hayan traído a una y a otra sociedad lo han demostrado los acontecimientos, con demasiada frecuencia por desgracia.

Estas doctrinas, que hasta aquí van expuestas, contrarias a la razón y de suma trascendencia para el bienestar de la sociedad no dejaron de condenarlas Nuestros Predecesores los Romanos Pontífices, penetrados como estaban de las obligaciones impuestas por su ministerio apostólico. Así Gregorio XVI, en la encíclica Mirari vos, del 15 de agosto de 1832, condenó con gravísimas palabras lo que entonces se iba divulgando: esto es, el indiferentismo religioso, la libertad de cultos, de conciencia, de imprenta y el derecho de rebelión.

Acerca de la separación entre la Iglesia y el Estado, decía así el Soberano Pontífice: Las mayores felicidades vendrían sobre la religión y sobre las naciones, si se cumplieran los votos de quienes pretenden la separación de la Iglesia y el Estado, y que se rompiera la concordia entre el sacerdocio y el poder civil. Consta, en efecto, que los partidarios de una libertad desenfrenada se estremecen ante la concordia, que fue siempre tan favorable y tan saludable así para la religión como para los pueblos.

De manera semejante, Pío IX, cuando se le ofreció la ocasión, condenó muchas de las falsas opiniones que habían empezado a prevalecer, reuniéndolas después todas juntas, a fin de que en tan gran diluvio de errores supiesen los católicos a qué atenerse sin peligro de equivocarse[22].

DOCTRINA CATÓLICA.
De estas enseñanzas pontificias se deduce haber de retener, sobre todo, que el origen de la autoridad pública hay que ponerlo en Dios, no en la multitud; que el derecho de rebelión es contrario a la razón misma; que no es lícito a los particulares, como tampoco a los Estados, prescindir de sus deberes religiosos o mirar con igualdad unos y otros cultos, aunque contrarios; que no debe reputarse como uno de los derechos de los ciudadanos, ni como cosa merecedora de favor y amparo, la libertad desenfrenada de pensamiento y de prensa.

De igual manera debe saberse que la Iglesia es una sociedad perfecta en su clase y en todo lo que la corresponde, como lo es también la sociedad civil; y que, por consiguiente, los que tienen la autoridad suprema en los Estados no deben excederse hasta hacerla esclava, o querer tenerla a sí, o impedir su acción o disminuir en algo los derechos que Jesucristo le ha conferido. Pero en las materias mixtas es muy conforme a la naturaleza de las cosas y a la voluntad misma de Dios, no la separación, ni mucho menos la lucha, sino la concordia entre las dos potestades, concertada según exige el orden de sus fines próximos.

Formas de gobierno.
Estas son, pues, las enseñanzas de la Iglesia acerca de la constitución y gobierno de los Estados.

Pero con tales declaraciones y determinaciones, si se juzga rectamente, no se condena ninguna de las formas de gobierno, pues nada contienen que repugne a la doctrina católica, antes bien, puestas en práctica con prudencia y justicia, pueden todas ellas mantener al Estado en orden perfecto.
Tampoco, de por sí, se condena la mayor o menor participación del pueblo en la gestión de las cosas públicas, tanto más cuanto que, en condiciones determinadas, puede esta intervención no sólo ser provechosa, sino aun obligatoria a los ciudadanos. Además, no hay tampoco razón alguna para, con justicia, acusar a la Iglesia de ser demasiado severa en la tolerancia, o de ser enemiga de la verdadera y auténtica libertad.

En verdad, aunque la Iglesia juzga no ser lícito que las diversas clases y formas de culto divino gocen del mismo derecho que compete a la religión verdadera, no por eso condena a los gobernantes de aquellos Estados, que, ya para conseguir algún bien importante, ya para evitar algún grave mal, en la práctica toleran la existencia de dichos cultos en su Estado.

También quiere absolutamente la Iglesia que nadie sea obligado contra su voluntad a abrazar la fe católica, pues como sabiamente enseña San Agustín, el hombre no puede creer sino por voluntad suya espontánea[23].

