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sábado 28 de junio de 2008

Homilía de S.S. Benedicto XVI con motivo de la apertura del año paulino

Compartimos la Homilía de S.S. Benedicto XVI con motivo de la apertura del año paulino, la homilía está tomada del sitio oficial de "Radio Vaticana", puden verse imágenes de ella en el sitio del New Liturgial Movement que linkeamos mas abajo, en la imagen que presentamos se puede ver a S.S. el Papa Benedicto en su trono, a la izquierda, sin salir por completo, el cismático Patriarca Ecuménico Ortodoxo de Constantinopla, Bartolomé I :

Santidad y delegados fraternos
Señores cardenales,
venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas,

Estamos reunidos ante la tumba de san Pablo, quien nació, hace dos mil años, en Tarso de Cilicia, en la actual Turquía. ¿Quien era este Pablo? En el templo de Jerusalén, frente a la multitud agitada que quería matarlo, el se presenta a sì mismo con estas palabras: «Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios…. Al final de su camino dirá de sí: “yo he sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad. Maestro de los gentiles, apóstol y pregonero de Jesucristo, así él se caracteriza a sí mismo en una mirada retrospectiva del recorrido de su vida. Pero con ello, la mirada no va sólo hacia el pasado. “Maestro de los gentiles- esta palabra se abre hacia el futuro, hacia todos los pueblos y todas las generaciones. Pablo no es para nosotros una figura del pasado, que recordamos con veneración. Él es también nuestro maestro, apóstol y anunciador de Jesucristo también para nosotros.

Por lo tanto, estamos reunidos no para reflexionar sobre una historia pasada, irrevocablemente superada. Pablo quiere hablar con nosotros, hoy. Por esto he querido convocar este especial “Año paulino”: para escucharlo y tomar ahora de èl, como nuestro maestro, en la fe y la verdad, en la cual están radicadas las razones de la unidad entre los discípulos de Cristo. En esta perspectiva he querido encender, para este bimilenario del nacimiento del Apóstol, una especial “Llama paulina”, que permanecerá encendida durante todo el año, en un especial bracero colocado en el pórtico de la basílica. Para solemnizar esta recurrencia he inaugurado también la llamada “Puerta Paulina”, a través de la cual he entrado en la basílica acompañado por el patriarca de Constantinopla, el cardenal Arcipreste y por otras autoridades religiosas.

Es para mi motivo de una íntima alegría que la apertura del Año paulino asuma un particular carácter ecuménico por la presencia de numerosos delegados y representantes de otras iglesias y Comunidades eclesiales, que acojo con el corazón abierto. Saludo en primer lugar a Su santidad el patriarca Bartolomé I y a los miembros de la delegación que los acompaña, así como al nutrido grupo de laicos de varias partes del mundo que han venido a Roma para vivir con Él y con todos nosotros estos momentos de oración y de reflexión. Saludo a los Delegados Fraternos de las Iglesias que tienen un vínculo particular con el apóstol Pablo- Jerusalén, Antioquia, Chipre, Grecia- y que forman el ambiente geográfico de la vida del Apóstol antes de su llegada a Roma. Saludo cordialmente a los Hermanos de las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales de Oriente y de Occidente, junto a todos ustedes he querido tomar parte de este solemne inicio del Año dedicado al Apóstol de los gentiles.

Estamos, entonces, reunidos para interrogarnos sobre el gran Apóstol de los gentiles. Nos preguntamos, no solo: ¿Quién era Pablo? Nos preguntamos sobretodo: ¿Quién es Pablo?, ¿Qué me dice? En esta hora, del inicio del Año paulino que estamos inaugurando, quisiera elegir de del rico testimonio del Nuevo testamento tres textos, en los cuales aparece su fisonomía interior, lo específico de su carácter. En la Carta a los Gálatas, él nos ha donado una profesión de fe muy personal, en la cual abre su corazón frente a los lectores de todos los tiempos y revela cual es el resorte más íntimo de su vida “Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Todo aquello que hace Pablo, parte de este centro. Su fe es la experiencia del ser amado por Jesucristo de manera totalmente personal; es la conciencia del hecho que Cristo ha enfrentado la muerte no por algo anónimo, sino por amor a él- a Pablo- y que, como resucitado, lo ama todavía, que Cristo se ha donado por él. Su fe es el ser alcanzado por el amor de Jesucristo, un amor que lo perturba hasta lo más íntimo y lo transforma. Su fe no es una teoría, una opinión sobre Dios o sobre el mundo. Su fe es el impacto del amor de Dios sobre su corazón. Y así, esta misma fe es amor por Jesucristo.

Por muchos, Pablo es presentado como un hombre combativo que sabe manejar la espada de la palabra. De hecho, sobre su camino de apóstol no faltaron las disputas. No buscó una armonía superficial. En su primera carta, aquella dirigida a los tesalonicenses, el mismo dice: “tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas….Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia..”. La verdad era para él demasiado grande para estar dispuesto a sacrificarla en vista de un éxito exterior. La verdad que había experimentado en el encuentro con el Resucitado ameritaba para él la lucha, la persecución, el sufrimiento. Pero lo que lo motivaba en lo más profundo, era el ser amado por Jesucristo y el deseo de transmitir a otros este amor. Pablo era alguien capaz de amar, y todo su obrar y sufrir se explica a partir de este centro. Los conceptos fundados en su anuncio se comprenden únicamente en base a esto. Tomemos solamente una de sus palabras claves: la libertad. La experiencia del ser amado hasta el final por Cristo le había abierto los ojos sobre la verdad y sobre el camino de la existencia humana –esa experiencia abrazaba todo. Pablo era libre como hombre amado por Dios que, en virtud de Dios, estaba en capacidad de amar junto con Él. Este amor es ahora la “ley” de su vida y justamente así es la libertad de su vida. Él habla y actúa movido por la responsabilidad del amor, el es libre, y dado que es uno que ama, el vive totalmente en la responsabilidad de este amor y no toma la libertad como pretexto para el albedrío y el egoísmo. En el mismo espíritu Agustín ha formulado la frase luego famosa: ama y has lo que quieras. Quien ama a Cristo como lo ha amado pablo, puede verdaderamente hacer lo que quiere, porque su amor está unido a la voluntad de Cristo, y por ende, a la voluntad de Dios; porque su voluntad está anclada en la verdad y porque su voluntad no es más que simplemente su voluntad, arbitrio de su yo autónomo, sino que está integrada a la libertad de Dios y de ella recibe el camino que recorrer.

