sábado, 4 de julio de 2009

Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo

Santa Margarita María Alacoque

Su padre Claudio Alacoque, juez y notario. La mamá Filiberta Lamyn. Los hijos son cinco. La menor es Margarita. El párroco, Antonio Alacoque, tío suyo, la bautiza a los tres días de nacida. Ella dice en su autobiografía que desde pequeña le concedió Dios que Jesucristo fuera el único dueño de su corazón. Y le concedió otro gran favor: un gran horror al pecado, de manera que aún la más pequeña falta le resultaba insoportable. Un voto: Dice que siendo todavía un niña, un día en la elevación de la Santa Hostia en la Misa le hizo a Dios la promesa de mantenerse siempre pura y casta.

Aprendió a rezar el rosario y lo recitaba con especial fervor cada día y la Virgen Santísima le correspondió librándola de muchos peligros.

La llevan al colegio de las Clarisas y a los nueve años hace la Primera Comunión. Dice "Desde ese día el buen Dios me concedió tanta amargura en los placeres mundanos, que aunque como jovencita inexperta que era a veces los buscaba, me resultaban muy amargos y desagradables. En cambio encontraba un gusto especial en la oración;".

Vino una enfermedad que la tuvo paralizada por varios años. Pero al fin se le ocurrió consagrarse a la Virgen Santísima y ofrecerle propagar su devoción, y poco después Nuestra Señora le concedió la salud.

Era muy joven cuando quedó huerfana de padre, y entonces la mamá de Don Claudio Alacoque y dos hermanas de él, se vinieron a la casa y se apoderaron de todo y la mamá de Margarita y sus cinco niños quedaron como esclavizados. Todo estaba bajo llave y sin el permiso de las tres mandonas mujeres no salía nadie de casa. Así que a Margarita no le permitían ni siquiera salir entre semana a la iglesia. Ella se retiraba a un rincón y allí rezaba y lloraba. La regañaban continuamente. En medio de tantas penas le pareció que Nuestro Señor le decía que deseaba que ella imitara lo mejor posible en la vida de dolor al Divino Maestro que tan grandes penas y dolores sufrió en su Pasión y muerte. En adelante a ella no sólo no le disgusta que le lleguen penas y dolores sino que acepta todo esto con el mayor gusto por asemejarse lo mejor posible a Cristo sufriente. Lo que más la hacía sufrir era ver cuan mal y duramente trataban a su propia madre. Pero le insistía en que ofrecieran todo esto por amor de Dios. Una vez la mamá se enfermó tan gravemente de erisipela que el médico diagnosticó que aquella enfermedad ya no tenía curación. Margarita se fue entonces a asistir a una Santa Misa por la salud de la enferma y al volver encontró que la mamá había empezado a curar de manera admirable e inexplicable. Lo que más le atraía era el Sagrario donde está Jesús Sacramentado en la Sagrada Hostia. Cuando iba al templo siempre se colocaba lo más cercana posible al altar, porque sentía un amor inmenso hacia Jesús Eucaristía y queríía hablarle y escucharle.

A los 18 años por deseo de sus familiares empezó a arreglarse esmeradamente y a frecuentar amistades y fiestas sociales con jóvenes. Pero estos pasatiempos mundanales le dejaban en el alma una profunda tristeza. Su corazón deseaba dedicarse a la oración y a la soledad. Pero la familia le prohibía todo esto. El demonio le traía la tentación de pensar que si se iba de religiosa no sería capaz de perseverar y tendría que devolverse a su casa con vergüenza y desprestigio. Rezó a la Virgen María y ella le alejó de este engaño y tentación y la convenció de que siempre la ayudaría y defendería. Un día después de comulgar sintió que Jesús le decía: "Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a mi servicio tendr´s paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura". Desde entonces decidió hacerse religiosa, costara lo que costara.

En el año 1671 fue admitida en la comunidad de La Visitación, fundada por San Francisco de Sales. Entró al convento de Paray le Monial. Una de sus compañeras de noviciado dejó escrito: "Margarita dio muy buen ejemplo a las hermanas por su caridad; jamás dijo una sola palabra que pudiera molestar a alguna, y demostraba una gran paciencia al soportar las duras reprimendas y humillaciones que recibía frecuentemente".

Escuela de fortalecimiento de carácter. La pusieron de ayudante de una hermana que era muy fuerte de carácter y ésta se desesperaba al ver que Margarita era tan tranquila y callada. La superiora empleaba métodos duros y violentos que hacían sufrir fuertemente a la joven religiosa, pero esta nunca daba la menor muestra de estar disgustada. Con esto la estaba preparando Nuestro Señor para que se hiciera digna de las revelaciones que iba a recibir.