Libertad y obediencia.
Del mismo modo, la Iglesia no puede aprobar la libertad que va encaminada al desprecio de las leyes santísimas de Dios, y a negar la obediencia debida a la autoridad legítima. Esta sería licencia más bien que libertad, y muy justamente es llamada por San Agustín libertad de perdición[24]; y por San Pedro velo de malicia[25], y más aún, siendo como es contraria a la razón, es verdaderamente servidumbre, pues el que obra el pecado, esclavo es del pecado[26].
Por lo contrario, aquella libertad es buena y digna de ser apetecida que, considerada en el individuo, no permite que el hombre se someta a la tiranía abominable de los errores y de las malas pasiones, y que, mirada en lo que se refiere a su acción pública, gobierna a los pueblos con sabiduría, fomenta el progreso y las comodidades de la vida, defiende al Estado de la prepotencia ajena. Esta libertad buena y digna del hombre, la Iglesia la aprueba más que nadie, y siempre hizo cuanto pudo para conservarla incólume y entera en los pueblos.

Ciertamente consta, por los monumentos de la historia, que a la Iglesia católica se ha debido en todos los tiempos, ya sea la invención, ya el comienzo, ya, en fin, la conservación de todas las cosas o instituciones que puedan contribuir al bienestar común; las ordenadas a coartar la tiranía de los príncipes que gobiernan mal a los pueblos; las que impiden que el supremo poder del Estado invada, indebidamente, el municipio o la familia, y, en fin, las dirigidas a conservar la honra, la vida y la igualdad de derechos en los ciudadanos. Por lo tanto, consecuente siempre consigo misma, si por una parte rechaza la demasiada libertad, que lleva a los particulares y a los pueblos al desenfreno y a la servidumbre, por otra abraza de todo corazón y con alegría los progresos que trae cada tiempo, cuando de veras promueven el bienestar de esta vida, que es como una carrera que conduce a la otra perdurable.

Es, por consiguiente, calumnia vana y sin sentido la que se va propagando de que la Iglesia mira con malos ojos el régimen moderno de los Estados, y que rechaza indistintamente todo cuanto la inteligencia ha producido en estos tiempos. Rechaza, sin duda alguna, la locura de ciertas opiniones; condena la criminal ansia de revoluciones y especialmente aquel estado de indiferencia, que es ya el principio de una verdadera apostasía; pero como todo lo que es verdad necesariamente proviene de Dios, toda verdad que se alcanza por indagación del entendimiento la Iglesia la reconoce como destello de la mente divina; y, no habiendo ninguna verdad del orden natural que se oponga a la fe de las enseñanzas reveladas, antes siendo muchas las que comprueban esta misma fe, y pudiendo, además, cualquier descubrimiento de la verdad llevar, ya a conocer, ya a glorificar a Dios, resulta que todo cuanto pueda contribuir a ensanchar el dominio de las ciencias lo verá la Iglesia con agrado y alegría, favoreciendo y promoviendo, según su costumbre, todos los estudios que traten del conocimiento de la naturaleza; en los cuales, si el entendimiento alcanza algo nuevo, la Iglesia no lo rechaza, como tampoco lo que se inventa para decoro y comodidad de la vida; antes bien, enemiga del ocio y de la pereza, desea en gran manera que los ingenios de los hombres, con el ejercicio y el cultivo, den frutos abundantes; estimula toda clase de artes y trabajos, y, dirigiendo con la eficacia de su virtud todas estas cosas a la honestidad y salvación del hombre, se esfuerza en impedir que su inteligencia y su actividad le aparten de Dios y de los bienes eternos.

