viernes, 29 de febrero de 2008

Que los curas no se "enrollen"

El Vaticano pide a los sacerdotes homilías de sólo 10 minutos, que la comunión a los fieles de dé en la boca y en posición de rodillas.
Que los curas no se "enrollen"
RD
Martes, 26 de febrero 2008

Cuenta Juan Vicente Boo en abc.es que las homilías aburridas e interminables espantan a los fieles, y el Vaticano pide a los párrocos un esfuerzo de preparación y de brevedad: la homilía no debe superar los diez minutos y debe centrase en el Evangelio del día. La idea puede parecer simple pero, si se aplica, será revolucionaria, pues los fieles podrán recordar los temas de las predicaciones en lugar de aburrirse y desconectar cuando el párroco abordo un cuarto o un quinto tema de modo confuso.
El «número dos» de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, arzobispo Albert Malcom Ranjith, ha manifestado al diario «La Stampa» que el Vaticano está preparando normas para mejorar la celebración de la misa: homilías más cortas, genuflexión ante las especies eucarísticas consagradas, recibir la comunión en la boca en lugar de la mano, favorecer la adoración de rodillas...
En cuanto a la calidad de la predicación, el arzobispo Ranjith afirma que «la homilía no debe superar los ocho o diez minutos. Es necesario que el celebrante estudie profundamente el Evangelio del día y se atenga siempre a ese texto, sin andarse por las ramas y sin perderse en palabrerías inútiles».

Sin resultados hasta ahora
A lo largo de los años en que fue prefecto de la Congregación para el Clero, el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos, intentó convencer a los sacerdotes para que preparasen mejor las homilías, pero el resultado ha sido escaso. La mayoría de los fieles escuchan al párroco tan sólo diez minutos a la semana, por lo que los párrocos católicos deben poner en la preparación de esos diez minutos al menos tanto esfuerzo como dedican los pastores protestantes.
Preparar una buena homilía de ocho o diez minutos puede llevar dos horas, pero es tiempo bien empleado como enseñan los ejemplos del cardenal inglés John Henry Newman o, más recientemente, del antiguo cardenal de Nueva York, John O´Connor.
El resultado de las homilías breves, concentradas en una idea, era que los fieles recordaban el tema durante el día, descubrían elementos esenciales del cristianismo y los recordaban incluso después de varios años. Por el contrario, las homilías largas y que mezclan temas se olvidan por completo incluso antes de salir de la iglesia. Las que son polémicas o negativas suelen causar daño.
Hace una semana, el arzobispo Ranjith comentaba que «una homilía tiene que ser breve y dulce. Si no, es como un avión que intenta aterrizar pero da vueltas y vueltas sin conseguirlo. Y eso muestra que la persona que habla no la ha preparado. Cuanto más se prepara una homilía, más breve resulta».
Al mismo tiempo, el «número dos» de la Congregación de Liturgia, recuerda que lo importante de la misa no es la homilía, sino el canon y el momento del sacrificio, en que el pan y el vino se transforman en cuerpo y sangre de Jesucristo. Por ese motivo, Ranjith, con el apoyo del prefecto de la Congregación, el cardenal nigeriano Francis Arinze -y siguiendo las directrices de Benedicto XVI, que aprecia extraordinariamente la seriedad de la liturgia- ha emprendido una campaña para recuperar el sentido de lo sacro volviendo a las raíces del culto.
En esa misma línea de respeto a lo divino, Ranjith propone recuperar el uso de los reclinatorios en las iglesias y arrodillarse para recibir la comunión en la boca en señal de la máxima reverencia. Esa modalidad evita, además, las crecientes profanaciones e incluso ventas de especies consagradas.
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Consideraciones históricas y patrísticas acerca de la Comunión en la mano

Consideraciones históricas y patrísticas acerca de la Comunión en la mano: ¿fue alguna vez universal? ¿Cómo se nos ha contado la supuesta historia de la comunión en la mano?