En la búsqueda de la fisonomía interior de San Pablo, quisiera, en segundo lugar, recordar la palabra que Cristo resucitado le dirige sobre el camino de damasco. Antes el Señor le pregunta: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?» El respondió: «¿Quién eres, Señor?» Y le es dada la respuesta: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues”.Persiguiendo a la Iglesia, Pablo persigue al mismo Jesús. “Tu me persigues”. Jesús se identifica con la Iglesia en un solo sujeto. En esta exclamación del resucitado, que transformó la vida de Saúl, en el fondo está contenida toda la doctrina sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Cristo no se ha retirado en el Cielo, dejando sobre la tierra una secuela de seguidores que llevan adelante su causa. La Iglesia no es una asociación que quiere promover una cierta causa. En ella no se trata de una causa. En ella se trata de la persona de Jesucristo, que también como Resucitado permaneció “carne”. Él tiene carne y huesos”, lo afirma en Lucas el Resucitado frente a los discípulos que lo habían considerado un fantasma. Èl tiene un cuerpo. Está personalmente presente en la Iglesia, “Cabeza y Cuerpo” forman un único sujeto, diría Agustín. “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?, escribe pablo a los Corintios. Y agrega: como según el Libro del Génesis, el hombre y la mujer se hacen una sola carne, así Cristo con los suyos se hace un sólo espíritu, un único sujeto en el mundo nuevo de la resurrección. En todo esto, se visualiza el misterio eucarístico, en el cual Cristo dona continuamente su Cuerpo y hace de nosotros su Cuerpo: “el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan”. Con estas palabras se dirige a nosotros, en este momento, no sólo Pablo, mas el Señor mismo: ¿Cómo habéis podido lacerar mi Cuerpo? Frente al rostro de Cristo, esta palabra se convierte al mismo tiempo en una petición urgente: Vuelve a juntarnos de todas las divisiones. Haz que hoy se haga nuevamente realidad: Hay un sólo pan, por lo tanto, nosotros, a pesar de ser mucho, somos un sólo cuerpo. Para pablo la palabra Iglesia como Cuerpo de Cristo no es un parangón cualquiera. Va mucho más allá de un parangón. “¿Por qué me persigues?. Continuamente Cristo nos atrae hacia su Cuerpo, edifica su Cuerpo a partir del centro eucarístico, que para Pablo es el centro de la existencia cristiana, en virtud del cual todos, como también cada individuo puede de manera totalmente personal experimentar: Él me ha amado y ha se ha dado por mí.

Quisiera concluir con una palabra tardía de San Pablo, una exhortación a Timoteo desde la prisión, frente a la muerte. “Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio” dice el Apóstol a su discípulo. Esta palabra, que está al final de los caminos recorridos por el apóstol como un testamento, nos lleva hacia atrás, al comienzo de su misión. Mientras, después del su encuentro con el resucitado, pablo se encontraba ciego en su habitación en Damasco, Anania recibió el encargo de ir donde el perseguidor temido e imponerle las manos, para que recuperara la vista. A la objeción de Anania que este Saúl era un perseguidor peligroso de los cristianos, le es dada la respuesta: Este hombre debe llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre”. El encargo del anuncio y la llamada al sufrimiento por Cristo van inseparablemente juntas. La Llamada a ser el maestro de las gentes es al mismo tiempo e intrínsecamente una llamada al sufrimiento en la comunión con Cristo, que nos ha redimido mediante su Pasión. En un mundo en el que la mentira es potente, la verdad se paga con el sufrimiento. Quien quiere esquivar el sufrimiento, tenerlo alejado de sí, tiene alejada la vida misma y su grandeza; no puede ser servidor de la verdad y así servidor de la de. No hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia de sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Allí donde no hay nada que valga que por ello se sufra, también la misma vida pierde su valor. La eucaristía –el centro de nuestro ser cristianos- se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, ha nacido del sufrimiento del amor que en la Cruz encontró su culmen. Nosotros vivimos de este amor que dona. Eso nos da la valentía y la fuerza de sufrir con Cristo y por él, de este modo, sabiendo que justamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera. A la luz de todas las cartas de san Pablo vemos como en su camino de maestro de las gentes se ha cumplido la profecía de ananay en la ora de la llamada: “Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre”. Su sufrimiento lo hace creíble como maestro de verdad, que no busca su propio provecho, la propia gloria, el placer personal, mas se empeña pro Aquel que nos ha amado y nos se ha dado a sí mismo por todos nosotros

En esta hora en la que agradecemos al Señor, porque ha llamado a Pablo, haciéndolo luz de las gentes y maestro de todos nosotros, oramos: Danos también hoy el testimonio de la resurrección, tocado por tu amor y capaces de llevar la luz del Evangelio en nuestro tiempo. San Pablo ora por nosotros. Amen.
  1. http://www.radiovaticana.org/spa/Articolo.asp?c=215256
  2. http://thenewliturgicalmovement.blogspot.com/2008/06/solemn-vespers-for-inauguration-of.html

viernes 23 de mayo de 2008

Homilía de S.S. Benedicto XVI en Corpus Christi 2.008

Queridos hermanos y hermanas:

Tras el tiempo fuerte del año litúrgico, que centrándose en la Pascua se extiende durante tres meses --primero los cuarenta días de la Cuaresma, después los cincuenta días del Tiempo Pascual--, la liturgia nos permite celebrar tres fiestas que tienen un carácter "sintético": la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y por último el Sagrado Corazón de Jesús.

¿Cuál es el significado de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros.

Analicemos brevemente estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.

Reunirse en la presencia del Señor

El primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba "statio". Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí, para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de cuáles fueron los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades, a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y, a su alrededor, alrededor de la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues uno era el Cáliz bendecido y uno era el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura (Cf. 1 Corintios 10,16-17).

Pasa por la mente otra famosa expresión de Pablo: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). "¡Todos vosotros sois uno!". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.

Caminar con el Señor

El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras "parálisis", nos vuelve a levantar y nos hace "pro-ceder", nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo de sus enemigos, y había decidido dejarse morir (Cf. 1 Reyes 19,1-4). Pero Dios le despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: "Levántate y come -le dijo--, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 Reyes 19, 5.7). La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que para toda la humanidad resulta ejemplar. De hecho, la expresión "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Deuteronomio 8,3) es una afirmación universal, que se refiere a cada hombre en cuanto hombre. Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?