El 27 de Diciembre de 1673 se le apareció por primera vez el Sagrado Corazón de Jesús. Ella había perdido permiso para ir los jueves de 9 a 12 de la noche a rezar ante el Santísimo Sacramento del altar, en recuerdo de las tres horas que Jesús pasó orando y sufriendo en el Huerto de Getsemaní. De pronto se abrió el sagrario donde están las hostias consagradas y apareció Jesucristo como lo vemos en algunos cuadros que ahora tenemos en las casas. Sobre el manto su Sagrado Corazón, rodeado de llamas y con una corona de espinas encima, y una herida. Jesús señalando su corazón con la mano le dijo: "He aquí el corazón que tanto ha amado a la gente y en cambio recibe ingratitud y olvido. Tú debes procurar desagraviarme". Nuestro Señor le recomendó que se dedicara a propagar la devoción al Corazón de Jesús porque el mundo es muy frío en amor hacia Dios y es necesario enfervorizar a las personas por este amor.
Durante 18 meses el Corazón de Jesús se le fue apareciendo. Le pidió que se celebrara la Fiesta del Sagrado Corazón cada año el Viernes de la semana siguiente a la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo (Corpus).

El corazón de Jesús le hizo a Santa Margarita unas promesas maravillosas para los que practiquen esta hermosa devoción. Por ejemplo "Bendeciré las casas donde sea expuesta y honrada la imagen de mi Sagrado Corazón. Daré paz a las familias. A los pecadores los volveré buenos y a los que ya son buenos los volveré santos. Asistiré en la hora de la muerte a los que me ofrezcan la comunión de los primeros Viernes para pedirme perdón por tantos pecados que se cometen", etc.

Una chispa transformadora. Margarita le decía al Sagrado Corazón: "¿Por qué no elige a otra que sea santa, para que propague estos mensajes tan importantes? Yo soy demasiado pecadora y muy fría para amar a mi Dios". Jesús le dijo: "Te he escogido a ti que eres un abismo de miserias, para que aparezca más mi poder. Y en cuanto a tu frialdad para amar a Dios, te regalo una chispita del amor de mi Corazón". Y le envió una chispa de la llama que ardía sobre su Corazón, y desde ese día la santa empezó a sentir un amor grandísimo hacia Dios y era tal el calor que le producía su corazón que en pleno invierno, a varios grados bajo cero, tenía que abrir la ventana de su habitación porque sentía que se iba a quemar con tan grande llama de amor a Dios que sentía en su corazón. Nuestro Señor le decía: "No hagas nada sin permiso de las superioras. El demonio no tiene poder contra las que son obedientes".

Margarita enfermó gravemente. La superiora le dijo "Creeré que sí son ciertas las apariciones de que habla, si el Corazón de Jesús le concede la curación". Ella le pidió al Sagrado Corazón que la curara y sanó inmediatamente. Desde ese día su superiora creyó que sí en verdad se le aparecía Nuestro Señor.

Un amigo formidable. Dios permitió que enviaran de capellán al convento de Margarita a San Claudio de la Colombiere y este hombre de Dios que era jesuita, obtuvo que en la Compañía de Jesús fuera aceptada la devoción al Corazón de Jesús. Desde entonces los jesuitas la han propagado por todo el mundo.

Buenos resultados. Margarita fue nombrada Maestra de novicias. Enseñó a las novicias la devoción al Sagrado Corazón (que consiste en imitar a Jesús en su bondad y humildad y en confiar inmensamente en Él, en ofrecer oraciones y sufrimientos y misas y comuniones para desagraviarlo, y en honrar su santa imagen) y aquellas jóvenes progresaron rapidísimamente en santidad. Luego enseñó a su hermano (comerciante) esta devoción y el hombre hizo admirables progresos en santidad. Los jesuitas empezaron a comprobar que en las casas donde se practicaba la devoción al Corazón de Jesús las personas se volvían mucho más fervorosas. El Corazón de Jesús le dijo: "Si quieres agradarme confía en Mí. Si quieres agradarme más, confía más. Si quieres agradarme inmensamente, confía inmensamente en Mí".

Antes de morir obtuvo que en su comunidad se celebrara por primera vez la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. El 17 de Octubre de 1690 murió llena de alegría porque podía ir a estar para siempre en el cielo al lado de su amadísimo Señor Jesús, cuyo Corazón había enseñado ella a amar tanto en este mundo.