Tomado y adaptado de la web Roma Aeterna

En general, así se nos cuenta la historia de la Comunión en la mano: a partir de la Última Cena y durante el tiempo de los apóstoles, la Santa Comunión se daba, por supuesto, en la mano. Así era también durante la era de los mártires. Y así siguió siendo durante la edad de oro de los Padres y de la liturgia, después de la paz de Constantino. La Comunión en la mano era dada a los fieles como nosotros hacemos ahora (en los sectores más abiertos y más al día de la Iglesia). Y continuó siendo la práctica común por lo menos hasta el siglo décimo. Por lo tanto, casi la mitad de la vida de la Iglesia esa fue la norma. Una magnífica prueba de ello se encuentra en el texto de San Cirilo de Jerusalén (313-386) donde aconseja a los fieles "haced un trono con vuestras manos donde recibir al Rey (en la Santa Comunión)". Más adelante, este Padre de la Iglesia aconseja un gran cuidado con cada fragmento que pueda quedar en las manos, así como uno no dejaría caer el oro al piso, así también se debe tomar un gran cuidado cuando se trata del Cuerpo del Señor. ¿Cómo y cuando se habría pasado de la comunión en la mano a la comunión en la boca?. De acuerdo a la historia comúnmente divulgada, el cambio en la manera de recibir el pan consagrado se dio de la siguiente manera: en la Edad Media hubo ciertas distorsiones de la fe y/o en la aproximación a la fe, que se fueron esarrollando gradualmente. Se desarrolló un excesivo temor de Dios y una correlativa preocupación por el pecado, el juicio y el castigo; un énfasis sobredimensionado en la divinidad de Cristo, que constituía una virtual negación o por lo menos disminución de Su sagrada humanidad; un exagerado énfasis en el papel del sacerdote en la sagrada liturgia; y una pérdida del sentido de comunidad, que de hecho es la Iglesia. En particular, debido al énfasis excesivo en la adoración a Cristo en la Santa Eucaristía (en detrimento de su presencia en el cuerpo Místico constituído por el pueblo de Dios) y a una concepción demasiado estricta en lo relativo a las cuestiones morales, la Sagrada Comunión se hizo cada vez menos frecuente. Se consideraba suficiente fijar los ojos en la Sagrada Hostia durante la elevación (de hecho, esta práctica decadente de la "elevación" y gestos exteriores de "adoración" y posturas humillantes para la dignidad humana -porque el desprecio por este período continúa- y la también poco saludable Exposición y Bendición del Santísimo Sacramento, encuentran sus orígenes en esos desafortunados tiempos medievales, un período de infantilismo y despotismo cuyas prácticas litúrgicas haríamos bien en sacarnos de encima). Fue en esa atmósfera y bajo esas circunstancias que se comenzó a restringir la práctica de la Comunión en la mano. La práctica de que el celebrante colocara directamente la hostia en la boca del comulgante se desarrolló y, triste es decirlo, se impuso. La conclusión es muy clara: deberíamos dejar de lado esta costumbre cuyas raíces se encuentran en esa edad oscura. Deberíamos prohibir o al menos desaconsejar esta práctica que no permite a los fieles "tomar y comer", y volver a los usos prístinos de los Padres y los Apóstoles: la Comunión en la mano y de paso, ya que todos somos sacerdotes, acabar con las discriminaciones dentro del Pueblo de Dios.¡Qué historia tan conmovedora! Lástima que no sea verdad y sea un puro cuento. La verdadera historia: Los Papas, Santos Padres. El Sagrado Concilio de Trento declara que es una Tradición Apostólica la costumbre de que sólo el sacerdote que celebra la Misa se dé la Comunión a sí mismo (con sus propias manos) y que los fieles la reciban de él.
1.- Un estudio más riguroso de las evidencias disponibles en la historia de la Iglesia y de los escritos de los Padres, no apoya la aserción de que la Comunión en la mano era una práctica universal que fue gradualmente suplantada y efectivamente reemplazada por la práctica de la comunión en la mano. Más bien, los hechos parecen apuntar a una conclusión diferente. El Papa San León Magno (440-461), ya en el siglo V, es un testigo temprano de la práctica tradicional. En sus comentarios al sexto capítulo de San Juan, habla de la Comunión en la boca como del uso corriente: "Se recibe en la boca lo que se cree por la Fe"
2.- El Papa no habla como si estuviera introduciendo una novedad, sino como si fuera un hecho ya bien establecido. Un siglo y medio más tarde, pero todavía tres siglos antes de que la práctica fuera supuestamente introducida (según el relato comúnmente difundido al que antes hicimos referencia) el Papa San Gregorio Magno (590-604) es otro testigo. En sus Diálogos (Roman 3, c. 3) relata cómo el Papa San Agapito obró un milagro durante la Misa, después de haber colocado la Hostia en la lengua de una persona. También Juan el Diácono nos habla acerca de esta manera de distribuir la Santa Comunión por ese Pontífice. Estos testigos son del siglo V y VI. ¿Cómo razonablemente se puede decir que la Comunión en la mano fue la práctica oficial hasta el siglo X? ¿Cómo alguien puede sostener que la Comunión en la boca es una invención medieval? No estamos afirmando que bajo ninguna circunstancia los fieles la hayan recibido en sus propias manos. Pero, ¿en qué circunstancias? Parece que desde muy temprano era usual que el sacerdote colocara la Sagrada Hostia en la boca del comulgante. Excepciones puntuales Sin embargo, en tiempos de persecución, cuando no había sacerdotes disponibles, y los fieles llevaban (siempre dentro de Corporales) el Santísimo a sus casas, se daban la Comunión a sí mismos, con sus propias manos. En otras palabras, antes que quedar totalmente privados del Pan de Vida, podían recibirlo por sus propias manos, cuando no hacerlo hubiera significado quedar privados de este imprescindible alimento espiritual. Lo mismo seaplicaba a los monjes que se habían retirado al desierto, donde no disponían del ministerio de un sacerdote y no quisieran dejar la práctica de la Comunión diaria. Resumiendo Para resumir, la práctica era que se podía tocar la Hostia cuando no hacerlo equivalía a quedar privado del Sacramento. Pero cuando había un sacerdote, no se la recibía en la mano. Así, San Basilio (330-379) afirma claramente que sólo está permitido recibir la Comunión en la mano en tiempos de persecución o, como era el caso de los monjes en el desierto, cuando no hubiera un diácono o un sacerdote que pudiera distribuirla. "No hace falta demostrar que no constituye una falta grave para una persona comulgar con su propia mano en épocas de persecución cuando no hay sacerdote o diácono" (Carta 93). Lo que implica que recibirla en la mano en otras circunstancias, fuera de persecución, será una grave falta
3. El Santo basa su opinión en la costumbre de los monjes solitarios, que reservaban el Santísimo en sus celdas, y en ausencia de sacerdote o diácono, se daban a sí mismos la Comunión. En su artículo "Comunión" en el Dictionnaire d'Archéologie Chrétienne, Leclercq afirma que la paz de Constantino, eliminando las condiciones que la hacían tolerable, llevó la práctica de la Comunión en la mano a su fin. Esto reafirma el razonamiento de San Basilio, que la persecución era la que creaba la alternativa de recibir la Comunión en la mano o verse privado de Ella. Cuando la persecución cesó, evidentemente la práctica de la Comunión en la mano persistía excepcionalmente aquí y allí. Era considerada como un abuso por la autoridad de la Iglesia, puesto que era juzgada contraria a la costumbre de los Apóstoles.Así, el Concilio de Rouen que se reunió en el año 650, dice: "No se coloque la Eucaristía en las manos de ningún laico o laica, sino únicamente en su boca". El Concilio de Constantinopla, conocido como in trullo (por no ser uno de los concilios ecuménicos realizados allí) prohibía a los fieles darse la Comunión a sí mismos (que es lo que sucede cuando la Sagrada Partícula es colocada en la mano del comulgante). Decretó una excomunión de una semana de duración para aquellos que lo hicieran en la presencia de un obispo, un sacerdote o un diácono.
San Cirilo (siglo IV): un texto dudoso.
¿Y San Cirilo? Por cierto, los promotores de la "comunión en la mano" generalmente no mencionan las evidencias que acabamos de exponer. En cambio, utilizan constantemente el texto atribuido a San Cirilo de Jerusalén, quien vivió en el siglo IV, al mismo tiempo que San Basilio. El Dr. Henri Leclercq resume las cosas como sigue: "San Cirilo de Jerusalén recomendaba a los fieles que cuando se presentaran a recibir la Comunión, debían tener la mano derecha extendida, con los dedos unidos, sostenida por la mano izquierda, con la palma en forma cóncava; y que en el momento en que el Cuerpo de Cristo era depositado en su mano, el comulgante debía decir: "Amén". Pero el texto continúa. También propone lo siguiente: "Santifica tus ojos con el contacto del Cuerpo Sagrado ... Cuando tus labios estén todavía húmedos, lleva tu mano a tus labios, y pasa tu mano sobre tus ojos, tu frente y tus otros sentidos, para santificarlos". Esta recomendación bastante original (¿o más bien supersticiosa? ¿irreverente?) llevó a los eruditos a cuestionar la autenticidad de dicho texto. Algunos piensan que tal vez hubo una interpolación, o que fue el sucesor del santo quien escribió tal cosa. No es imposible que este texto fuera realmente del Patriarca Juan, quien sucedió a Cirilo en Jerusalén. Pero este Juan era de dudosa ortodoxia. Sabemos todo esto por la correspondencia de San Epifanio, San Jerónimo y San Agustín.Por lo tanto, a favor de la Comunión en la mano tenemos un texto de dudosa originalidad y de contenido cuestionable. Y por el otro lado, tenemos testigos confiables, incluyendo a dos grandes papas, de que colocar la Sagrada Hostia en la boca del comulgante ya era común y ordinario en el siglo V. ¿Clericalismo integrista? ¿No es una forma de clericalismo permitir al sacerdote tocar la Hostia y prohibírselo a los fieles? De ningún modo, pues a los sacerdotes sólo les estaba permitido tocar el Santísimo Sacramento en casos de necesidad. En efecto, aparte del celebrante de la Misa, nadie que recibiera la Comunión, aunque fuera sacerdote, podía hacerlo en la mano. De tal modo que, en la práctica tradicional del Rito Romano, si un sacerdote estaba oyendo Misa (y no celebrando) y deseaba recibir la Sagrada Comunión, no lo hacía en sus propias manos: la recibía de otro sacerdote, en la lengua. Lo mismo sucedía con un Obispo. Lo mismo si se tratara de un Papa. Cuando San Pío X, por ejemplo, estaba en su lecho de muerte, en Agosto de 1914, y se le administró la Sagrada Comunión como Viático, no la recibió, y no le estaba permitido, en la mano: la recibió en la lengua de acuerdo a la ley y a la práctica de la Iglesia Católica. Esto confirma un punto fundamental: como consecuencia de la fe y por principio de reverencia, la Hostia no debe tocarse innecesariamente. Obviamente alguien debe distribuir el Pan de Vida. Pero no es necesario hacer de cada hombre, de cada mujer y cada chico su propio "ministro de la Eucaristía" y multiplicar la manipulación torpe y chapucera y el peligro de que se caigan y se pierdan Fragmentos eucarísticos. Aún aquellos cuyas manos fueron especialmente consagradas para tocar la Sagrada Eucaristía, particularmente los sacerdotes, no deben hacerlo sin necesidad.