La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el "progreso", sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo.

Arrodillarse en adoración ante el Señor

Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los diez mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).

Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
  1. http://www.zenit.org/article-27377?l=spanish

jueves 27 de marzo de 2008

Homilía de S.S. Benedicto XVI en la Santa Misa Crismal de este Jueves Santo

Queridos hermanos y hermanas, cada año la Misa Crismal nos exhorta a entrar en ese “sí” a la llamada de Dios que hemos pronunciado en el día de nuestra Ordenación sacerdotal. "Adsum – eccomi!", hemos dicho como Isaías, cuando sintió la voz de Dios que preguntaba: "'A quién mandaré y quien irá por mí?". "¡Aquí estoy, mándame!", respondió Isaías (Is 6, 8). Luego el Señor mismo, mediante las manos del Obispo, nos impuso las manos y nosotros nos hemos ofrecido para llevar a cabo la misión que Él nos confiara. En forma sucesiva hemos recorrido muchos caminos en el marco de su llamada. Podemos afirmar siempre lo que san Pablo, luego de años de servicio al Evangelio (servicio muchas veces fatigoso y marcado por sufrimientos de todo género), escribió a los corintios: "Nuestro celo no disminuye en ese ministerio que, por la misericordia de Dios, nos ha sido confiado " (cf. 2 Cor 4, 1). "Nuestro celo no disminuye". Oremos en este día, para que ese celo se encienda siempre, para que se alimente permanentemente de la llama viva del Evangelio.

Al mismo tiempo, el Jueves Santo es para nosotros una ocasión para preguntarnos siempre de nuevo: 'A qué le hemos dicho “sí”? 'Qué es este “ser sacerdote de Jesucristo"? El Canon de nuestro Misal, que fue redactado probablemente ya a fines del siglo II en Roma, describe la esencia del ministerio sacerdotal con las palabras con las que se describía en el libro del Deuteronomio (18, 5. 7) la esencia del sacerdocio veterotestamentario: astare coram te et tibi ministrare [estar de pie en tu presencia y servirte]. En consecuencia, son dos las tareas que definen la esencia del ministerio sacerdotal: en primer lugar, el "estar frente al Señor". En el Libro del Deuteronomio esto se lee en el contexto del precepto previo, según el cual los sacerdotes no recibían ninguna porción de terreno en Tierra Santa, ya que ellos vivían de Dios y para Dios. No se ocupaban de las habituales labores necesarias para el sustento de la vida cotidiana. Su profesión era “estar delante del Señor” –contemplarLo, estar a Su disposición. De este modo, en definitiva, la frase indicaba una vida en la presencia de Dios y, con ello también, un ministerio en representación de los otros. Así como los otros cultivaban la tierra, de la que también vivía el sacerdote, de la misma manera éste mantenía el mundo abierto hacia Dios, debía vivir con la mirada dirigida a Él. Si esta frase se encuentra ahora en el Canon de la Misa, inmediatamente después de la consagración de los dones, luego de la entrada del Señor en la asamblea en oración, entonces esto indica para nosotros el estar delante del Señor presente, es decir, indica a la Eucaristía como centro de la vida sacerdotal. Pero también aquí lo señalado va más allá. En el himno de la Liturgia de las Horas que durante la cuaresma introduce el Oficio de Lecturas –el Oficio que en la vida monástica se rezaba durante la hora de la vigilia nocturna, delante de Dios y por los hombres – se describe una de las obligaciones de la cuaresma con el imperativo: arctius perstemus in custodia – permanezcamos en guardia en la forma más profunda. En la tradición del monacato sirio, los monjes eran caracterizados como “los que están de pie”; el estar de pie era la expresión de la actitud vigilante. Lo que aquí se consideraba que era deber de los monjes, podemos verlo también con razón como expresión de la misión sacerdotal y como interpretación justa de la frase del Deuteronomio: el sacerdote debe ser alguien que vigila, debe estar en guardia frente a las potencias apremiantes del mal. Debe mantener despierto al mundo para Dios. Debe ser alguien que está de pie: erguido frente a las corrientes de la época; erguido en la verdad; erguido en el esfuerzo a favor del bien. En el sentido más profundo, estar delante del Señor debe ser siempre también un hacerse cargo de los hombres en el Señor, quien a su vez se hace cargo de todos nosotros en el Padre. Y debe ser un hacerse cargo de Él, de Cristo, de su palabra, de su verdad, de su amor. El sacerdote debe ser recto, impávido y dispuesto a recibir ultrajes a causa del Señor, como muestra el libro de los Hechos de los Apóstoles: ellos estaban “contentos de haber sido ultrajados, por amar el nombre de Jesús" (5, 41).

Pasemos ahora a la segunda frase, la que el Canon retoma del texto del Antiguo Testamento – "estar delante de ti y servirte". El sacerdote debe ser una persona recta, vigilante, una persona que está erguida. A todo esto se agrega entonces el servir. En el texto veterotestamentario, esta frase tiene un significado esencialmente ritual: a los sacerdotes se les reservaba todas las acciones del culto previstas por la Ley. Pero este obrar según el rito era catalogado como servicio, como una labor de servicio, y así se explica con qué espíritu debían ejercerse esas actividades. Al asumir la palabra “servir” en el Canon, este significado litúrgico del término se adopta en un cierto modo, en forma acorde a la novedad del culto cristiano. Lo que el sacerdote hace en ese momento, en la celebración de la Eucaristía, es servir, cumplir un servicio a Dios y un servicio a los hombres. El culto que Cristo ha efectuado al Padre ha sido el de ofrecerse hasta el extremo por los hombres. El sacerdote debe insertarse en este culto, en este servicio. De este modo, la palabra “servir” comporta muchas dimensiones. Por cierto, ante todo forma parte la recta celebración de la Liturgia y de los Sacramentos en general, realizada con la participación interior. Debemos aprender a comprender cada vez más la sagrada Liturgia en toda su esencia, desarrollar una viva familiaridad con ella, para que se convierta en el alma de nuestra vida cotidiana. Es así que celebramos en modo justo, es así que emerge desde sí el “ars celebrandi”, el arte de celebrar. En este arte no debe haber nada que sea artificial. Si la Liturgia es una labor central del sacerdote, significa también que la oración debe ser una realidad prioritaria que hay que aprender siempre de nuevo y cada vez más profundamente en la escuela de Cristo y de los santos de todas las épocas. Ya que la Liturgia cristiana, por su naturaleza es también siempre anuncio, debemos ser personas que tienen familiaridad con la Palabra de Dios, la aman y la viven. Sólo entonces podremos explicarla de modo adecuado. "Servir al Señor" – el servicio sacerdotal significa precisamente también aprender a conocer al Señor en su Palabra y hacerlo conocer a todos los que Él nos confía.