Mas estas doctrinas, aunque tan sabias, no son del gusto de muchos en este tiempo, en que vemos que los Estados, no solamente no quieren conformarse a la norma de sabiduría cristiana, sino que parece que pretenden alejarse cada día más de ella. Mas la verdad manifestada y difundida suele, por sí misma, propagarse fácilmente y penetrar poco a poco en los entendimientos de los hombres: por ello Nos, obligados en conciencia por Nuestro excelso y augusto ministerio, esto es, por el apostolado que ejercemos en todo el mundo, declaramos con toda libertad, según Nuestro deber, lo que es verdadero, no porque no tengamos en cuenta el carácter de los tiempos o porque creamos que se hayan de rechazar los adelantos útiles y honestos de estos tiempos, sino porque quisiéramos que los Estados se encaminaran en su marcha libres de todo peligro y se afirmaran sobre bases más sólidas, y ello sin dañar en nada a la verdadera libertad de los pueblos, puesto que la verdad es la madre y la más fiel defensora de la libertad humana: La verdad os hará libres[27].

Libertades modernas.
Y así, en circunstancias tan difíciles, si los católicos Nos escuchan como deben, fácilmente entenderán los deberes de cada uno, ya en lo que toca a las ideas, ya en lo que se refiere a los hechos. Y por lo que toca a las ideas, es de toda necesidad estar firmemente penetrados, y declararlo en público siempre que la ocasión lo pidiese, de todo cuanto los Romanos Pontífices han enseñado o enseñaren en adelante. Y particularmente, acerca de esas que se llaman libertades modernas, inventadas en estos últimos tiempos, conviene que cada cual se atenga al juicio de la Sede Apostólica, sintiendo lo que ella siente. Téngase cuidado de que a nadie engañe su honesta apariencia; piénsese cuáles fueron sus principios y cuál el espíritu que las informa. Bien se conocen por la experiencia los resultados que han producido en los pueblos: son tales sus efectos que justamente han traído al desengaño y arrepentimiento a los hombres verdaderamente honrados y prudentes.

Sin duda ninguna si se compara esta clase de Estado moderno de que hablamos con otro Estado, ya real, ya imaginario, donde se persiga tiránica y desvergonzadamente el nombre cristiano, aquel podrá parecer más tolerable. Pero los principios en que se fundan son, como antes dijimos, tales, que nadie los puede aprobar.

CONSECUENCIAS PRÁCTICAS.
Cuanto a la acción, puede ella considerarse ya dentro de la esfera individual o doméstica, ya en la pública y social.

Primer deber de cada uno en particular es ajustar perfectamente su vida y sus costumbres a los preceptos evangélicos, no echándose atrás ante dificultades y sacrificios que a veces lleva consigo la virtud cristiana. Deben, además, todos, amar a la Iglesia cual Madre común; guardar y obedecer sus leyes, atender a su honor y a la defensa de sus derechos; y trabajar para que sea respetada y amada con igual afecto por sus propios subordinados.

Católicos en el Estado.
De interés público es también el colaborar, con prudencia, en el terreno de la administración pública, procurando que se provea a la educación religiosa y moral de los jóvenes, cual conviene a los buenos cristianos, pues de ello depende en gran parte el bienestar de la sociedad.

Asimismo, hablando en general, es bueno y conveniente que la acción de los católicos salga de este estrecho círculo a campo más vasto y extendido, y aun llegue a los altos poderes del Estado. Decimos en general, porque estas nuestras enseñanzas tocan a toda clase de pueblos; pero por lo demás, puede muy bien suceder que, por causas gravísimas y justísimas, no convenga intervenir en el gobierno de un Estado ni ocupar en él cargos políticos; mas, en general, como hemos dicho, el no querer tomar parte ninguna en la pública gobernación sería tan malo como no querer prestarse a nada que sea de utilidad común, tanto más cuanto que los católicos, enseñados por la misma doctrina que profesan, están obligados a administrar las cosas con entereza y fidelidad; de lo contrario, si están quietos y ociosos, fácilmente se apoderarán de los asuntos públicos personas cuya manera de pensar puede no ofrecer grandes esperanzas de saludable gobierno.

Y ello serviría de no pequeño daño para la religión cristiana, porque precisamente podrían mucho los enemigos de la Iglesia y muy poco sus amigos. Luego, cuando los católicos tienen causas justas para tomar parte en la vida política, no lo hacen ni lo deben hacer para aprobar lo que hay de malo en las actuales constituciones de los Estados, sino para servirse de dichos sistemas, en cuanto sea posible, para el genuino y verdadero bienestar público, y con la intención de infundir en todas las venas del Estado, a manera de jugo y sangre vivificantes, el espíritu y la bienhechora influencia de la religión católica.

