lunes, 2 de febrero de 2009

Un infierno light, por Rev. P. Carlos Miguel Buela i.v.e

Así como hay cerveza sin alcohol, café sin cafeína, sal sin sodio, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, hombres sin sustancia y sin humanidad, o sea, "sin fundamento, sin misión, sin fin último"[1]; y estos son todos productos "light"; así existen, también, cristianos "light" que son partidarios de un infierno "light".

Nos podemos preguntar, ¿qué es un infierno "light"? Es un "infierno" carenciado. Es un infierno "liviano": sin pena de daño, sin pena de sentido, sin eternidad y/o sin habitantes. Sobre la base de estas cuatro carencias las variantes son muchas y las hay para todos los gustos. Algunos son plenamente "light" y sostienen las cuatro negaciones, otros son más medidos y aceptan sólo algunas variantes "light" o les ponen atenuantes.

En muchos textos de la Sagrada Escritura se fundamentan las verdades reveladas acerca del infierno. Pero, para mi intento, son suficientes tan sólo dos mitades de dos versículos. Se enseña la pena de daño, o sea, la privación de la vista de Dios, en "Apartaos de mí, malditos,..." (Mt 25, 41); la pena de sentido, o sea, el sufrimiento que proviene de cosas sensibles, en " ...id al fuego..." (id); la eternidad de las penas, que no terminarán jamás, en "...eterno." (id); y acerca de sus habitantes: "Éstos irán al castigo eterno..." (Mt 25, 46). Para los que tenemos el convencimiento de que la Biblia es Palabra de Dios, no son necesarios más textos. Serán los cuatro puntos de la primer parte de este artículo.

1ra. parte.
I. La privación de la vista de Dios o pena de daño.

Ésta es la pena esencial del infierno. Si con la imaginación más tropical y el corazón más calenturiento imaginásemos las torturas más refinadas e increíbles, las penas de sentido más espantosas que jamás se hayan pensado, y si aún dejásemos como nenes de pecho a la imaginería barroca acerca del infierno, a la tortura china y a los modernos torturadores con sus refinadas técnicas, si el infierno tuviese todos esos tormentos sensibles incluso elevados a la enésima potencia, pero si no hubiese pena de daño, el infierno no sería infierno sino más bien paraíso, ya que se vería a Dios. Por el contrario, si en el infierno no hubiese pena de sentido, pero sí privación de la vista de Dios, el infierno sería infierno y tan insufrible como el que tuviese los más espantosos y horribles castigos infligidos por las creaturas.

Lo más dramático del infierno no es lo que más asusta a la mayoría, a saber, las penas sensibles. Lo que aterra del infierno es no ver a Dios: "...no los conocerá aquel Dios a quien no quisieron conocer en la vida"[2]. Por eso decía sabiamente San Alfonso, Doctor de la Iglesia: "todas las demás penas apenas si son penas comparadas con esta pena"[3]. Ni el "fuego inextinguible"[4], ni el pestilencial olor, ni la companía insoportable de los demonios y de los otros condenados, ni el lugar espantoso[5], ni el tormento de los sentidos corporales internos y externos, ni el "gusano que no muere"[6] roedor de la conciencia, ni "el llanto y crujir de dientes"[7], ni "las tinieblas exteriores"[8], ni ninguna otra de estas cosas, ni todas ellas juntas, forman el infierno, sino el haber perdido a Dios.

Dicho de otra manera, ¿cuál es el bien que pierde el condenado? Pierde a Dios que es un Bien infinito. El dolor y la pena son, por tanto, infinitos[9]. Lo formal del castigo es estar alejados de Dios. Así como el dolor sustancial de la Pasión del Señor son los dolores interiores y no los sensibles, así como en el temor de Dios es más importante el temor filial y el temor servil debe conducirnos a ese[10], así como en la penitencia lo esencial es el dolor interior por los pecados cometidos y la penitencia externa es sólo fruto y acicate para la interna -y si no fuese así no serviría para nada, pudiendo incluso ser pecado-[11], así, de manera parecida, es la pena de daño respecto de la pena de sentido.

