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viernes 11 de julio de 2008

El colapso del anglicanismo

Extraído desde Panorama Católico Internacional, imagen desde ACIprensa, S.S. Benedicto XVI junto al primado de la "comunión anglicana" y "obispo" de Canterbury Rowan William:

Hacia fines del siglo XIX, Robert Hugh Benson, hijo del arzobispo de Canterbury y “sacerdote” anglicano él mismo, después de una larga peregrinación espiritual, llegó a convertirse al catolicismo. Por lo cual hubo de ser ordenado conforme al rito válido de la Iglesia Católica. En las memorias de su conversión, Benson, además de dar valiosísima información sobre aquellos puntos que constituían un obstáculo para la conversión de los anglicanos, describe con gran sinceridad los males que corroían al anglicanismo. El actual colapso de esa denominación cristiana es la prueba del acertado juicio del escritor inglés.

Escribe Marcelo González

Sobre este libro –Confesiones de un Converso- hemos realizado una reseña un año atrás, la cual recomendamos visitar.

El anglicanismo hoy

Una rama del anglicanismo parece decidida a pedir la admisión en la Iglesia Católica. Escandalizada de los desvaríos morales que aprueban los distintos sínodos (presididos en algunos casos por “obispas” y homosexuales públicos). Otros recomiendan esperar prudentemente el cariz que vayan tomando las cosas. No quieren “hincarse de rodillas” ante Roma.

Un ingreso masivo de anglicanos a la Iglesia católica plantea muchísimos desafíos: para comenzar, el sacerdocio anglicano es inválido (por lo tanto su episcopado y su clero). Estos “sacerdotes” en su mayoría están casados. Dado lo cual se debería proceder a la reordenación de sacerdotes, obispos, y aún antes, a completar sus bautismos, administrarles la comunión válida, la confirmación, previa absolución de sus pecados, puesto que no tienen tampoco el sacramento de la penitencia.

Roma debería admitir transitoriamente un régimen disciplinario de sacerdotes casados en el rito latino, al menos hasta que se produzca el recambio generacional. De hecho hay un antecedente.

¿Conversión o refugio?

Pero, por otra parte, los esfuerzos ecuménicos han debilitado tanto la identidad católica que la tendencia del clero romano será más bien hacia la indiferencia respecto a los temas doctrinales en aras de la “unidad”. Y también nos preguntamos si este laudable movimiento de un importante número de anglicanos hacia la Iglesia Católica es una “conversión” o más bien la búsqueda de un refugio contra las aberraciones morales en que ha caído la mayoría.

Sin ninguna voluntad de prejuzgar, parece prudente cuestionarse si los anglicanos aceptarán la doctrina católica en su integridad o pedirán un reconocimiento sin abjuraciones. De hecho sus doctrinas son cismáticas y heréticas. Y como bien describe Benson en el libro mencionado más arriba, su concepción de la moral se fundamenta en principios bastante deficientes. (Una moral de apariencias, desvinculada de la responsabilidad ante Dios, y solo ejercida como una forma de disciplina social).

Recordemos ese párrafo memorable en que recuerda un cierto trance de muerte por el que pasó durante una escalada en la montaña: "Ahora bien, ni por un momento experimenté el menor indicio de temor ante la idea de presentarme ante Dios, ni el menor impulso de hacer un acto de contrición por mi vida pasada. Mi religión era de una naturaleza tan impersonal y carente de vida que, aunque nunca dudé de la verdad que me habían enseñado, ni temía a Dios ni le amaba… no me sentía responsable ante Él, ni me conmovía la perspectiva de encontrarme en Su Presencia, una Presencia en la que creía pasivamente, pero nada más.

"Por aquel entonces, esa era mi forma de entender la religión. Yo aceptaba intelectualmente el credo cristiano, pero sin apenas deseo ni emoción. Salvo cortos períodos de un sentimiento superficial, me sentía del todo indiferente: en mi religión no había la menor chispa de vitalidad."