Por último, forman parte del servir también otros dos aspectos. Nadie está tan próximo a su señor como el siervo que tiene acceso a la dimensión más privada de su vida. En este sentido, “servir” significa vecindad, requiere familiaridad. Esta familiaridad conlleva también un peligro: que lo sagrado continuamente encontrado por nosotros se convierta para nosotros en algo habitual, con lo cual se apaga el temor reverencial. Condicionados por todas las costumbres, no percibimos más el hecho grande, nuevo y sorprendente: que Él mismo está presente, nos habla, se dona a nosotros. Debemos luchar sin tregua contra este acostumbramiento a la realidad extraordinaria, contra la indiferencia del corazón, reconociendo una y otra vez nuestra insuficiencia y la gracia que hay en el hecho que Él se pone así en nuestras manos. Servir significa vecindad, pero sobre todo significa también obediencia. El siervo está bajo la frase “¡no se haga mi voluntad, sino la tuya!” (Lc 22, 42). Con esta frase, Jesús ha librado en el Huerto de los Olivos la batalla decisiva contra el pecado, contra la rebelión del corazón caído. El pecado de Adán consistió precisamente en el hecho que él quiso realizar su voluntad y no la de Dios. La tentación de la humanidad es siempre la de querer ser totalmente autónoma, de seguir solamente la propia voluntad y de considerar que solamente así seríamos libres, que solamente gracias a una similar libertad sin límites el hombre sería completamente hombre. Pero justamente así nos ponemos en contra de la verdad, pues la verdad es que nosotros debemos compartir nuestra libertad con los otros y podemos ser libres únicamente en comunión con ellos. Esta libertad compartida puede ser verdadera libertad, sólo si con ella entramos en lo que constituye la medida misma de la libertad, si entramos en la voluntad de Dios. Esta obediencia fundamental que forma parte del ser humano - un ser no desde sí y sólo por sí mismo -, se torna todavía más concreta en el sacerdote: no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Él y a su Palabra que no podíamos concebir por nosotros solos. Anunciamos la Palabra de Cristo en una forma justa sólo en comunión con su Cuerpo. Nuestra obediencia es un creer con la Iglesia, un pensar y hablar con la Iglesia, un servir con ella. En esto se hace presente siempre también lo que Jesús predijo a Pedro: “serás llevado adonde no quieras”. Este hacerse guiar hacia donde no queremos es una dimensión esencial de nuestro servir, y es precisamente lo que nos hace libres. En este ser guiados, que puede ser contrario a nuestras ideas y proyectos, experimentamos lo nuevo: la riqueza del amor de Dios.

"Estar delante de Él y servirLo". Jesucristo, como el verdadero Sumo Sacerdote del mundo, ha otorgado a estas palabras una profundidad antes inimaginable. Él, que como Hijo era y es el Señor, ha querido convertirse en ese siervo de Dios que ha previsto la visión del Libro del profeta Isaías. Ha querido ser el siervo de todos. Ha representado la totalidad de su sumo sacerdocio en el gesto del lavado de los pies. Con el gesto del amor hasta el extremo, Él lava nuestros pies sucios, con la humildad de su servir nos purifica de la enfermedad de nuestra soberbia. De este modo nos hace capaces de convertirnos en comensales de Dios. Él ha descendido, y el verdadero ascenso del hombre se realiza ahora en nuestro descender con Él y hacia Él. Su elevación es la Cruz. Es el descenso más profundo y, como amor impulsado hasta el extremo, es al mismo tiempo la culminación del ascenso, la verdadera “elevación” del hombre. "Estar delante de Él y servirLo" significa ahora entrar en su llamada de siervo de Dios. La Eucaristía como presencia del descenso y ascenso de Cristo remite de este modo siempre, más allá de sí misma, a los múltiples modos del servicio del amor al prójimo. En este día, pidamos al Señor el don de poder decir nuevamente, en el sentido mencionado, nuestro “sí” a su llamada: “Aquí estoy. Mándame, Señor” (Is 6, 8). Amén.
  1. http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/195041?sp=y

