sábado, 30 de mayo de 2009

Por obra del Espíritu Santo III, Rev. P. José María Iraburu

2. Magisterio

Tradición doctrinal

En el árbol inmenso de la sabiduría cristiana, lo primero que ha de afirmarse es la raíz de todo, el tronco, las ramas fundamentales que de él brotan: la Trinidad eterna, la Encarnación histórica del Hijo. Y así fue: la predicación antigua de los Padres, igual que los primeros Concilios, trata continuamente del formidable misterio trinitario, de la divinidad de Jesucristo, de la condición también divina del Espíritu Santo.

Esa luminosidad maravillosa de la fe de la Iglesia primera procede precisamente de aquí, de que ella está centrada en lo que realmente es el centro del misterio cristiano: la santísima Trinidad, la Encarnación del Hijo divino, la efusión maravillosa del Espíritu Santo... Esto es lo que predica la Iglesia primitiva, pues es lo que lleva en su corazón, y «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12, 34).

Con gran frecuencia, sí, y al mismo tiempo con toda profundidad y sencillez, los antiguos Pastores de la Iglesia, en un lenguaje a un tiempo preciso y asequible a los fieles, predicaban la fe en la Trinidad, la fe que nos salva. Y sobre esta fe escribían maravillosos tratados De Trinitate, como el de San Hilario (+367) o el de San Agustín (+430), decisivo éste para la tradición católica posterior.

La primera contemplación de los Padres va entendiendo que nuestro Señor Jesucristo es revelación del Hijo divino eterno. Y que al mismo tiempo, por su encarnación y su cruz, es Él la suprema revelación del Padre: «quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9).Y que el mismo Cristo es la revelación del Espíritu Santo: «yo os enviaré de parte del Padre el Espíritu de verdad, que procede del Padre» (15,26).

Recordemos aquí el venerable símbolo de la fe Quicumque, llamado atanasiano -modernamente atribuido a San Ambrosio (+397) o a San Fulgencio de Ruspe (+532)-. Mediante ese texto grandioso, la fe de la Iglesia en la santísima Trinidad queda integrada para siempre en las liturgias de Oriente y Occidente:

«La fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas, ni separar la sustancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad.

«Cual el Padre, tal el Hijo, tal el Espíritu Santo.

«Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo.

«Y sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso.

«Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo; y sin embargo, no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente.

«Así, Dios es el Padre, Dios es el hijo, Dios el Espíritu Santo; y sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios. Así, Señor es el Padre, Señor el Hijo, Señor el Espíritu Santo: y sin embargo, no son tres señores, sino un solo Señor [...]

«El Padre por nadie fue hecho, ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho, ni creado, ni engendrado, sino que procede.

«...Y en esta Trinidad nada es antes ni después, nada mayor o menor; sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales. De suerte que en todo hay que venerar lo mismo la unidad en la Trinidad que la Trinidad en la unidad.

«El que quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad» (Dz 39-40/75-76).

Por esta fe en el misterio de la santísima Trinidad, muchos antiguos cristianos sufrieron prisión o destierro, destituciones o exilios, confiscación de bienes o muerte. Ellos sabían bien que en el árbol de la sabiduría cristiana esa fe en la Trinidad es la raíz de donde brota y fructifica el árbol entero.
  1. http://www.gratisdate.org/nuevas/espsanto/default.htm
  2. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/por-obra-del-espiritu-santo-i-rev-p.html
  3. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/por-obra-del-espiritu-santo-ii-rev-p.html

