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miércoles, 8 de julio de 2009

Motu Proprio ECCLESIAE UNITATEM

CARTA APOSTÓLICA "MOTU PROPRIO"
ECCLESIAE UNITATEM
DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI
SOBRE LA COMISIÓN ECCLESIA DEI

1. La tarea de custodiar la unidad de la Iglesia, con la solicitud de ofrecer todos las ayudas para responder en modos oportunos a esta vocación y gracia divina, corresponde de modo particular al Sucesor del Apóstol Pedro, el cual es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad tanto de los obispos como de los fieles [1]. La prioridad suprema y fundamental de la Iglesia, en todo tiempo, de conducir a los hombres hacia el encuentro con Dios debe ser favorecida mediante el compromiso de llegar al común testimonio de fe de todos los cristianos.

2. En la fidelidad a tal mandato, al día siguiente del acto con que el Arzobispo Marcel Lefebvre, el 30 de junio de 1988, confirió ilícitamente la ordenación episcopal a cuatro sacerdotes, el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, instituyó, el 2 de julio de 1988, la Pontificia Comisión Ecclesia Dei “con la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por le arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas, según el protocolo firmado el pasado 5 de mayo por el cardenal Ratzinger y por el arzobispo Lefebvre” [2].

3. En esta línea, adhiriendo fielmente a la misma tarea de servir a la comunión universal de la Iglesia en su manifestación también visible y realizando todo esfuerzo para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo, he querido ampliar y actualizar, con el Motu Proprio Summorum Pontificum, la indicación ya general contenida en el Motu Proprio Ecclesia Dei acerca de la posibilidad de usar el Missale Romanum de 1962, por medio de normas más precisas y detalladas [3].

4. En el mismo espíritu y con el mismo empeño de favorecer la superación de toda fractura y división en la Iglesia y de sanar una herida sentida de modo cada vez más doloroso en el tejido eclesial, he querido levantar la excomunión a los cuatro Obispos ordenados ilícitamente por Mons. Lefebvre. Con tal decisión, he querido quitar un impedimento que podía perjudicar la apertura de una puerta al diálogo e invitar de este modo a los Obispos y la “Fraternidad San Pío X” a reencontrar el camino hacia la plena comunión con la Iglesia. Como he explicado en la Carta a los Obispos católicos del 10 de marzo pasado, el levantamiento de la excomunión ha sido un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica para liberar a las personas del peso de conciencia provocado por la censura eclesiástica más grave. Pero las cuestiones doctrinales, obviamente, permanecen y, hasta que no sean aclaradas, la Fraternidad no tiene un estatuto canónico en la Iglesia y sus ministros no pueden ejercer en modo legítimo ningún ministerio.

5. Precisamente porque los problemas que deben ser tratados ahora con la Fraternidad son de naturaleza esencialmente doctrinal, he decidido – a veintiún años del Motu Proprio Ecclesia Dei y en conformidad con cuanto me había reservado hacer [4] – repensar la estructura de la Comisión Ecclesia Dei, relacionándola de modo estrecho con la Congregación para la Doctrina de la Fe.

6. La Pontificia Comisión Ecclesia Dei tendrá, por lo tanto, la siguiente configuración:

1) El Presidente de la Comisión es el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe.
2) La Comisión tiene su propio diagrama orgánico compuesto por el Secretario y por los Oficiales.
3) Será tarea del Presidente, ayudado por el Secretario, someter los principales casos y las cuestiones de carácter doctrinal al estudio y al discernimiento de las instancias ordinarias de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y también someter los resultados a las superiores disposiciones del Sumo Pontífice.

7. Con esta decisión he querido, en particular, mostrar paternal solicitud hacia la “Fraternidad San Pío X” con el fin de reencontrar la plena comunión con la Iglesia.

Dirijo a todos una apremiante invitación a orar incesamente al Señor, por la intercesión de la Santísima Virgen María, “ut unum sint”.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 2 de julio de 2009, quinto año de Nuestro Pontificado.

BENEDICTUS PP. XVI

[1] Cfr Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia, Lumen gentium, 23; Conc. Oecum. Vat. I, Const. dogm. de Ecclesia Christi Pastor aeternus, c. 3: DS 3060.
[2] Ioannes Paulus II, Litt. ap. motu proprio datae Ecclesia Dei (2 Iulii 1988), n. 6: AAS 80 (1988), 1498.
[3] Cfr Benedictus XVI, Litt. ap. motu proprio datae Summorum Pontificum (7 Iulii 2007): AAS 99 (2007), 777-781.
[4] Cfr ibid. art. 11, 781.
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  3. http://la-buhardilla-de-jeronimo.blogspot.com/2009/07/motu-proprio-ecclesiae-unitatem.html

viernes, 8 de mayo de 2009

INCORRECTA TRADUCCION DEL PADRENUESTRO

Antes se traducía MEJOR el Padrenuestro: Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

La deuda abarca todo lo que le DEBEMOS a Dios (la vida, la salud, el alimento, el vestido, la familia, la gracia, la redención, etc.). La DEUDA abarca, pues, TODO, naturalmente que también las ofensas que le hacemos.

La palabra DEBITA en latín se traduce literalmente como DEUDA. Al decir ofensa sólo pedimos a Dios que nos condone lo que debemos por el pecado (ofensas) y no todo lo demás que también le debemos. Traducir la palabra DEBITA como OFENSA es restrictivo. A Dios le debemos TODO, no sólo por nuestras ofensas.

La Virgen -cuando vivía en la tierra- no habría podido rezar la nueva traducción del padrenuestro porque Ella nunca pecó y por lo tanto jamás ofendió a Dios, en cambio si se traduce literalmente -que es lo más correcto- si lo podría haber rezado -probablemente lo hizo-, porque aún Ella debía todo al Señor. La Virgen tenía para con Dios, la deuda de la Vida (de haber sido creada), de haber sido preservada de todo pecado, de ser la Madre de Dios, etc. Todo esas eran DEUDAS (¡y, por supuesto, no eran ofensas!).

Luego, la traducción "OFENSAS" hace restrictivo el sentido original de esta oración enseñad por N.S. Jesucristo. Siempre será más correcto decir "DEUDAS", que como ya hemos explicado incluye, también, las ofensas.

Pidamos a Dios, que nos perdone TODO lo que le debemos, incluyendo nuestras ofensas. Recemos frecuerntemente esta oración. Y no olvidemos que, con el padrenuestro, estamos pidiendo al Padre que nos perdone en la medidad que perdonamos nosotros. Si queremos que nos perdone, debemos nosotros también perdonar.
  1. http://www.mpgrupos.com/vthread.asp?idgroup=5406&idareathread=20673

sábado, 18 de abril de 2009

Hermenéutica de continuidad. Por Benedicto XVI

En lugar de exponer nuestra opinión particular respecto a la hermenéutica de continuidad o de reforma, dejaremos que el mismo papa Benedicto XVI nos diga qué es y qué impacto tiene sobre la Iglesia universal. Este es un extracto del discurso que dirigió a la curia romana, el 22 de diciembre del 2005 (Una Voce, México)

El último acontecimiento de este año sobre el que quisiera reflexionar en esta ocasión es la celebración de la clausura del concilio Vaticano II hace cuarenta años. Ese recuerdo suscita la pregunta: ¿cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido recibido de modo correcto? En la recepción del Concilio, ¿qué se ha hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?, ¿qué queda aún por hacer?

Nadie puede negar que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil, aunque no queremos aplicar a lo que ha sucedido en estos años la descripción que hace san Basilio, el gran doctor de la Iglesia, de la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea: la compara con una batalla naval en la oscuridad de la tempestad, diciendo entre otras cosas: “El grito ronco de los que por la discordia se alzan unos contra otros, las charlas incomprensibles, el ruido confuso de los gritos ininterrumpidos ha llenado ya casi toda la Iglesia, tergiversando, por exceso o por defecto, la recta doctrina de la fe…” (De Spiritu Sancto XXX, 77: PG 32, 213 A; Sch 17 bis, p. 524). No queremos aplicar precisamente esta descripción dramática a la situación del posconcilio, pero refleja algo de lo que ha acontecido.

Surge la pregunta: ¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos.

Por una parte existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.

La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tales no serían aún la verdadera expresión del espíritu del Concilio. Serían el resultado de componendas, en las cuales, para lograr la unanimidad, se tuvo que retroceder aún, reconfirmando muchas cosas antiguas ya inútiles. Pero en estas componendas no se reflejaría el verdadero espíritu del Concilio, sino en los impulsos hacia lo nuevo que subyacen en los textos: sólo esos impulsos representarían el verdadero espíritu del Concilio, y partiendo de ellos y de acuerdo con ellos sería necesario seguir adelante. Precisamente porque los textos sólo reflejarían de modo imperfecto el verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario tener la valentía de ir más allá de los textos, dejando espacio a la novedad en la que se expresaría la intención más profunda, aunque aún indeterminada, del Concilio. En una palabra: sería preciso seguir no los textos del Concilio, sino su espíritu.

De ese modo, como es obvio, queda un amplio margen para la pregunta sobre cómo se define entonces ese espíritu y, en consecuencia, se deja espacio a cualquier arbitrariedad. Pero así se tergiversa en su raíz la naturaleza de un Concilio como tal. De esta manera, se lo considera como una especie de Asamblea Constituyente, que elimina una Constitución antigua y crea una nueva. Pero la Asamblea Constituyente necesita una autoridad que le confiera el mandato y luego una confirmación por parte de esa autoridad, es decir, del pueblo al que la Constitución debe servir. Los padres no tenían ese mandato y nadie se lo había dado; por lo demás, nadie podía dárselo, porque la Constitución esencial de la Iglesia viene del Señor y nos ha sido dada para que nosotros podamos alcanzar la vida eterna y, partiendo de esta perspectiva, podamos iluminar también la vida en el tiempo y el tiempo mismo.