Y está hablando de sus convicciones como miembro de la Iglesia Alta, como hijo del Arzobispo Primado, fiel de un anglicanismo del siglo XIX. ¿Cuáles serán las convicciones de estos anglicanos de hoy que tan valerosamente se han enfrentado contra la tendencia nefanda de su jerarquía? Más allá de su adhesión a algunos principios de la moral natural no olvidemos: aceptan el divorcio, y la contracepción, de la cual fueron pioneros en validar entre los cristianos, al punto que la encíclica Casti Connubii de Pío XI se escribió a propósito de su decisión de admitirla como algo conforme al evangelio).

En fin, queda mucho por ver, y el tacto con que Roma debe manejar esta situación habrá de ser extraordinario. Sería una pena que desde algunos sectores, a fin de anotarse un punto en la compulsa ecumenista, se ceda o se engañen sobre cuestiones esenciales, más allá de la sinceridad de los anglicanos y de los buenos deseos de todos.
  1. http://panodigital.com/el-colapso-del-anglicanismo
  2. http://panodigital.com/libros/confesiones_de_un_converso

miércoles 26 de marzo de 2008

Margarita de Cortona: verdadera historia de la conversión de una pecadora

Margarita no se asomó a la vida en Cortona. Fue en un pueblecito umbro, Laviano, situado en el valle del Chiana, cerca del lago Trasimeno. Aquí, en el calor de una familia labradora, rica en piedad, sonrió por primera vez la hija de Tancredo Bartolomé en el año 1247.

Inocencio IV empuñaba enérgico el timón de la barca de Pedro, resistiendo firme los embates de Federico II, el emperador déspota que trata de imponer su «supremacía» sobre la invicta cátedra papal. Monarca, por otra parte, dotado de brillantísimas cualidades políticas, llamado por algunos «el transformador de su siglo» y que –de haber perdurado– hubiera resultado la más dolorosa sorpresa para el difunto Inocencio III. ¡Quien habría de decirle que aquel joven emperador, entonces obsequioso, protegido y exaltado por él, sería pronto el escándalo de cristianos y el azote de la iglesia de Dios, contra el cual un sucesor suyo, de su mismo nombre, tendría que reunir todo un concilio ecuménico en Lyón!

La primera infancia de Margarita es clara y risueña. La madre, excelente, acierta a inyectarle una sencilla y sólida devoción. «Señor Jesús –repetía la pequeña esta oración aprendida de su madre–, te ruego por la salvación de todos aquellos por quienes quieres que se ruegue.»

Prematuramente se quiebra este discurrir sereno y luminoso; antes de cumplir los siete años, con ojos atemorizados, contempla el ataúd de su madre. En adelante, tendrá que vivir de las reservas depositadas por aquella mujer inolvidable; y aunque, durante cierto tiempo, aquel tesoro parezca enterrado ya para siempre, el recuerdo de los ejemplos maternos no dejará sosegar a Margarita en la abyección, siendo, después, el germen pujante de resurrección a la gracia.

Dos años más tarde, una segunda mujer gobierna despóticamente el débil temperamento de Tancredo. La madrasta, envidiosa, se complace en postergar a la niña. Margarita crece triste, desconfiada, buscando ávida fuera del hogar la felicidad que éste le negaba. A los quince años causa impresión en quienes la contemplan, parece una princesa... Elegante, grácil y flexible, con suaves y soñadoras facciones. Le es precisa, más que nunca, la sombra tutelar materna; pero ella está sola y deseando sacudir el pesado yugo doméstico.

Un día, cuenta ya diecisiete años, se le acerca un caballero de Montepulciano, Guillermo de Pécora, marqués del Monte, con señorío sobre Valiano y Palazzi. Margarita escucha sus palabras de amor y la invitación a seguirle para vivir en sus castillos. Una débil resistencia (es la deshonra lo que se le ofrece) que es vencida con espléndidos regalos y la promesa, ¡ay!, falaz, de matrimonio.

El marqués dispone todo para que la huida permanezca secreta. En el sigilo nocturno rema ansiosamente para, juntos, atravesar el ensanchado cauce del Chiana. Un choque, la barca vuelca. Guillermo a nado consigue salvar a Margarita que, aterida y empapada, piensa si este primer accidente no será un aviso de lo alto. Pero seguirá esquivando, obstinadamente, la luz durante ocho años.