miércoles 26 de marzo de 2008

Homilía de S.S. Benedicto XVI para el Domingo de Ramos 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Año tras año el pasaje evangélico del domingo de Ramos nos relata la entrada de Jesús en Jerusalén. Junto con sus discípulos y con una multitud creciente de peregrinos, había subido desde la llanura de Galilea hacia la ciudad santa. Como peldaños de esta subida, los evangelistas nos han transmitido tres anuncios de Jesús relativos a su Pasión, aludiendo así, al mismo tiempo, a la subida interior que se estaba realizando en esa peregrinación. Jesús está en camino hacia el templo, hacia el lugar donde Dios, como dice el Deuteronomio, había querido «fijar la morada» de su nombre (cf. Dt 12, 11; 14, 23).
El Dios que creó el cielo y la tierra se dio un nombre, se hizo invocable; más aún, se hizo casi palpable por los hombres. Ningún lugar puede contenerlo y, sin embargo, o precisamente por eso, él mismo se da un lugar y un nombre, para que él personalmente, el verdadero Dios, pueda ser venerado allí como Dios en medio de nosotros.
Por el relato sobre Jesús a la edad de doce años sabemos que amaba el templo como la casa de su Padre, como su casa paterna. Ahora, va de nuevo a ese templo, pero su recorrido va más allá: la última meta de su subida es la cruz. Es la subida que la carta a los Hebreos describe como la subida hacia una tienda no fabricada por mano de hombre, hasta la presencia de Dios. La subida hasta la presencia de Dios pasa por la cruz. Es la subida hacia «el amor hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1), que es el verdadero monte de Dios, el lugar definitivo del contacto entre Dios y el hombre.
Durante la entrada en Jerusalén, la gente rinde homenaje a Jesús como Hijo de David con las palabras del Salmo 118 de los peregrinos: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!» (Mt 21, 9). Después, llega al templo. Pero en el espacio donde debía realizarse el encuentro entre Dios y el hombre halla a vendedores de palomas y cambistas que ocupan con sus negocios el lugar de oración.
Ciertamente, los animales que se vendían allí estaban destinados a los sacrificios para inmolar en el templo. Y puesto que en el templo no se podían usar las monedas en las que estaban representados los emperadores romanos, que estaban en contraste con el Dios verdadero, era necesario cambiarlas por monedas que no tuvieran imágenes idolátricas. Pero todo esto se podía hacer en otro lugar: el espacio donde se hacía entonces debía ser, de acuerdo con su destino, el atrio de los paganos.
En efecto, el Dios de Israel era precisamente el único Dios de todos los pueblos. Y aunque los paganos no entraban, por decirlo así, en el interior de la Revelación, sin embargo en el atrio de la fe podían asociarse a la oración al único Dios. El Dios de Israel, el Dios de todos los hombres, siempre esperaba también su oración, su búsqueda, su invocación.
En cambio, entonces predominaban allí los negocios, legalizados por la autoridad competente que, a su vez, participaba en las ganancias de los mercaderes. Los vendedores actuaban correctamente según el ordenamiento vigente, pero el ordenamiento mismo estaba corrompido. «La codicia es idolatría», dice la carta a los Colosenses (cf. Col 3, 5). Esta es la idolatría que Jesús encuentra y ante la cual cita a Isaías: «Mi casa será llamada casa de oración» (Mt 21, 13; cf. Is 56, 7), y a Jeremías: «Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de ladrones» (Mt 21, 13; cf. Jr 7, 11). Contra el orden mal interpretado Jesús, con su gesto profético, defiende el orden verdadero que se encuentra en la Ley y en los Profetas.
Todo esto también nos debe hacer pensar a los cristianos de hoy: ¿nuestra fe es lo suficientemente pura y abierta como para que, gracias a ella también los "paganos", las personas que hoy están en búsqueda y tienen sus interrogantes, puedan vislumbrar la luz del único Dios, se asocien en los atrios de la fe a nuestra oración y con sus interrogantes también ellas quizá se conviertan en adoradores? La convicción de que la codicia es idolatría, ¿llega también a nuestro corazón y a nuestro estilo de vida? ¿No dejamos entrar, de diversos modos, a los ídolos también en el mundo de nuestra fe? ¿Estamos dispuestos a dejarnos purificar continuamente por el Señor, permitiéndole arrojar de nosotros y de la Iglesia todo lo que es contrario a él?
Sin embargo, en la purificación del templo se trata de algo más que de la lucha contra los abusos. Se anuncia una nueva hora de la historia. Ahora está comenzando lo que Jesús había anunciado a la samaritana a propósito de su pregunta sobre la verdadera adoración: «Llega la hora —ya estamos en ella— en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren» (Jn 4, 23). Ha terminado el tiempo en el que a Dios se inmolaban animales. Desde siempre los sacrificios de animales habían sido sólo una sustitución, un gesto de nostalgia del verdadero modo de adorar a Dios.
Sobre la vida y la obra de Jesús, la carta a los Hebreos puso como lema una frase del salmo 40: «No quisiste sacrificio ni oblación; pero me has formado un cuerpo» (Hb 10, 5). En lugar de los sacrificios cruentos y de las ofrendas de alimentos se pone el cuerpo de Cristo, se pone él mismo. Sólo «el amor hasta el extremo», sólo el amor que por los hombres se entrega totalmente a Dios, es el verdadero culto, el verdadero sacrificio. Adorar en espíritu y en verdad significa adorar en comunión con Aquel que es la verdad; adorar en comunión con su Cuerpo, en el que el Espíritu Santo nos reúne.
Los evangelistas nos relatan que, en el proceso contra Jesús, se presentaron falsos testigos y afirmaron que Jesús había dicho: «Yo puedo destruir el templo de Dios y en tres días reconstruirlo»(Mt 26, 61). Ante Cristo colgado de la cruz, algunos de los que se burlaban de él aluden a esas palabras, gritando: «Tú que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes, sálvate a ti mismo» (Mt 27, 40).
La versión exacta de las palabras, tal como salieron de labios de Jesús mismo, nos la transmitió san Juan en su relato de la purificación del templo. Ante la petición de un signo con el que Jesús debía legitimar esa acción, el Señor respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 18 s). San Juan añade que, recordando ese acontecimiento después de la Resurrección, los discípulos comprendieron que Jesús había hablado del templo de su cuerpo (cf. Jn 2, 21s).
No es Jesús quien destruye el templo; el templo es abandonado a su destrucción por la actitud de aquellos que, de lugar de encuentro de todos los pueblos con Dios, lo transformaron en «cueva de ladrones», en lugar de negocios. Pero, como siempre desde la caída de Adán, el fracaso de los hombres se convierte en ocasión para un esfuerzo aún mayor del amor de Dios en favor de nosotros.
La hora del templo de piedra, la hora de los sacrificios de animales, había quedado superada: si el Señor ahora expulsa a los mercaderes no sólo para impedir un abuso, sino también para indicar el nuevo modo de actuar de Dios. Se forma el nuevo templo: Jesucristo mismo, en el que el amor de Dios se derrama sobre los hombres. Él, en su vida, es el templo nuevo y vivo. Él, que pasó por la cruz y resucitó, es el espacio vivo de espíritu y vida, en el que se realiza la adoración correcta. Así, la purificación del templo, como culmen de la entrada solemne de Jesús en Jerusalén, es al mismo tiempo el signo de la ruina inminente del edificio y de la promesa del nuevo templo; promesa del reino de la reconciliación y del amor que, en la comunión con Cristo, se instaura más allá de toda frontera.
Al final del relato del domingo de Ramos, tras la purificación del templo, san Mateo, cuyo evangelio escuchamos este año, refiere también dos pequeños hechos que tienen asimismo un carácter profético y nos aclaran una vez más la auténtica voluntad de Jesús. Inmediatamente después de las palabras de Jesús sobre la casa de oración de todos los pueblos, el evangelista continúa así: «En el templo se acercaron a él algunos ciegos y cojos, y los curó». Además, san Mateo nos dice que algunos niños repetían en el templo la aclamación que los peregrinos habían hecho a su entrada de la ciudad: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mt 21, 14s).
Al comercio de animales y a los negocios con dinero Jesús contrapone su bondad sanadora. Es la verdadera purificación del templo. Él no viene para destruir; no viene con la espada del revolucionario. Viene con el don de la curación. Se dedica a quienes, a causa de su enfermedad, son impulsados a los extremos de su vida y al margen de la sociedad. Jesús muestra a Dios como el que ama, y su poder como el poder del amor. Así nos dice qué es lo que formará parte para siempre del verdadero culto a Dios: curar, servir, la bondad que sana.
Y están, además, los niños que rinden homenaje a Jesús como Hijo de David y exclaman «¡Hosanna!». Jesús había dicho a sus discípulos que, para entrar en el reino de Dios, deberían hacerse como niños. Él mismo, que abraza al mundo entero, se hizo niño para salir a nuestro encuentro, para llevarnos hacia Dios. Para reconocer a Dios debemos abandonar la soberbia que nos ciega, que quiere impulsarnos lejos de Dios, como si Dios fuera nuestro competidor. Para encontrar a Dios es necesario ser capaces de ver con el corazón. Debemos aprender a ver con un corazón de niño, con un corazón joven, al que los prejuicios no obstaculizan y los intereses no deslumbran. Así, en los niños que con ese corazón libre y abierto lo reconocen a él la Iglesia ha visto la imagen de los creyentes de todos los tiempos, su propia imagen.
Queridos amigos, ahora nos asociamos a la procesión de los jóvenes de entonces, una procesión que atraviesa toda la historia. Juntamente con los jóvenes de todo el mundo, vamos al encuentro de Jesús. Dejémonos guiar por él hacia Dios, para aprender de Dios mismo el modo correcto de ser hombres. Con él demos gracias a Dios porque con Jesús, el Hijo de David, nos ha dado un espacio de paz y de reconciliación que, con la sagrada Eucaristía, abraza al mundo. Invoquémoslo para que también nosotros lleguemos a ser con él, y a partir de él, mensajeros de su paz, adoradores en espíritu y en verdad, a fin de que en nosotros y a nuestro alrededor crezca su reino. Amén.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana
  1. http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2008/documents/hf_ben-xvi_hom_20080316_palm-sunday_sp.html