Los obispos, mediante el sacramento que han recibido, son fiduciarios del don del Señor. Son “administradores de los misterios de Dios” (1 Co 4, 1), y como tales deben ser “fieles y prudentes” (cf. Lc 12, 41-48). Eso significa que deben administrar el don del Señor de modo correcto, para que no quede oculto en algún escondrijo, sino que dé fruto y el Señor, al final, pueda decir al administrador: “Puesto que has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho” (cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 11-27). En estas parábolas evangélicas se manifiesta la dinámica de la fidelidad, que afecta al servicio del Señor, y en ellas también resulta evidente que en un Concilio la dinámica y la fidelidad deben ser una sola cosa.

A la hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la reforma, como la presentaron primero el Papa Juan XXIII en su discurso de apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962 y luego el Papa Pablo VI en el discurso de clausura el 7 de diciembre de 1965. Aquí quisiera citar solamente las palabras, muy conocidas, del Papa Juan XXIII, en las que esta hermenéutica se expresa de una forma inequívoca cuando dice que el Concilio “quiere transmitir la doctrina en su pureza e integridad, sin atenuaciones ni deformaciones”, y prosigue: “Nuestra tarea no es únicamente guardar este tesoro precioso, como si nos preocupáramos tan sólo de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente, sin temor, a estudiar lo que exige nuestra época (…). Es necesario que esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta el modo como se enuncian estas verdades, conservando sin embargo el mismo sentido y significado” (Concilio ecuménico Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, pp. 1094-1095).

Es claro que este esfuerzo por expresar de un modo nuevo una determinada verdad exige una nueva reflexión sobre ella y una nueva relación vital con ella; asimismo, es claro que la nueva palabra sólo puede madurar si nace de una comprensión consciente de la verdad expresada y que, por otra parte, la reflexión sobre la fe exige también que se viva esta fe. En este sentido, el programa propuesto por el Papa Juan XXIII era sumamente exigente, como es exigente la síntesis de fidelidad y dinamismo. Pero donde esta interpretación ha sido la orientación que ha guiado la recepción del Concilio, ha crecido una nueva vida y han madurado nuevos frutos. Cuarenta años después del Concilio podemos constatar que lo positivo es más grande y más vivo de lo que pudiera parecer en la agitación de los años cercanos al 1968. Hoy vemos que la semilla buena, a pesar de desarrollarse lentamente, crece, y así crece también nuestra profunda gratitud por la obra realizada por el Concilio.

Pablo VI, en su discurso durante la clausura del Concilio, indicó también una motivación específica por la cual una hermenéutica de la discontinuidad podría parecer convincente. En el gran debate sobre el hombre, que caracteriza el tiempo moderno, el Concilio debía dedicarse de modo especial al tema de la antropología. Debía interrogarse sobre la relación entre la Iglesia y su fe, por una parte, y el hombre y el mundo actual, por otra (cf. ib., pp. 1173-1181). La cuestión resulta mucho más clara si en lugar del término genérico “mundo actual” elegimos otro más preciso: el Concilio debía determinar de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la edad moderna.

Esta relación tuvo un inicio muy problemático con el proceso a Galileo. Luego se rompió totalmente cuando Kant definió la “religión dentro de la razón pura” y cuando, en la fase radical de la revolución francesa, se difundió una imagen del Estado y del hombre que prácticamente no quería conceder espacio alguno a la Iglesia y a la fe. El enfrentamiento de la fe de la Iglesia con un liberalismo radical y también con unas ciencias naturales que pretendían abarcar con sus conocimientos toda la realidad hasta sus confines, proponiéndose tercamente hacer superflua la “hipótesis Dios”, había provocado en el siglo XIX, bajo Pío IX, por parte de la Iglesia, ásperas y radicales condenas de ese espíritu de la edad moderna. Así pues, aparentemente no había ningún ámbito abierto a un entendimiento positivo y fructuoso, y también eran drásticos los rechazos por parte de los que se sentían representantes de la edad moderna.

Sin embargo, mientras tanto, incluso la edad moderna había evolucionado. La gente se daba cuenta de que la revolución americana había ofrecido un modelo de Estado moderno diverso del que fomentaban las tendencias radicales surgidas en la segunda fase de la revolución francesa. Las ciencias naturales comenzaban a reflexionar, cada vez más claramente, sobre su propio límite, impuesto por su mismo método que, aunque realizaba cosas grandiosas, no era capaz de comprender la totalidad de la realidad.

Así, ambas partes comenzaron a abrirse progresivamente la una a la otra. En el período entre las dos guerras mundiales, y más aún después de la segunda guerra mundial, hombres de Estado católicos habían demostrado que puede existir un Estado moderno laico, que no es neutro con respecto a los valores, sino que vive tomando de las grandes fuentes éticas abiertas por el cristianismo.

La doctrina social católica, que se fue desarrollando progresivamente, se había convertido en un modelo importante entre el liberalismo radical y la teoría marxista del Estado. Las ciencias naturales, que sin reservas hacían profesión de su método, en el que Dios no tenía acceso, se daban cuenta cada vez con mayor claridad de que este método no abarcaba la totalidad de la realidad y, por tanto, abrían de nuevo las puertas a Dios, sabiendo que la realidad es más grande que el método naturalista y que lo que ese método puede abarcar.

Se podría decir que ahora, en la hora del Vaticano II, se habían formado tres círculos de preguntas, que esperaban una respuesta. Ante todo, era necesario definir de modo nuevo la relación entre la fe y las ciencias modernas; por lo demás, eso no sólo afectaba a las ciencias naturales, sino también a la ciencia histórica, porque, en cierta escuela, el método histórico-crítico reclamaba para sí la última palabra en la interpretación de la Biblia y, pretendiendo la plena exclusividad para su comprensión de las sagradas Escrituras, se oponía en puntos importantes a la interpretación que la fe de la Iglesia había elaborado.

En segundo lugar, había que definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y el Estado moderno, que concedía espacio a ciudadanos de varias religiones e ideologías, comportándose con estas religiones de modo imparcial y asumiendo simplemente la responsabilidad de una convivencia ordenada y tolerante entre los ciudadanos y de su libertad de practicar su religión.

En tercer lugar, con eso estaba relacionado de modo más general el problema de la tolerancia religiosa, una cuestión que exigía una nueva definición de la relación entre la fe cristiana y las religiones del mundo. En particular, ante los recientes crímenes del régimen nacionalsocialista y, en general, con una mirada retrospectiva sobre una larga historia difícil, resultaba necesario valorar y definir de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la fe de Israel.

Todos estos temas tienen un gran alcance —eran los grandes temas de la segunda parte del Concilio— y no nos es posible reflexionar más ampliamente sobre ellos en este contexto. Es claro que en todos estos sectores, que en su conjunto forman un único problema, podría emerger una cierta forma de discontinuidad y que, en cierto sentido, de hecho se había manifestado una discontinuidad, en la cual, sin embargo, hechas las debidas distinciones entre las situaciones históricas concretas y sus exigencias, resultaba que no se había abandonado la continuidad en los principios; este hecho fácilmente escapa a la primera percepción.

Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma. En este proceso de novedad en la continuidad debíamos aprender a captar más concretamente que antes que las decisiones de la Iglesia relativas a cosas contingentes —por ejemplo, ciertas formas concretas de liberalismo o de interpretación liberal de la Biblia— necesariamente debían ser contingentes también ellas, precisamente porque se referían a una realidad determinada en sí misma mudable. Era necesario aprender a reconocer que, en esas decisiones, sólo los principios expresan el aspecto duradero, permaneciendo en el fondo y motivando la decisión desde dentro.

En cambio, no son igualmente permanentes las formas concretas, que dependen de la situación histórica y, por tanto, pueden sufrir cambios. Así, las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar. Por ejemplo, si la libertad de religión se considera como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y, por consiguiente, se transforma en canonización del relativismo, entonces pasa impropiamente de necesidad social e histórica al nivel metafísico, y así se la priva de su verdadero sentido, con la consecuencia de que no la puede aceptar quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado a ese conocimiento basándose en la dignidad interior de la verdad.

Por el contrario, algo totalmente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción.

El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos.

La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia.

Una Iglesia misionera, consciente de que tiene el deber de anunciar su mensaje a todos los pueblos, necesariamente debe comprometerse en favor de la libertad de la fe. Quiere transmitir el don de la verdad que existe para todos y, al mismo tiempo, asegura a los pueblos y a sus gobiernos que con ello no quiere destruir su identidad y sus culturas, sino que, al contrario, les lleva una respuesta que esperan en lo más íntimo de su ser, una respuesta con la que no se pierde la multiplicidad de las culturas, sino que se promueve la unidad entre los hombres y también la paz entre los pueblos.

El concilio Vaticano II, con la nueva definición de la relación entre la fe de la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, revisó o incluso corrigió algunas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad mantuvo y profundizó su íntima naturaleza y su verdadera identidad. La Iglesia, tanto antes como después del Concilio, es la misma Iglesia una, santa, católica y apostólica en camino a través de los tiempos; prosigue “su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”, anunciando la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. Lumen gentium, 8).

Quienes esperaban que con este “sí” fundamental a la edad moderna todas las tensiones desaparecerían y la “apertura al mundo” así realizada lo transformaría todo en pura armonía, habían subestimado las tensiones interiores y también las contradicciones de la misma edad moderna; habían subestimado la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que en todos los períodos de la historia y en toda situación histórica es una amenaza para el camino del hombre.

Estos peligros, con las nuevas posibilidades y con el nuevo poder del hombre sobre la materia y sobre sí mismo, no han desaparecido; al contrario, asumen nuevas dimensiones: una mirada a la historia actual lo demuestra claramente. También en nuestro tiempo la Iglesia sigue siendo un “signo de contradicción” (Lc 2, 34). No sin motivo el Papa Juan Pablo II, siendo aún cardenal, puso este título a los ejercicios espirituales que predicó en 1976 al Papa Pablo VI y a la Curia romana.