La base del artículo fue escrita por: R. P. Paul McDonald (Cura Párroco) St. Patrick's Church 123 King Street, Pt. Colborne, Ontario (L3K 4G3) Canada.
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Audiencia General de S.S. Benedicto XVI del miércoles 27 de Febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Con el encuentro de hoy quiero concluir la presentación de la figura de san Agustín. Después de comentar su vida, sus obras, y algunos aspectos de su pensamiento, hoy quiero volver a hablar de su experiencia interior, que hizo de él uno de los más grandes convertidos de la historia cristiana. A esta experiencia dediqué en particular mi reflexión durante la peregrinación que realicé a Pavía, el año pasado, para venerar los restos mortales de este Padre de la Iglesia. De ese modo le expresé el homenaje de toda la Iglesia católica, y al mismo tiempo manifesté mi personal devoción y reconocimiento con respecto a una figura a la que me siento muy unido por el influjo que ha tenido en mi vida de teólogo, de sacerdote y de pastor.
Todavía hoy es posible revivir la historia de san Agustín sobre todo gracias a las Confesiones, escritas para alabanza de Dios, que constituyen el origen de una de las formas literarias más específicas de Occidente, la autobiografía, es decir, la expresión personal de la propia conciencia. Pues bien, cualquiera que se acerque a este extraordinario y fascinante libro, muy leído todavía hoy, fácilmente se da cuenta de que la conversión de san Agustín no fue repentina ni se realizó plenamente desde el inicio, sino que puede definirse más bien como un auténtico camino, que sigue siendo un modelo para cada uno de nosotros.
Ciertamente, este itinerario culminó con la conversión y después con el bautismo, pero no se concluyó en aquella Vigilia pascual del año 387, cuando en Milán el retórico africano fue bautizado por el obispo san Ambrosio. El camino de conversión de san Agustín continuó humildemente hasta el final de su vida, y se puede decir con verdad que sus diferentes etapas —se pueden distinguir fácilmente tres— son una única y gran conversión.
San Agustín buscó apasionadamente la verdad: lo hizo desde el inicio y después durante toda su vida. La primera etapa en su camino de conversión se realizó precisamente en el acercamiento progresivo al cristianismo. En realidad, había recibido de su madre, santa Mónica, a la que siempre estuvo muy unido, una educación cristiana y, a pesar de que en su juventud había llevado una vida desordenada, siempre sintió una profunda atracción por Cristo, habiendo bebido con la leche materna, como él mismo subraya (cf. Confesiones, III, 4, 8), el amor al nombre del Señor.
Pero también la filosofía, sobre todo la platónica, había contribuido a acercarlo más a Cristo, manifestándole la existencia del Logos, la razón creadora. Los libros de los filósofos le indicaban que existe la razón, de la que procede todo el mundo, pero no le decían cómo alcanzar este Logos, que parecía tan lejano. Sólo la lectura de las cartas de san Pablo, en la fe de la Iglesia católica, le reveló plenamente la verdad. San Agustín sintetizó esta experiencia en una de las páginas más famosas de las Confesiones: cuenta que, en el tormento de sus reflexiones, habiéndose retirado a un jardín, escuchó de repente una voz infantil que repetía una cantilena que nunca antes había escuchado: «tolle, lege; tolle, lege», «toma, lee; toma, lee» (VIII, 12, 29). Entonces se acordó de la conversión de san Antonio, padre del monaquismo, y solícitamente volvió a tomar el códice de san Pablo que poco antes tenía en sus manos: lo abrió y la mirada se fijó en el pasaje de la carta a los Romanos donde el Apóstol exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo (Rm 13, 13-14).
Había comprendido que esas palabras, en aquel momento, se dirigían personalmente a él, procedían de Dios a través del Apóstol y le indicaban qué debía hacer en ese momento. Así sintió cómo se disipaban las tinieblas de la duda y quedaba libre para entregarse totalmente a Cristo: «Habías convertido a ti mi ser», comenta (Confesiones, VIII, 12, 30). Esta fue la conversión primera y decisiva.
El retórico africano llegó a esta etapa fundamental de su largo camino gracias a su pasión por el hombre y por la verdad, pasión que lo llevó a buscar a Dios, grande e inaccesible. La fe en Cristo le hizo comprender que en realidad Dios no estaba tan lejos como parecía. Se había hecho cercano a nosotros, convirtiéndose en uno de nosotros. En este sentido, la fe en Cristo llevó a cumplimiento la larga búsqueda de san Agustín en el camino de la verdad. Sólo un Dios que se ha hecho «tocable», uno de nosotros, era realmente un Dios al que se podía rezar, por el cual y en el cual se podía vivir.
Es un camino que hay que recorrer con valentía y al mismo tiempo con humildad, abiertos a una purificación permanente, que todos necesitamos siempre. Pero, como hemos dicho, el camino de san Agustín no había concluido con aquella Vigilia pascual del año 387. Al regresar a África, fundó un pequeño monasterio y se retiró a él, junto a unos pocos amigos, para dedicarse a la vida contemplativa y al estudio. Este era el sueño de su vida. Ahora estaba llamado a vivir totalmente para la verdad, con la verdad, en la amistad de Cristo, que es la verdad. Un hermoso sueño que duró tres años, hasta que, contra su voluntad, fue consagrado sacerdote en Hipona y destinado a servir a los fieles. Ciertamente siguió viviendo con Cristo y por Cristo, pero al servicio de todos. Esto le resultaba muy difícil, pero desde el inicio comprendió que sólo podía realmente vivir con Cristo y por Cristo viviendo para los demás, y no simplemente para su contemplación privada.
Así, renunciando a una vida consagrada sólo a la meditación, san Agustín aprendió, a menudo con dificultad, a poner a disposición el fruto de su inteligencia para beneficio de los demás. Aprendió a comunicar su fe a la gente sencilla y a vivir así para ella en aquella ciudad que se convirtió en su ciudad, desempeñando incansablemente una actividad generosa y pesada, que describe con estas palabras en uno de sus bellísimos sermones: «Continuamente predicar, discutir, reprender, edificar, estar a disposición de todos, es una gran carga y un gran peso, una enorme fatiga» (Serm. 339, 4). Pero cargó con este peso, comprendiendo que precisamente así podía estar más cerca de Cristo. Su segunda conversión consistió en comprender que se llega a los demás con sencillez y humildad.
Pero hay una última etapa en el camino de san Agustín, una tercera conversión: la que lo llevó a pedir perdón a Dios cada día de su vida. Al inicio, había pensado que una vez bautizado, en la vida de comunión con Cristo, en los sacramentos, en la celebración de la Eucaristía, iba a llegar a la vida propuesta en el Sermón de la montaña: a la perfección donada en el bautismo y reconfirmada en la Eucaristía. En la última parte de su vida comprendió que no era verdad lo que había dicho en sus primeras predicaciones sobre el Sermón de la montaña: es decir, que nosotros, como cristianos, vivimos ahora permanentemente este ideal. Sólo Cristo mismo realiza verdadera y completamente el Sermón de la montaña. Nosotros siempre tenemos necesidad de ser lavados por Cristo, que nos lava los pies, y de ser renovados por él. Tenemos necesidad de una conversión permanente. Hasta el final necesitamos esta humildad que reconoce que somos pecadores en camino, hasta que el Señor nos da la mano definitivamente y nos introduce en la vida eterna. San Agustín murió con esta última actitud de humildad, vivida día tras día.
Esta actitud de humildad profunda ante el único Señor Jesús lo introdujo en la experiencia de una humildad también intelectual. San Agustín, que es una de las figuras más grandes en la historia del pensamiento, en los últimos años de su vida quiso someter a un lúcido examen crítico sus numerosísimas obras. Surgieron así las Retractationes («Revisiones»), que de este modo introducen su pensamiento teológico, verdaderamente grande, en la fe humilde y santa de aquella a la que llama sencillamente con el nombre de Catholica, es decir, la Iglesia. «He comprendido —escribe precisamente en este originalísimo libro (I, 19, 1-3)— que uno sólo es verdaderamente perfecto y que las palabras del Sermón de la montaña sólo se realizan totalmente en uno solo: en Jesucristo mismo. Toda la Iglesia, por el contrario —todos nosotros, incluidos los Apóstoles—, debemos rezar cada día: Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».
San Agustín, convertido a Cristo, que es verdad y amor, lo siguió durante toda la vida y se transformó en un modelo para todo ser humano, para todos nosotros, en la búsqueda de Dios. Por eso quise concluir mi peregrinación a Pavía volviendo a entregar espiritualmente a la Iglesia y al mundo, ante la tumba de este gran enamorado de Dios, mi primera encíclica, Deus caritas est, la cual, en efecto, debe mucho, sobre todo en su primera parte, al pensamiento de san Agustín.
También hoy, como en su época, la humanidad necesita conocer y sobre todo vivir esta realidad fundamental: Dios es amor y el encuentro con él es la única respuesta a las inquietudes del corazón humano, un corazón en el que vive la esperanza —quizá todavía oscura e inconsciente en muchos de nuestros contemporáneos—, pero que para nosotros los cristianos abre ya hoy al futuro, hasta el punto de que san Pablo escribió que «en esperanza fuimos salvados» (Rm 8, 24). A la esperanza he dedicado mi segunda encíclica, Spe salvi, la cual también debe mucho a san Agustín y a su encuentro con Dios.
En un escrito sumamente hermoso, san Agustín define la oración como expresión del deseo y afirma que Dios responde ensanchando hacia él nuestro corazón. Por nuestra parte, debemos purificar nuestros deseos y nuestras esperanzas para acoger la dulzura de Dios (cf. In I Ioannis, 4, 6). Sólo ella nos salva, abriéndonos también a los demás. Pidamos, por tanto, para que en nuestra vida se nos conceda cada día seguir el ejemplo de este gran convertido, encontrando como él en cada momento de nuestra vida al Señor Jesús, el único que nos salva, nos purifica y nos da la verdadera alegría, la verdadera vida.