Digamos de vez en cuando las dos oraciones tan queridas para los devotos del Sagrado Corazón: "Jesús manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo". "Sagrado Corazón de Jesús. En vos confío".
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SAN JUAN MARÍA VIANNEY


Santo Cura de Ars (1786-1859)

Estas frases que brotarán de sus labios, cuando ya sea mayor, pueden servir de esbozo para su retrato: "Me decía con frecuencia mi buena madre: Mira, pequeño Juan, si te viera ofender al buen Dios, me harías tú más daño que cualquiera de mis hijos".

"Cuando estaba en el campo, con mi pala y mi azadón, rezaba".
"Cuando yo era joven me decía: «Si fuera sacerdote me gustaría ganar muchas almas para el buen Dios»".
"Concédeme la conversión de mi parroquia; a cambio admito con gusto sufrir cuanto queráis por toda mi vida".
"¿Qué hace el Señor tantas horas en el tabernáculo? - Nos espera".
"Dios mío ¡Cómo me pesa el tiempo con los pecadores! ¿Cuándo estaré con los santos?"...

Estos dichos son del santo que nada tuvo de prodigio ni en su niñez ni en su juventud. Nació el mes de la Virgen, mayo, día 8 de 1786, de padres honrados, cristianos y pobres. Fue bautizado el mismo día de nacer. A los nueve años todavía no sabía nada a no ser un poco de catecismo. A los once recibió los sacramentos de Penitencia y Eucaristía. Eran malos los tiempos por los que atravesaba Francia.

Por la mente de Juan María corrió siempre el deseo de llegar algún día a ser sacerdote... Pero no sabía nada y no había ningún maestro que estuviera dispuesto a enseñarle las primeras letras. Le costaba mucho aprender. Por fin ingresó en el Seminario. Tenía 25 años cuando, en 1811, recibía la tonsura clerical. Al año siguiente empieza los estudios filosóficos. No le entran con facilidad. Por fin en junio de 1815 recibe el diaconado. Es un gran gozo para él.

Pero los superiores dudan si debe ordenarse sacerdote o rogarle que abandone el seminario, porque el sacerdote, piensan, debe ser un hombre de letras y a Juan María no le entran. Ante aquella duda acuden al Sr. Obispo y éste pregunta: "¿Ama a María?" - Sí, sí, más que nadie". - "¿Sabe rezar el santo Rosario?". - "Sí, con más unción y mejor que ningún otro", le responde el Sr. Rector. - "Pues, bajo mi responsabilidad lo ordenaré sacerdote, que lo hará mejor que ningún otro". Y no se equivocó.

Era el 13 de agosto de 1815 cuando recibió este don del sacerdocio. Saltó de alegría. Ya era lo que tanto ansiaba. Ya estaba dispuesto a morir por el rebaño que le fuera encomendado.

Ars era un pueblecillo pequeño y pobre y allí fue destinado este hombre lleno de ilusiones y con ganas de entrega. Tenía 230 almas. Le dijo el Sr. Obispo con pocas ganas de ilusionarlo: "Vaya usted a esa parroquia. No hay mucho amor a Dios allí, pero Vd. lo pondrá". Y de veras que lo puso. Aquella montaña de hielo... con los años se convertirá en horno ardiente de fuego. Lo que allí encontró fue desolador: Casi nadie cumplía con el precepto dominical. La blasfemia abundaba. Los odios y enconos estaban a la orden del día. Pronto cambiará todo gracias a la santidad de este cura que pasa dieciséis horas diarias en el confesonario, que apenas ni come ni duerme y que está chiflado por Jesús Eucaristía y por la Virgen María.

Toda su vida se resume en su grito: "Por salvar a los pecadores me quedaría en la tierra para toda la vida". Ya en vida le llamaban "el Santo Cura de Ars". Él bromeaba, pero sabía que "Ars ya no era Ars". Allí se amaba a Dios y los hombres entre sí. Podía partir tranquilo. Le llegó la hora el 4 de agosto, jueves, de 1859.
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Por obra del Espíritu Santo VI, Rev. P. José María Iraburu

3. El Espíritu Santo

Las apropiaciones

En la intimidad eterna del Dios único (ad intra) todo es común entre las tres Personas, el ser y la vida, la sabiduría y la voluntad, la majestad y la belleza, la santidad y la omnipotencia. Pero sólo el Padre engendra; sólo el Hijo es engendrado; sólo el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Por tanto, en Dios uno y trino «todo es uno, donde no obsta la oposición de relación» personal (Florencia, 1441: Dz 703/1330).