El Concilio no podía tener la intención de abolir esta contradicción del Evangelio con respecto a los peligros y los errores del hombre. En cambio, no cabe duda de que quería eliminar contradicciones erróneas o superfluas, para presentar al mundo actual la exigencia del Evangelio en toda su grandeza y pureza. El paso dado por el Concilio hacia la edad moderna, que de un modo muy impreciso se ha presentado como “apertura al mundo”, pertenece en último término al problema perenne de la relación entre la fe y la razón, que se vuelve a presentar de formas siempre nuevas.
La situación que el Concilio debía afrontar se puede equiparar, sin duda, a acontecimientos de épocas anteriores. San Pedro, en su primera carta, exhortó a los cristianos a estar siempre dispuestos a dar respuesta (apo-logía) a quien le pidiera el logos (la razón) de su fe (cf. 1 P 3, 15). Esto significaba que la fe bíblica debía entrar en discusión y en relación con la cultura griega y aprender a reconocer mediante la interpretación la línea de distinción, pero también el contacto y la afinidad entre ellos en la única razón dada por Dios.

Cuando, en el siglo XIII, mediante filósofos judíos y árabes, el pensamiento aristotélico entró en contacto con la cristiandad medieval formada en la tradición platónica, y la fe y la razón corrían el peligro de entrar en una contradicción inconciliable, fue sobre todo santo Tomás de Aquino quien medió el nuevo encuentro entre la fe y la filosofía aristotélica, poniendo así la fe en una relación positiva con la forma de razón dominante en su tiempo.

La ardua disputa entre la razón moderna y la fe cristiana que en un primer momento, con el proceso a Galileo, había comenzado de modo negativo, ciertamente atravesó muchas fases, pero con el concilio Vaticano II llegó la hora en que se requería una profunda reflexión. Desde luego, en los textos conciliares su contenido sólo está trazado en grandes líneas, pero así se determinó la dirección esencial, de forma que el diálogo entre la razón y la fe, hoy particularmente importante, ha encontrado su orientación sobre la base del Vaticano II.

Ahora, este diálogo se debe desarrollar con gran apertura mental, pero también con la claridad en el discernimiento de espíritus que el mundo, con razón, espera de nosotros precisamente en este momento. Así hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al concilio Vaticano II: si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia.

  1. http://unavocemx.org/inicio/documentos-eclesiasticos/hermeneutica-de-continuidad/

viernes, 20 de marzo de 2009

Comer y devorar, por un devorador de aquellos

No era de extrañar la reacción de algunos a la carta de S.S. el Papa a los obispos del mundo explicando su decisión de levantar la excomunión a los obispos ordenados por Mons. Lefevbre, hemos encontrado en Zenit, por medio de la chilena "Radio María", la opinión de Mons. Mario de Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro, México; en ella, mas que una imparcial opinión y una "puesta de sayo", lanza tal útil prenda para la vestimenta de otros... no está de mas comentar que no compartimos esta visión parcial.

Morder y devorar a la Iglesia... y en la Iglesia
Comentario del obispo de Queréntaro a la carta del Papa sobre lefebvrianos

QUERÉTARO, jueves, 19 de marzo de 2009 (ZENIT.org-El Observador).- Publicamos la reflexión de monseñor Mario De Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro, México, sobre la Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la Remisión de la Excomunión de los Cuatro Obispos Consagrados por el arzobispo Marcel Lefebvre, del Papa Benedicto XVI.

Morder y devorar

Morder y devorar son dos verbos fuertes que extrañan a cualquiera que escuche emplearlos para referirse a las relaciones humanas. Los utiliza, sin embargo, san Pablo con desenfado para describir la situación que reinaba entre los cristianos de la región de Galacia: "Si ustedes se muerden y devoran unos a otros, tengan cuidado no vayan a destruirse mutuamente" les dice su fundador y padre en la fe (Gl 3, 15). Aunque lo parezca, no exagera el Apóstol. Lo más triste, explica el papa Benedicto XVI en la reciente Carta a los Obispos de la Iglesia Católica, es que este "morder y devorar" existe también hoy entre nosotros, como expresión de una libertad mal interpretada. En concreto, se refiere el Romano Pontífice a las reacciones virulentas que provocó en algunos círculos católicos su decisión de levantar la excomunión a cuatro obispos lefebvrianos y la consabida manipulación de los medios de comunicación.

Hay que decir con toda claridad que el Papa ni se equivocó ni se arrepiente en su carta. El Papa la llama "palabra clarificadora". Manifiesta, sí, su extrañeza y su dolor ante la incomprensión respecto a su actitud y, por eso, la explica con claridad y humildad a sus hermanos obispos. Al papa Juan XXIII se le admiró y sigue admirando por su bondad y comprensión con los hermanos separados. A él se debe, no la invención, sino el haber recordado que es deber moral y cristiano distinguir entre el pecado y el pecador, entre las personas y las instituciones, y que hay que aceptar lo bueno y verdadero que exista en un disidente, aunque sea poco, y desde allí iniciar el diálogo y reconstruir la unidad de la Iglesia.

Esto fue exactamente lo que hizo el papa Benedicto XVI con esos hermanos lefebvrianos: les tendió la mano quitándoles una censura gravísima, la excomunión, pero sin reconocerles ningún estatuto jurídico dentro de la Iglesia mientras persista en ellos su intransigencia doctrinal. Nada sencillo es fijar límites entre la ignorancia y la mala fe, pero en cualquier caso es lamentable que muchos hayan aprovechado esta mano tendida del Papa --cuya primera carta encíclica nos recuerda que "Dios es amor"--, no para estrecharla ni para ver en este gesto una señal de amor cristiano, sino para morderla y lastimar al pontífice de Roma, nuestro pastor.

Le agradecemos al Papa este gesto de caridad fraterna al mismo tiempo que su firmeza doctrinal al defender el tesoro de la fe y buscar restaurar la unidad de la Iglesia, tendiendo la mano a esos cuatro obispos, a casi medio millar de sacerdotes, a cientos de seminaristas y miles de fieles que se han rebelado contra la autoridad legítima. Norma sabia ha sido siempre en la Iglesia buscar la unidad en lo esencial, comprensión en lo opinable y caridad en todo. Los que "muerden y devoran" a la Iglesia deben permanecer donde suelen estar, rondando en su exterior.
  1. http://www.radiomaria.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=183&Itemid=1

lunes, 16 de marzo de 2009

Salir al encuentro del hermano que tiene quejas contra ti: Carta a los obispos perplejos.


Desde "Panoráma Católico Internacional", reproducimos la opinión de su editor, don Marcelo González, comentando la carta de S.S. Benedicto XVI en que explica a los obispos del mundo su decisión de levantar las excomuniones de los 4 obispos consagrados por Mons. Marcel Lefevbre.

¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación?
(Benedicto XVI, Carta sobre la Remisión de la Excomunión a los Obispos de la FSSPX)

La carta de Benedicto XVI a los obispos sobre la remisión de la excomunión a los obispos de la FSSPX es un interesantísimo documento que conviene analizar con cierta fineza, a riesgo de caer en una aceptación o un rechazo meramente emocional, tanto de parte de los sectores progresistas (quienes han manifestado ya abiertamente su prescindencia del instituto Petrino, como de parte de los defensores de la Tradición, quienes no suelen ver los progresos graduales ciertamente obsesionados por el reclamo de una definición al estilo Syllabus. Esta definición, por deseable que sea, no parece viable bajo las actuales circunstancias eclesiásticas y por la forma mentis del Santo Padre, un hombre que en muchos aspectos sostiene opiniones divergentes de la concepción tradicional.

El primer punto de análisis, sin duda, es el hecho mismo de la carta. Se puede justificar fácilmente por la envergadura del escándalo mediático vivido en las últimas semanas. Pero no es tan simple la cosa. En otro tiempo, no habría habido remisión de las excomuniones, y en caso de habérlasela intentado, se habría dado marcha atrás. Es fundamental estar ciertos de este punto: fue un acto bien pensado y deliberado del papa y su entorno de confianza. Lo sostuvo contra todo, a pesar de la concurrencia del escándalo suscitado por las declaraciones de Mons. Williamson, hecho no deseado por nadie -tampoco por Mons. Williamson- salvo por los enemigos de la Iglesia.
Escribe Marcelo González

Ahora el Papa justifica su decisión. Los papas habitualmente no dan explicaciones sobre sus decisiones de gobierno, inclusive sobre las erróneas. Pero la mentalidad democratista de las últimas décadas ha hecho transitar caminos impensados. Más allá de esto, el papa ha puesto a la FSSPX como protagonista absoluta de los hechos, reconociéndole una importancia como a pocas congregaciones católicas se le ha reconocido en mucho tiempo.

Naturalmente, no es una carta apologética. ¿Cabría esperar esto? Pero no es una carta condenatoria, sino más bien diríamos paternal y "en defensa", más allá de las necesidades y convicciones del Santo Padre sobre puntos prudenciales que trataremos de analizar a continuación.

¿Aceptación acrítica del Concilio?
"A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión "Ecclesia Dei", institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. (...) No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive".

Recordemos la jerarquía de este documento: es una carta apostólica. El estilo es el característico del magisterio conciliar y posconciliar: más sugerente que definitorio. El hecho mismo del uso de la primera persona singular (yo) parece indicar el deseo de poner estas consideraciones en el plano de una opinión calificada, y no bajo la protección de la infalibilidad magisterial, que requiere otras formalidades. En este contexto, veamos un punto esencial: se reconoce que el problema es doctrinal y no disciplinario. Con lo cual cae la teoría del acuerdo práctico como solución. Esta ha sido siempre la posición de la FSSPX. En el documento del 21 de enero el Papa preveía incluir una regularización canónica. Para lo cual ofreció a la FSSPX diversas alternativas, llegando a último momento, el viernes 23 por la noche, a pedir un compromiso mínimo. La FSSPX no aceptó. Según sus autoridades, este compromiso prácticamente sin exigencias hubiera impuesto una dinámica más orientada a los acuerdos que a las definiciones doctrinales.

Así, canónicamente, la FSSPX y la Santa Sede quedan en la paradójica situación de que sus obispos están libres de toda pena canónica (remitida la excomunión cae la suspensión) pero sus sacerdotes siguen suspendidos... por seguir a sus superiores no suspendidos... Volveremos sobre el tema al hablar de la ilicitud del ejercicio del ministerio.

Cerrando este punto: el papa mismo lleva las cosas al terreno doctrinal, exigiendo a la FSSPX reconozca que no hay un "congelamiento del Magisterio" (cosa que no tiene objeción en ser reconocida, con matices sobre algunos puntos del Concilio y de la praxis posconciliar que son los que se propone discutir). En cambio se exige a los progresistas que acepten que el Concilio no puede entenderse excluyendo la historia doctrinal de la Iglesia. Esto último es inaceptable para muchos. ¿Quién queda en la situación más incómoda?