Junio, Mes Dedicado al Sagrado Corazón de Jesús

A la fiesta del Corpus Christi, la sagrada liturgia añade, como una prolongación de la misma, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.
El objeto de esta fiesta es Su Corazón, es decir, el Corazón físico del Hombre-Dios, junto con la humanidad y divinidad de Nuestro Señor, considerado como un miembro vivo y unido al todo orgánico. El Corazón corpóreo de Jesús como símbolo y expresión del amor de Cristo a los hombres, manifestado sobre todo en la redención por la Cruz y en el misterio de la Santísima Eucaristía: He aquí el verdadero objeto de esta fiesta. En el Corazón de Jesús, vemos, en último término, la misma persona de Jesús, la persona divina que, bajo el símbolo de Su Corazón de carne, nos muestra el amor divino y humano, de Nuestro Señor hacia nosotros. Los misterios de la Eucaristía, de la redención por la Cruz, de la venida del Espíritu Santo, de nuestra fututa resurección y de nuestra eterna posesión y goce de la vida divina se fundan, en último resultado, en el único misterio del Amor del Salvador hacia nosotros. Y con la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús no se pretende otra cosa que honrar ese Amor divino-humano, y sumergirnos en él.

Acto de Confianza en el Corazón de Jesús
Oh, Corazón de Jesús,
Dios y Hombre verdadero,
delicia de los Santos,
refugio de los pecadores y esperanza de los que en Ti confían;
Tú nos dices amablemente: Vengan a Mí;
y nos repites las palabras que dijiste al paralítico:
Confía, hijo mío, tus pecados te son perdonados,
y a la mujer enferma: Confía, hija, tu fe te ha salvado,
y a los Apóstoles: Confíen, Yo Soy, no teman.
Animado con estas palabras acudo a Ti
con el corazón lleno de confianza,
para decirte sinceramente y desde lo más íntimo de mi alma:
Corazón de Jesús en Ti confío.
Sí, Corazón de mi amable Jesús,
confío y confiaré siempre en tu bondad;
y, por el Corazón de tu Madre,
te pido que no desfallezca nunca esta confianza en Ti,
a pesar de todas las contrariedades
y de todas las pruebas que Tú quisieras enviarme,
para que habiendo sido mi consuelo en vida,
seas mi refugio en la hora de la muerte
y mi gloria por toda la eternidad.
Amén.
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martes, 26 de mayo de 2009

Por obra del Espíritu Santo II, Rev. P. José María Iraburu

La revelación del Espíritu Santo

1 Sagrada Escritura

Es de fe que «por la grandeza y hermosura de las criaturas, mediante la razón, se llega [es posible llegar] a conocer al Creador de ellas» (Sab 13,5; +Rm 1,19-20; Vaticano I: Dz 1806/3026).

Puede la razón, con sus propias luces, llegar a conocer que Dios existe, que es único, bueno, omnipotente, providente, etc. Pero nunca, sin la Revelación divina, podrá alcanzar a conocer el misterio de las tres Personas divinas.

La revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se realiza únicamente en Jesucristo.

Antiguo Testamento

En la Revelación divina que Israel recibe no se manifiesta en Yavé el misterio de la distinción eterna de Tres Personas divinas. La expresión «Espíritu Santo» se usa tres veces (Is 63,10-11.14; Sal 50,13).

Y así como en muchas ocasiones la antigua Escritura habla de Dios en modo antropomórfico, y así alude a la mano de Dios, a su boca, a su brazo, también habla, y con no poca frecuencia, del Espíritu de Dios, del Espíritu de Yavé (ruah Yavé): es decir, de su aliento vital. En el hombre, como en los animales, la respiración, el aliento, es la vida. Y en un sentido semejante se habla del Espíritu de Yavé; pero no, por supuesto, como Persona divina.

La Escritura antigua suele hablar del Espíritu divino en cuanto fuerza vivificante de la creación entera, ya desde su inicio (Gén 1,2; 2,7). Más aún: el Espíritu divino se revela innumerables veces como acción salvadora de Yavé entre los hombres. Es, en efecto, el Espíritu de Yavé el que impulsa a Sansón (Jue 13,25), establece y asiste a los jueces (Jue 3,10; 6,34) o a los reyes (1Sam 10,16), ilumina sobrenaturalmente a José (Gén 41,38; 42,38), a Daniel (Dan 4,5; 5,11), asiste con su prudencia a Moisés y a los setenta ancianos (Núm 11,17.25-26,29), y sobre todo, inspira a los profetas (Is 48,16; 61,1; Ez 11,5).