En Montepulciano la rodea el lujo, los halagos de una servidumbre obsequiosa y la lisonja de otros acaricia sus oídos; sin embargo, no es feliz, añora el hogar paterno en donde, si no venturosa, al menos tenía honor. Fluctúa entre la veleidad de romper con el pecado y la debilidad con su pasión; nada logra aquietar esta inquietud, ni la mirada inocente del hijo habido en esta unión ilegítima. «En Montepulciano –dirá más tarde– perdí la honra, la dignidad, la paz; todo, menos la fe». ¡Quién adivinaría esa violenta batalla cuando la veían atravesar las plazas a caballo, espléndida por su gracia, el cabello flotante, amplios vestidos de seda y escarcela de raso a la cintura!

Para acallar, en alguna manera, los gritos de la conciencia, reparte limosnas a manos llenas. Cuando los pobres quieren expresarle su agradecimiento: «No digáis eso –les opone–. Una pecadora como yo no merece esas señales de respeto». Es su temperamento rectilíneo que, lejos de alardear su caída, la deplora como cobardía. Por eso muchas veces huye a la soledad para llorar. «¡Qué bien se puede orar aquí! ¡Qué bien se pueden cantar las alabanzas del Creador! ¡Qué bien se puede hacer penitencia!»

Cosa extraña. Llegó ella misma a predecir su conversión. «No hagáis caso de estas cosas –decía a las amigas envidiosas de su elegancia–, día vendrá en que peregrinaréis para visitar mi sepulcro».

La conversión profetizada llegó inesperadamente. Residían temporalmente en Palazzi. Una mañana el marqués va a visitar las posesiones acompañado de su inseparable lebrel. En el bosque de Petrignano unos hombres armados le cosen a puñaladas y esconden su cuerpo ensangrentado bajo unas ramas. Al segundo día, Margarita advierte la vuelta del perro, que no salta regocijado como otras veces cuando auguraba la inminente llegada de Guillermo. Hoy emite aullidos lastimeros y tira insistente de la falda de su ama como diciendo: «Sígueme». Ella le sigue, apretado el corazón con dolorosos presentimientos. En el bosque, debajo de un roble, frente al cual se detiene el can, hay amañado un montón de ramas. Margarita las separa y, en estado de putrefacción, con horrorosas heridas, reconoce el cadáver.

Como relámpago, siente la sacudida de la gracia. Primero dolor, avivado por el remordimiento; en seguida, la confianza en la misericordia divina. Enérgica, resuelve virar. Nunca es tarde.

El cambio ha de ser tan radical que decide despojarse de todo. Por un momento sube a Montepulciano, cede a los padres de Guillermo todas sus alhajas y tesoros y, cogiendo de la mano a su hijo de siete años, se encamina a Laviano, pobre como había salido, aunque ahora va enriquecida por la experiencia de la desventura que acarrea el pecado.

Pero el hogar paterno no se abre. Una vez más, Tancredo es el débil que cede. Aquella mala mujer es implacable ante el arrepentimiento de la «hija del escándalo», como la llamaba. Desorientada, llena de angustia, Margarita se sienta bajo la higuera que hay en el huerto familiar. ¿Qué hacer? El momento es estratégico, el tentador no deja inactiva su batería de ataque. «Eres hermosa, tienes veinticinco años. Regresa allí y con la riqueza no faltará quien te ame». El combate es violento, pero la gracia sobreabunda y el recuerdo de su madre es pila de energía y decisión. Tu padre terreno te ha abandonado, tu Padre celestial te recibirá. Ve a Cortona y ponte bajo la dirección de los frailes menores.

Sobre la falda del monte San Gil, cresta del Apenino toscano, Cortona luce orgullosa su autonomía. Dos damas nobles, la condesa Moscari y su nuera, advierten que junto a la puerta de la ciudad se detiene indecisa una forastera triste, acompañada de un niño de corta edad. Con palabras de sincera caridad se ofrecen para ayudarla; la convertida muestra su corazón dolorido a estos otros tan acogedores.