jueves 21 de febrero de 2008

Audiencia General de S.S. Benedicto XVI del Miércoles 20 de Febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos la catequesis sobre san Agustín, gran testigo de Cristo, muy querido por mis Predecesores y al que yo mismo he estudiado y meditado mucho. De su inmensa producción literaria, destacan algunas obras de capital importancia. Así las Confesiones, donde podemos seguir paso a paso su camino interior de conversión. También las Retractationes, en las cuales el obispo, ya anciano, hace una revisión de toda su obra escrita. En De civitate Dei, obra decisiva para el desarrollo del pensamiento político occidental y para la teología cristiana de la historia, presenta la historia de la humanidad gobernada por la divina Providencia. En De Trinitate trata sobre el principal núcleo de la fe cristiana y el De doctrina Cristiana es una verdadera introducción al cristianismo, que tuvo una importancia decisiva en la formación de la cultura occidental. Consciente de la necesidad de la divulgación del mensaje cristiano escribe el De catechizandis rudibus, dedicado a la instrucción de muchos cristianos analfabetos y el Psalmus contra partem Donati, de argumento doctrinal. En Enarrationes in Psalmos se hallan muchas homilías recogidas por taquígrafos durante las predicaciones del santo, cuya fama hizo que se divulgasen ampliamente y fuesen muy consultadas.

Palabras del Papa a los peregrinos presentes en la Basílica de San Pedro:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española aquí presentes. Que el camino de conversión cuaresmal sea una ocasión idónea para una auténtica renovación espiritual, a fin de avivar la fe y la relación de amistad con Dios y para un mayor compromiso evangélico. Con la certeza de que el amor es el estilo de vida que distingue a los creyentes, no os canséis de ser testigos de la caridad allí donde estéis. ¡Que Dios os bendiga!

Palabras del Papa a los peregrinos presentes en la Sala Pablo VI:

Saludo a los peregrinos de lengua española, especialmente a las Hijas de María Auxiliadora y a los estudiantes del Colegio Mater Salvatoris y Nuestra Señora del Huerto. Que en esta Cuaresma, el ejemplo de san Agustín, la lectura de sus obras, su mensaje y su camino interior os ayuden a un encuentro personal con Jesucristo que cambie totalmente vuestras vidas. ¡Muchas gracias!

  1. http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2008/documents/hf_ben-xvi_aud_20080220_sp.html

martes 19 de febrero de 2008

Angelus de S.S. Benedicto XVI Domingo II de Cuaresma

Queridos hermanos y hermanas:

Se concluyeron ayer, aquí, en el Palacio Apostólico, los ejercicios espirituales que, como todos los años, han congregado en la oración y en la meditación al Papa y a sus colaboradores de la Curia Romana. Doy las gracias a cuantos han estado espiritualmente cerca de nosotros: que el Señor les recompense por su generosidad.
Hoy, segundo domingo de Cuaresma, continuando con el camino penitencial, la liturgia, tras habernos presentado el domingo pasado el Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración en el monte. Considerados juntos ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preanuncia el gran duelo final de la Pasión, mientras la luz de su Cuerpo transfigurado anticipa la gloria de la Resurrección. Por una parte, vemos a Jesús plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; por otra, le contemplamos como Hijo de Dios, que diviniza nuestra humanidad.
De esta manera, podemos decir que estos dos domingos constituyen pilares sobre los que se apoya todo el edificio de la Cuaresma hasta la Pascua, es más, toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: de la muerte a la vida.
La montaña, el Tabor como el Sinaí, es el lugar de la cercanía con Dios. Es el lugar elevado respecto a la existencia cotidiana en el que se respira el aire puro de la creación. Es el lugar de la oración, donde se está en presencia del Señor, como Moisés y como Elías, que aparecen junto a Jesús transfigurado y hablan con él del «éxodo» que le espera en Jerusalén, es decir, de su Pascua. La Transfiguración es un acontecimiento de oración: al rezar, Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a Él, adhiere con su propia voluntad humana a la voluntad de amor del Padre, y de este modo la luz le penetra y aparece visiblemente la verdad de su ser: él es Dios, Luz de Luz. Incluso los vestidos de Jesús se vuelven blancos y resplandecientes.
Esto recuerda al Bautismo, el vestido blanco que llevan los neófitos. Quien renace en el Bautismo es revestido de luz, anticipando la existencia celestial, que el Apocalipsis representa con el símbolo de las vestiduras blancas (Cf. Apocalipsis 7, 9.13). Aquí está el punto crucial: la transfiguración anticipa la resurrección, pero ésta presupone la muerte. Jesús manifiesta a los apóstoles su gloria para que tengan la fuerza de afrontar el escándalo de la cruz, y comprendan que es necesario pasar a través de muchas tribulaciones para llegar al Reino de Dios.
La voz del Padre, que resuena en lo alto, proclama a Jesús como su Hijo predilecto, como en el bautismo del Jordán, añadiendo: «Escuchadle» (Mateo 17, 5). Para entrar en la vida eterna es necesario escuchar a Jesús, seguirle por el camino de la cruz, llevando en el corazón como Él la esperanza de la resurrección. «Spe salvi», salvados en la esperanza. Hoy podemos decir: «Transfigurados en la esperanza».
Dirigiéndonos ahora con la oración a María, reconocemos en ella a la criatura humana transfigurada interiormente por la gracia de Cristo y encomendémonos a su guía para recorrer con fe y generosidad el camino de la Cuaresma.