Los progresistas en estado de cisma tácito.
Otra parte notable de la carta es el señalamiento del cisma tácito (por momentos expreso) que plantean los episcopados más progresistas, y que quedó en evidencia patentemente por medio de las declaraciones contrarias al papa en oportunidad de la remisión de las penas de excomunión. Afirma el papa:"Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento". Nótese: cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá del momento... más claro imposible.

Y más adelante: "Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque". No se refiere a los lefebvristas, como es evidente.

Negación del ejercicio lícito del ministerio
"El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia".

Ahora bien, si sus ministros han sido liberados de la sanción eclesiástica ¿qué dificultades se oponen al ejercicio lícito del ministerio? La respuesta es paradójica. Podemos adivinar el pensamiento del papa: He remitido las penas, pero esta gente no quiere que se los legalice sin antes poner en claro ciertos puntos del Concilio, etc. Les ofrezco todo por nada y lo rechazan... Ahora tienen a su jerarquía libre de toda pena y a sus subordinados bajo suspensión a divinis... contra toda lógica disciplinaria. Es evidente que no negocian para obtener ventajas, quieren ir al terreno doctrinal. Al menos así pensaría yo en lugar del papa.

Al contrario de los institutos tradicionales que llegaron a acuerdos canónicos con la Santa Sede, la FSSPX quiere una aclaración doctrinal. En eso no transige, ni aún cuando haya quedado bajo las iras de las potestades civiles amenazando sus obras apostólicas, lo cual se sanaría fácilmente con el reconocimiento de la Iglesia. Reconocimiento que ya está redactado en varias versiones, una más benigna que la otra. Evidentemente la FSSPX plantea su lucha en el plano doctrinal y solo doctrinal.

En esta perspectiva, se hace muy difícil establecer la ilicitud del ejercicio del ministerio apostólico, porque es evidente que subsiste un estado de necesidad. ¿Qué hace la FSSPX con sus miles de sacerdotes, religiosos, y fieles, con los miembros de institutos asociados mientras se procede a la discusión doctrinal? ¿Dejarlos en el desamparo espiritual? Nada sería más contrario a la ley suprema de la Iglesia: la salvación de las almas, que es la que inspira toda disposición canónica lícita. Esto el papa lo sabe, porque es esencial a su oficio de Pastor Universal.

La cuestión es doctrinal, por lo tanto se toman medidas
A lo dicho se puede sumar la decisión del papa de incorporar Ecclesia Dei bajo la órbita de Doctrina de la Fe. No sabemos exactamente como, aunque lo lógico sería que Ecclesia Dei pasara a formar parte de la Congregación del Clero o de los Obispos. Así lo anuncia el papa:

"A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión "Ecclesia Dei", institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas".

Doble lectura: les impondremos el Concilio. Segunda, discutiremos sus objeciones sobre el Concilio. En la más alta instancia: Doctrina de la Fe, cuyo titular nato es el propio Sumo Pontífice. Los hechos dirán...

Afirmación de que el concilio tiene toda la historia de la Iglesia en sí.
"Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive".

Este enunciado es un eco de la "hermenéutica de la continuidad". El papa hoy (tal vez no Ratzinger hace algunos años) no concibe que el Concilio Vaticano II pueda contradecir la historia doctrinal de la Iglesia, la fe profesada en el curso de los siglos. Esto puede tener una resolución no satisfactoria si se siguen los criterios neomodernistas que ignoran el principio de no contradicción. Pero es evidente que plantea un desafío muy claro a las desviaciones del llamado "espíritu del Concilio" y a la letra de varios de los documentos conciliares. El mayor problema del CVII es su ambigüedad. Definidos los puntos imposibles de leer de un modo tradicional, el resto es tan farragoso como desconocido. Además de que en la práctica ha caído en desuetudo. Todos lo citan, nadie lo lee, nadie lo aplica. Lo importante es la praxis de aquí en más, sobre la base clara de este saneamiento doctrinal absolutamente necesario.

Paraguas protector a la FSSPX
"Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota. Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios –en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias?"

El hermano que tiene quejas contra ti... La frase es fuerte. Hay una admisión implícita de la legitimidad de esas quejas. Y también esta otra que aparece más adelante:

"A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas".

¿No es esto un paraguas protector del Santo Padre a la FSSPX?

Reconocimiento del valor de la FSSPX
"¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?"

Además de una solicitud paternal desconocida hasta ahora en la relación FSSPX - Santa Sede, el papa pone en evidencia el valor de esos sacerdotes que han dado el paso de aceptar sanciones canónicas y una exclusión, una suerte de "muerte eclesiástica" como miembros de la Iglesia en razón de sus convicciones. Puede haber elementos distorsionados o enfermos, de hecho los hay en algunos pocos. Pero el resto es válido y valioso.

Críticas al tono de algunos miembros de la FSSPX y a los progres.
El Papa se queja de haber sido maltratado algunos miembros de la FSSPX. Pero agradece también testimonios de gratitud.

"Ciertamente, desde hace mucho tiempo y después una y otra vez, en esta ocasión concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunción, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso no debe la gran Iglesia permitirse ser también generosa, siendo consciente de la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ¿No debemos como buenos educadores ser capaces también de dejar de fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces?

Pero no todo viene por el lado de los tradicionalistas:
¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se ha dado alguna salida de tono?
Más que alguna, por cierto. La mesura es el tono del lenguaje romano.

Concluyendo: si se lee esta carta con buen espíritu, no se puede menos que concluir que el papa actúa con recta intención, según su leal saber y comprometiendo su autoridad y su prestigio en bien de la FSSPX. Ahora bien, algunos pueden disentir sobre cuál sea el "bien" práctico. En este terreno corremos el riesgo de quedar eternamente empantanados. Oración, sacrificios y confianza en las autoridades es el único camino. Lo demás es vía muerta...

  1. http://panodigital.com/salir-al-encuentro-del-hermano-que-tiene-quejas-contra-ti-carta-a-los-obispos-perplejos

martes, 10 de marzo de 2009

La "aceptación del Concilio", ¿pólvora mojada en una batalla que se está dando ante nuestros ojos?

Desde "La cigueña de la torre"

Me envían de Roma, para evitar susceptibilidades digamos que el cardenal Ottaviani, un escrito que en estos momentos circula por la Curia, redactado por el abbé Claude Barthe, sacerdote francés de reconocido renombre y en plena comunión con la Iglesia. La batalla está siendo encarnizada entre distintos organismos de la Curia y entre relevantes personajes de la misma. Creo que las tesis del sacerdote francés son muy dignas de consideración y pienso también que Su Eminencia, al trasladármelas, desea que las haga públicas.

La “no aceptación del Concilio” por la Fraternidad San Pío X : una cortina de humo
Nota del Padre Claude Barthe

Después de la instrumentalización del deplorable affaire Williamson, los que se oponen a una reconciliación de la comunidad de Monseñor Lefebvre instrumentalizan ciertas torpezas para re-excomulgarla in aeternum. Ahora bien, su tema es un montaje de falacias.

1° La cuestión fundamental : rechazar o aceptar ¿Cuál Vaticano II?

Quiérase o no, “la aceptación del Concilio” se ha vuelto un tema ideológico bajo el cual se han hecho pasar gravísimos abusos durante 40 años. El discurso del Papa a la Curia del 22 de diciembre 2005 recordó oportunamente que desde el comienzo existen dos hermenéuticas excluyentes acerca de Vaticano II, una de “ruptura”, otra de “continuidad”. Para ser breves, la primera es aquella de Rahner y Congar, la segunda aquella de la Nota previa agregada por Paulo VI a Lumen Gentium. Los actos del pontificado actual (Summorum Pontificum, decreto del 21 de enero 2009) dan cuenta de una tercera hermenéutica, la de la minoría conciliar, continuada por la oposición lefebrista, transformada y revitalizada hoy alrededor del Papa por una “nueva escuela romana”. De suerte que -y tomando un solo ejemplo, el número 3 de Unitatis redintegratio que parece decir que las comunidades cristianas separadas pueden ser medios de salvación en cuanto tales-, sería injusto (y paradójico) transformar en crimen contra la unidad de la Iglesia :

a)Sea el hecho de estimar en consciencia que, prout sonant, las expresiones de UR 3 no pueden ser aceptadas como magisterio de la Iglesia;
b)Sea el hecho de releerlas diciendo que son elementos católicos contenidos en comunidades separadas que pueden ser instrumentos de integración in voto a la Iglesia de Pedro.

Más generalmente, ¿se puede pretender congelar para siempre la tradición viviente de la Iglesia en expresiones manifiestamente corregibles, enunciadas hace 40 años? ¿Se puede tener miedo a priori de hacer una teología (y mañana un magisterio) actualizada, teniendo en cuenta no sólo los aportes de Vaticano II, sino también las respuestas a las “cuestiones abiertas” por este Concilio?

2° Ya hubo “coloquios” teológicos con la Fraternidad San Pío X sobre estas cuestiones

Además, cuando el decreto del 21 de enero abre el camino para los “coloquios” sobre de las “cuestiones todavía abiertas”, no innova de ninguna manera. Las discusiones acerca de las dificultades señaladas, entre otros por la Fraternidad San Pío X, tuvieron lugar varias veces, bajo la égida del “Groupe de Rencontre entre Catholiques”, GREC. Al fin, una sesión pública, el 21 de febrero 2008, sobre el tema : “¿Revisar y/o interpretar ciertos pasajes de Vaticano II?” mostró una convergencia que no es otra que la del sentido común : el representante de la FSSPX postulaba la pertinencia de una crítica sana y positiva de los puntos doctrinales nuevos de Vaticano II para ofrecer elementos a una futura elaboración de textos más claros, el teólogo romano estimaba que una recepción de Vaticano II fundada vigorosamente sobre el estado del magisterio anterior tenía su lugar en la Iglesia.
Sería irrealista hacer del resultado de este tipo de coloquios (cuyo resultado es evidente que reside, para comenzar, en la manera de abordar los problemas, y esto no sólo para la FSSPX), una condición previa a una reintegración canónica. El sentido común –que se acerca del sentire cum Ecclesia- quiere al contrario que sea la reintegración canónica previa de la FSSPX la que permita hacer éstos y otros coloquios, los cuales podrán aportar su piedra a la reflexión teológica, en la medida que permitirán útilmente ad intra la expresión de un pensamiento decididamente tradicional.