Palabras del Santo Padre a los peregrinos en la basílica de San Pedro
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española aquí presentes. Os deseo que vuestra visita a Roma contribuya a reavivar vuestra vida cristiana con el testimonio de fe y caridad que los Apóstoles dieron en su martirio. Al mismo tiempo, os animo a proseguir con renovada esperanza vuestro camino de conversión cuaresmal para llegar, con el corazón purificado, a la celebración gozosa de la Pascua.

Palabras del Santo Padre en la sala Pablo VI
Saludo cordialmente a los visitantes de lengua española. En particular, a los formadores y seminaristas de Córdoba, con su obispo, a los que animo a seguir con entusiasmo su preparación al sacerdocio. Saludo también a las cofradías del Cristo de la Expiración de Sevilla y de Málaga, a los distintos grupos de estudiantes y peregrinos venidos de Argentina, Chile, España, México y otros países latinoamericanos. Siguiendo el ejemplo de san Agustín, os exhorto a fijar vuestra mirada en Cristo, que se entregó por nosotros, y proseguir con esperanza vuestro camino de conversión cuaresmal. Muchas gracias.
(En italiano) Saludo a los obispos amigos del Movimiento de los Focolares y les aseguro mi oración a fin de que el Señor los sostenga en el ministerio pastoral diario al servicio del pueblo de Dios. Saludo a los representantes de la facultad pontificia de ciencias de la educación «Auxilium» y a los de la Escuela «Antonio Rosmini» de Roma, y doy las gracias a cada uno porque, con la participación en este encuentro, han querido renovar su filial devoción al Sucesor de Pedro. Saludo a los participantes en el congreso organizado por la Asociación italiana de medicina nuclear y deseo que lleven adelante su arduo trabajo diagnóstico y terapéutico con renovados sentimientos de profundo respeto por la persona humana. Saludo también a los representantes de la Marina militar italiana, a los militares del regimiento «Lancieri di Montebello» y a los representantes de la Policía de Estado de Isernia. A todos animo a seguir con generosa fidelidad a Jesús y su Evangelio, para ser cristianos auténticos en la familia, en el trabajo y en cualquier otro ambiente.
Saludo, por último, a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Queridos hermanos y hermanas, prosiguiendo el itinerario cuaresmal, la Iglesia nos invita a seguir las huellas de Cristo, que se dirige a Jerusalén, donde dará cumplimiento a su misión redentora. Dejaos iluminar por su palabra a fin de que en el estudio, en la enfermedad o en la vida de familia podáis experimentar su presencia y recorrer un camino de auténtica conversión en este sagrado tiempo de penitencia. La audiencia se concluyó con el canto del padrenuestro en latín y la bendición apostólica. Antes de dejar la sala, el Papa saludó a los obispos presentes, a un grupo de enfermos y a algunas de las personas que tomaban parte en esta audiencia.
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

  1. http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2008/documents/hf_ben-xvi_aud_20080227_sp.html

jueves, 21 de febrero de 2008

Audiencia General de S.S. Benedicto XVI del Miércoles 20 de Febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos la catequesis sobre san Agustín, gran testigo de Cristo, muy querido por mis Predecesores y al que yo mismo he estudiado y meditado mucho. De su inmensa producción literaria, destacan algunas obras de capital importancia. Así las Confesiones, donde podemos seguir paso a paso su camino interior de conversión. También las Retractationes, en las cuales el obispo, ya anciano, hace una revisión de toda su obra escrita. En De civitate Dei, obra decisiva para el desarrollo del pensamiento político occidental y para la teología cristiana de la historia, presenta la historia de la humanidad gobernada por la divina Providencia. En De Trinitate trata sobre el principal núcleo de la fe cristiana y el De doctrina Cristiana es una verdadera introducción al cristianismo, que tuvo una importancia decisiva en la formación de la cultura occidental. Consciente de la necesidad de la divulgación del mensaje cristiano escribe el De catechizandis rudibus, dedicado a la instrucción de muchos cristianos analfabetos y el Psalmus contra partem Donati, de argumento doctrinal. En Enarrationes in Psalmos se hallan muchas homilías recogidas por taquígrafos durante las predicaciones del santo, cuya fama hizo que se divulgasen ampliamente y fuesen muy consultadas.

Palabras del Papa a los peregrinos presentes en la Basílica de San Pedro:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española aquí presentes. Que el camino de conversión cuaresmal sea una ocasión idónea para una auténtica renovación espiritual, a fin de avivar la fe y la relación de amistad con Dios y para un mayor compromiso evangélico. Con la certeza de que el amor es el estilo de vida que distingue a los creyentes, no os canséis de ser testigos de la caridad allí donde estéis. ¡Que Dios os bendiga!

Palabras del Papa a los peregrinos presentes en la Sala Pablo VI:

Saludo a los peregrinos de lengua española, especialmente a las Hijas de María Auxiliadora y a los estudiantes del Colegio Mater Salvatoris y Nuestra Señora del Huerto. Que en esta Cuaresma, el ejemplo de san Agustín, la lectura de sus obras, su mensaje y su camino interior os ayuden a un encuentro personal con Jesucristo que cambie totalmente vuestras vidas. ¡Muchas gracias!

  1. http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2008/documents/hf_ben-xvi_aud_20080220_sp.html

Meditación Jueves II de Cuaresma

Compartimos la meditación diaria para este II Jueves de cuaresma:

miércoles, 20 de febrero de 2008

martes, 19 de febrero de 2008

Angelus de S.S. Benedicto XVI Domingo II de Cuaresma

Queridos hermanos y hermanas:

Se concluyeron ayer, aquí, en el Palacio Apostólico, los ejercicios espirituales que, como todos los años, han congregado en la oración y en la meditación al Papa y a sus colaboradores de la Curia Romana. Doy las gracias a cuantos han estado espiritualmente cerca de nosotros: que el Señor les recompense por su generosidad.
Hoy, segundo domingo de Cuaresma, continuando con el camino penitencial, la liturgia, tras habernos presentado el domingo pasado el Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preanuncia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su Cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, le contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad.
De esta manera, podemos decir que estos dos domingos constituyen pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, es más, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.
La montaña, el Tabor como el Sinaí, es el lugar de la cercanía con Dios. Es el lugar elevado respecto a la existencia cotidiana en el que se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde se está en presencia del Señor, como Moisés y como Elías, que aparecen junto a Jesús transfigurado y hablan con él del «éxodo» que le espera en Jerusalén, es decir, de su Pascua. La Transfiguración es un acontecimiento de oración: al rezar, Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a Él, adhiere con su propia voluntad humana a la voluntad de amor del Padre, y de este modo la luz le penetra y aparece visiblemente la verdad de su ser: él es Dios, Luz de Luz. Incluso los vestidos de Jesús se vuelven blancos y resplandecientes.
Esto recuerda al Bautismo, el vestido blanco que llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz, anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el símbolo de las vestiduras blancas (Cf. Apocalipsis 7, 9.13). Aquí está el punto crucial: la transfiguración anticipa la resurrección, pero ésta presupone la muerte. Jesús manifiesta a los apóstoles su gloria para que tengan la fuerza de afrontar el escándalo de la cruz, y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al Reino de Dios.
La voz del Padre, que resuena en lo alto, proclama a Jesús como su Hijo predilecto, como en el bautismo del Jordán, añadiendo: «Escuchadle» (Mateo 17, 5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirle por el camino de la cruz, llevando en el corazón como Él la esperanza de la resurrección. «Spe salvi», salvados en la esperanza. Hoy podemos decir: «Transfigurados en la esperanza».
Dirigiéndonos ahora con la oración a María, reconocemos en ella a la criatura humana transfigurada interiormente por la gracia de Cristo y encomendémonos a su guía para recorrer con fe y generosidad el camino de la Cuaresma.