En todos estos casos, el Espíritu divino es dado a ciertos hombres elegidos, aunque todavía en escasa medida. Por otra parte, desde el fondo de los siglos, anuncia la Escritura que, en la plenitud de los tiempos, Dios establecerá un Mesías, en el que residirá con absoluta plenitud el Espíritu divino (Is 11,1-5; 42,1-9). Y también revela que, a partir de este Mesías, el Espíritu divino será difundido entre todos los hombres (Is 32,15; 44,3): «Yo les daré otro corazón, y pondré en ellos un espíritu nuevo; quitaré de su cuerpo su corazón de piedra, y les daré un corazón de carne, para que sigan mis mandamientos, y observen y practiquen mis leyes, y vengan a ser mi pueblo y sea yo su Dios» (Ez 11,19; +36,26-27; Zac 12,10; Joel 3,1-2).

Nuevo Testamento

La revelación plena de la Trinidad divina, y por tanto del Espíritu Santo, va a producirse en nuestro Señor Jesucristo. Es en los Evangelios donde el Espíritu divino se revela muchas veces en cuanto distinto del Padre y del Hijo. Hemos de ver todo esto más detenidamente en el capítulo próximo; pero aquí expongo brevemente los rasgos principales de la revelación del Espíritu Santo en el evangelio.

Es el Espíritu Santo el que encarna al Hijo divino en las entrañas de María (Lc 1,35). Es Él quien desvela este misterio a Isabel (Lc 1,41), a Zacarías (1,67), a Simeón (2,25-27).

Es el Espíritu Santo quien, en las orillas del Jordán, al mismo tiempo que se oye la voz del Padre, desciende en figura de paloma sobre el Hijo encarnado (3,22). Padre, Hijo y Espíritu Santo, por primera vez, se manifiestan en formidable epifanía como Personas divinas distintas.

Es el Espíritu Santo quien conduce a Jesús al desierto, para que luego, saliendo de él, inicie su ministerio como Profeta enviado por el Padre (Lc 4,1). Es Él quien alegra a Cristo, mostrándole la predilección del Padre por los pequeños (10,21). Por Él hace Jesús milagros admirables, revelando su condición mesiánica de Enviado de Dios (Mt 12,28).

En la última Cena, Jesús anuncia a sus discípulos que, una vez vuelto al Padre, vendrá sobre ellos el Espíritu divino: recibirán «el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre» (Jn 14,26). Tres Personas distintas, las tres divinas e iguales en eternidad, santidad, omnipotencia...

Poco después, en la cruz redentora, «Cristo se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios por el Espíritu eterno» (Heb 9,14). Es en el fuego del Espíritu Santo, en la llama del amor divino, en el que Cristo ofrece al Padre el holocausto redentor de su vida. La epiclesis eucarística nos lo recuerda cada día.

Y en seguida, en Pentecostés, nace la Iglesia, que, como Jesús, nace «por obra del Espíritu Santo» (+Hch 2). Él es, con los apóstoles, el protagonista de la evangelización: «llenos del Espíritu Santo, hablaban la Palabra de Dios con libertad» (4,31).

Los hombres que acogen con fe el Evangelio de Cristo vuelven a nacer, esta vez «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5). Y son bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19): tres distintas Personas divinas, en un solo Dios verdadero.