3° ¿Por qué pedir a la FSSPX más de lo que ya aceptó?

Entre otras cosas, porque todo esto ya fue virtualmente adquirido. En efecto, el 5 de mayo 1988, al comienzo de un “protocolo de acuerdo”, Monseñor Lefebvre había firmado una “declaración doctrinal” que nunca contestó. En ella declaraba aceptar la doctrina del n° 25 de Lumen Gentium sobre la adhesión proporcional al magisterio según sus diversos grados (en ningún momento se le pedía decir, cosa que nunca fue precisada por la Santa Sede, que tal o cual pasaje determinado de Vaticano II relevaba de la infalibilidad solemne u ordinaria). Reconocía también la validez de la liturgia en su nueva forma, cuando era celebrada según los libros aprobados por la Santa Sede. Finalmente, se comprometía (en el 3° de los 5 puntos de la declaración) “a propósito de ciertos puntos enseñados por el Concilio Vaticano II o concerniendo las reformas posteriores de la liturgia y del derecho, y que [le] parecían difícilmente conciliables con la Tradición, a tener una actitud positiva de estudio y de comunicación con la Sede Apostólica, evitando toda polémica”. El compromiso se basaba en “la ausencia de polémica” y de ninguna manera sobre un absurdo “nivel cero de crítica”, que después de todo no se pediría más que a los tradicionalistas.
Si se lee bien el reciente reportaje concedido por Monseñor Fellay, el 25 de febrero 2009 a Rachad Armanios, lecourrier.ch, no es un reconocimiento del Concilio lo que Monseñor Fellay rechaza; lo que niega es que este inasible “reconocimiento” le sea pedido por la Santa Sede. Todo el mundo puede verificar que, desde hace 20 años, el acto de adhesión pedido a los miembros de la FSSPX que quieren recibir una regularización canónica, individual o colectivamente (como el grupo de Campos) reproduce la declaración de Monseñor Lefebvre de 1998. Dicho de otro modo, la Santa Sede no pidió nunca al conjunto de las comunidades más tradicionales de la Iglesia, en lo concerniente a Vaticano II, más que esta declaración de sentido común.

El problema que perduraba con la FSSPX, hasta la decisión generosa del Papa, era el resultado de la decisión de su fundador, tomada en razón de motivos que había calificado “de estado de necesidad”, de anticipar la consagración de obispos para su instituto y de realizarla sin mandato pontifical. Pero es de una manera falaz, de parte de opositores externos, haciéndose “aliados objetivos” tanto de ciertos elementos como de ciertas malas o desmañadas costumbres en el interior de esta comunidad, que fue fabricado el nuevo obstáculo de una “prerrequisito” doctrinal.
¿Porqué pretender que la tradición viviente de la Iglesia se haya detenido, no tan sólo en el Vaticano II, lo que sería ya absurdo, sino en un cierto Vaticano II?
  1. http://blogs.periodistadigital.com/laciguena.php/2009/03/07/la-aceptacion-del-concilio-ipolvora-moja

jueves, 29 de enero de 2009

Agradecimientos al Santo Padre

Estimados Hermanos:

No podemos menos que agradecer a S.S. Benedicto XVI, por el levantamiento de las excomuniones a Mons. Marcel Lefebvre y los 4 Obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, este gesto de generosidad llena de alegría a todo el mundo tradicionalista, a aquellos que se sienten ligados a la Fraternidad y a aquellos que han visto fortalecer o nacer su "tradicionalismo" en otras agrupaciones católicas.
Esperamos la pronta regularización del estatus canónico de la Fraternidad y oramos para que la voluntad de S.S. el Papa sea aceptada y obedecida en todas aquellas diócesis en que la Fraternidad tiene labor apostólica.

Estas ultimas semanas hemos tenido problemas para actualizar regularmente este blog, pronto daremos un nuevo impulso a este sitio, por ahora, y una vez mas, invito a nuestros amables lectores a unirse a nuestra nueva comunidad, esta vez alojada en MPgroups



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miércoles, 17 de septiembre de 2008

Crónicas del Congreso sobre Summorum Pontificum

Compartimos la actualización de hoy de "la Buardilla de Jerónimo" del Congreso sobre el Motu Proprio.

El esperado congreso sobre el Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI ha comenzado ayer, en Roma. Pero su tema central, el documento que permitió a todo sacerdote celebrar la Santa Misa según los libros litúrgicos de 1962, fue “reabierto” por el mismo Santo Padre durante su viaje apostólico a Francia. En primer lugar, con las palabras que pronunció en la conferencia de prensa durante el vuelo. Y con renovada fuerza en su encuentro con el episcopado francés cuando afirmó: “Tengo en cuenta las dificultades que encontráis, pero no me cabe la menor duda de que podéis llegar, en un tiempo razonable, a soluciones satisfactorias para todos, para que la túnica inconsútil de Cristo no se desgarre todavía más. Nadie está de más en la Iglesia. Todos, sin excepción, han de poder sentirse en ella “como en su casa”, y nunca rechazados… Por tanto, esforcémonos por ser siempre servidores de la unidad”.

Esta importante iniciativa comenzó con una inesperada presencia: la del Cardenal Darío Castrillón Hoyos, Presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, de quien publicamos recientemente una interesante entrevista realizada por Bruno Volpe. En sus palabras iniciales, el purpurado confirmó que la instrucción que la Comisión preparó para la correcta aplicación del Motu Proprio había sido entregada al Santo Padre y que de él dependía la decisión final sobre su publicación.

La primera exposición estuvo a cargo de la segunda autoridad en Ecclesia Dei, Monseñor Camille Perl. A la espera de tener acceso al texto completo de su intervención, ofrecemos las palabras de las que se han hecho eco los medios italianos: “Un año es poco en la vida de la Iglesia. Por el momento, no hay balances buenos ni malos, y es necesario esperar”. “En Italia, la mayoría de los obispos, con pocas admirables excepciones, ha puesto obstáculos a la aplicación del Motu Proprio. Lo mismo hay que decir de muchos superiores generales que prohíben a sus sacerdotes celebrar la Misa según el Rito antiguo”. “En Alemania, la conferencia episcopal ha publicado una directiva muy burocrática que hace difícil su aplicación”. También habló acerca de la realidad de la escasez de sacerdotes que hace muy difícil la celebración de una nueva Misa en el Rito gregoriano. Del mismo modo, recordó que muchos sacerdotes formados en los últimos años no saben celebrar según la forma extraordinaria y que, en muchos casos, “fueron adoctrinados con una visión precisa: que la antigua liturgia estaba superada”.

La segunda intervención fue realizada por Monseñor Nicola Bux, consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, acerca de “la reforma paciente de Benedicto XVI”. En los micrófonos de Radio Vaticana, Bux afirmó que “la Liturgia es expresión de la comunión con los siglos pasados, con las generaciones de quienes nos han precedido, así como transmitimos esta misma comunión a aquellos que vendrán. Creo que este es, también, el fundamento del Motu Proprio”. “Todos hablamos de pluralismo, ésta es una de las palabras mágicas. Es cierto, nosotros no profesamos en el Credo la Iglesia pluralista sino la Iglesia una pero también católica, y esta palabra significa una inclusión global de las diversas formas de expresión de la fe. Sabemos que la fe no se expresa en un único modo. Todos hemos aprendido que existe Oriente y que expresa su fe en su manera particular. Entonces, ¿de qué nos asombramos?”. El teólogo agregó: “No creo que haya oposición entre las dos formas sino, como dice el Santo Padre, un enriquecimiento. Hay que probar para creer”. Por último, Bux afirmó: “El punto es entender que no hay verdadera innovación quitando la Tradición. Creo que esto lo comprendemos todos. Es necesario eliminar los miedos de que, por ejemplo, se niegue el Concilio Vaticano II, que está absolutamente fuera de discusión. Necesitamos la apertura tanto de quienes tienen esta preocupación como de quienes aman más la tradición, y no podrá sino convertirse en una gran ventaja saludable para los unos y los otros, y principalmente para la Iglesia”.

Por la tarde, fue el turno del Padre Joseph Kramer, de la Fraternidad de San Pedro, párroco de la parroquia personal de Roma para la Misa gregoriana. Su intervención fue acerca de los “elementos y perspectivas pastorales del Motu Proprio”. Para terminar el día, el Profesor Roberto de Mattei habló sobre el documento de Benedicto XVI como respuesta al proceso de secularización de la sociedad contemporánea. Durante su exposición, cuya traducción publicaremos en los próximos días, afirmó: “Esta liturgia gregoriana, expresada por el Rito romano antiguo, nos recuerda, a través de su silencio, sus genuflexiones y su reverencia, la infinita distancia que separa el cielo de la tierra; nos recuerda que nuestro horizonte no es el terreno sino el celeste; nos recuerda que nada es posible sin sacrificio y que el don de la vida natural y sobrenatural es un misterio. No se trata de poner en competición el Rito antiguo con la nueva Misa, promulgada y autorizada por los últimos Pontífices. Se trata de comprender cómo la restitución de la libertad al antiguo Rito pone una nueva barrera al secularismo que avanza”.

  1. http://la-buhardilla-de-jeronimo.blogspot.com/2008/09/crnicas-del-congreso-sobre-summorum.html

Cardenal Castrillón: "Respeto, caridad y abandonar el orgullo"

La Buardilla de Jerónimo traduce una entrevista a Mons. Castrillón Hoyos originalmente publicada e Pontifex

En el día en que ha comenzado en Roma el Congreso sobre el Motu Proprio Summorum Pontificum (16 de septiembre), presentamos la traducción de la entrevista que Bruno Volpe realizó al Cardenal Darío Castrillón Hoyos, Presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei. Ampliaremos.

