sábado, 28 de junio de 2008

El Papa no viste Prada sino Cristo

Desde Chiesa:

Lo escribe "L'Osservatore Romano", y explica por qué. El maestro de las ceremonias papales Guido Marini replica las objeciones contra las últimas decisiones de Benedicto XVI en materia de liturgia, desde el motu proprio hasta la cruz al centro del altar
por Sandro Magister


ROMA, 28 de junio del 2009 – "El Papa no viste Prada sino Cristo": esta es la perentoria conclusión de un artículo de "L'Osservatore Romano" de hace dos días, dirigido a defender las decisiones de Benedicto XVI en materia de vestuario litúrgico y no litúrgico. Un artículo curiosamente firmado por un casi homónimo de la celebre casa de moda, Juan Manuel de Prada.

Pero hay más en el mismo número de "L'Osservatore". Hay también una entrevista al maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias, monseñor Guido Marini, el cual – a propósito de una nueva configuración del palio usado por el Papa – responde a las reiteradas objeciones contra algunas recientes decisiones de Benedicto XVI en materia litúrgica:

– el motu proprio "Summorum Pontificum" que ha liberalizado el rito antiguo de la misa;
– la cruz colocada al centro del altar en las celebraciones papales;
– la misa celebrada en la Capilla Sixtina, sobre el antiguo altar vuelto hacia el fresco del Juicio (ver foto);
– el retorno al uso del báculo pastoral en forma de cruz;
– la comunión dada en la boca a los fieles de rodillas.

Sobre el motu proprio "Summorum Pontificum", Marini dice que no sabe si Benedicto XVI celebrará él mismo en público una misa según el rito antiguo. Y continúa:
«En cuanto al motu proprio citado, considerándolo con serena atención y sin visiones ideológicas, junto a la carta dirigida por el Papa a los obispos de todo el mundo para presentarlo, resalta una precisa doble intención. Ante todo, el de agilizar el logro de “una reconciliación en el seno de la Iglesia”; y en este sentido, como ha sido dicho, el motu proprio es un bellísimo acto de amor hacia la unidad de la Iglesia. En segundo lugar – y esto es un dato que no debe olvidarse – su objetivo es del de favorecer un recíproco enriquecimiento entre las dos formas del rito romano: de tal modo que, por ejemplo, en la celebración según el misal de Pablo VI (que es la forma ordinaria del rito romano) “podrá manifestarse de modo más fuerte de cuanto no lo es frecuentemente hasta ahora, la sacralidad que atrae a muchos a la usanza antigua” ».

Sobre la cruz puesta al centro del altar Marini dice:
«Ella indica la centralidad del Crucificado en la celebración eucarística y la orientación exacta que toda la asamblea está llamada a tener durante la liturgia eucarística: no se ve el objeto, sino a Aquel que ha nacido, muerto y resucitado por nosotros, el Salvador. Del Señor viene la salvación, Él es el Oriente, el Sol que nace al que todos debemos dirigir la mirada, del que todos debemos acoger el don de la gracia. La cuestión de la orientación litúrgica en la celebración eucarística, y el modo también práctico en que esta toma forma, tiene gran importancia, porque con ello es introducido un fundamental dato que es a la vez teológico y antropológico, eclesiológico e inherente a la espiritualidad personal».

Sobre la celebración en el antiguo altar dirigido hacia el Juicio, en la Capilla Sixtina, Marini explica:
«En las circunstancias en las que la celebración ocurre según esta modalidad, no se trata tanto de dirigir la espalda a los fieles, sino más bien de orientarse junto a los fieles hacia el Señor. Desde este punto de vista “no se cierra la puerta a la asamblea”, sino “se abre la puerta a la asamblea” conduciéndola al Señor. Se pueden verificar particulares circunstancias en las cuales, por motivo de las condiciones artísticas del lugar sagrado y de la singular belleza y armonía, sea recomendable celebrar en el altar antiguo, donde por lo demás se conserva la exacta orientación de la celebración litúrgica. No se nos debería sorprender: basta con ir a la basílica de San Pedro en la mañana y ver cuantos sacerdotes celebran según el rito ordinario que emanado de la reforma litúrgica, pero sobre altares tradicionales y por lo mismo orientados como el de la Capilla Sixtina ».

