jueves, 10 de abril de 2008

La América de Benedicto XVI, modelo para la Europa católica

Reproducimos el articulo de nombre enunciado aparecido en chiesa este 4 de abril:

La América de Benedicto XVI, modelo para la Europa católica
La agenda del viaje papal a los Estados Unidos. Y un sondeo del Pew Forum. Sobre la nación en las que las religiones son las más cambiantes del mundo, ganando y perdiendo fieles a diario

por Sandro Magister

ROMA, 4 de abril del 2008 – Cuando a mediados de abril Benedicto XVI aterrizará en el aeropuerto militar de la Andrews Air Force Base de Washington, los Estados Unidos pasarán a la cabeza en la clasificación de los países más visitados por los Papas. Igualados con Polonia en número de visitas: nueve. E igual a Turquía en número de Papas visitantes, tres, antes que él sus dos predecesores, Pablo VI y Juan Pablo II.

Este último, viajero desenfrenado, giró a lo largo y ancho de los Estados Unidos. En su primera visita, en el 1979, en siete días tocó siete ciudades y pronunció 63 discursos. El más tranquilo Joseph Ratzinger, también en siete días, sólo hará dos paradas. En Washington – donde el 16 de abril se reunirá con George W. Bush en la Casa Blanca – y en Nueva York, donde pronunciará solamente 11 discursos. Pero de estos, aunque sólo anunciados, al menos dos ya hacen temblar, después que en Ratisbona el actual Papa ha mostrado al mundo las movidas temerarias de las que es capaz. Serán el discurso del 17 de abril, en Washington, a los representantes del judaísmo, del Islam y de otras religiones, y el del 18 de abril, en Nueva York, a la asamblea general de las Naciones Unidas.

En Ratisbona, Benedicto XVI denunció como errores capitales del mundo de hoy la separación de la fe de la razón, de lo que acusó al Islamismo, y la pérdida de la fe en la razón, que en cambió imputó a la cultura dominante en Europa y en América. Desde la tribuna de la ONU, se puede apostar que dará un paso más, ofrecerá al mundo la gramática de la paz fundada sobre la ley natural, sobre los derechos inviolables esculpidos en la conciencia de cada hombre y en la “Declaración universal” de la que se celebra precisamente en el 2008 su sesenta aniversario.

Previsión fácil, si sólo se está atento a qué cosa dijo el Papa, el pasado 29 de febrero, recibiendo a la nueva embajadora de los Estados Unidos ante la Santa Sede, Mary Ann Glendon. Para Benedicto XVI, los Estados Unidos son un modelo a imitar para todos. Son el país que nació y se fundó “sobre la verdad evidente de que el Creador ha dotado a cada ser humano de derechos inalienables”, el primero de los cuales es la libertad.

Con este Papa, los Estados Unidos han dejado de estar castigados por las autoridades vaticanas. Hasta hace pocas décadas eran tachados de ser el templo del capitalismo calvinista, del consumismo, del darwinismo social, de la silla eléctrica, del gatillo fácil en cada ángulo del mundo.

Hoy estos paradigmas han sido en gran medida dejados de lado. La Iglesia de Roma ha contestado con fuerza el ataque militar al Irak de Saddam Hussein. También Benedicto XVI lo ha hecho. Pero ahora no presiona para el retiro de los soldados. Quiere que se queden allá “en misión de paz”, también en defensa de las minorías cristianas.

En cada caso el juicio general sobre los Estados Unidos ha cambiado en positivo, a la par con los juicios siempre más pesimistas sobre Europa. A la embajadora Glendon, Benedicto XVI ha dicho que admira “el aprecio histórico del pueblo estadounidense por el papel de la religión para forjar el debate público”, rol que en cambio en otras partes, léase en Europa, “es contestado en nombre de una comprensión limitada de la vida política”. Con las consecuencias que de ello derivan en relación a los puntos que a la Iglesia le interesan más, como “la tutela legal del don divino de la vida desde la concepción hasta la muerte natural”, el matrimonio, la familia.