Y en lo que mira a las obras exteriores de Dios (ad extra), todas las acciones divinas, sean en el orden de la naturaleza o de la gracia, son comunes a las tres Personas divinas, pues la causa de esas operaciones es la naturaleza divina, una e indivisible.

Pues bien, la Iglesia quiere que Dios sea conocido y amado no sólo en la Unidad de su ser sino también en su Trinidad personal. Y por eso, apoyándose en la Revelación y en la Tradición, atribuye en su magisterio y en su liturgia ciertas acciones a una de las tres Personas divinas, por la especial afinidad que esa obra tiene con ella.

Y así, siendo el Padre el principio sin principio, el origen de las otras dos Personas divinas, iguales a El en divinidad y eternidad, la Iglesia le atribuye la condición de Creador, de origen absoluto de todo lo visible e invisible, aunque bien sabe la Iglesia que la creación es obra de las tres Personas divinas.

Y así la Iglesia, siendo el Hijo la expresión infinita del pensamiento del Padre, su idea eterna, le atribuye la condición de Sabiduría divina, Logos, Hijo, Verbo divino, que procede del Padre por generación intelectual.

Y así también, al proceder eternamente el Espíritu Santo del Padre y del Hijo por vía de espiración de amor, la Iglesia identifica esta Persona tercera de la Trinidad divina como el Amor de Dios, y a Él atribuye de especial modo toda la obra de la santificación de los hombres.

De este modo la Iglesia, dice León XIII, hace estas atribuciones en el interior del misterio de la Trinidad «con gran propiedad (aptissime)» (Divinum illud 5). Y la finalidad última de estas apropiaciones, según Santo Tomás, es «para manifestar la fe (ad manifestationem fidei)» (STh I,29,7).

Pues bien, estas atribuciones se expresan principalmente por los Nombres que la tradición cristiana da a cada una de las tres Personas divinas.

Nombres del Espíritu Santo

Tres nombres fundamentales son propios del Espíritu Santo, y los tres están basados directamente en la Sagrada Escritura: Espíritu Santo, Amor y Don (STh I,36-38). Y el examen de cada uno de ellos ha de ayudarnos a profundizar en la identidad misteriosa de esta Persona divina.

1.- Espíritu Santo. «Dios es espíritu», dice Jesús (Jn 4,24). Y de Jesús dice San Pablo: «El Señor es Espíritu» (2Cor 3,17). Es, pues, evidente que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, las tres Personas divinas, son Espíritu. Y, por supuesto, las tres son santas. Sin embargo, el nombre de «Espíritu Santo» es el nombre propio de la tercera Persona divina, pues sólo ella -no el Padre, ni el Hijo- es el término de la espiración de amor, que procede del Padre y del Hijo. Y en Pentecostés, es el Espíritu Santo el espíritu santificante que el Padre y el Hijo comunican a los hombres.

2.- Amor. «Dios es amor», dice San Juan (1Jn 4,8.16). Las tres Personas divinas son amor, amor eterno e infinito. Sin embargo, si entendemos en su sentido personal el término amor, conviene exclusivamente al Espíritu Santo. En efecto, el amor entre el Padre y el Hijo es una persona, es el Espíritu Santo.

Que el Espíritu Santo es el amor divino nos viene enseñado por la Revelación (Rm 5,5) y por la tradición teológica y espiritual. San Agustín nos dice: «el amor que procede de Dios y que es Dios, es propiamente el Espíritu Santot» (ML 42,1083). Y el concilio XI de Toledo (a.675), como hemos visto, confiesa como fe de la Iglesia que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y «es la caridad o santidad de ambos» (Dz 277/527). Por eso Santo Tomás enseña que «en lo divino el nombre de amor puede entenderse esencial y personalmente. [Esencialmente es el nombre común de la Trinidad]. Y personalmente es el nombre propio del Espíritu Santo» (STh I,37,1).

3.- Don. Hemos de ver en seguida cómo las tres Personas divinas se entregan al hombre, como don supremo, en el misterio de la inhabitación por gracia. Sin embargo, la Escritura nos revela que el término don conviene personalmente al Espíritu Santo, como nombre suyo propio (Jn 4,10-14; 7,37-39; 14,16s; Hch 2,38; 8,17. 20).

Tener en cuenta esto es muy importante para comprender bien la naturaleza de la caridad y su relación ontológica con el Espíritu Santo: «el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5,5).

