viernes, 7 de marzo de 2008

"Oremus et pro Iudaeis"


"Oremus et pro Iudaeis"
Mons. Gianfranco Ravasi.

Un día Kafka respondió a su amigo Gustav Janouch que lo interrogaba sobre Jesús de Nazaret: “Es un abismo de luz. Es necesario cerrar los ojos para no caer en él”. La relación entre los judíos y este “hermano mayor” suyo, como lo había curiosamente llamado el filósofo Martin Buber, ha sido siempre intensa y atormentada, reflejando también la bastante más compleja y afligida relación entre judaísmo y cristianismo. Quizá, aunque sea en la simplificación de la fórmula, es sugerente el humor de Shalom Ben Chorin en su ensayo que lleva por título emblemático “Hermano Jesús”, del 1967: “La fe de Jesús nos une a los cristianos, pero la fe en Jesús nos divide”. Hemos querido reconstruir este telón de fondo, en realidad mucho más vasto y variado, para situarnos en modo más coherente frente al nuevo “Oremus et pro ludaeis” para la liturgia del Viernes Santo. No hay necesidad de repetir que se trata de una intervención sobre un texto ya codificado y de uso específico, referente a la Liturgia del Viernes Santo según el “Missale Romanum” en la redacción promulgada en el 1962 por el beato Juan XXIII, ante de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Un texto, por lo tanto, ya cristalizado en su redacción y circunscrito en su uso actual, según las ya conocidas disposiciones contenidas en el motu proprio de Benedicto XVI “Summorum Pontificum” de julio del 2007. Dentro del nexo que une íntimamente el Israel de Dios y la Iglesia buscamos individualizar las características teológicas de esta oración, en diálogo también con las reacciones severas que ella ha suscitado en ámbito judío.

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La primera es una consideración “textual” en sentido estricto: recuérdese, en efecto, que el vocablo “textus” remite a la idea de un “tejido” que es elaborado con diferentes hilos. Entonces, las casi treinta palabras latinas sustanciales del Oremus es totalmente fruto de “hacer tejido” de expresiones neotestamentarias. Se trata, por lo tanto, de un lenguaje que pertenece a la Sagrada Escritura, estrella de referencia de la fe y de la oración cristiana. Ante todo se invita a rezar para que Dios “ilumine los corazones”, para que así también los hebreos “reconozcan a Jesucristo como salvador de todos los hombres”. Ahora, que Dios Padre y Cristo puedan “iluminar los ojos de la mente” es un deseo que san Pablo ya destina a los mismos cristianos de Éfeso de origen tanto judío como pagano (Ef 1,18; 5,14). La gran profesión de fe en “Jesucristo salvador de todos los hombres” está engarzada en la Primera Carta a Timoteo (4,10), pero también está confirmada en forma análoga por otros autores neotestamentarios, como por ejemplo, el Lucas de los Hechos de los Apóstoles que pone en boca de Pedro este testimonio frente al Sanedrín: “En ningún otro hay salvación; a los hombres no se les ha dado otro nombre bajo el cielo por el cual puedan ser salvados” (Hch 4,12). Hasta aquí, este es el horizonte que la oración propia y verdadera delinea: se pide a Dios, “que quiere que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad”, que haga “que, con el ingreso de la plenitud de las gentes en la Iglesia, también todo Israel se salve”. En alto se eleva la solemne epifanía de Dios omnipotente y eterno cuyo amor es como un manto que se amplía sobre toda la humanidad: Él, en efecto, se lee también en la Primera Carta a Timoteo (2,4), “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. A los pies de Dios se mueve, en cambio, una suerte de grandiosa procesión planetaria, que está conformada por toda nación y cultura y que ve a Israel casi en un lugar privilegiado, con una presencia necesaria. Es también el apóstol Pablo que concluye la celebre sección de su obra maestra teológica, la Carta a los Romanos – dedicada al pueblo judío, el olivo genuino sobre el cual hemos sido engarzados – con esta visión, cuya descripción está “entretejida” a base de citaciones proféticas y de los salmos: la espera de la plenitud de la salvación, “está en acto hasta que hayan entrado todas las gentes; entonces todo Israel será salvado como está escrito: De Sión saldrá el libertador, él quitará la impiedad de Jacob. Será esta mi alianza con ellos cuando destruiré sus pecados” (Rom 11,25-27). Una oración, pues, que responde al método compositivo clásico en la cristiandad: “tejer” las invocaciones en base a la Biblia, en modo tal que queden trenzadas íntimamente el creer y el rezar, la “lex credendi” y la “lex orando”.

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Hasta aquí podemos proponer una segunda reflexión más estrictamente sobre los contenidos. La Iglesia reza por tener junto a sí en la única comunidad de los creyentes en Cristo también al Israel fiel. Es lo que esperaba como gran esperanza escatológica, o sea como última meta de la historia, San Pablo en los capítulos 9 a 11 de la Carta a los Romanos a la que hacíamos referencia antes. Es lo que el mismo Concilio Vaticano II proclamaba cuando, en la constitución sobre la Iglesia, afirmaba que “aquellos que todavía no han acogido el Evangelio en varios modos son ordenados a ser pueblo de Dios, y en primer lugar el pueblo al cual fueron dados los testamentos y las promesas y del cual nació Cristo según la carne, pueblo en virtud de la elección muy querido a razón de los padres, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Lumen Gentium, 16). Esta intencional esperanza es obviamente propia de la Iglesia que tiene al centro, como fuente de salvación a Jesucristo. Para el cristiano Él es el Hijo de Dios y es el signo visible y eficaz del amor divino, porque como había dicho aquella noche Jesús a “un jefe de los judíos”, Nicodemo, “Dios ha amado tanto al mundo que hasta dar a su Hijo unigénito, y no lo ha mandado para juzgar el mundo sino para que el mundo se salve por medio de Él” (cfr. Jn 3, 16-17). Es, pues, por Jesucristo, el hijo de Dios y por medio de Israel, que emana la onda purificadora y fecundante de la salvación, por lo que se puede decir también en última instancia, como hace el Cristo de Juan, que “la salvación viene de los judíos” (4, 22). El estuario de la historia esperado por la Iglesia radica pues en aquella fuente. Lo repetimos: esta es la visión cristiana y es la esperanza de la Iglesia que reza. No es una propuesta programática de adhesión teórica ni una estrategia misionera de conversión. Es la actitud característica de la invocación orante según la cual se desea también a las personas que se consideran cercanas, queridas y significativas, una realidad que se considera preciosa y salvífica. Escribía un importante exponente de la cultura francesa del siglo XX, Julien Green, que “siempre es bello y legítimo augurar al otro lo que es para ti un bien o una alegría: si piensas en hacer un verdadero regalo, no frenes tu mano”. Cierto, esto debe suceder siempre respetando la libertad y los diferentes recorridos que el otro adopta. Pero es expresión de afecto desear también al hermano lo que tú consideras un horizonte de luz y de vida. Es en esta perspectiva que también el Oremus en cuestión, aún en su limitación de uso y en su especificidad, puede y debe confirmar nuestro vínculo y el diálogo con “aquel pueblo con el que Dios se dignó de establecer la Antigua Alianza”, nutriéndonos “de su raíz de olivo bueno sobre la que son injertados los ramos de olivo silvestre que somos nosotros los gentiles” (Nostra aetate, n.4). Y como rezará la Iglesia el próximo Viernes Santo según la liturgia del Misal de Pablo VI, la común y última esperanza es que “el pueblo primogénito de la alianza con Dios pueda alcanzar la plenitud de la redención”.
  1. http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/193041?sp=y