Sobre el uso del báculo pastoral en forma de cruz, Marini dice:
«El báculo pastoral dorado en forma de cruz griega — que perteneció al beato Pío IX y usado por vez primera por Benedicto XVI en la celebración del Domingo de Ramos de este año — ahora es usado constantemente por el pontífice, que ha considerado sustituir el de plata con el crucifijo encima, introducido por Pablo VI y utilizado también por Juan Pablo I, Juan Pablo II y por él mismo. Tal decisión no significa simplemente un retorno a lo antiguo, sino que testimonia un desarrollo en la continuidad, un enraizarse en la tradición que permite proceder ordenadamente en el camino de la historia. Este báculo pastoral, denominado “férula”, responde efectivamente en modo más fiel a la forma del báculo papal típico de la tradición romana, que siempre ha sido en forma de cruz y sin crucifijo, por lo menos desde cuando el báculo comenzó a usarse por los romanos pontífices ».

En relación a la comunión dada por el Papa en la boca a los fieles arrodillados – en la reciente visita a Santa Maria de Leuca y Brindisi – Marini afirma que se hará "práctica habitual en las celebraciones papales". Y continúa:
«Al respecto es necesario no olvidar que la distribución de la comunión en la mano sigue siendo aún hoy, desde el punto de vista jurídico, un indulto a la ley universal, concedido por la Santa Sede a aquellas conferencias episcopales que lo hayan solicitado. La modalidad adoptada por Benedicto XVI tiende a subrayar la vigencia de la norma válida para toda la Iglesia. Adicionalmente se podría quizá ver también una preferencia por el uso de tal modalidad de distribución que, sin quitar nada a la otra, evidencia mejor la verdad de la presencia real en la Eucaristía, ayuda a la devoción de los fieles, introduce con más facilidad al sentido de misterio. Aspectos que, en nuestro tiempo, pastoralmente hablando, es urgente subrayar y recuperar».

En resumen, a quien acusa a Benedicto XVI de querer “imponer así modelos preconciliares” Marini replica:
«En lo que respecta a términos como “preconciliar” y “postconciliar” utilizados por algunos, me parece que pertenecen a un lenguaje ya superado y, si son usado con la intención de indicar una discontinuidad en el camino de la Iglesia, considero que están equivocados y típicos de visiones ideológicas muy reductivas. Hay “cosas antiguas y cosas nuevas” que pertenecen al tesoro de la Iglesia de siempre y que como tales se deben considerar. El sabio sabe encontrar unas y otras en su tesoro, sin valerse de otros criterios que no sean los evangélicos y eclesiales. No todo lo que es nuevo es verdad, como por otra parte tampoco lo es todo lo que es antiguo. La verdad atraviesa lo antiguo y lo nuevo y es a ella a la que debemos tender sin preconcepciones. La Iglesia vive según la ley de la continuidad en virtud de la cual sabe de un desarrollo radicado en la tradición. Lo que más importa es que todo concurra para que la celebración litúrgica sea de verdad la celebración del misterio sagrado, del Señor crucificado y resucitado que se hace presente en su Iglesia actualizando nuevamente el misterio de la salvación y llamándonos, en la lógica de una auténtica y activa participación, a compartir hasta las extremas consecuencias su misma vida, que es vida de donación de amor al Padre y a los hermanos, vida de santidad».