[Al final del Ángelus, el Papa saludó a los peregrinos en siete idiomas. En italiano comenzó diciendo:]
Sigo con preocupación las persistentes manifestaciones de tensión en el Líbano. Desde hace casi tres meses el país no logra escoger un jefe de Estado. Los esfuerzos para componer la crisis y el apoyo ofrecido por numerosos exponentes de relevancia de la comunidad internacional, aunque todavía no han logrado resultados, demuestran la intención de encontrar un presidente sentido como tal por todos los libaneses y de sentar los cimientos para superar las divisiones existentes. Por desgracia no faltan tampoco motivos de preocupación, sobre todo a causa de la inesperada violencia verbal o de cuantos ponen su confianza en la fuerza de las armas y en la eliminación física de los adversarios.
Junto al patriarca maronita y junto a todos los obispos libaneses os pido que os unáis a mi súplica a Nuestra Señora del Líbano para que aliente a los ciudadanos de esa querida nación y, en particular a los políticos, a trabajar con tenacidad a favor de la reconciliación, de un diálogo verdaderamente sincero, de la pacífica convivencia y del bien de una patria profundamente sentida como común.

[En español, dijo:]
Dirijo mi cordial saludo a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana, especialmente a los fieles provenientes de las parroquias de San Lorenzo y de Nuestra Señora del Rosario de La Unión (Murcia). En este segundo Domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar a Cristo, transfigurado en el monte Tabor, para que, iluminados por su Palabra, podamos vencer las pruebas cotidianas de la vida y ser en medio del mundo testigos de su gloria. ¡Muchas gracias!

[Al final, en su saludó en italiano, concluyó:]
Pienso de manera particular en los familiares de las personas desaparecidas el 4 de enero pasado en Venezuela, asegurándoles mi oración.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina © Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]
  1. http://www.zenit.org/article-26353?l=spanish

jueves 14 de febrero de 2008

Homilía de S.S. Benedicto XVI en la Santa Misa del Miércoles de Ceniza

SANTA MISA, BENDICIÓN E IMPOSICIÓN DE LA CENIZA
HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Basílica de Santa Sabina Miércoles de Ceniza, 6 de febrero de 2008

