sábado, 4 de abril de 2009

Domingo de Ramos

"Semana Santa" y "Semana Mayor" llama la Liturgia a la última semana de Cuaresma, porque en ella se conmemoran los misterios más santos y más augustos de nuestra Religión. Son días de luto, pero de un luto reconfortador, pues recuerdan la muerte afrentosísima del Hombre-Dios, y por ella nuestra redención. ¡Cuán al vivo nos pintan los Oficios de estos días la perversidad y la ingratitud de los hombres para con Dios, y la mansedumbre y el amor entrañable de Jesús para con la humanidad!

Hay ceremonias en esta Semana como para conmoverse y llorar, ora de alegría, ora de conmiseración. Recorrámoslas rápidamente, aunque sólo sea para formárnos una idea general del bello panorama que la Iglesia va a ofrecer a la vista de sus hijos.

1. Domingo de Ramos.

Antes de prestarse a ser crucificado, Jesucristo desea ser proclamado Rey por el mismo pueblo deicida, y por eso entra hoy triunfante en Jerusalén.

La Liturgia de este día: es una mezcla de alegría y de tristeza. Hay que notar en ella tres particularidades:

a) la Bendición de los Ramos;
b) la ProcesIón,
c) la Misa.

a) La Bendición de los Ramos.
Precede a la Misa, con la que, a primera vista, se confunde; pues tiene como ella: Intróito, Colecta, Epístola, Gradual, Evangelio, Prefacio y Sanctus, a continuación del cual vienen, en lugar del Canon, las oraciones de la Bendición. Una vez benditos los ramos, el celebrante los rocía con agua bendita y los inciensa, y al compás del canto de las antífonas "Pueri hebraeorum", que recuerdan los vítores de los niños hebreos, se hace la distribución. Al recibirlo, los fieles han de besar el ramo y la mano del sacerdote.

El rito de la Bendición de los Ramos responde fielmente al tipo antiguo de las synaxis alitúrgicas, tenidas, a imitación de las celebrarlas por los judíos en sus sinagogas, para la recitación del Oficio Divino, para la edificación e instrucción de los fieles, etc., pero sin la ofrenda del Santo Sacrificio.

b) La Procesión.
Acabada la distribución, se forma y desfila la procesión, que semeja un paseo triunfal. Es de origen muy antiguo y una como continuación de la que, ya en el siglo IV, se realizaba en Jerusalén, con asistencia de toda la ciudad y de los mismos monjes de la Laura de Pharan, y presidida por el obispo, quien, para mejor representar a Nuestro Señor, cabalgaba montado en un jumento. Todos los que toman parte en la procesión, llevan en sus manos las palmas o ramos benditos, y los cantores entonan cánticos alusivos al triunfo de Jesucristo. Al llegar, de regreso, a las puertas del templo, la comitiva las encuentra cerradas. Detiénese ante ellas, y oye que en el interior voces infantiles entonan un himno, cuyo estribillo repiten los de afuera, como entrelazándose en un porfiado diálogo en alabanza de Cristo Rey.

Es el célebre himno "Gloria, laus..." compuesto, en el siglo IX, según se cree, por Teodulfo, obispo de Orleans estando prisionero en Angers por orden del rey Luis el Bueno, y cantado por él, o por un coro de niños por él preparados, en el preciso momento de pasar el rey por delante de la cárcel acompañando a la Procesión de Ramos.

Terminado el himno, el subdiácono pide la entrada en el templo para él y para toda la comitiva golpeando la puerta con la Cruz procesional, y los de adentro los reciben al son de nuevos cánticos.

Este rito representa la entrada de Jesucristo en el cielo cuyas puertas, cerradas por el pecado, tuvo Él que abrirlas por virtud de la Santa Cruz, siendo recibido por los Ángeles al son de músicas y cánticos.

c) La Misa
Con la procesión se extingue nota alegre y triunfante de este día, y se apodera del templo y de los Oficios litúrgicos un sentimiento de profundo dolor. Este llega a su colmo en el canto de la historia de la Pasión según San Mateo, que reemplaza al pasaje acostumbrado del Evangelio.

En señal de duelo, no se inciensa el Misal ni los acólitos llevan ciriales como de ordinario. Los fieles están de pie y con 1as palmas y ramos benditos en las manos, como para vitorear a Cristo, mientras los judíos lo escarnecen. La cantan en tono muy severo y con música del Maestro Victoria, contemporáneo de Palestrina, retocada últimamente por los monjes de Solesmes. Está distribuida en forma de diálogo, en el que intervienen como actores: Jesucristo (+), el Cronista (C), y la Sinagoga (S), por la que habla el tercer Diácono siempre que media en la conversación un personaje aislado, y el Coro o asamblea de fieles cuando son varios o todo el pueblo en tumulto. Al anunciar el Cronista la muerte del Señor, el clero y los fieles se prosternan en tierra, por breves instantes, para adorar al Redentor. Prosigue el relato de lo sucedido después de la muerte, reservando la última parte para el Diácono de oficio, a quien corresponde el canto del Evangelio en todas las misas solemnes.
  1. http://ar.geocities.com/misa_tridentina/t_cuaresma/semana_santa.html