Está fuera de dudas que las posturas expresadas por el actual maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias reflejan fielmente el pensamiento de Benedicto XVI. Para darse cuenta de ello basta volver a leer, por ejemplo, un libro publicado por Joseph Ratzinger en el 2001: “Introducción al espíritu de la liturgia”

En aquel libro Ratzinger escribía que la solución a tantos actuales “absurdos” litúrgicos no está en cambiar nuevamente todo, porque “nada es más dañino para la liturgia que poner continuamente todo de cabeza”

Pero a propósito de la orientación de la liturgia y de la cruz al centro del altar mostraba tener ideas muy claras:

«Antiguamente la dirección hacia oriente se encontraba en estrecha relación con el “signo del Hijo del hombre, con la cruz, que anuncia el regreso del Señor. El oriente fue por tanto puesto muy pronto en relación con el signo de la cruz. Donde no es posible dirigirse todos juntos hacia oriente en manera evidente, la cruz puede servir como el oriente interior de la fe. Ella debería encontrarse al centro del altar y ser el punto al que dirigen la mirada tanto el sacerdote como la comunidad orante. En tal modo seguimos la antigua exhortación pronunciada al inicio de la Eucaristía. “Conversi ad Dominum”, volveros al Señor. Miramos juntos a Aquel cuya muerte ha roto el velo del templo, a Aquel que esta ante el Padre a favor nuestro y nos estrecha entre sus brazos, a Aquel que hace de nosotros templos vivos. Entre los fenómenos verdaderamente absurdos de nuestro tiempo yo cuento el hecho de que la cruz sea colocada a un lado del altar para dejar que los fieles puedan mirar libremente al sacerdote. ¿Pero la cruz, durante la Eucaristía, representa una molestia? ¿El sacerdote es más importante que el Señor? Este error debería ser corregido lo antes posible, y esto puede ocurrir sin nuevas intervenciones arquitectónicas. El Señor es el punto de referencia. Es Él el sol naciente de la historia. Puede tratarse tanto de la cruz de la pasión, que representa a Jesús sufriente que deja atravesar su costado por nosotros, del que brotan sangre y agua – la Eucaristía y el Bautismo – como también de una cruz triunfal, que expresa la idea del retorno de Jesús y llama la atención sobre ello. Porque es Él, de todos modos, el único Señor: Cristo ayer, hoy y eternamente».

Desde entonces Ratzinger no ha modificado ni una letra de estos juicios suyos. Ni los calla.

En efecto, el pasado 22 de marzo, en la misa de la vigilia de Pascua en la basílica de San Pedro, Benedicto XVI concluyó su homilía volviendo a proponer precisamente la exhortación "Conversi ad Dominum". Así:

«En la Iglesia antigua existía la costumbre de que el obispo o el sacerdote después de la homilía exhortara a los creyentes exclamando: "Conversi ad Dominum" – volveos ahora hacia el Señor. Eso significaba ante todo que ellos se volvían hacia el Este – en la dirección del sol naciente como señal del retorno de Cristo, a cuyo encuentro vamos en la celebración de la Eucaristía. Donde, por alguna razón, eso no era posible, dirigían su mirada a la imagen de Cristo en el ábside o a la Cruz, para orientarse interiormente hacia el Señor. Porque, en definitiva, se trataba de este hecho interior: de la "conversio", de dirigir nuestra alma hacia Jesucristo y, de ese modo, hacia el Dios viviente, hacia la luz verdadera. A esto se unía también otra exclamación que aún hoy, antes del Canon, se dirige a la comunidad creyente: "Sursum corda" – levantemos el corazón, fuera de la maraña de todas nuestras preocupaciones, de nuestros deseos, de nuestras angustias, de nuestra distracción – levantad vuestros corazones, vuestra interioridad. Con ambas exclamaciones se nos exhorta de alguna manera a renovar nuestro Bautismo: "Conversi ad Dominum" – siempre debemos apartarnos de los caminos equivocados, en los que tan a menudo nos movemos con nuestro pensamiento y obras. Siempre tenemos que dirigirnos a Él, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Siempre hemos de ser "convertidos", dirigir toda la vida a Dios. Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea sustraído de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo, y levantarlo interiormente hacia lo alto: en la verdad y el amor. En esta hora damos gracias al Señor, porque en virtud de la fuerza de su palabra y de los santos Sacramentos nos indica el itinerario justo y atrae hacia lo alto nuestro corazón»
  1. http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/205488?sp=y