No de otra manera se procedió en los primeros siglos de la Iglesia; pues, aun cuando las doctrinas y las costumbres de los paganos distaban inmensamente de las evangélicas, con todo, los cristianos se introducían animosos dondequiera que podían, perseverando, en medio de la superstición, siempre incorruptos y consecuentes consigo mismos. Ejemplares en la lealtad a sus príncipes y obedientes a las leyes en cuanto era lícito, esparcían por todas partes maravilloso resplandor de santidad, procuraban ser útiles a sus hermanos, atraer a todos los otros a la sabiduría de Cristo; pero prontos siempre a retirarse y a morir con heroísmo si no podían conservar los honores, las dignidades y los cargos públicos sin comprometer su conciencia. Así es como en poco tiempo lograron que el cristianismo penetrara, no sólo en las familias y en la milicia, sino también en el Senado, y hasta en el Palacio imperial. Somos de ayer, y ocupamos ya todas vuestras casas, ciudades, islas, castros, municipios, asambleas y hasta los mismos campamentos, las tribus y las decurias, los palacios, el senado, el foro...[28]; y ello de tal suerte, que, cuando las leyes consintieron profesar públicamente el Evangelio, la fe cristiana no apareció como en una primera infancia, sino como adulta y muy robusta, en un gran número de naciones.

Naturalismo y racionalismo.
Conveniente es que en estos tiempos se renueven tales ejemplos de nuestros mayores. Es necesario que los católicos dignos de este nombre quieran, ante todo, ser y parecer hijos muy amantes de la Iglesia: rechazarán sin vacilar todo lo que sea inconciliable con tal profesión; han de aprovecharse, siempre que decorosamente sea posible, de las instituciones políticas para defender la verdad y la justicia; trabajarán por obtener que la libertad no traspase jamás los límites que la naturaleza y la ley de Dios señalan; y trabajarán para que cada pueblo se acerque cuanto pueda al ideal de la sociedad cristiana que hemos descrito.

No es posible fácilmente indicar una manera cierta y uniforme de lograr este fin, pues tiene que ajustarse a lugares y tiempos, tan distintos unos de otros. Sin embargo, se ha de conservar, ante todo, la concordia de voluntades y la unidad de acción: ello se obtendrá sin dificultad, si cada uno considera como leyes, para sí, las normas de la Sede Apostólica y si obedece con docilidad a los Obispos, a quienes el Espíritu Santo puso para gobernar su Iglesia[29]. En verdad, la defensa de la religión católica exige necesariamente la unidad de todos y una suma perseverancia en la profesión de las doctrinas que la Iglesia enseña; por ello ha de procurarse, en esta materia, el no dejarse fácilmente arrastrar hacia el error, o transigiendo en parte con él, o no oponiéndole sino una leve resistencia, con daño para la verdad. En las materias opinables, será lícito discutir con moderación y con un deseo de alcanzar la verdad; pero cuidando siempre de no dar ocasión a mutuas sospechas y a injuriosas acusaciones.

Por todo lo cual, a fin de que la unión de los ánimos no se quebrante con la temeridad en el juzgar, entiendan todos que la integridad de la verdad católica no puede en ninguna manera ser compatible con las opiniones que inclinan al naturalismo o al racionalismo, cuyo fin último es destruir todo el edificio de la religión cristiana y establecer en la sociedad la autoridad del hombre independiente de Dios. Tampoco es lícito cumplir sus deberes de una manera en privado y de otra en público, acatando la autoridad de la Iglesia en la vida particular, pero rechazándola en la pública; pues esto sería mezclar lo bueno y lo malo y obligar al hombre a ponerse en plena contradicción consigo mismo, cuando, por lo contrario, es cierto que siempre ha de ser consecuente y nunca apartarse de la norma de la virtud cristiana en ninguna cosa ni en ningún género de vida.