Eminencia, ¿qué es la Santa Liturgia?
Respondo así: la Liturgia es la presencia viva de Dios, tal como han dicho también los Padres de la Iglesia, y la búsqueda de lo sagrado. Una Liturgia que no pone a Dios en el centro, no es católica. Quisiera precisar para ser claros que, en la Liturgia, el sacerdote nunca debe ser protagonista, ponerse en evidencia. Quisiera citar, por ejemplo, lo que ha sucedido en Lourdes durante el reciente viaje del Papa.

¿Qué ha ocurrido?
Un sacerdote ha considerado oportuno, según su gusto, cambiar las palabras del Ave María. ¿Se da cuenta? Se pretende cambiar una oración nacida de la fe y por manías de protagonismo.

Eminencia, ¿qué es lo que sufre hoy la Liturgia?
Creo que ha disminuido, al menos en parte, el sentido de lo sagrado. El sentido místico y el valor de la Cruz. No comprendo a ciertos celebrantes que se sienten grandes haciéndose señores y dueños de la Misa, que es el símbolo más grande del amor de Dios por el hombre.

¿Por qué algunas veces, en nombre de una extraña idea de creatividad litúrgica, ocurren tantos abusos?
Cuando el celebrante se enorgullece, inventando o creando cosas, hace desaparecer a Cristo de su mente y corazón. Lo cancela. Recuerde que Cristo está siempre en el primer lugar. A veces, en las Misas, falta el sentido de Dios, el Verbo Encarnado que, en la Liturgia de la Iglesia, encuentra su gloria. Una persona humilde y simple llega a la iglesia y se arrodilla. Hoy arrodillarse causa extrañeza, parece estar fuera de tiempo y de lugar.

¿Qué puede decir del Rito Romano antiguo?
Que es bello. Que el latín debe ser valorizado en las escuelas y los seminarios. Pero el centro sigue siendo la Cruz y Cristo. ¿Usted piensa que Mozart escribió ciertas bellezas mirando el mar? No. Tenía a Cristo y a un trozo de pan que la Sagrada Eucaristía en la cima de sus inspiraciones.

¿Qué piensa de la Comunión en la mano?
La Liturgia se basa también en la Tradición. Es necesario volver a valorar el silencio, la genuflexión, y comprender y hacer comprender también a los niños que no es bello tomar en la mano el Cuerpo de Cristo, especialmente después de tomar un juguete. Debemos respetarlo, reverenciarlo, con respeto, de rodillas, y sin tocarlo.

Hoy, a menudo, se pelea por la Liturgia…
Esto está mal. La Liturgia no debe convertirse nunca en objeto de discusiones. Es el colmo pelearnos precisamente por el supremo acto de amor. Todos deben ser respetuosos de las ideas de los otros. Por ejemplo, si el Papa está administrando la Comunión a los fieles de rodillas, aquellos que quieren que el sacramento se administre así, cantan victoria. Si ocurre lo contrario, exultan los otros. De este modo, no se va hacia adelante…

¿Qué se necesita?
Respeto, caridad y abandonar el orgullo. Con moderación, y lo digo a los mismos tradicionalistas. Son insaciables. Lo repito: insaciables. Y así nos hacen mal a nosotros y a sí mismos. Te inundan de cartas, escriben en internet. Están quienes quieren que la Basílica de Santa María la Mayor sea dedicada exclusivamente a la Misa antigua. Lo repito: moderación y mesura. Soberbia y orgullo son lo contrario del actor de Amor contenido en la Eucaristía.
  1. http://la-buhardilla-de-jeronimo.blogspot.com/2008/09/card-castrilln-caridad-y-abandonar-el.html

viernes, 5 de septiembre de 2008

La resistencia pasiva de los obispos españoles al motu proprio SVMMORVM PONTIFICVM

Desde "semper idem" en "germinans germinabit":

Acercándose el primer aniversario de la entrada en vigor del motu proprio Summorum Pontificum y al hilo de una interesante entrada que hizo hace algunas semanas en su muy seguida bitácora nuestro querido amigo don Francisco José Fernández de la Cigoña a propósito de su prácticamente nula implementación en España, nos ha parecido oportuno ocuparnos hoy de la actitud de nuestros obispos frente a tan trascendental documento papal, la cual bien puede caracterizarse como de resistencia pasiva.

Sin llegar al extremo del hoy dimisionario obispo de Gerona Mons. Carles Soler Perdigó, que, asesorado por Mn Joan Baburés (su factótum en materia litúrgica), puso una barrera infranqueable en su diócesis a la liberalización –querida expresamente por Benedicto XVI– del uso de la liturgia precedente a la revolución postconciliar, hay que decir que la tónica general del episcopado español es de una suerte de resistencia pasiva. No se oponen frontalmente a la voluntad del Papa, pero tampoco hacen nada para que se cumpla. Quizás peor: disimuladamente le ponen cortapisas, refugiándose en subterfugios tales como: sutiles –y no tan sutiles– presiones sobre el clero favorable a la forma extraordinaria del rito romano, exigencias abusivas que el motu proprio no contempla y fiscalización de las concesiones mediante la imposición de condiciones de tiempo y lugar poco cómodas y hasta inverosímiles. Cierto es que todo esto no es privativo de España, pues en otros países ocurre algo semejante, pero aquí adquiere tintes dramáticos.

De toda la jerarquía española, sólo los cardenales Cañizares de Toledo, Rouco de Madrid y Amigo de Sevilla y, si acaso, el Sr. Arzobispo de Santiago, Mons. Barrio, puede decirse que se han mostrado receptivos a las demandas de sus fieles diocesanos. El blogger cita también al Cardenal Martínez Sistach de Barcelona en el número de los “acogedores”, pero en esto –y lamentamos tener que enmendarle la plana– se equivoca. Nuestro prelado barcinonense es cierto que acudió hace un año al Oasis de Jesús Sacerdote para recibir los votos perpetuos de algunas de las monjas de dicho monasterio sui iuris. Recordemos, sin embargo, que el Oasis nada le debe al hoy cardenal-arzobispo, habiendo sido declarado de derecho pontificio sin su concurso, por una decisión de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei. La misa que regularmente se oficia allí no es, por tanto, ninguna muestra de un supuesto espíritu acogedor del purpurado.

Lo mismo dígase de las misas que se celebran en la Capilla de la Virgen de la Merced y de San Pedro Apóstol de la calle Laforja, que fue una concesión del cardenal Carles a través de su obispo auxiliar Mons. Carrera (de todos modos, se trata de un oratorio de propiedad privada, en el que los sacerdotes tienen ahora plena libertad de celebrar la misa siguiendo el Misal del beato Juan XXIII y los fieles que quieran espontáneamente unirse a esa celebración pueden ser admitidos). Otra misa, la de la parroquia de San Juan María Vianney (producto de la buena voluntad del párroco), está programada en horario poco cómodo para los fieles. No nos consta que hayan prosperado otras iniciativas en la archidiócesis.

Barcelona, no lo olvidemos, es aún –litúrgicamente hablando– un feudo de los bugninianos, con Mons. Pere Tena a la cabeza, secundado por el inefable diácono Urdeix, los cuales no han acabado de digerir el motu proprio Summorum Pontificum o, mejor dicho, se les debe haber atragantado. Sin embargo, más inteligentes que Mons. Soler y Mn Baburés, no han manifestado una oposición frontal a aquél, sino que sibilinamente lo pretenden neutralizar, restándole importancia, tergiversando sus alcances y, sobre todo, ganando tiempo (ya que piensan que si logran evitar una implementación oficial en la arquidiócesis, dentro de tres años podrán decir muy sueltos de huesos que aquí no ha pasado nada). Léase, si no, atentamente lo que escriben en el número 280 de la revista Phase, publicada por el Centro Pastoral de Liturgia de Barcelona (CPL). Pero esto es asunto de otro artículo que publicaremos próximamente. Mientras tanto, estamos a la expectativa de lo que se va a decir en el Congreso Internacional de Liturgia, que se celebra estos días en Barcelona coincidiendo con los 50 años del CPL. Intervendrá, por supuesto, la plana mayor de los bugninianos (infaltable), que contará con la presencia de nada menos que el arzobispo Piero Marini, responsable durante muchos años de la degradación de las ceremonias papales (a lo que su sucesor y colombroño, monseñor Guido, se está encargando de poner saludable remedio). Promete ser interesante… y revelador.

Tanto en Barcelona como en la gran mayoría de diócesis españolas los Sres. Obispos no se han enterado que el Papa no les ha dado a ellos el poder de decisión en cuanto a retomar el usus antiquior de la liturgia romana. Es asunto privativo:

- de cada sacerdote (sea de clero secular como regular) por lo que toca a las misas rezadas (llamadas hoy sine populo, aunque admiten la asistencia espontánea de fieles);

- de los párrocos y rectores de iglesias en lo que se refiere a las celebraciones públicas dentro de sus respectivos horarios, y, en fin,

- de las comunidades pertenecientes a sociedades de vida apostólica e institutos de vida consagrada que quieran acogerse puntual, frecuente o permanentemente a los libros litúrgicos antiguos.

Los Obispos sólo tienen funciones:

- de vigilancia de que todo se lleve a cabo de la mejor manera,

- de segunda instancia para los casos en los que los párrocos no puedan o no quieran resolver y

- de información a la Santa Sede al cabo de un trienio de vigencia del motu proprio.

Cualquier pretensión de salirse de esto va ultra vires de lo que el Papa ha establecido. Sin embargo, se presupone lo contrario y se actúa, de hecho, como si los Ordinarios tuvieran el poder de decisión.

Desgraciadamente, aun en los casos en los que los Obispos no se muestran claramente renuentes a dejar que se implemente el motu proprio, dejan ver con sus palabras y actos que si por ellos fuera, éste no se aplicaría. Tales son los casos del presidente y secretario de la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española , Mons. Julián López Martín y el claretiano Josep María Canals, que no disimulan bien su antipatía a la disposición pontificia, con el agravante de ser los responsables máximos de la vida litúrgica de la Iglesia Española , como se deduce por sus antedichos cargos. No se puede, de otro lado, dejar de considerar que los Obispos tienen el poder efectivo de neutralizar la posible decisión de los párrocos, mediante el chantaje: en sus manos está, en efecto, cortar en seco una carrera prometedora, trasladar de su oficio al imprudente, quitarle la prebenda y mil maneras que tiene el poderoso para disuadir eficazmente a sus subordinados y quitarles de la cabeza las veleidades que no son de su agrado.