Claro que esto al mundano no le llama la atención, ya que de hecho en esta tierra vive como si Dios no existiese y esa futura lejanía de Dios ni le preocupa, porque la imagina como una prolongación de la lejanía placentera y actual de Dios. Claro que esto al pecador que vive revolcándose en el retortero de innumerables pecados esto no le preocupa, ya que de hecho vive ofendiendo siempre a Dios y esas ofensas le parece que no le acarrean ningún castigo ahora, prolongando hacia el futuro en su imaginación esa ausencia -aparente- de castigo. Claro que esto no lo ve el que vive en las tinieblas de su casi invencible estupidez y por su misma estupidez es incapaz de abrir los ojos. Claro que esto no lo ven quienes viven sumergidos en la fugacidad del tiempo que pasa, en los miles de productos de los supermercados que ansían y en el ensimismamiento de su voluntad permisiva. El tiempo les impide ver la eternidad, el tener les obstaculiza captar la primacía del ser y el creerse los autores de su libertad a no notar la presente esclavitud, ni temer la futura inexorable; su materialismo les impide considerar la posibilidad de un castigo esencialmente espiritual. En última instancia, la pérdida del sentido de Dios, los lleva a la pérdida del sentido del pecado, y ésta los lleva a no percibir la realidad del justo castigo por el pecado.

Niegaan el infierno los que primero han deformado o negado a Dios, en algunas de sus carácterísticas, como ser personal, espíritu puro, libre, providente y trascendente. Cuando no hay Dios no hay forma de trascender los horizontes de este mundo y el hombre queda clauso en la concreción de la inmanencia. La realidad del infierno es demasiado clamorosa para quien ignora que tiene un verdadero Padre en los cielos. En su libro "Discusión", Jorge Luis Borges, sostiene "la blasfemia de decir que todo el que cree en el infierno "es irreligioso", con lo que caen en la Irreligión casi toda la Humanidad, menos Borges; e inclusive Jesucristo..."[12]. Algunos nunca encontraron la salida de sus tortuosos laberintos interiores.

Lo espantoso de la pena de daño sólo lo comprenden aquí en la tierra las almas santas y fervorosas. Los mundanos, los que viven en pecado, lo comprenderán tarde, sólo se les abrirán los ojos cuando entiendan que, por culpa propia, perdieron un Bien infinito.

NOTAS
[1] cfr. Dr. Mario Caponetto, La Kábala y el gnosticismo, AICA, nº2063, 3 de julio de 1996, pág. 21. Antes les decíamos "tilingos".
[2] San Agustín, Serm. 251, E.B. app.: "Ultra nescientur a Deo, qui Deum scire noluerunt".
[3] Obras ascéticas, BAC, Madrid, T.II, pág. 669.
[4] cfr. Mc 9, 42; Lc 3, 17; etc.
[5] Llamado abismo (Lc 8, 31; Ap 9, 11; 20, 1-3), horno de fuego (Mt 13, 42 y 50), estanque de fuego y azufre (Ap 19, 20; 20, 9.15; 21, 8), fuego eterno (Mt 18, 8; 25, 41), perdición, destrucción (Mt 7, 13; Fil 3, 19; 1Tim 6, 9; 2 Tes 1, 9), muerte segunda ( Rom 6, 21; Ap 20, 6. 14; 21, 8), tártaro (2 Ped 2, 4), fuego inextinguible, tinieblas exteriores, etc.
[6] cfr. Is 66, 24; Jud 16, 21; Eclo. 7, 19 y Mc 9, 43 ss.
[7] cfr. Mt 15, 50; etc.
[8] cfr. Mt 8,12; 22, 13; 25, 30; etc.
[9] Santo Tomás, S.Th.,1-2, 87, 4: "Poena damni est infinita, quia est amissio boni infiniti".
[10] cfr. San Ignacio de Loyola, Exercicios Spirituales, [370].
[11] idem, [82].
[12] Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Dictio, Bs. As., 1977, pág. 489.
  1. http://www.padrebuela.com.ar/pag_res.asp?id=170