martes, 26 de mayo de 2009

Por obra del Espíritu Santo II, Rev. P. José María Iraburu

La revelación del Espíritu Santo

1 Sagrada Escritura

Es de fe que «por la grandeza y hermosura de las criaturas, mediante la razón, se llega [es posible llegar] a conocer al Creador de ellas» (Sab 13,5; +Rm 1,19-20; Vaticano I: Dz 1806/3026).

Puede la razón, con sus propias luces, llegar a conocer que Dios existe, que es único, bueno, omnipotente, providente, etc. Pero nunca, sin la Revelación divina, podrá alcanzar a conocer el misterio de las tres Personas divinas.

La revelación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se realiza únicamente en Jesucristo.

Antiguo Testamento

En la Revelación divina que Israel recibe no se manifiesta en Yavé el misterio de la distinción eterna de Tres Personas divinas. La expresión «Espíritu Santo» se usa tres veces (Is 63,10-11.14; Sal 50,13).

Y así como en muchas ocasiones la antigua Escritura habla de Dios en modo antropomórfico, y así alude a la mano de Dios, a su boca, a su brazo, también habla, y con no poca frecuencia, del Espíritu de Dios, del Espíritu de Yavé (ruah Yavé): es decir, de su aliento vital. En el hombre, como en los animales, la respiración, el aliento, es la vida. Y en un sentido semejante se habla del Espíritu de Yavé; pero no, por supuesto, como Persona divina.

La Escritura antigua suele hablar del Espíritu divino en cuanto fuerza vivificante de la creación entera, ya desde su inicio (Gén 1,2; 2,7). Más aún: el Espíritu divino se revela innumerables veces como acción salvadora de Yavé entre los hombres. Es, en efecto, el Espíritu de Yavé el que impulsa a Sansón (Jue 13,25), establece y asiste a los jueces (Jue 3,10; 6,34) o a los reyes (1Sam 10,16), ilumina sobrenaturalmente a José (Gén 41,38; 42,38), a Daniel (Dan 4,5; 5,11), asiste con su prudencia a Moisés y a los setenta ancianos (Núm 11,17.25-26,29), y sobre todo, inspira a los profetas (Is 48,16; 61,1; Ez 11,5).

En todos estos casos, el Espíritu divino es dado a ciertos hombres elegidos, aunque todavía en escasa medida. Por otra parte, desde el fondo de los siglos, anuncia la Escritura que, en la plenitud de los tiempos, Dios establecerá un Mesías, en el que residirá con absoluta plenitud el Espíritu divino (Is 11,1-5; 42,1-9). Y también revela que, a partir de este Mesías, el Espíritu divino será difundido entre todos los hombres (Is 32,15; 44,3): «Yo les daré otro corazón, y pondré en ellos un espíritu nuevo; quitaré de su cuerpo su corazón de piedra, y les daré un corazón de carne, para que sigan mis mandamientos, y observen y practiquen mis leyes, y vengan a ser mi pueblo y sea yo su Dios» (Ez 11,19; +36,26-27; Zac 12,10; Joel 3,1-2).

Nuevo Testamento

La revelación plena de la Trinidad divina, y por tanto del Espíritu Santo, va a producirse en nuestro Señor Jesucristo. Es en los Evangelios donde el Espíritu divino se revela muchas veces en cuanto distinto del Padre y del Hijo. Hemos de ver todo esto más detenidamente en el capítulo próximo; pero aquí expongo brevemente los rasgos principales de la revelación del Espíritu Santo en el evangelio.

Es el Espíritu Santo el que encarna al Hijo divino en las entrañas de María (Lc 1,35). Es Él quien desvela este misterio a Isabel (Lc 1,41), a Zacarías (1,67), a Simeón (2,25-27).

Es el Espíritu Santo quien, en las orillas del Jordán, al mismo tiempo que se oye la voz del Padre, desciende en figura de paloma sobre el Hijo encarnado (3,22). Padre, Hijo y Espíritu Santo, por primera vez, se manifiestan en formidable epifanía como Personas divinas distintas.

Es el Espíritu Santo quien conduce a Jesús al desierto, para que luego, saliendo de él, inicie su ministerio como Profeta enviado por el Padre (Lc 4,1). Es Él quien alegra a Cristo, mostrándole la predilección del Padre por los pequeños (10,21). Por Él hace Jesús milagros admirables, revelando su condición mesiánica de Enviado de Dios (Mt 12,28).

En la última Cena, Jesús anuncia a sus discípulos que, una vez vuelto al Padre, vendrá sobre ellos el Espíritu divino: recibirán «el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre» (Jn 14,26). Tres Personas distintas, las tres divinas e iguales en eternidad, santidad, omnipotencia...

Poco después, en la cruz redentora, «Cristo se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios por el Espíritu eterno» (Heb 9,14). Es en el fuego del Espíritu Santo, en la llama del amor divino, en el que Cristo ofrece al Padre el holocausto redentor de su vida. La epiclesis eucarística nos lo recuerda cada día.

Y en seguida, en Pentecostés, nace la Iglesia, que, como Jesús, nace «por obra del Espíritu Santo» (+Hch 2). Él es, con los apóstoles, el protagonista de la evangelización: «llenos del Espíritu Santo, hablaban la Palabra de Dios con libertad» (4,31).

Los hombres que acogen con fe el Evangelio de Cristo vuelven a nacer, esta vez «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5). Y son bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19): tres distintas Personas divinas, en un solo Dios verdadero.

En adelante, pues, toda la vida sobrenatural cristiana será explicada en clave trinitaria. Los que viven en Cristo, iluminados y movidos por el Espíritu Santo, ésos son los hijos de Dios (+Rm 8,10-14). Y ellos se saludan entre sí en el nombre divino de la Trinidad:

«La gracia del Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2Cor 13,13).
  1. http://www.gratisdate.org/nuevas/espsanto/default.htm
  2. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/por-obra-del-espiritu-santo-i-rev-p.html