Está decidido: ellas la protegerán, se encargarán de la educación del pequeño (luego franciscano), y, ahora, la encaminan al padre Giunta Bevegnati, admirado por su virtud y prudencia.

Este padre será el primer historiador de la Santa a cuya descripción precisarán ir a documentarse todos los posteriores. Pero más que su biógrafo, será el director experimentado que sabrá guiar su espíritu ardoroso, por la penitencia reparadora y la confianza, hasta el ápice de la unión consumada.

Desde junio de 1276 pertenece a la Tercera Orden Seráfica. Al principio los frailes menores diferían el atender sus peticiones de ingreso, como exigiéndole pruebas durables de su conversión. Un día pone Margarita tal acento en su súplica que los religiosos no demoran más en entregarle las insignias terciarias: túnica gris, cordón y velo.

Si la vida que lleva resulta admirable por su austeridad y penitencia, resplandece con mayor lustre aún por el ejercicio de la caridad, por la serenidad de su espíritu y por la radiante confianza en el perdón divino. Gusta acercarse a los pobres, y cuidar a los enfermos. Pero con quien más derrocha sus tesoros afectivos es con las mujeres que se hallan en el trance sublime de ser madres; la Santa las asiste y las vela, aceptando después, gustosa, el actuar de madrina en el bautismo. Así se lo requerían todas las familias cortonenses. Recordando aquello, es invocada hoy con especial confianza por las parturientas; sintiéndose éstas seguras bajo la protección de quien, además de haber sido madre, dio lo mejor de su amor y desvelos a las que estaban próximas a serlo.

Como vemos, la santidad de nuestra protagonista es suave y simpática, calcada en la de su seráfico Padre.

Asombra la rehabilitación de la gracia en esta pecadora. De una mujer degradada surge un ser angélico que gusta experimentalmente de las efusiones de los dones místicos más insólitos. El mismo Jesús le dio la clave de este misterio: He dispuesto que seas como una red para los pecadores. Quiero que el ejemplo de tu conversión predique la esperanza a los pecadores desesperados. Quiero que se convenzan los siglos venideros de que siempre estoy dispuesto a abrir los brazos de mi misericordia al hijo pródigo que, sincero, se vuelve a mí. Y continuó: Ama y respeta a todas las criaturas y no desprecies a ninguna.

Un día, en la célebre iglesia de San Francisco, tan frecuentada por ella, ve cómo se abren los labios del Crucificado para preguntarle: ¡Qué quieres, pobre pecadora mía? La respuesta es inmediata: «Yo no quiero ni busco sino a Ti».

Durante varios días resuenan en sus oídos, con cierto dejo de temor, el «pobre pecadora mía». «¿Me habrá perdonado Dios todos mis pecados...?» Y, la «nueva Magdalena», la que, con la penitencia, rompe continuamente el alabastro –antes manchado– de su cuerpo en perfume de reparación; la que, según ella, «amo tanto a Dios que tan grande fue su misericordia en perdonarme mucho, que ya nada me separará jamás de él»; ésta, oye palabras absolutorias semejantes a las que percibió su modelo: Yo, Hijo del Padre Eterno y tu salvador, crucificado por ti, te absuelvo de tus pecados que has cometido hasta hoy. La calma habitual vuelve a renacer; nunca más fallará su humilde seguridad en el perdón. Escucha también las palabras más deseadas, esas que los místicos llaman «locuciones substanciales», porque obran lo que significan. Hija mía, y Margarita experimenta que se le infunde el espíritu filial, desbordando su gratitud. «¡Oh bondad infinita de mi Dios! ¡Oh día prometido por Cristo y esperado con impaciencia! ¡Jesús me ha llamado hija suya!», era el 27 de diciembre de 1276. Pocos días después otra «locución», Esposa mía, consuma el matrimonio espiritual. Como consecuencia se establece una íntima y sabrosa comunicación de bienes, como de esposo a esposa; su alma goza un sentimiento sobrenatural y permanente de la presencia experimental de Dios y de su unión con él. Glorifícame y yo te glorificaré; ámame y yo te amaré; interésate por mis cosas y yo me interesaré por las tuyas. Una mañana, después de comulgar, la gracia la impulsa a un acto de fe espontáneo y profundo, inspirado en el de Simón Pedro, «Tú eres, oh Cristo, el Hijo de Dios vivo.» Y tú –replicó el Verbo humanado– te declaro que eres mi esposa.