En adelante, pues, toda la vida sobrenatural cristiana será explicada en clave trinitaria. Los que viven en Cristo, iluminados y movidos por el Espíritu Santo, ésos son los hijos de Dios (+Rm 8,10-14). Y ellos se saludan entre sí en el nombre divino de la Trinidad:

«La gracia del Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2Cor 13,13).
  1. http://www.gratisdate.org/nuevas/espsanto/default.htm
  2. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/por-obra-del-espiritu-santo-i-rev-p.html

lunes, 25 de mayo de 2009

Reflexiones Sobre la Catequesis IV

Perfil de la Catequista

Hemos visto cual ha de ser el perfil de la catequesis, ahora nos atrevemos a delinear un perfil de catequista, pues como dice San Pío X es «mucho más fácil es encontrar un orador grandilocuente y fecundo, que un catequista perfecto»(14).

Primero debemos definir a quienes nos referirnos cuando hablamos de catequistas, porque en verdad son muchos los que colaboran en este oficio de la Iglesia. No nos referiremos de manera expresa aquí a los Obispos, Sacerdotes y Diáconos que tienen en virtud del Orden la tarea primerisima de la catequesis. Tampoco queremos hacerlo, aunque de suyo estén incluidos, a los padres y padrinos. Enfocamos, en cambio, nuestras palabras hacia los que colaboran con la jerarquía en las Parroquias y colegios prestando este «servicio, por el celo de la gloria de Dios», queremos incluir también aquí a aquellos que cumplen la maravillosa vocación de la docencia, sin circunscribirnos a aquellos que enseñan la materia religión o catequesis, pues aquellos que enseñan las ciencias profanas siendo hijos de la Iglesia, por el Bautismo, tienen la grave obligación de trabajar y comunicar el mensaje del Evangelio a todos aquellos que Dios ponga en su camino, no solo en colegios católicos sino también en colegios laicos, teniendo ahí la gran tarea de la Evangelización, el anuncio y la enseñanza de la Verdad, iluminando con la luz del Evangelio la ciencia que enseñan. Los dirigentes de grupos parroquiales no están excentos de esta responsabilidad catequística, ya que deben ser luz para sus dirigidos y mostrarles a Cristo no solo en las charlas de formación sino en todas las actividades que se organicen, si falta este contenido tendremos grupos (como de hecho hay muchos) de amigos que se reúnen en las instalaciones de la Parroquia tal si fuera un club, ciertamente, los grupos parroquiales, independientemente del carisma propio, deben caracterizarse por ser escuelas de fe, oración y de caridad, entendiendo a esta en toda su expresion de amor a Dios y amor a los hombres por amor a Dios y no mero sentimentalismo que haga obras vacías de todo contenido.

Queremos por ultimo incluir también a aquellos que hacemos periodismo católico, también nosotros tenemos como primera misión la difusión de la Verdad.

Habiendo determinado a quienes nos referimos diremos cuales ha de ser el perfil que este debe tener.
  • El celo por la Salvación de las almas y por la mayor Gloria de Dios: Ciertamente no se es catequista para tener gloria humana, ni para ocupar un lugar donde todos puedan vernos. Se es catequista para auxiliar y servir a esas almas a que descubran a Cristo, le amen y puedan vivir según su enseñanza, para alcanzar así la Gloria del Cielo.
  • El conocimiento de la Doctrina Cristiana, debe saber recurrir a las Fuentes de la Fe Las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio. Nadie puede dar lo que no tiene, el catequista no puede ser un improvisado ni tampoco lo que enseña. Su enseñanza ha de ser la de la Iglesia, a cuyo Magisterio ha de tener plena unión y fidelidad. «La constante preocupación de todo catequista, cualquiera sea su responsabilidad en la Iglesia, debe ser la de comunicar, a través de su enseñanza y comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús. No tratará de fijar en sí mismo, en sus opiniones y actitudes personales, la atención y la adhesión de aquel a quien catequiza; no tratará de inculcar sus opiniones y opciones personales como si estas expresarán la doctrina y las lecciones de vida de Cristo»(15).
  • Una profunda espiritualidad, pueden aplicarse al catequista las palabras del Obispo en la ordenación Sacerdotal: «Cree lo que lees; enseña lo que crees; vive lo que enseñas». «¡Qué contacto asiduo con la Palabra de Dios trasmitida por el Magisterio de la Iglesia, qué familiaridad profunda con Cristo y con el Padre, qué espíritu de oración, qué desapego de sí mismo ha de tener el catequista para poder decir: «Mi doctrina no es mía»»(16).
  • Una vida sostenida por la Gracia de los Sacramentos. El catequista ha de confiar solo en la Gracia de Dios, sabedor de sus débiles fuerzas, solo se hace fuerte en Cristo y en Cristo Eucaristía.
  • Confianza plena en el Espíritu Santo a quien invocará antes de cada charla. « A Dios rogando y con el mazo dando» No implica el invocar al Espíritu Santo que no se deba preparar la charla, por el contrario es necesario una delicada preparación, «si no se prepara con larga meditación y cuidado, nunca reportara frutos espirituales de la enseñanza de la doctrina a los niños o al pueblo»(17).Pero a pesar de esta preparación necesitamos de esa luz que nos auxilie a poner las palabras justas y a no apartarnos de la Verdad. Damos testimonio de cómo el Espíritu acude en auxilio de quienes con la debida preparación le invocan.