Con los presidentes republicanos, desde Reagan a los dos Bush, la Iglesia de Roma se ha encontrado en más sintonía que con el democrático Clinton, precisamente porque los primeros se dedicaron más a tutelar la vida y a promover la libertad religiosa en el mundo. En El Cairo en 1994 y en Pequín en 1995, en las dos conferencias internacionales convocadas por la ONU sobre la cuestión demográfica y sobre la mujer, ambas con Clinton presidente, la delegación de la Santa Sede combatió tenazmente contra los Estados Unidos y Europa que querían incentivar el aborto para reducir los nacimientos en los países pobres.

'Y en Pekín quién estaba a la cabeza de la escuadra vaticana? Mary Ann Glendon, feminista convertida, docente de leyes en la Universidad de Harvard, después promovida por Juan Pablo II a presidenta de la pontificia academia de las ciencias sociales y hoy embajadora de los Estados Unidos. Su discurso penetró como espada cortante: “'La conferencia quiere contrastar las violencias sufridas por las mujeres? Es justo. Y entonces tomemos nota. Entre las violencias hay programas obligatorios de control de los nacimientos, las esterilizaciones forzadas, las presiones para abortar, la preselección de sexo y las consecuente destrucción de fetos femeninos”.

En una selección de sus ensayos que saldrá en estos días en Italia editada por Rubbettino, Mary Ann Glendon vuelve polémicamente sobre lo que ocurrió en Pekín y en los años siguientes. Acusa a los países ricos de haber acortado la bolsa de ayudas prefiriendo el camino fácil del aborto para una frenada demográfica a costo cero. Acusa por tanto a las elites laicas occidentales de haber sustituido el “lenguaje amplio, rico, equilibrado” de la Declaración universal de los derechos del hombre, por la “jerga mediocre” de los deseos individualizados sin más deber y responsabilidad. Su requisitoria la ha vuelto a publicar “L’Osservatore Romano”.

Por estos mismos motivos varias veces, en los últimos años, las autoridades vaticanas han criticado a la ONU y a la Unión Europea. Ello no quita que la Santa Sede continúe dando crédito y apoyo a las Naciones Unidas como instrumento pacífico de solución de las controversias internacionales.

En la ONU la Santa Sede está presente como “estado observador permanente”. No vota pero tiene derecho a de palabra y de réplica. Una campaña para separarla, orquestada hace algunos años por organizaciones no gubernamentales interesadas en el control de la natalidad e irritadas por la oposición vaticana, tuvo el efecto contrario. En julio del 2004 la asamblea general de la ONU aprobó por unanimidad una resolución que no sólo confirmó, sino que ha reforzado la presencia de la Santa Sede en la organización.

Desde la tribuna de la ONU Benedicto XVI hablará al mundo entero, en el cual los católicos son menos de un sexto de la población. Ni siquiera en los Estados Unidos los católicos son mayoría. Son cerca de 70 millones sobre un total de 300 millones, el 23,9 por ciento, según un muy reciente sondeo del Pew Forum on Religion & Public Life conducida sobre una muestra de 35 mil estadounidenses. Pero son sin embargo un grupo notorio, más que en Italia, y lo son dentro de un país con fuerte dominio cristiano, con índices de participación religiosa mucho más altos que en Europa.

En las presidenciales del 2004, los católicos contribuyeron no poco a la reelección de George W. Bush. Pero las jerarquías no dieron indicación de voto, ni las darán para las próximas elecciones. Los católicos pro vida se inclinan por el republicano John McCain, los pro paz y justicia por los democráticos Hillary Clinton o Barack Obama. Las autoridades de la Iglesia de todos modos aprecian que todos los candidatos den un lugar principal al factor religioso.

Porque en los Estados Unidos son así. Están a la vanguardia de la modernidad y al mismo tiempo son la nación más religiosa del mundo. Son un modelo de separación entre Iglesia y estado y al mismo tiempo un país con fuerte relevancia pública de las religiones. El sondeo del Pew Forum ha encontrado que los ateos y los agnósticos existen en cantidad muy reducida, respectivamente el 1,6 y el 2,4 por ciento, no obstante que sobre los medios parezcan mucho más numerosos y vociferantes.

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  1. http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/196448?sp=y