Santa Margarita de Cortona es considerada como una de las precursoras de la devoción al Sagrado Corazón. En la oración le fue descubierta la llaga abierta del costado, refulgente de luz. La contemplativa fija en ella su ansiosa mirada y descubre al corazón, fuente inagotable de vida. Sus grandes amores son la Eucaristía, la cruz y María Santísima.

Dios la asiste también con la virtud de hacer milagros.

Las gracias místicas alientan su actividad, al par que la constituyen contemplativa. En 1286 funda un hospital y unas nuevas terciarias para asistirlo, «las Hermanas pobrecitas», aprobadas por el obispo de Arezzo, que «tenían por regla la Tercera Orden, el velo por reja y el hospital por claustro». Es la primera institución social de este género que nos presenta la Edad Media.

Pocos años después su espíritu vibra por los intereses de la cristiandad. El momento es grave, los musulmanes atenazan a los pueblos cristianos (mutuamente divididos), desplegando una amplia media luna que se extiende desde Argel hasta Constantinopla, incluyendo el corazón de los Santos Lugares, cuya liberación es preocupación constante de los Papas. Por entonces se quiere organizar una segunda cruzada, y la humilde penitente aporta a esta gran causa su oración y su limitada influencia, exhortando a los de Cortona a adherirse a esta empresa que aún tardará en ser realidad.

En 1297 está gravemente enferma. Entre nostalgias de cielo y los ardores de su reuma, recibe el 3 de enero el anuncio preciso de su próxima partida. «Enjuga tus lágrimas, Margarita. Al despuntar el alba del 22 de febrero volarás a las mansiones de los escogidos, donde la divina misericordia te reserva un puesto de honor.» La alegría invade su alma estos días de espera. Toda Cortona acude para recoger su testamento. Este es claro y optimista, eco de su confianza en el amor: «El camino de la salvación es fácil; basta amar».

Se vuelve al padre Giunta y le reclama con voz apagada: «Padre, mostradme los tesoros de las páginas sagradas, habladme de Dios, habladme de Jesús. La Sagrada Escritura es luz para mi espíritu, fuerza para mi voluntad, licor embriagador para mi alma que olvida entonces los sufrimientos de este pobre cuerpo».

El 22, como le fue anunciado, se desmorona la cárcel terrestre, y, libre, vuela a las bodas eternas. «Dios mío, te amo», fue su postrer suspiro. Tenía cincuenta años.

Junto a su tumba se multiplican los milagros. En su honor se levanta una basílica, exhortando los obispos vecinos la peregrinación a ella. En 1515, el mismo sucesor de Pedro, León X, se postra ante su sepulcro y permite la celebración de su fiesta en determinadas diócesis. Urbano VIII extiende este privilegio a toda la Orden franciscana. Clemente IX inscribe el nombre de la bienaventurada en el martirologio. Finalmente, Benedicto XIII, el 16 de mayo de 1728, promulga el decreto de su canonización. Momentos antes de emitir su juicio infalible traza un paralelo entre la penitente de Magdala y la de Cortona: ambas escucharon idénticas palabras de perdón porque habían derramado las mismas lágrimas de amor.

María de San Pedro de Alcántara, M.R., Santa Margarita de Cortona, en Año Cristiano, Tomo I, Madrid, Ed. Católica (BAC 182), 1959, pp. 415-421
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¿Por qué me convierto del islam al Catolicismo?

Me has preguntado si no temo por mi vida, consciente de que la conversión al cristianismo implicará ciertamente una enésima, y mucho más grave, condena a muerte por apostasía. Tienes razón. Sé a lo que me expongo, pero afrontaré mi destino con la cabeza alta y erguida y con la solidez interior del que tiene la certeza de la propia fe.