Queridos hermanos y hermanas:
Si el Adviento es, por excelencia, el tiempo que nos invita a esperar en el Dios que viene, la Cuaresma nos renueva en la esperanza en Aquel que nos hace pasar de la muerte a la vida. Ambos son tiempos de purificación —lo manifiesta también el color litúrgico que tienen en común—, pero de modo especial la Cuaresma, toda ella orientada al misterio de la Redención, se define como «camino de auténtica conversión» (Oración colecta).
Al inicio de este itinerario penitencial, quiero reflexionar brevemente sobre la oración y el sufrimiento como aspectos característicos del tiempo litúrgico cuaresmal. A la práctica de la limosna ya dediqué el Mensaje para la Cuaresma, publicado la semana pasada.
En la encíclica Spe salvi puse de relieve que la oración y el sufrimiento, juntamente con el obrar y el juicio, son «lugares de aprendizaje y de ejercicio de la esperanza». Por tanto, podríamos afirmar que el tiempo cuaresmal, precisamente porque invita a la oración, a la penitencia y al ayuno, constituye una ocasión providencial para hacer más viva y firme nuestra esperanza.
La oración alimenta la esperanza, porque nada expresa mejor la realidad de Dios en nuestra vida que orar con fe. Incluso en la soledad de la prueba más dura, nada ni nadie pueden impedir que nos dirijamos al Padre «en lo secreto» de nuestro corazón, donde sólo él «ve», como dice Jesús en el Evangelio (cf. Mt 6, 4. 6. 18).
Vienen a la mente dos momentos de la existencia terrena de Jesús, que se sitúan uno al inicio y otro casi al final de su vida pública: los cuarenta días en el desierto, sobre los cuales está calcado el tiempo cuaresmal, y la agonía en Getsemaní. Ambos son esencialmente momentos de oración. Oración en diálogo con el Padre, a solas, de tú a tú, en el desierto; oración llena de «angustia mortal» en el Huerto de los Olivos. Pero en ambas circunstancias, orando, Cristo desenmascara los engaños del tentador y lo derrota. Así, la oración se muestra como la primera y principal «arma» para «afrontar victoriosamente el combate contra las fuerzas del mal» (Oración colecta). La oración de Cristo alcanza su culmen en la cruz, expresándose en las últimas palabras que recogieron los evangelistas. Cuando parece lanzar un grito de desesperación: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado» (Mt 27, 46; Mc 15, 34; cf. Sal 21, 1), en realidad Cristo hace suya la invocación del que, asediado por sus enemigos, sin escapatoria, sólo tiene a Dios para dirigirse y, por encima de todas las posibilidades humanas, experimenta su gracia y su salvación.
Con esas palabras del Salmo, primero de un hombre abrumado por el sufrimiento y, después, del pueblo de Dios inmerso en sus sufrimientos por la aparente ausencia de Dios, Jesús hace suyo ese grito de la humanidad que sufre por la aparente ausencia de Dios y lleva este grito al corazón del Padre. Al orar así en esta última soledad, junto con toda la humanidad, nos abre el corazón de Dios.
Así pues, no hay contradicción entre esas palabras del Salmo 21 y las palabras llenas de confianza filial: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46; cf. Sal 30, 6). También estas palabras están tomadas de un Salmo, el 30, imploración dramática de una persona que, abandonada por todos, se pone segura en manos de Dios.
La oración de súplica llena de esperanza es, por tanto, el leit motiv de la Cuaresma y nos hace experimentar a Dios como única ancla de salvación. Aun cuando sea colectiva, la oración del pueblo de Dios es voz de un solo corazón y de una sola alma; es diálogo «de tú a tú», como la conmovedora imploración de la reina Ester cuando su pueblo estaba a punto de ser exterminado: «Mi Señor y Dios nuestro, tú eres único. Ven en mi socorro, que estoy sola y no tengo socorro sino en ti, y mi vida está en gran peligro» (Est 4, 17 l). Ante un «gran peligro» hace falta una esperanza más grande, y esta esperanza es sólo la que puede contar con Dios.
La oración es un crisol en el que nuestras expectativas y aspiraciones son expuestas a la luz de la palabra de Dios, se sumergen en el diálogo con Aquel que es la verdad y salen purificadas de mentiras ocultas y componendas con diversas formas de egoísmo (cf. Spe salvi, 33). Sin la dimensión de la oración, el yo humano acaba por encerrarse en sí mismo, y la conciencia, que debería ser eco de la voz de Dios, corre el peligro de reducirse a un espejo del yo, de forma que el coloquio interior se transforma en un monólogo, dando pie a mil auto-justificaciones.
Por eso, la oración es garantía de apertura a los demás. Quien se abre a Dios y a sus exigencias, al mismo tiempo se abre a los demás, a los hermanos que llaman a la puerta de su corazón y piden escucha, atención, perdón, a veces corrección, pero siempre con caridad fraterna. La verdadera oración nunca es egocéntrica; siempre está centrada en los demás. Como tal, lleva al que ora al «éxtasis» de la caridad, a la capacidad de salir de sí mismo para hacerse prójimo de los demás en el servicio humilde y desinteresado.
La verdadera oración es el motor del mundo, porque lo tiene abierto a Dios. Por eso, sin oración no hay esperanza, sino sólo espejismos. En efecto, no es la presencia de Dios lo que aliena al hombre, sino su ausencia: sin el verdadero Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, las esperanzas se transforman en espejismos, que llevan a evadirse de la realidad. En cambio, hablar con Dios, permanecer en su presencia, dejarse iluminar y purificar por su palabra, nos introduce en el corazón de la realidad, en el íntimo Motor del devenir cósmico; por decirlo así, nos introduce en el corazón palpitante del universo.
En conexión armónica con la oración, también el ayuno y la limosna pueden considerarse lugares de aprendizaje y ejercicio de la esperanza cristiana. Los santos Padres y los escritores antiguos solían subrayar que estas tres dimensiones de la vida evangélica son inseparables, se fecundan recíprocamente y llevan tanto mayor fruto cuanto más se corroboran mutuamente. Gracias a la acción conjunta de la oración, el ayuno y la limosna, la Cuaresma forma a los cristianos para ser hombres y mujeres de esperanza, a ejemplo de los santos.
Ahora quiero reflexionar brevemente también sobre el sufrimiento, pues, como escribí en la encíclica Spe salvi, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad» (n. 38). La Pascua, hacia la cual se orienta la Cuaresma, es el misterio que da sentido al sufrimiento humano, partiendo de la sobreabundancia de la com-pasión de Dios, realizada en Jesucristo.
Por consiguiente, el camino cuaresmal, al estar totalmente impregnado de la luz pascual, nos hace revivir lo que aconteció en el corazón divino-humano de Cristo mientras subía a Jerusalén por última vez, para ofrecerse a sí mismo en expiación (cf. Is 53, 10). A medida que Jesús se acercaba a la cruz, el sufrimiento y la muerte bajaban como tinieblas, pero también se avivaba la llama del amor. En efecto, el sufrimiento de Cristo está totalmente iluminado por la luz del amor (cf. Spe salvi, 38): el amor del Padre que permite al Hijo afrontar con confianza su último «bautismo», como él mismo define el culmen de su misión (cf. Lc 12, 50).
Ese bautismo de dolor y de amor, Jesús lo recibió por nosotros, por toda la humanidad. Sufrió por la verdad y la justicia, trayendo a la historia de los hombres el evangelio del sufrimiento, que es la otra cara del evangelio del amor. Dios no puede padecer, pero puede y quiere com-padecer. Por la pasión de Cristo puede entrar en todo sufrimiento humano la con-solatio, «el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza» (Spe salvi, 39).
Al igual que sucede con respecto a la oración, también por lo que atañe al sufrimiento la historia de la Iglesia está llena de testigos que se entregaron sin medida por los demás, a costa de duros sufrimientos. Cuanto mayor es la esperanza que nos anima, tanto mayor es también en nosotros la capacidad de sufrir por amor de la verdad y del bien, ofreciendo con alegría las pequeñas y grandes pruebas de cada día e insertándolas en el gran com-padecer de Cristo (cf. ib., 40).
Que en este camino de perfección evangélica nos ayude María, cuyo corazón inmaculado, juntamente con el de su Hijo, fue traspasado por la espada del dolor. Precisamente en estos días, recordando el 150° aniversario de las apariciones de la Virgen en Lourdes, se nos invita a meditar en el misterio de la participación de María en los dolores de la humanidad. Al mismo tiempo se nos exhorta a encontrar consuelo en el «tesoro de compasión» (ib.) de la Iglesia, al que ella contribuyó más que cualquier otra criatura.
Iniciemos, por tanto, la Cuaresma en unión espiritual con María, que «avanzó en la peregrinación de la fe» siguiendo a su Hijo (cf. Lumen gentium, 58) y siempre precede a los discípulos en el itinerario hacia la luz pascual. Amén.
  1. Imágenes: http://www.vatican.va/news_services/liturgy/photogallery/2008/06022008/index.html
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  1. http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2008/documents/hf_ben-xvi_hom_20080206_ash-wednesday_sp.html
  2. http://groups.msn.com/CATOLICOSAPOSTOLICOSYROMANOS/general.msnw?action=get_message&mview=0&ID_Message=43077