[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en siete idiomas. En italiano comenzó diciendo:]
Sigo con preocupación las persistentes manifestaciones de tensión en el Líbano. Desde hace casi tres meses el país no logra escoger un jefe de Estado. Los esfuerzos para componer la crisis y el apoyo ofrecido por numerosos exponentes de relevancia de la comunidad internacional, aunque todavía no han logrado resultados, demuestran la intención de encontrar un presidente sentido como tal por todos los libaneses y de sentar los cimientos para superar las divisiones existentes. Por desgracia no faltan tampoco motivos de preocupación, sobre todo a causa de la inesperada violencia verbal o de cuantos ponen su confianza en la fuerza de las armas y en la eliminación física de los adversarios.
Junto al patriarca maronita y junto a todos los obispos libaneses os pido que os unáis a mi súplica a Nuestra Señora del Líbano para que aliente a los ciudadanos de esa querida nación y, en particular a los políticos, a trabajar con tenacidad a favor de la reconciliación, de un diálogo verdaderamente sincero, de la pacífica convivencia y del bien de una patria profundamente sentida como común.

[En español, dijo:]
Dirijo mi cordial saludo a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, especialmente a los fieles provenientes de las parroquias de San Lorenzo y de Nuestra Señora del Rosario de La Unión (Murcia). En este segundo Domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar a Cristo, transfigurado en el monte Tabor, para que, iluminados por su Palabra, podamos vencer las pruebas cotidianas de la vida y ser en medio del mundo testigos de su gloria. ¡Muchas gracias!

[Al final, en su saludó en italiano, concluyó:]
Pienso de manera particular en los familiares de las personas desaparecidas el 4 de enero pasado en Venezuela, asegurándoles mi oración.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina © Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
  1. http://www.zenit.org/article-26353?l=spanish

Meditación Martes II de Cuaresma

De los Comentarios de San Agustín, obispo, sobre los salmos
La pasión de todo el cuerpo de Cristo

Que la liturgia resulte escuela de oración comunitaria, nadie lo duda; que nuestra participación en ella debe ser activa, está oficialmente reconocido; pero por insistir en los aspectos formales, podríamos correr el peligro de olvidar que, en la plegaria litúrgica, nuestra voz es un incienso de olor suave en la presencia del Padre: es la voz de Cristo, su Hijo. Y San Agustín nos lo recuerda. Señor, te he llamado, ven deprisa. Esto podemos decirlo todos. No lo digo yo solo, sino el Cristo total. Pero es más bien el cuerpo quien habla aquí; pues Cristo, cuando estaba en este mundo, oró en calidad de hombre, y oró al Padre en nombre de todo el cuerpo, y al orar caían de todo su cuerpo gotas de sangre. Así está escrito en el Evangelio: Jesús oraba con mayor intensidad, y sudó como gruesas gotas de sangre. Esta efusión de sangre de todo su cuerpo no significaba otra cosa que la pasión de los mártires de toda la Iglesia. Señor, te he llamado, ven deprisa, escucha mi voz cuando te llamo. Al decir: Te he llamado, no creas que ya ha cesado el motivo de llamar. Has llamado, pero no por eso puedes estar ya seguro. Si hubiera terminado ya la tribulación, no tendrías que llamar más; pero, como que la tribulación de la Iglesia y del cuerpo de Cristo continúa hasta el fin de los siglos, no sólo hemos de decir: Te he llamado, ven de prisa, sino también: Escucha mi voz cuando te llamo. Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde. Todo cristiano sabe que estas palabras suelen entenderse de la Cabeza en persona. Cuando, en efecto, declinaba el día, el Señor entregó voluntariamente su vida en la cruz, para volver a recobrarla. Pero también entonces estábamos nosotros allí representados. Pues lo que colgó del madero es la misma naturaleza que tomó de nosotros. Si no, ¿cómo hubiera sido nunca posible que el Padre abandonara a su Hijo único, siendo ambos un solo Dios? Y sin embargo, clavando nuestra frágil condición en la cruz, en la cual, como dice el Apóstol, nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, clamó en nombre de este hombre viejo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Aquella ofrenda de la tarde fue, pues, la pasión del Señor, la cruz del Señor, oblación de la víctima salvadora, holocausto agradable a Dios. Aquella ofrenda de la tarde se convirtió, por la resurrección, en ofrenda matinal. Así, la oración que sale con toda pureza de lo íntimo de la fe se eleva como el incienso desde el altar sagrado. Ningún otro aroma es más agradable a Dios que éste; este aroma debe ser ofrecido a él por los creyentes.