Diversidad de opiniones
Pero cuando se discutiere sobre cosas meramente políticas, sobre la mejor clase de gobierno, sobre tal o cual forma de constituir los Estados, entonces podrá haber una honesta diversidad de opiniones. Por lo cual no sufre la justicia que a personas cuya piedad es, por otra parte, conocida, y que están dispuestas a acatar las enseñanzas de la Sede Apostólica, se les culpe como falta grave el que piensen de distinta manera acerca de las cosas que hemos dicho, y sería mucho mayor la injuria si se las acusase de haber violado la fe católica o de haberse hecho sospechosas en ella, según lamentamos haber sucedido más de una vez. Tengan muy presente esta norma todos cuantos se dedican a escribir, y singularmente los periodistas.

En la lucha tan grande que hoy está empeñada por cosas de tanta trascendencia, no se ha de dar lugar a discordias intestinas ni a cuestiones de partido; sino que, unidos los ánimos y las aspiraciones, todos han de esforzarse por conseguir el propósito común, es a saber: la defensa y conservación de la religión y de la sociedad. Por lo tanto, si hubo antes alguna división y contienda, conviene que se eche enteramente al olvido; si algo se hizo temeraria o injustamente, quien quiera que sea el culpable, ha de arreglarse con la mutua caridad y terminarse con el sumo acatamiento de todos a la Sede Apostólica. De esta manera, los católicos conseguirán grandes ventajas: una, hacerse cooperadores de la Iglesia en la conservación y propaganda de los principios cristianos; otra, procurar el mayor beneficio posible a la sociedad civil, puesta en grave peligro por la invasión de las doctrinas subversivas y por la abundancia de las malas pasiones.

Venerables Hermanos: Estas son las enseñanzas que creímos deber comunicar a todas las naciones del orbe católico sobre la constitución cristiana de los Estados, y sobre los deberes de cada uno de los ciudadanos. Por lo demás, preciso es implorar con ahínco el auxilio del cielo y rogar a Dios para que sea El mismo quien, ilustrando las inteligencias y conmoviendo los corazones de todos los hombres, lleve al fin deseado Nuestros deseos y preocupaciones para gloria suya y para salvación común de todo el género humano. Y como prenda de los beneficios divinos y testimonio de Nuestra paternal benevolencia, a vosotros, Venerables Hermanos, y al Clero y pueblo todo confiados a vuestra vigilante fidelidad, os damos de todo corazón en el Señor la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 1 de noviembre de 1885, año octavo de Nuestro Pontificado.
_________________
1. Rom. 13, 1.
2. Sap. 6, 7.
3. Rom. 13, 1.
4. Ibid. 5, 2.
5. Io. 20, 21.
6. Mat. 28, 20.
7. Io. 10, 10.
8. Marc. 16, 15.
9. Mat. 16, 19.
10. Io. 21, 16. 17.
11. Luc. 22, 32.
12. Mat. 28, 18-20.
13. Ibid. 18, 17.
14. 2 Cor. 10, 6.
15. Ibid. 13, 10.
16. Ibid. 5, 29.
17. Rom. 13, 1.
18. Sacr. Imp. ad Cyrillum Alexand. et epp. metrop. -Cf. Labbeum Collect. Conc. t. 3.
19. De moribus Ecc. cath. 30, 63.
20. Ep. 138 (al. 5), ad Marcellinum c. 2 n. 15.
21. Ep. 238.
22. Baste indicar algunas: Prop. 19, 39, 55 y 79.
23. Tr. 26 in Io. n. 2.
24. Ep. 105, ad donatistas c. 2 n. 9.
25. 1 Petr. 2, 16.
26. Io. 8, 34.
27. Ibid. 8, 32.
28. Tertull. Apol. n. 37.
29. Act. 20, 28.


  1. http://www.statveritas.com.ar/Magisterio%20de%20la%20Iglesia/Magisterio%20de%20los%20Papas/Magisterio%20Leon%20XIII/Inmortale%20Dei.htm