El Mundo
Magdi Cristiano Allan
23/03/08

Querido director: Lo que te voy a contar se refiere a una decisión de fe y de vida personal, que, de ninguna manera, quiere implicar al Corriere della Sera, del que me honro en formar parte desde 2003, con el cargo de vicedirector ad personam. Te escribo, por lo tanto, como protagonista de la vivencia y como ciudadano privado. Ayer por la noche me convertí a la religión católica, renunciando a mi anterior fe islámica. De esta forma y por la gracia divina, vio la luz el fruto sano y maduro de una larga gestación vivida en medio del sufrimiento y de la alegría, entre la profunda e íntima reflexión y la consciente y manifiesta exteriorización. Estoy especialmente agradecido a Su Santidad, el Papa Benedicto XVI, que me administró los sacramentos de la iniciación cristiana, Bautismo, Confirmación y Eucaristía, en la Basílica de San Pedro, durante la solemne celebración de la Vigilia Pascual. Y adopté el nombre cristiano más sencillo y explícito: «Cristiano».

Desde ayer, pues, me llamo Magdi Cristiano Allam. El de ayer fue, para mí, el día más bello de mi vida. Adquirir el don de la fe cristiana en la celebración de la Resurrección de Cristo de manos del Santo Padre es, para un creyente, un privilegio inigualable y un bien inestimable. A mis casi 56 años, es en mi historia personal un hecho histórico, excepcional e inolvidable, que marca un punto de inflexión radical y definitivo respecto al pasado.

El milagro de la Resurrección de Cristo se ha reflejado en mi alma, liberándola de las tinieblas de una predicación donde el odio y la intolerancia hacia el «diferente», condenado acríticamente como «enemigo», priman sobre el amor y el respeto al «prójimo», que es siempre y en cualquier circunstancia «persona». Al mismo tiempo, mi mente se ha liberado del oscurantismo de una ideología que legitima la sumisión y la tiranía, permitiéndome adherirme a la auténtica religión de la Verdad, de la Vida y de la Libertad. En mi primera Pascua como cristiano, no sólo he descubierto a Jesús, sino que he descubierto, por vez primera, al auténtico y único Dios, que es el Dios de la Fe y de la Razón.

Mi conversión al catolicismo es el punto de llegada de una gradual y profunda reflexión interior, a la que no pude sustraerme, dado que, desde hace cinco años, me veo obligado a llevar una vida blindada, con vigilancia fija en mi casa y con la escolta de los carabineros en todos mis desplazamientos, por culpa de las amenazas y de las condenas a muerte dictadas contra mí por los extremistas y los terroristas islámicos, tanto por los residentes en Italia como por los que viven en el extranjero.

He tenido que interrogarme, pues, sobre la actitud de los que han dictado públicamente fatuas (condenas jurídicas islámicas), denunciándome a mí, que era musulmán, como «enemigo del islam», como «hipócrita cristiano copto que finge ser musulmán para perjudicar al islam» y como «traidor y difamador del islam», legitimando de esta forma mi condena a muerte. Me he preguntado a menudo cómo es posible que a alguien como yo que luchó de una forma convencida y ardiente por un «islam moderado», asumiendo la responsabilidad de exponerme en primera persona en la denuncia del extremismo y del terrorismo islámico, haya terminado por ser condenado a muerte en nombre del islam y tras una supuesta legitimación coránica. De esta forma me fui dando cuenta de que, más allá de la coyuntura que registra la implantación del fenómeno de los extremistas y del terrorismo islámico en todo el mundo, la raíz del mal está inscrita en un islam que es fisiológicamente violento e históricamente, conflictivo.