Los demás prelados de nuestra patria callan o hacen como si la cosa no fuera con ellos. En algunos, los más veteranos que están a punto de jubilarse (como el cardenal-arzobispo de Valencia), es quizás una actitud que obedece tal vez a la desidia propia de la edad o al interés de no comprometerse al final de su cursus honorum: dejan la patata caliente a su sucesor. Por otra parte, en no pocos de esos ancianos mitrados, de la generación católico-existencialista montiniana, se tratará de una personal aversión a la liturgia tradicional: están todavía muy marcados por los años salvajes del postconcilio. Los obispos de menos edad no son lo suficientemente jóvenes como para tener esa saludable falta de prejuicios que caracteriza a las modernas generaciones de clérigos (formados bajo Juan Pablo II y Benedicto XVI); están, por tanto hipotecados por la pesada herencia de los decanos. Pero tampoco hay que excluir el factor representado por la mediocridad, que afecta a no pocos de nuestros actuales pastores y que les impide “mojarse” porque ni entienden nada ni desean entender.

Así, pues, en España la resistencia pasiva de la mayor parte de los Obispos a Summorum Pontificum está provocando que una vez más estemos a la cola de Europa y de Occidente en cuanto a la cuestión -esencial– de la Liturgia. Mientras por todas partes florecen y se multiplican las celebraciones según los libros litúrgicos previos a la revolución postconciliar (véase, por ejemplo, la crónica diaria y documentada del excelente sitio de UNA VOCE MÁLAGA sobre la aplicación del motu proprio alrededor del mundo), mientras desde la mismísima Roma el Santo Padre da espléndidas catequesis visuales de lo que debe ser el culto tributado a Dios, aquí languidecemos en un páramo de espiritualidad y encima nuestros dirigentes religiosos se creen leibnizianamente que todo va bien en el mejor de los mundos posibles. ¡Que venga Dios y lo vea!
  1. http://www.germinansgerminabit.org/semper_idem/semper.html

Reforma de la reforma ¿nuevos pasos?

Desde la Buardilla de Jerónimo:

Bruno Volpe, en Pontifex, presenta una interesante entrevista cuya traducción publicamos. Ha sido realizada al Padre Joseph Luzuy, sacerdote del Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote y participante en el Congreso que se realizará en Roma sobre el Motu Proprio Summorum Pontificum. En ella, el Padre Luzuy confirma que están siendo estudiados algunos cambios que serían nuevos pasos en la reforma de la reforma.

ROMA- El rumor, si bien aún no confirmado, circula desde hace tiempo en los Sagrados Palacios. Estaría en estudio una revisión de la Liturgia actual y la reforma incluiría estos tres cambios: Canon recitado en latín, signo de la paz antes del ofertorio, Comunión de rodillas o, al menos, no más en las manos.

Como manda la prudencia, en las congregaciones nada se dice, pero nos llega una confirmación, aunque indirecta. “No conozco los tiempos de estas modificaciones pero también a mí me consta que el tema se está estudiando”, admite sin decir demasiado el Padre Joseph Luzuy, sacerdote francés del Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote. El Padre Luzuy dará una conferencia sobre el tema “Aprender a celebrar con el Misal de San Pío V” en el Congreso que se realizará en Roma desde el 16 de septiembre.

- Padre Luzuy, ¿cómo se celebra con el Misal de San Pío V?
- Partimos de la idea de que Dios es el centro del misterio. La Misa de San Pío V, aunque sería mejor llamarla gregoriana, se celebra con una actitud de adoración, acentuando que la Eucaristía es un don de Dios, misterio y trascendencia.

- A menudo, pero con argumentaciones poco convincentes, se critica el Rito antiguo sosteniendo que se comprende poco…
- No comparto esta afirmación. En primer lugar, el latín es siempre el lenguaje universal de la Iglesia. Cristo, muriendo sobre la Cruz, no fue entendido. Expiró en el misterio y no tuvo necesidad de traductores o divulgadores para explicar ese misterio. Entonces, si Cristo muerto en la Cruz es el misterio por excelencia, ¿por qué razón la Misa debería ser inteligible racionalmente y en su conjunto?

- ¿Qué debe hacer la Misa en nosotros?
- Llevarnos al Cielo, a Dios. La Misa es cantar con los ángeles la gloria de Dios.

- El celebrante hacia Oriente: en ninguna parte está escrito…
- Ciertamente. Pero se trata de una tradición que se remonta a los tiempos de Constantino. Desde que los cristianos dejaron la clandestinidad, todas las basílicas han sido creadas y erigidas hacia oriente. El oriente representa el Sol que surge, es decir, Dios. Es por esta razón que celebrar dirigido hacia oriente me parece litúrgicamente más correcto e incluso coherente. La posición que mejor respeta la Tradición es ad Orientem.

- ¿Le gusta la palabra “asamblea”?
- Basta con esta idea de “asamblea”... Además, quisiera recordar que la voluntad de traducir la Misa en vernáculo también la tuvo Lutero, protestante. Creo que se está dando, sobre todo después del Vaticano II pero no por culpa de él, un proceso de protestantización de la cultura religiosa, de la liturgia y de los mismos estudiosos. En cuanto al ecumenismo, no protesto… pero es preciso ser cautos. El diálogo está bien pero es necesario no desvalorizar nunca la propia identidad haciendo concesiones a los hermanos separados. Esperamos vivamente su conversión y rezamos por ellos. Pero creo que existe una sola verdadera Iglesia y es la Iglesia Católica, en comunión con el Papa y los Obispos.

- ¿Qué se puede hacer, entonces, para detener esta peligrosa ola de modernismo que, con todo tipo de abusos, atenta contra la sacralidad de la Misa?
- Hacer respetar las reglas. Los abusos litúrgicos han existido siempre pero después del Vaticano II han crecido en gran medida por la voluntad de racionalizar la Misa que, lo repito una vez más, no tiene necesidad de ser comprendida en su totalidad.

- Circulan voces acerca de que estaría en estudio una reforma de la Liturgia, con el signo de la paz antes del ofertorio, la Comunión de rodillas, el Canon en latín. ¿Puede confirmarlo?
- No sé cuándo sucederá. Pero también yo he escuchado las mismas voces y lo deseo. Puedo confirmarle que está analizándose pero no sé nada acerca de su aplicación concreta ni de los tiempos. Pero el proyecto existe.

Sólo podemos rezar para que sea llevado a buen término, y agradecer la tenacidad y la sensibilidad de un gran Papa como Benedicto XVI. Con él renacerá la verdadera, grande y decorosa Liturgia de siempre. Introibo ad altare Dei…
  1. http://la-buhardilla-de-jeronimo.blogspot.com/2008/09/reforma-de-la-reforma-nuevos-pasos.html

domingo, 17 de agosto de 2008

La Verdad gusta por sí misma

Desde Juventutem Chile:

Conversaba el otro día con el director del coro en el que canto (un muy buen coro que se dedica a cultivar la música litúrgica, la polifonía y el gregoriano) y me decía que cuando se invita a un coro polifónico a jóvenes que tienen afición a la música, y éstos deciden no asitir o van un cierto tiempo y después claudican y no perseveran en ir, es o porque no saben cantar bien y les da vegüenza, o porque desean ser estrellas guitarreras de iglesia y en un coro tan grande y hermoso ellos no lucen: "porque no hay gente que escuchando esta música (polifonía y gregoriano) no le guste"

Ahí recordé la sentencia que aprendí de un joven seminarista: "La Verdad gusta por sí misma".

A veces nos ha pasado como capítulo chileno de Juventutem que pensamos tanto y nos cansamos tanto en decidir cómo hacer para que llegue más gente al grupo, o para que llegue más gente a la MISSA, o para que haya más jóvenes enamorados de Cristo, o para que poco a poco los jóvenes participen más en la Iglesia. Y pensamos, y pensamos, y nos rebuscamos las formas, las estrategias a seguir y bueno, finalmente la gente llega sola porque LA VERDAD GUSTA POR SÍ MISMA.

Hace poco nos han escrito de varias partes del país personas interesadas en aprender un poco más de las formas más tradicionales y perfectas de la Sagrada Liturgia Cristiana, y ahí es cuando se nota el actuar de Nuestro Señor y de su Divina Providencia. Sin tanto cansarse, sin tanta cosa y reunión sabemos que finalemente la victoria es de Cristo. Por lo tanto ¿qué nos queda? gritar a viva voz: Maranatha! Ven Señor Jesús!

Santo Tomás, el Doctor Angélico, quien nos ha enseñado durante siglos y siglos a amar la Verdad, porque Cristo es la Verdad, nos da un testimonio excelente de cómo su vida juvenil no fue otra cosa sino amor a la Verdad. El Buey Mudo, que en el silencio de sus plegarias dijo más que los perros gritones enemigos de Cristo y de la Iglesia.

La Verdad gusta por sí misma. Si las misas se rezaran como lo dice el Misal y no como se le ocurre a cada curita según su caprichoso gusto, otra cosa sería; si se predicara en los pulpitos la palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia y no los pareceres de los teólogos modernistas que quieren acomodar a Dios según el parecer de los hombres y no sus propias vidas al parecer de Dios, otra cosa sería; si se cantaran los cantos que la Iglesia ha ido recogiendo en su sagrada Tradición y que el mismo Vaticano II propone como el gregoriano y la polifonía, y no las canciones sentimentaloides de curitas y monjitas guitarresros que pasan a ser la última estrella rock de las caminatas, otra cosa sería; si como cristianos nos empeñaramos en seguir las palabras del maestro y no los discursos baratos del opinólogo de moda o del político que le da en el gusto a la mayoría, al mundo, otra cosa sería. No serían necesarios ni planes pastorales, ni días del catequistas, ni encuentros de clero, ni de ancianos, ni de profesroes católicos, ni agentes pastorales para discutir las acciones a seguir: ¿Por qué? Porque la Verdad gusta por sí misma.