jueves, 14 de febrero de 2008

Homilía de S.S. Benedicto XVI en la Santa Misa del Miércoles de Ceniza

SANTA MISA, BENDICIÓN E IMPOSICIÓN DE LA CENIZA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Basílica de Santa Sabina Miércoles de Ceniza, 6 de febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:
Si el Adviento es, por excelencia, el tiempo que nos invita a esperar en el Dios que viene, la Cuaresma nos renueva en la esperanza en Aquel que nos hace pasar de la muerte a la vida. Ambos son tiempos de purificación —lo manifiesta también el color litúrgico que tienen en común—, pero de modo especial la Cuaresma, toda ella orientada al misterio de la Redención, se define como «camino de auténtica conversión» (Oración colecta).
Al inicio de este itinerario penitencial, quiero reflexionar brevemente sobre la oración y el sufrimiento como aspectos característicos del tiempo litúrgico cuaresmal. A la práctica de la limosna ya dediqué el Mensaje para la Cuaresma, publicado la semana pasada.
En la encíclica Spe salvi puse de relieve que la oración y el sufrimiento, juntamente con el obrar y el juicio, son «lugares de aprendizaje y de ejercicio de la esperanza». Por tanto, podríamos afirmar que el tiempo cuaresmal, precisamente porque invita a la oración, a la penitencia y al ayuno, constituye una ocasión providencial para hacer más viva y firme nuestra esperanza.
La oración alimenta la esperanza, porque nada expresa mejor la realidad de Dios en nuestra vida que orar con fe. Incluso en la soledad de la prueba más dura, nada ni nadie pueden impedir que nos dirijamos al Padre «en lo secreto» de nuestro corazón, donde sólo él «ve», como dice Jesús en el Evangelio (cf. Mt 6, 4. 6. 18).
Vienen a la mente dos momentos de la existencia terrena de Jesús, que se sitúan uno al inicio y otro casi al final de su vida pública: los cuarenta días en el desierto, sobre los cuales está calcado el tiempo cuaresmal, y la agonía en Getsemaní. Ambos son esencialmente momentos de oración. Oración en diálogo con el Padre, a solas, de tú a tú, en el desierto; oración llena de «angustia mortal» en el Huerto de los Olivos. Pero en ambas circunstancias, orando, Cristo desenmascara los engaños del tentador y lo derrota. Así, la oración se muestra como la primera y principal «arma» para «afrontar victoriosamente el combate contra las fuerzas del mal» (Oración colecta). La oración de Cristo alcanza su culmen en la cruz, expresándose en las últimas palabras que recogieron los evangelistas. Cuando parece lanzar un grito de desesperación: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado» (Mt 27, 46; Mc 15, 34; cf. Sal 21, 1), en realidad Cristo hace suya la invocación del que, asediado por sus enemigos, sin escapatoria, sólo tiene a Dios para dirigirse y, por encima de todas las posibilidades humanas, experimenta su gracia y su salvación.
Con esas palabras del Salmo, primero de un hombre abrumado por el sufrimiento y, después, del pueblo de Dios inmerso en sus sufrimientos por la aparente ausencia de Dios, Jesús hace suyo ese grito de la humanidad que sufre por la aparente ausencia de Dios y lleva este grito al corazón del Padre. Al orar así en esta última soledad, junto con toda la humanidad, nos abre el corazón de Dios.
Así pues, no hay contradicción entre esas palabras del Salmo 21 y las palabras llenas de confianza filial: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46; cf. Sal 30, 6). También estas palabras están tomadas de un Salmo, el 30, imploración dramática de una persona que, abandonada por todos, se pone segura en manos de Dios.
La oración de súplica llena de esperanza es, por tanto, el leit motiv de la Cuaresma y nos hace experimentar a Dios como única ancla de salvación. Aun cuando sea colectiva, la oración del pueblo de Dios es voz de un solo corazón y de una sola alma; es diálogo «de tú a tú», como la conmovedora imploración de la reina Ester cuando su pueblo estaba a punto de ser exterminado: «Mi Señor y Dios nuestro, tú eres único. Ven en mi socorro, que estoy sola y no tengo socorro sino en ti, y mi vida está en gran peligro» (Est 4, 17 l). Ante un «gran peligro» hace falta una esperanza más grande, y esta esperanza es sólo la que puede contar con Dios.
La oración es un crisol en el que nuestras expectativas y aspiraciones son expuestas a la luz de la palabra de Dios, se sumergen en el diálogo con Aquel que es la verdad y salen purificadas de mentiras ocultas y componendas con diversas formas de egoísmo (cf. Spe salvi, 33). Sin la dimensión de la oración, el yo humano acaba por encerrarse en sí mismo, y la conciencia, que debería ser eco de la voz de Dios, corre el peligro de reducirse a un espejo del yo, de forma que el coloquio interior se transforma en un monólogo, dando pie a mil auto-justificaciones.
Por eso, la oración es garantía de apertura a los demás. Quien se abre a Dios y a sus exigencias, al mismo tiempo se abre a los demás, a los hermanos que llaman a la puerta de su corazón y piden escucha, atención, perdón, a veces corrección, pero siempre con caridad fraterna. La verdadera oración nunca es egocéntrica; siempre está centrada en los demás. Como tal, lleva al que ora al «éxtasis» de la caridad, a la capacidad de salir de sí mismo para hacerse prójimo de los demás en el servicio humilde y desinteresado.
La verdadera oración es el motor del mundo, porque lo tiene abierto a Dios. Por eso, sin oración no hay esperanza, sino sólo espejismos. En efecto, no es la presencia de Dios lo que aliena al hombre, sino su ausencia: sin el verdadero Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, las esperanzas se transforman en espejismos, que llevan a evadirse de la realidad. En cambio, hablar con Dios, permanecer en su presencia, dejarse iluminar y purificar por su palabra, nos introduce en el corazón de la realidad, en el íntimo Motor del devenir cósmico; por decirlo así, nos introduce en el corazón palpitante del universo.
En conexión armónica con la oración, también el ayuno y la limosna pueden considerarse lugares de aprendizaje y ejercicio de la esperanza cristiana. Los santos Padres y los escritores antiguos solían subrayar que estas tres dimensiones de la vida evangélica son inseparables, se fecundan recíprocamente y llevan tanto mayor fruto cuanto más se corroboran mutuamente. Gracias a la acción conjunta de la oración, el ayuno y la limosna, la Cuaresma forma a los cristianos para ser hombres y mujeres de esperanza, a ejemplo de los santos.
Ahora quiero reflexionar brevemente también sobre el sufrimiento, pues, como escribí en la encíclica Spe salvi, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad» (n. 38). La Pascua, hacia la cual se orienta la Cuaresma, es el misterio que da sentido al sufrimiento humano, partiendo de la sobreabundancia de la com-pasión de Dios, realizada en Jesucristo.
Por consiguiente, el camino cuaresmal, al estar totalmente impregnado de la luz pascual, nos hace revivir lo que aconteció en el corazón divino-humano de Cristo mientras subía a Jerusalén por última vez, para ofrecerse a sí mismo en expiación (cf. Is 53, 10). A medida que Jesús se acercaba a la cruz, el sufrimiento y la muerte bajaban como tinieblas, pero también se avivaba la llama del amor. En efecto, el sufrimiento de Cristo está totalmente iluminado por la luz del amor (cf. Spe salvi, 38): el amor del Padre que permite al Hijo afrontar con confianza su último «bautismo», como él mismo define el culmen de su misión (cf. Lc 12, 50).
Ese bautismo de dolor y de amor, Jesús lo recibió por nosotros, por toda la humanidad. Sufrió por la verdad y la justicia, trayendo a la historia de los hombres el evangelio del sufrimiento, que es la otra cara del evangelio del amor. Dios no puede padecer, pero puede y quiere com-padecer. Por la pasión de Cristo puede entrar en todo sufrimiento humano la con-solatio, «el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza» (Spe salvi, 39).
Al igual que sucede con respecto a la oración, también por lo que atañe al sufrimiento la historia de la Iglesia está llena de testigos que se entregaron sin medida por los demás, a costa de duros sufrimientos. Cuanto mayor es la esperanza que nos anima, tanto mayor es también en nosotros la capacidad de sufrir por amor de la verdad y del bien, ofreciendo con alegría las pequeñas y grandes pruebas de cada día e insertándolas en el gran com-padecer de Cristo (cf. ib., 40).
Que en este camino de perfección evangélica nos ayude María, cuyo corazón inmaculado, juntamente con el de su Hijo, fue traspasado por la espada del dolor. Precisamente en estos días, recordando el 150° aniversario de las apariciones de la Virgen en Lourdes, se nos invita a meditar en el misterio de la participación de María en los dolores de la humanidad. Al mismo tiempo se nos exhorta a encontrar consuelo en el «tesoro de compasión» (ib.) de la Iglesia, al que ella contribuyó más que cualquier otra criatura.
Iniciemos, por tanto, la Cuaresma en unión espiritual con María, que «avanzó en la peregrinación de la fe» siguiendo a su Hijo (cf. Lumen gentium, 58) y siempre precede a los discípulos en el itinerario hacia la luz pascual. Amén.
  1. Imágenes: http://www.vatican.va/news_services/liturgy/photogallery/2008/06022008/index.html
Links:
  1. http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2008/documents/hf_ben-xvi_hom_20080206_ash-wednesday_sp.html
  2. http://groups.msn.com/CATOLICOSAPOSTOLICOSYROMANOS/general.msnw?action=get_message&mview=0&ID_Message=43077

