viernes, 8 de febrero de 2008

Meditación para el Viernes después de Ceniza

De las Homilías del Pseudo-Crisóstomo
La oraciós es luz del alma

A lo largo de la Edad Media, muchos sermones y otros escritos anónimos han visto la luz con el nombre de los grandes predicadores antiguos. San Juan Crisóstomo arrastra en pos de sí, como si se tratara de un cometa, una larga cola de obras falsamente atribuidas a su pluma, principalmente sermones. En el Leccionario del Oficio de lectura encontramos dos casos: el de hoy y el lunes de la 2ª semana de Pascua: éste último lo trató en su lugar. Por lo que se refiere a la lectura de este primer viernes cuaresmal, el autor parece contemporáneo de San Juan Crisóstomo: alguno, con argumentos no del todo convincentes, ha intentado atribuir este fragmento a Nestorio. GLOSA El autor de la homilía nos ofrece una catequesis entusiasmante en torno a la riqueza y prestancia de la oración. Pero para orar es preciso desprenderse de impaciencias y prisas, que atrofian nuestra capacidad de reflexión. No ignoramos que la atmósfera en la que nos desenvolvemos es reacia al silencio, a la meditación, a la contemplación. Así, será muy difícil comprender el fervor que emplea aquí el Pseudo-Crisóstomo, a quien vemos íntimamente unido a Cristo luz. Cuando nuestra vida no testimonia a Cristo puede suceder que, quizá, nuestras actividades exteriores están condicionadas por una escasa actividad interior y la vida se sume en tinieblas porque falta la luz de la plegaria. Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios, ya que por ella nos ponemos en contacto inmediato con él; y, del mismo modo que nuestros ojos corporales son iluminados al recibir la luz, así también nuestro espíritu, al fijar su atención en Dios, es iluminado con su luz inefable. Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón; que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche. Conviene, en efecto, que la atención de nuestra mente no se limite a concentrarse en Dios de modo repentino, en el momento en que nos decidimos a orar, sino que hay que procurar también que cuando está ocupada en otros menesteres, como el cuidado de los pobres o las obras útiles de beneficencia u otros cuidados cualesquiera, no prescinda del deseo y el recuerdo de Dios, de modo que nuestras obras, como condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un manjar suavísimo para el Señor de todas las cosas. Y también nosotros podremos gozar, en todo momento de nuestra vida, de las ventajas que de ahí resultan, si dedicamos mucho tiempo al Señor. La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables, deseando la leche divina, como un nifio que, llorando, llama a su madre; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible. La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo. Me refiero, en efecto, a aquella oración que no consiste en palabras, sino más bien en el deseo de Dios, en una piedad inefable, que no procede de los hombres, sino de la gracia divina,"' acerca de la cual dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo aboga por nosotros con gemidos que no pueden ser expresados en palabras. Semejante oración, si nos la concede Dios, es de gran valor y no ha de ser despreciada; es un manjar celestial que satisface al alma; el que lo ha gustado, se inflama en el deseo eterno de Dios, como en un fuego ardentísimo que inflama su espíritu. Para que alcance en ti su perfección, pinta tu casa interior con la moderación y la humildad, hazla resplandeciente con la luz de la justicia, adórnala con buenas obras, como con excelentes láminas de metal, y decórala con la fe y la grandeza de ánimo, a manera de paredes y mosaicos; por encima de todo coloca la oración, como el techo que corona y pone fin al edificio, para disponer así una mansión acabada para el Señor y poderlo recibir como en una casa regia y espléndida, poseyéndolo por la gracia como una imagen colocada en el templo del alma.

  1. http://groups.msn.com/CATOLICOSAPOSTOLICOSYROMANOS/general.msnw?action=get_message&mview=0&ID_Message=43036&all_topics=0
  2. http://www.geocities.com/iglesia_catolica/cuaresma/cuaresmainicio.html#Meditaciones
  3. http://www.geocities.com/iglesia_catolica/cuaresma/viernesceniza.html