Y así seguiran llegando correos de varias personas ineteresadas más que en una forma accesoria de ritos (como lo quieren hacer parecer) o en una doctrina anticuada que debe adaptarse a los signos de los tiempos, llegarán correos de personas interesadas en la Verdad, en la única y Santa Verdad.
  1. http://juventutemchile.blogspot.com/2008/07/la-verdad-gusta-por-s-misma.html

viernes, 15 de agosto de 2008

Let us pray in Latin: priests take on Catholics’ magic circle

Damian Thompson sniffs the incense of a revolution among Britain’s parish priests
For a moment it looks as if a fire has broken out in the chapel. A cloud of smoke is billowing from the back and rolling down the aisle – and it is fiercely pungent. This is grade A incense, pure enough to guarantee an instantaneous spiritual high.

A young man walks through the door swinging a thurible on a gold chain. He passes it to a priest, deacon and subdeacon – all in gold vestments – who take turns wafting it at each other. Finally, the subdeacon turns round and, bowing low, shoots plumes of smoke diagonally across the choir stalls with the accuracy of a mid-fielder taking a difficult corner.

We are witnessing an unusual sight: a Roman Catholic solemn mass, celebrated according to an ancient Latin rite effectively outlawed 40 years ago. And it’s taking place in the 13th-century chapel of Merton college, Oxford, which has been Anglican for 400 years.

Just for a week, however, it has gone back to being Catholic – but this is not Catholicism as most people know it. I’m at the summer school of the Latin Mass Society which – to the delight of the conservative Pope Benedict XVI and the dismay of trendy British bishops – is teaching priests how to say the Tridentine mass.

The last time Merton chapel regularly witnessed this sort of complex liturgy was in the 1540s, before the Protestant reformers pulled out much of the stained glass and toppled the statues of saints. The organi-sers of the summer school are reformers, too, but their aim is precisely the opposite: to restore Latin services and rich furnishings to their own Catholic parish churches, many of which were stripped bare by modernisers after the Second Vatican Council in the 1960s.

What makes this summer school rather controversial is that most of the bishops of England and Wales disapprove of the return of the Latin mass, regarding its sonorous Latin prayers and intricate gestures as a relic of the Middle Ages. Until recently, the Tridentine mass could be celebrated only with a bishop’s permission, usually granted grudgingly for special occasions. Then, in July last year, Pope Benedict XVI swept away the right of bishops to ban the old services. Most of them were horrified.

So these are tense times. But the 60 priests who have gathered at Merton college – to brush up their skills or to learn the Tridentine mass from scratch – are careful to avoid talk of civil war in the church. All are aware that this autumn, Pope Benedict is expected to announce a successor to Cardinal Cormac Murphy-O’Connor, the Archbishop of Westminster, who presides over a liberal “magic circle” of bishops unsympathetic to the Pope’s reforms. Will Benedict break the circle that has run the English church for 40 years?

Whoever gets the job, however, nobody expects a sudden return to the Tridentine mass in parishes all over the country. The seminaries do not teach priests how to say it and teaching yourself is difficult. A glance at the manual explains why: “Bring the thumb of each hand over the upper front edge of the paten [communion plate], tilting it to let the host slide off onto the crease of the front-centre fold of the corporal [linen cloth]. Place your left hand on the altar and with your right hand set the paten halfway under the right edge of the corporal.” And all the while saying: “. . . pro innumerabilibus peccatis, et offensionibus, et negligentiis meis, et pro omnibus circumstantibus . . .”

Interestingly, the most traditionalist priests here are also the youngest – and I spot four in the choir stalls who are popular bloggers on the internet. Walking down the high street later, I encounter two clergy wearing the old-fashioned soup-plate hats beloved of Italian village padres. One of them has long knotted tassels dangling from the brim, “so I can tie them round my neck when I ride my horse through the parish”.

A priest who looks barely out of his teens explains what he does when unsolicited copies of The Tablet – a liberal Catholic magazine that opposes the Latin revival – arrive at his church: “I painstakingly remove the staples and feed it into the shredder. It’s time-consuming, but God’s work.”

Most of the other priests at the summer school are less extreme: they have come because they are curious about the Latin mass and they can scent change in the air. “We’re not trying to turn them into traditionalists,” says Father Andrew Wadsworth, an authority on the old rite who is conducting classes. “We want to show priests how the underlying principles of the traditional liturgy can deepen their understanding of their priesthood.”

Father John Boyle, a parish priest in Ashford, Kent, recently taught himself to say the Tridentine mass by watching a DVD. “It’s made a profound difference to the way I celebrate the new mass in English,” he says. “There’s greater reverence now. I’m more of a celebrant and less of a compere.”

I sense a huge contrast with the atmosphere at the first Merton summer school in August 2007. Then, I was allowed to poke my head round the door of a training session. Now, Wadsworth lets me watch him take a priest right through the opening sequence of a Latin mass in a student’s room, using a reversed bookcase as an altar.

The priest, Canon Michael McCreadie, is in his fifties – yet today is the first time in his life that he has acted out the ancient gestures. He removes an invisible biretta (it’s a pretend mass). “Now, father, keep your hands joined,” Wadsworth reminds him. “Go to the centre of the altar, not touching it . . . left hand flat on the page. No, you should be over here,” and he gently turns his pupil towards the window.

After half an hour, we are still only five minutes into the order of service, but McCreadie is elated: “I wasn’t looking forward to saying the old mass, but after today I most certainly am.”

It’s only now I discover that he is dean of Leeds Cathedral. A year ago there were no senior main-stream clerics at the summer school. Later in the day, even more significantly, the Rev Malcolm McMahon, the Bishop of Nottingham, celebrates old rite pontifical vespers wearing a jewelled mitre and an embroidered cope that even Cardinal Wolsey might have considered over the top.

McMahon, a Dominican, is left-wing in his politics and certainly not part of a traditionalist faction – but nor does he belong to the politically correct, back-slapping magic circle. At dinner later, he effectively breaks ranks with his fellow bishops by unambiguously endorsing Pope Benedict’s vision of a church in which the old and new rites coexist. The traditionalists give him a standing ovation and a verse of God Bless our Pope.

He also tells Father Tim Finigan, author of the Hermeneutic of Continuity, the most influential of all the conservative blogs, to keep writing. Which is interesting, given that the Bishops’ Conference would dearly like to stop that particular blog.

Afterwards, Finigan writes: “Bishop McMahon has certainly won the hearts of the priests . . . All of a sudden, there is someone that many priests loyal to Pope Benedict will be watching closely . . . ecce sacerdos magnus!”

That’s Latin for “behold the great priest”. Those words will be read carefully in the Vatican, where Pope Benedict has been informed that the magic circle is desperate to install one of its own as the next cardinal. He isn’t pleased. Watch this space.

Damian Thompson is editor-in-chief of the Catholic Herald
  1. http://www.timesonline.co.uk/tol/comment/faith/article4492221.ece

martes, 5 de agosto de 2008

Los obispos españoles ante el modo extraordinario de la misa.

Desde "la Cigüeña de la Torre", imagen desde "Periodista Digital":

La acogida de nuestro episcopado al Motu proprio de Benedicto XVI se puede resumir en una palabra: nula.

No es que no se haya detectado el menor entusiasmo por parte de nuestros obispos, más bien desprecio absoluto cuando no incluso oposición.

Excepto el cardenal de Toledo que se ha mostrado abierto y acogedor según las noticias que me han llegado, los demás obispos o no existen o apenas han dado muestras de su existencia.

Cierto que también es sumamente descriptible el interés de los fieles por el rito antiguo. Inexistente en muchos lugares y ultraminoritario en otros. Pero entiendo que nuestros obispos, que se dicen tan del Papa, deberían animar el rescoldo donde exista en lugar de hacer todo lo posible por apagarlo.

Una Voce Málaga nos está dando espléndida información de la buena acogida de la decisión del Papa en numerosos lugares del mundo con participación de bastantes obispos. Lo de España resulta penoso.

Creo que sólo un obispo español ha celebrado, por lo menos en una ocasión, según el modo extraordinario. Aunque fuera de España: el cardenal Cañizares. Los demás, al menos que yo sepa, ninguno. E incluso el presidente de la Comisión de Liturgia, el obispo de León, se expresó en contra. Aunque luego tuviera que desdecirse.

Parece que los cardenales de Madrid, Sevilla y Barcelona, este último en esto fue Sistach, han acogido, por supuesto que sin echar cohetes, los deseos de algunos fieles y el ofrecimiento de algún sacerdote. Creo que en Madrid con aceptable asistencia de fieles que solicitan, hasta el momento sin resultado, otra iglesia más donde se pueda celebrar el rito extraordinario.

El arzobispo de Santiago también consiente que de cuando en cuando, no sé si todos los domingos, se celebre así la misa en una parroquia perdida de Galicia. Creo que con muy escasa concurrencia. Y seguro que los lectores nos darán cuenta de algún caso más. Me parece recordar que en Málaga y Murcia se han celebrado alguna vez aunque no sé si con continuidad.

El obispo de Santander parece que negó la autorización a unos fieles que la solicitaban. Y el arzobispo de Oviedo no contesta a una petición análoga.

Todo ello en lo que parece abierta oposición al texto pontificio que no requiere ninguna autorización episcopal. Si bien ello es un error del Motu pues, dada la estructura eclesial, no cabe una actitud sacerdotal enfrentada al obispo. Que puede mandar al cura, al día siguiente, al pueblo más perdido de la sierra.

Yo no soy ningún apasionado de la forma extraordinaria. La mejor prueba de ello es que no acudo a esa misa. Pero creo que es una riqueza de la Iglesia que no se debería obstaculizar sino más bien animar. Con conciencia de que no va a ser el modo generalizado de celebrar la misa. Y eso es lo que no veo en nuestros obispos. Que parecen empeñados en que la planta que sembró el Papa no crezca. Al menos esa impresión dan.

Posiblemente después de este artículo, con los comentarios que se aporten, todos lleguemos a conocer mejor la situación española. De vosotros dependerá.
  1. http://blogs.periodistadigital.com/laciguena.php/2008/08/04/los-obispos-espanoles-ante-el-modo-extra