sábado, 9 de febrero de 2008

Meditación del Sábado Después De Ceniza

Del Tratado de San Ireneo, obispo,
Contra las herejías
Nuestra amistad con Dios

En los albores de la Cuaresma conviene recordar, con San Ireneo, que Cristo, aún habiéndonos llamado amigos, no tiene necesidad de nosotros. Si nos ofrece la posibilidad de poderle seguir no es porque podamos aumentar su gloria; somos nosotros quienes encontramos luz, vida, salvación. Entonces, ¿por qué nos busca?, ¿por qué nos ama? Porque, siendo el amor infinito, puede hasta exagerar, y eso son sus milagros, su gracia, su querencia por nuestra amistad. A nosotros corresponde no habituarnos a esos dones, sino recibirlos en cada instante como nuevos, contentos de estar con él. Nuestro Señor, aquel que es la Palabra de Dios, primero nos gano como siervos de Dios, mas para liberarnos después, tal como dice a sus discípulos: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os he llamado amigos, porque todo cuanto me ha comunicado el Padre os lo he dado a conocer. Y la amistad divina es causa de inmortalidad para todos los que entran en ella. Así, pues, en el principio Dios plasmó a Adán, no porque tuviese necesidad del hombre, sino para tener en quien depositar sus beneficios. Pues no sólo antes de la creación de Adán, sino antes de toda creación, el que es la Palabra glorificaba a su Padre, permaneciendo en él, y él, a su vez, era glorificado por el Padre, como afirma él mismo: Glorificame tú, Padre, con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiese. Y si nos mandó seguirlo no es porque necesite de nuestros servicios, sino para que nosotros alcancemos así la salvación. Seguir al Salvador, en efecto, es beneficiarse de la salvación, y seguir a la Luz es recibir la luz. Pues los que están en la luz no son los que iluminan a la luz, sino que la luz los ilumina y esclarece a ellos, ya que ellos nada le añaden, sino que son ellos, los que se benefician de la luz. Del mismo modo, el servir a Dios nada le añade a Dios, ni tiene Dios necesidad alguna de nuestra sumisión; es él, por el contrario, quien da la vida, la incorrupción y la gloria eterna a los que lo siguen y sirven, beneficiándolos por el hecho de seguirlo y servirlo, sin recibir de ellos beneficio alguno, ya que es en sí mismo rico, perfecto, sin que nada le falte. La razón, pues, por la que Dios desea que los hombres lo sirvan es su bondad y misericordia, por las que quiere beneficiar a los que perseveran en su servicio, pues, si Dios no necesita de nadie, el hombre, en cambio, necesita de la comunión con Dios. En esto consiste la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el servicio de Dios. Por esto el Señor decía a sus discípulos: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, queriendo indicar que no eran ellos los que lo glorificaban al seguirlo, sino que, siguiendo al Hijo de Dios, él los glorificaba a ellos. Por esto añade: Quiero que ellos estén conmigo allí donde yo esté, para que contemplen mí gloria.

  1. http://groups.msn.com/CATOLICOSAPOSTOLICOSYROMANOS/general.msnw?action=get_message&mview=0&ID_Message=43036&all_topics=0
  2. http://www.geocities.com/iglesia_catolica/cuaresma/cuaresmainicio.html#Meditaciones
  3. http://www.geocities.com/iglesia_catolica/cuaresma/sabadoceniza.html

viernes, 8 de febrero de 2008

Meditación para el Viernes después de Ceniza

De las Homilías del Pseudo-Crisóstomo
La oraciós es luz del alma

A lo largo de la Edad Media, muchos sermones y otros escritos anónimos han visto la luz con el nombre de los grandes predicadores antiguos. San Juan Crisóstomo arrastra en pos de sí, como si se tratara de un cometa, una larga cola de obras falsamente atribuidas a su pluma, principalmente sermones. En el Leccionario del Oficio de lectura encontramos dos casos: el de hoy y el lunes de la 2ª semana de Pascua: éste último lo trató en su lugar. Por lo que se refiere a la lectura de este primer viernes cuaresmal, el autor parece contemporáneo de San Juan Crisóstomo: alguno, con argumentos no del todo convincentes, ha intentado atribuir este fragmento a Nestorio. GLOSA El autor de la homilía nos ofrece una catequesis entusiasmante en torno a la riqueza y prestancia de la oración. Pero para orar es preciso desprenderse de impaciencias y prisas, que atrofian nuestra capacidad de reflexión. No ignoramos que la atmósfera en la que nos desenvolvemos es reacia al silencio, a la meditación, a la contemplación. Así, será muy difícil comprender el fervor que emplea aquí el Pseudo-Crisóstomo, a quien vemos íntimamente unido a Cristo luz. Cuando nuestra vida no testimonia a Cristo puede suceder que, quizá, nuestras actividades exteriores están condicionadas por una escasa actividad interior y la vida se sume en tinieblas porque falta la luz de la plegaria. Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios, ya que por ella nos ponemos en contacto inmediato con él; y, del mismo modo que nuestros ojos corporales son iluminados al recibir la luz, así también nuestro espíritu, al fijar su atención en Dios, es iluminado con su luz inefable. Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón; que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche. Conviene, en efecto, que la atención de nuestra mente no se limite a concentrarse en Dios de modo repentino, en el momento en que nos decidimos a orar, sino que hay que procurar también que cuando está ocupada en otros menesteres, como el cuidado de los pobres o las obras útiles de beneficencia u otros cuidados cualesquiera, no prescinda del deseo y el recuerdo de Dios, de modo que nuestras obras, como condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un manjar suavísimo para el Señor de todas las cosas. Y también nosotros podremos gozar, en todo momento de nuestra vida, de las ventajas que de ahí resultan, si dedicamos mucho tiempo al Señor. La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables, deseando la leche divina, como un nifio que, llorando, llama a su madre; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible. La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo. Me refiero, en efecto, a aquella oración que no consiste en palabras, sino más bien en el deseo de Dios, en una piedad inefable, que no procede de los hombres, sino de la gracia divina,"' acerca de la cual dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo aboga por nosotros con gemidos que no pueden ser expresados en palabras. Semejante oración, si nos la concede Dios, es de gran valor y no ha de ser despreciada; es un manjar celestial que satisface al alma; el que lo ha gustado, se inflama en el deseo eterno de Dios, como en un fuego ardentísimo que inflama su espíritu. Para que alcance en ti su perfección, pinta tu casa interior con la moderación y la humildad, hazla resplandeciente con la luz de la justicia, adórnala con buenas obras, como con excelentes láminas de metal, y decórala con la fe y la grandeza de ánimo, a manera de paredes y mosaicos; por encima de todo coloca la oración, como el techo que corona y pone fin al edificio, para disponer así una mansión acabada para el Señor y poderlo recibir como en una casa regia y espléndida, poseyéndolo por la gracia como una imagen colocada en el templo del alma.

  1. http://groups.msn.com/CATOLICOSAPOSTOLICOSYROMANOS/general.msnw?action=get_message&mview=0&ID_Message=43036&all_topics=0
  2. http://www.geocities.com/iglesia_catolica/cuaresma/cuaresmainicio.html#Meditaciones
  3. http://www.geocities.com/iglesia_catolica/cuaresma/viernesceniza.html