Paralelamente, la Providencia me ha ido poniendo en el camino a personas católicas practicantes de buena voluntad que, en virtud de su testimonio y de su amistad, se convirtieron, poco a poco para mí, en punto de referencia en el plano de las certezas de la verdad y de la solidez de los valores. Comenzando por tantos amigos de Comunión y Liberación, con Don Julián Carrón a la cabeza; por sencillos religiosos como Gabriele Mangiarotti, sor Maria Gloria Riva, Don Carlo Maurizi y el padre Yohannis Lahzi Gaid; o por el redescubrimiento de los salesianos gracias a Don Angelo Tengattini y Don Maurizio Verlezza, culminado en una renovada amistad con el Rector Mayor, Don Pascual Chávez Villanueva; hasta el abrazo de altos prelados de gran humanidad como el cardenal Tarcisio Bertone, monseñor Luigi Negri, Giancarlo Vecerrica, Gino Romanazzi y, sobre todo, monseñor Rino Fisichella, que me ha acompañado personalmente en mi recorrido espiritual de aceptación de la fe cristiana.

Pero indudablemente el encuentro más extraordinario y significativo en la decisión de convertirme fue el que mantuve con el Papa Benedicto XVI, al que siempre he admirado y defendido siendo musulmán, por su maestría a la hora de establecer el vínculo indisoluble entre la fe y la razón como fundamento de la auténtica religión y de la civilización humana, y al que me adhiero plenamente como cristiano por inspirarme una nueva luz en el cumplimiento de la misión que Dios me ha reservado.

Querido director, me has preguntado si no temo por mi vida, consciente de que la conversión al cristianismo implicará ciertamente una enésima, y mucho más grave, condena a muerte por apostasía. Tienes razón. Sé a lo que me expongo, pero afrontaré mi destino con la cabeza alta y erguida y con la solidez interior del que tiene la certeza de la propia fe.

Y todavía más, después del gesto histórico y valiente del Papa que, desde el primer momento en que tuvo noticias de mi deseo, aceptó de inmediato administrarme en persona los sacramentos de la iniciación al cristianismo.

Su Santidad lanzó un mensaje explícito y revolucionario a una Iglesia que, hasta ahora, quizás haya sido demasiado prudente en la conversión de musulmanes, absteniéndose de hacer proselitismo en los países de mayoría islámica y silenciando la realidad de los conversos en los países cristianos. Por miedo. Por miedo a no poder ayudar a los conversos frente a la condena a muerte por apostasía y por miedo a las represalias sobre los cristianos residentes en los países musulmanes. Pues bien, hoy, Benedicto XVI, con su testimonio, nos dice que hay que vencer el miedo y no temer a la hora de proclamar la verdad de Jesús incluso a los musulmanes.

Por mi parte, quiero afirmar que es hora de poner fin al puro arbitrio y a la violencia de los musulmanes, que no respetan la libertad religiosa. En Italia, hay miles de conversos al islam que viven serenamente su nueva fe. Pero también hay miles de musulmanes convertidos al cristianismo, que se ven obligados a ocultar su nueva fe por miedo a ser asesinados por los extremistas islámicos, que se ocultan entre nosotros.

Por una de esas casualidades que evocan la mano del Señor, mi primer artículo escrito en el Corriere el 3 de septiembre de 2003 se titulaba Las nuevas catacumbas de los islámicos conversos. Era una investigación sobre algunos neocristianos que, en Italia, denunciaban su profunda soledad espiritual y humana frente a la contumacia de las instituciones del Estado, que no tutelaban su seguridad, y frente al silencio de la propia Iglesia.

Pues bien, quiero que del gesto histórico del Papa y de mi testimonio extraigan el convencimiento de que llegó el momento de salir de las tinieblas de las catacumbas y proclamar públicamente su voluntad de ser plenamente ellos mismos.

Si aquí, en Italia, la cuna del catolicismo, si aquí, en nuestra casa, no somos capaces de garantizar a todos la plena libertad religiosa, ¿cómo podremos ser creíbles cuando denunciamos la violación de dicha libertad en otras partes del mundo? Pido a Dios que esta Pascua especial otorgue la resurrección del espíritu a todos los fieles en Cristo, que, hasta ahora, han estado sojuzgados por el miedo.


Magdi Cristiano Allam, escritor de origen egipcio, es vicedirector de Corriere della Sera y especialista en temas de Oriente Próximo. Su último libro es Viva Israel (2007).

Este artículo es la reproducción íntegra del texto publicado ayer en 'Corriere della Sera' enviado por el autor al director del periódico italiano con ocasión de su bautismo por el Papa.

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