Concluimos, querido lector, estas reflexiones invocando a la Santísima Madre, Sede de la Sabiduría, para que cada uno de los que hemos sido llamados a colaborar en esta primerisima tarea de la Iglesia, podamos hacerlo en la fidelidad al Magisterio y con enorme celo apostólico. Ponemos también como intercesores al mismo San Pío X y a todos los santos catequistas que han consumido sus vidas por la enseñanza del Evangelio, en especial aquellos que expusieron y dieron su vida por no apartarse de su misión.

Suplirá, sin duda, la Gracia la enorme deficiencia de la pluma, que se atreve a estas reflexiones con el solo fin de contribuir a la Salvación de las almas y para mayor Gloria de Dios.

Marcelo Eduardo Grecco
Versailles, junto a la Virgen de la Salud

25 de Febrero de 2006

NOTAS:

(14) AN V
(15) CT 6
(16) CT 6
(17) AN V

  1. http://www.caballero-ntra-sra.com.ar/0/0/35/0.htm
  2. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/reflexiones-sobre-la-catequesis-i.html
  3. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/reflexiones-sobre-la-catequesis-ii.html
  4. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/reflexiones-sobre-la-catequesis-iii.html

Por obra del Espíritu Santo I, Rev. P. José María Iraburu

Introducción

El Espíritu Santo es la más ignorada de las tres Personas divinas. El Hijo se nos ha manifestado hecho hombre, y hemos visto su gloria (Jn 1,14). Y viéndole a Él, vemos al Padre (14,9). Pero ¿dónde y cómo se nos manifiesta el Espíritu Santo?

Por otra parte, la misión del Hijo es glorificar -manifestar y dar a amar- al Padre: «yo te he glorificado sobre la tierra» (17,4). Y la misión del Espíritu Santo es justamente la de glorificar al Hijo -darle a conocer y a amar por el ministerio de los apóstoles y de toda la Iglesia-: «él me glorificará» (16,14). Pero ¿quién se encarga de glorificar al Espíritu Santo?

Aquella ignorancia de los primeros cristianos efesios, «ni hemos oído nada del Espíritu Santo» (Hch 19,2), viene a ser ya una precaria tradición entre los cristianos hasta el día de hoy.

Es algo evidente, sin embargo, que la vida espiritual cristiana es la vida producida por el Espíritu Santo en los fieles de Cristo. Y que no podremos, por tanto, entenderla bien sino conociendo bien quién es el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, Dominum et vivificantem, y cómo es su continua acción en los cristianos.