Dice Santo Tomás: «El amor es la razón gratuita de la donación. Por eso damos algo gratis a alguno, porque queremos el bien para él. Lo cual manifiesta claramente que el amor tiene razón de don primero, por el cual todos los otros dones gratuitamente se dan. Por eso, como el Espíritu Santo procede como amor, procede como don primero. Y en ese sentido dice San Agustín que "por el don del Espíritu Santo, muchos otros dones se distribuyen entre los miembros de Cristo"» (STh I,38,2).

En efecto, cuando amamos a una persona, le comunicamos muchos dones: compañía, ayuda, dinero, alimentos, casa, favores, etc. Pero el primer don que le concedemos es el amor que le tenemos: de ese don fontal proceden todos los demás. Por eso, dice bien Santo Tomás que «el amor tiene razón de don primero».

Cristo habla siempre a los hombres del Espíritu Santo como del supremo don divino. En primer lugar, promete este don -«el Espíritu de la Promesa» (Gál 3,14)- como un bien gratuitamente comunicado por amor. Y en segundo lugar, enseña Jesús que este don debe ser pedido, precisamente porque sólamente puede venir a nosotros como don, como un bien dado: «si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lc 11,13).

Pedir el Espíritu Santo es, pues, pedir el Amor divino; es pedir el Don supremo, el don primero, el amor, el don fontal del que proceden para nosotros todos los demás dones divinos: la gracia, la filiación, el perdón, las virtudes, los dones del Espíritu Santo, la herencia eterna.
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El Motu Proprio de Benedicto XVI tiene una vía de agua.

Lo que sigue esta tomado del blog "La cigueña de la torre"

El Motu Proprio de Benedicto XVI tiene una vía de agua.

Seguramente quien lo redactó confiaba en la filial sumisión de la gran mayoría de los obispòs a los deseos del Papa. Y se equivocó. Muchos de ellos parece que han adoptado una postura de resistencia en el convencimiento de que el Papa durará poco y ya volverán las aguas a su cauce.

De esa errada suposición del redactor del Motu surgió aquello que parecía la gran concesión y que se ha revelado absolutamente inoperante. Dejar la posibilidad de la misa en la voluntad del sacerdote y de los fieles sin necesidad de la autorización episcopal. Lo que es desconocer, y con desconocimiento grave, la realidad diocesana.

Me ha venido a la memoria algo análogo de mis lejanos tiempos de la Milicia Universitaria. Era yo alférez en un Centro de Instrucción de Reclutas (CIR) y con muchísima frecuencia desfilábamos ante el coronel. Las secciones pasaban ante la plana mayor cantando para mejor marcar el paso y los alféreces y tenientes teníamos absoluta libertad para elegir la canción con la que desfilaría nuestra respectiva sección. Que previamente consultábamos con los reclutas. Como el Motu Proprio.

Pero como supiéramos que al coronel le irritara por ejemplo el Banderita tu eres roja estaba clarísimo que eso no se cantaba. Y no por si acaso sino porque era seguro que te la cargabas. Pues igual. Y es que ni siquiera te atrevías a consultarlo. ¿Da Usía autorización para cantar el Banderita? Ni te contestaría. Pero sólo con la mirada te había pulverizado.

¿Mera coincidencia? A mí me parece que es lo mismo. El sacerdote que se decidiera a celebrar la misa contra la voluntad del obispo o éste es un calzonazos o deja a los fieles sin misa porque se encuentra trasladado a la parroquia más perdida de la diócesis. Y además con bronca. Como para secundar el Motu Proprio.

Si el Papa quiere que la misa tradicional se extienda algo más tendría que disponer que en todas las catedrales del mundo se celebrara todos los domingos una misa según el modo extraordinario. Y a unas horas de recibo. Porque si lo deja a voluntad del obispo habría más de uno que abriría la catedral a las seis de la mañana para celebrarla. Y luego diría que no acudía nadie. Y además exigir que la celebrara un sacerdote que lo hiciera dignamente. Porque también más de un obispo designaría como celebrante al cura más opuesto a esa misa para que ahuyentara a los fieles.

Hoy, además, cesa en sus funciones el cardenal Castrillón con lo que me temo que la acogida en Roma de las protestas va a quedar muy aguada si no es que desaparece.

No veo yo, por tanto, con optimismo el futuro de la misa tradicional en España. Aunque por supuesto siempre quede el derecho al pataleo. Triste alternativa que además no suele dar resultado. Aunque, gracias a internet las cosas pueden cambiar.
  1. http://blogs.periodistadigital.com/laciguena.php/2009/07/04/p240565#more240565