jueves, 7 de febrero de 2008

Meditación Jueves después de Ceniza

De los Sermones de San León Magno, papa

La purificación espiritual por el ayuno y la misercordia

En este discurso, que la Liturgia de las Horas sitúa en el atrio mismo de la Cuaresma, San León Magno nos invita a practicar la caridad hacia todos y a convertirnos por medio del ayuno y de las obras de misericordia. Son nociones básicas, pero su recuerdo, en el tiempo que nos aprestamos a vivir será siempre oportuno.
En todo tiempo, amados hermanos, la misericordia del Señor llena la tierra, y todo fiel halla en la misma naturaleza motivo de adoración a Dios, ya que el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos nos hablan de la bondad y omnipotencia del que los ha creado, y la admirable belleza de los elementos puestos a nuestro servicio exige de la creatura racional el justo tributo de la acción de gracias.
Pero al volver de nuevo estos días, marcados de manera especial por los misterios de nuestra redención, y que preceden inmediatamente a la celebración de la Pascua, se nos intima una mayor diligencia en prepararnos con la purificación de nuestro espíritu.
En efecto, es propio de la fiesta de Pascua que toda la Iglesia se regocije por el perdón de sus pecados, y ello no sólo en los que renacerán por el sagrado bautismo, sino también en los que han sido ya anteriormente agregados a la porción de los hijos adoptivos,
Pues, si bien lo que nos hace hombres nuevos es principalmente el baño de regeneración, sin embargo, como nos es también necesaria a todos la cotidiana renovación contra la herrumbre de nuestra condición mortal, y nadie hay que no tenga el deber de afanarse continuamente por una mayor perfección, es necesario un esfuerzo por parte de todos para que el día de nuestra redención nos halle a todos renovados.
Por tanto, amados hermanos, lo que cada cristiano ha de hacer en todo tiempo ahora debemos hacerlo con más intensidad y entrega, para que así la institución apostólica de esta cuarentena de días logre su objetivo mediante nuestro ayuno, el cual ha de consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos.
Junto al razonable y santo ayuno, nada más provechoso que la limosna, denominación que incluye una extensa gama de obras de misericordia, de modo que todos los fieles son capaces de practicarla, por diversas que sean sus posibilidades. En efecto, con relación al amor que debemos a Dios y a los hombres, siempre está en nuestras manos la buena voluntad, que ningún obstáculo puede impedir. Los ángeles dijeron: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad,- con ello nos enseñaron que todo aquel que por amor se compadece de cualquier miseria ajena se enriquece, no sólo con la virtud de su buena voluntad, sino también con el don de la paz.
Las obras de misericordia son variadísimas, y así todos los cristianos que lo son de verdad, tanto si son ricos como si son pobres, tienen ocasión de practicarlas a la medida de sus posibilidades; y aunque no todos puedan ser iguales en la cantidad de lo que dan, todos pueden serlo en su buena disposición.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Meditación Miércoles de Ceniza

Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris

Concédenos, Señor, la gracia de comenzar, con los santos ayunos, la carrera de la milicia cristiana: a fin de que, luchando contra la perversidad de los espíritus malignos, seamos protegidos por las armas de la continencia. Por Jesucristo Nuestro Señor.
Amén.

A imitación de los Ninivitas, los cuales hicieron penitencia bajo la ceniza y el cilicio, la Santa Iglesia, para domar nuestro orgullo y recordarnos la sentencia de muerte que sobre nosotros recae en pena del pecado, pone hoy ceniza sobre nuestras cabezas, diciendo: "Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris" (Acuérdate, hombre, que eres polvo y al polvo has de volver). Tenemos aquí el vestigio de una antigua ceremonia. Los cristianos que habían cometido algún pecado grave y público debían también someterse a pública penitencia, y para eso, el Miércoles de Ceniza, el Pontífice bendecía los cilicios que los penitentes iban a llevar puestos durante toda la Santa Cuarentena, y les imponía la ceniza sacada de las palmas que habían servido el año anterior para la procesión de los Ramos. Luego, mientras los fieles rezaban los Salmos penitenciales, se "expulsaba a los penitentes del lugar santo, por causa de sus pecados, como había sido arrojado Adán del Paraíso por su desobediencia". Los penitentes no dejaban sus vestidos de penitencia, ni entraban en la iglesia hasta el Jueves Santo, después de haber sido reconciliados por los trabajos de la penitencia cuaresmal y por la confesión y absolución sacramentales.
El Papa Urbano VI, en el Concilio de Benevento (1.091) mandó que la ceniza fuese impuesta también a los simples fieles porque "Dios perdona los pecados a los que de ellos se duelen". "Es rico en misericordia para con los que a Él se vuelven de todo corazón por el ayuno, las lágrimas y los gemidos". Y no hemos de desgarrar nuestros vestidos en señal de dolor, cual lo hacían los fariseos, sino nuestros corazones.
"Saquemos de la Eucaristía el auxilio de que hemos menester", a fin de que, "celebrando hoy la apertura solemne del ayuno sagrado", "terminemos la carrera con una devoción que nada sea capaz de turbar".

De la Carta de San Clemente I, Papa, a los CorintiosConvertíos

En este día singular, es muy oportuno recordarlo: estamos necesitados de misericordia. Pero la misericordia de Dios y nuestra penitencia han de entenderse rectamente. Para Dios, la misericordia equivale a amarnos ocupándose de nosotros más allá de toda ley, es decir, con su amor. Para nosotros, penitencia es reconocer que somos amados, a la vez que descubrimos cuán leíos nos hallamos de su amor. Los trabajos cuaresmales que hoy nos disponemos a iniciar suponen un descubrir el amor de Dios y aprender a querer como él nos quiere.
Fijémonos atentamente en la sangre de Cristo y démonos cuenta de cuán valiosa es a los ojos del Dios y Padre suyo, ya que, derramada por nuestra salvación, ofreció a todo el mundo la gracia de la conversión.
Recorramos todas las etapas de la historia y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a él. Noé predicó la penitencia, y los que le hicieron caso se salvaron. Jonás anunció la destrucción a los ninivitas, pero ellos, haciendo penítencía de sus pecados, aplacaron la ira de Dios con sus plegarias y alcanzaron la salvación, a pesar de que no pertenecían al pueblo de Dios.
Los ministros de la gracia divina, inspirados por el Espíritu Santo, hablaron acerca de la conversión. El mismo Señor de todas las cosas habló también de la conversión, avalando sus palabras con juramento: Por mi vida dice el Señor, no me complazco en la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta,añadiendo además aquellas palabras tan conocidas: Cesad de obrar inal, casa de Israel. Di a los hijos de mi pueblo: «Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como la grana y rojos conio escarlata, si os convertís a mí de lodo corazón y decís: "Padre", os escucharé como a mi pueblo santo que sois.»
Queriendo, pues, que todos los que él ama se beneficien de la conversión, confirmó aquella sentencia con su voluntad omnipotente.
Sometámonos, pues, a su espléndida y gloriosa voluntad, e, implorando humildemente su misericordia y benignidad, refugiémonos en su clemencia, abandonando las obras vanas, las riñas Y la envidia, cosas que llevan a la muerte. Seamos, pues, hermanos, humildes de espíritu; abandonemos toda soberbia y altanería, toda insensatez, y pongamos por obra lo que está escrito, pues dice el Espíritu Santo: No se glorie el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su foirtaleza, no se glorie el rico de su riqueza, quien se glorie, que se glorie en el Señor, buscándolo a él y obrando el derecho y la justícia, recordando sobre todo las palabras del Señor Jesús, con las que enseña la equidad y la bondad.
En efecto, él dijo: Sed misericordiosos y alcanzaréis misericordia; perdonad y seréis perdonados, como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad y se os dará; no juzguéis y no seréis juzgados;en la medida en que seáis benignos,experimentaréis la benignidad; con la medida con que midáis se os medirá a vosotros.
Ajustemos nuestra conducta a estos mandatos y así, obedeciendo a sus palabras, comportémonos siempre con toda humildad. Dice, en efecto, la palabra de Dios: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.
De este modo, imitando las obras de tantos otros, grandes e ilustres, corramos de nuevo hacia la meta que se nos ha propuesto desde el principio y que es la paz; no perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece.

  1. http://groups.msn.com/CATOLICOSAPOSTOLICOSYROMANOS/general.msnw?action=get_message&mview=0&ID_Message=43036
  2. http://www.geocities.com/iglesia_catolica/cuaresma/cuaresmainicio.html

martes, 5 de febrero de 2008

MIéRCOLES DE CENIZA

Meménto, homo, quia pulvis es, et in púlverem revertéris.

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Emendémus in mélius, quæ ignoránter peccávimus: ne súbito præoccupáti die mortis, quærámus spátium pæniténtiæ, et inveníre non possímus. Atténde, Dómine, et miserére: quia peccávimus tibi. Adjuva nos, Deus salutáris noster: et propter honórem nóminis tui, Dómine, líbera nos. Atténde, Dómine, et miserére: quia peccávimus tibi.Glória Patri, et Fílio, et Spirítui Sancto. Atténde, Dómine.
Enmendémonos y mejorémonos en aquello en que por ignorancia hemos faltado: no sea que, sorprendidos por la muerte, busquemos el tiempo de arrepentirnos y no podamos encontrarlo. Óyenos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra Ti. Ayúdanos, oh Dios Salvador nuestro; y líbranos por la gloria de tu nombre. Óyenos, Señor. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Óyenos, Señor.