Las primeras investigaciones de la teología se orientaron en seguida hacia el misterio de la Trinidad, y produjeron altísimas obras tanto en el Oriente como en el Occidente. Pensemos en los escritos de Ireneo (+200), Hilario (+367), Atanasio (+373), Basilio (+379), Agustín (354-430), etc.

Y la acción del Espíritu Santo en los cristianos, tema central de la espiritualidad antigua, halla su más precisa exposición, concretamente, en Santo Tomás de Aquino, cuando enseña su doctrina sobre los hábitos (STh I-II,49-54), las virtudes (ib. 55-67), y muy especialmente sobre los dones del Espíritu Santo (ib. 68). En su enseñanza, y en la que da directamente sobre el Espíritu Santo (I, 36-38) y la gracia (I-II, 109-113), hallamos la más profunda exposición teológica de la vida espiritual cristiana.

Con Santo Tomás, es preciso destacar en la doctrina de los dones del Espíritu Santo a otros tres grandes dominicos: el portugués Juan de Santo Tomás (1589-1644), el papa italiano León XIII (1810-1903), con su encíclica sobre el Espíritu Santo Divinum illud munus, y el español Juan González Arintero (1860-1928).

Ellos muestran, con otros muchos autores, que la vida espiritual cristiana alcanza su perfección sólamente cuando llega a ser mística, es decir, cuando en ella predomina el ejercicio habitual de los dones del Espíritu Santo. Esta doctrina teológica enseña claramente que, si todos los cristianos estamos llamados a la santidad, todos -sacerdotes, religiosos o laicos- estamos llamados a la vida mística. Y que la vida mística, por tanto, entra en el desarrollo normal de la vida cristiana de la gracia.

Hoy la Iglesia reconoce la veracidad de esta enseñanza con tan gran seguridad que la incluye en su Catecismo oficial: los dones del Espíritu Santo «completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben» (n. 1831). Según eso, las virtudes cristianas solo pueden hallar su perfección cuando la persona, por los dones del Espíritu Santo, llega a participar de la vida sobrenatural al modo divino.

Sin embargo, siendo ésta la verdad, conviene repetir hoy lo que el dominico Menéndez-Reigada decía en 1948 al introducir la edición española de la obra de Juan de Santo Tomás:

Con frecuencia los teólogos «tratan muy a la ligera las cuestiones referentes a los dones, tal vez porque no se han dado exacta cuenta de la importancia máxima que tienen, lo mismo en el orden especulativo, para la verdadera ciencia teológica, que en el orden práctico, para formarse una idea exacta de lo que es o debe ser la vida cristiana» (15).

La ignorancia de los dones del Espíritu Santo, y en general de la vida sobrenatural en su forma pasiva-mística, implica un desconocimiento de la verdadera vida cristiana. Si nosotros tratáramos de explicar qué y cómo es una rosa a una persona que desconociera esta flor, y le describiéramos con todo cuidado cómo es un botón de rosa, que apunta en un tallo, o un capullo apenas abierto, no lograríamos comunicarle el conocimiento de lo que de verdad es una rosa; para eso sería preciso que le describiéramos esta flor en su estado de pleno desarrollo. Del mismo modo sucede con la vida cristiana. Quien sólo la conoce por las descripciones de su fase ascética inicial, ignora lo que la vida cristiana es en plenitud.

En este breve estudio desarrollo algunos temas que con José Rivera (+1991) ya escribí hace unos años en la Síntesis de Espiritualidad Católica (Fundación GRATIS DATE, Pamplona 19995: inhabitación 37-47, gracia, virtudes y dones 93-102).

Que estas páginas sean un homenaje a aquellos grandes maestros de la escuela dominicana que más han brillado en la doctrina de los dones del Espíritu Santo.

Dedico este librito con todo amor a la Virgen María, la llena de gracia, la Rosa mystica plenamente florecida «por obra del Espíritu Santo».
  1. http://www.gratisdate.org/nuevas/espsanto/default.htm