lunes, 15 de junio de 2009

Por obra del Espíritu Santo IV, Rev. P. José María Iraburu

El Padre, principio sin principio

«Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible». Creo en Dios Padre, origen único de todo cuanto existe, eterno y omnipotente, infinitamente bueno y santo, que no tiene principio y que es principio de todo, pues de Él proceden eternamente el Hijo y el Espíritu Santo, y de los Tres procede el mundo, por creación admirable.

«Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en el que no se da mudanza ni sombra de alteración» (Sant 1,17).

La generación del Hijo

«Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero.

«Engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien todo fue hecho; que, por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre» (Credo, Nicea 325: Dz 54/125).

-El Hijo del Padre. Como los primeros discípulos, nos preguntamos también nosotros acerca de la misteriosa identidad personal de Jesús: «¿quién es éste?» (Mc 4,41)... Éste, en palabras del ángel Gabriel, «será reconocido como Hijo del Altísimo, será llamado Santo, Hijo de Dios» (Lc 1,32.35). Y en palabras de Simón Pedro: él es «el Mesías, el Hijo del Dios viviente» (Mt 16,16).

Cuando los Apóstoles dicen que Jesús es el Hijo de Dios quieren decir que Jesús es «la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra...; todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia. Él es también la Cabeza del cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el primogénito de los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos» (Col 1,15-20; +Flp 2,5-9; Heb 1,1-4; Jn 1,1-18).

«En Cristo habita la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9). La unión existente entre Dios y Jesús no es sólamente una unión de mutuo amor, de profunda amistad, una unión de gracia, como la hay en el caso del Bautista o de María, la Llena de gracia. Es mucho más que eso: es una unión hipostática, es decir, personal, en la persona. Así lo confiesa el concilio de Calcedonia (a.451):

Jesucristo es «el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente y el mismo verdaderamente hombre... Engendrado por el Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María la Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad» (Dz 148/301).

Cristo Jesús es, pues, el hombre celestial (1Cor 15,47), y Él es consciente de que es mayor que David (Mt 22,45), anterior a Abraham (Jn 8,58), más sabio que Salomón (Mt 12,42), bajado del cielo (Jn 6,51), para instaurar entre los hombres el Templo definitivo (2,19). Esta condición divina de Jesús, velada y revelada en su humanidad sagrada, se manifiesta en el bautismo (Mt 3,16-17), en la transfiguración (17,1-8), en la autoridad de sus palabras, en la fuerza prodigiosa de sus acciones y milagros. Jesús, en efecto, hizo muchos milagros (Jn 20,30; 21,25).

Y los apóstoles en su predicación atestiguaron con fuerza los milagros de Jesús, para suscitar la fe de los hombres: «Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret, varón acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por él en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis»... (Hch 2,22; +10,37-39).

-Jesucristo es precisamente «el Hijo» de Dios Padre. Toda la fisonomía de Jesús es netamente filial. Pensemos en la analogía de la filiación humana. El hijo recibe vida de su padre, una vida semejante a la de su padre, de la misma naturaleza. Incluso el hijo suele ser semejante al padre en ciertos rasgos peculiares psíquicos y somáticos. Al paso de los años, el hijo se emancipa de su padre, hasta hacerse una vida independiente -y no será raro que el padre anciano pase a depender del hijo-.

Según esto, ya se entiende que la analogía padre-hijo, que parte de nuestra experiencia humana, resulta muy pobre para expresar la plenitud de filiación del Unigénito divino respecto de su Padre. Esta filiación divina es infinitamente más real, más profunda y perfecta. El Hijo recibe una vida no solo semejante, sino una vida idéntica a la del Padre. Él no solo es semejante, sino que es idéntico al Padre. Y por otra parte, el Hijo es eternamente engendrado por el Padre, es decir, recibe siempre todo del Padre, en una dependencia filial absoluta, que implica un infinito amor mutuo, y que al paso del tiempo no disminuye en modo alguno.

El Padre ama al Hijo (Jn 5,20; 10,17), y el Hijo ama al Padre (14,31): hay entre ellos una unidad perfecta (14,10). Jesús nunca está solo, sino que está con el Padre que le ha enviado (8,16). El pensamiento del Hijo, su enseñanza, depende siempre del Padre (5,30); y lo mismo su actividad: nada hace el Hijo sino aquello que el Padre le va dando hacer (14,10).

-El testimonio de los Padres. Escuchemos únicamente la palabra venerable de uno de los más antiguos Padres de la Iglesia, San Ireneo de Lyon (+200), pastor, teólogo y mártir. Él es nieto de los Apóstoles, pues en su juventud es discípulo de San Policarpo de Esmirna (+155), que escucha directamente a aquéllos:

«Nadie puede conocer al Padre sin el Verbo de Dios, esto es, si no se lo revela el Hijo, ni conocer al Hijo sin el beneplácito del Padre...

«Ya por el mismo hecho de la creación, el Verbo revela a Dios creador; por el hecho de la existencia del mundo, revela al Señor que lo ha fabricado; por la materia modelada, al Artífice que la ha modelado y, a través del Hijo, al Padre que lo ha engendrado [...] También el Verbo se anunciaba a sí mismo y al Padre a través de la ley y de los profetas [...]. Y el Padre se mostró a sí mismo, hecho visible y palpable en la persona del Verbo[...], pues la realidad invisible que veían en el Hijo era el Padre, y la realidad visible en la que veían al Padre era el Hijo...

«En este sentido decía el Señor: "Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27)» (Contra las herejías 4,6: 3.5.6.7).

-Explicación teológica. Un gran maestro de espiritualidad, el benedictino dom Columba Marmion (+1923), fiel discípulo de Santo Tomás, expresa así la catequesis teológica tradicional sobre la inefable generación eterna y temporal del Hijo:

«He aquí una maravilla que nos descubre la divina revelación: en Dios hay fecundidad, posee una paternidad espiritual e inefable. Es Padre, y como tal, principio de toda la vida divina en la Santísima Trinidad. Dios, Inteligencia infinita, se comprende perfectamente. En un solo acto ve todo lo que es y todo cuanto hay en Él; de una sola mirada abarca, por decirlo así, la plenitud de sus perfecciones, y en una sola Idea, en una Palabra, que agota todo su conocimiento, expresa ese mismo conocimiento infinito. Esa idea concebida por la inteligencia eterna, esa palabra por la cual Dios se expresa a sí mismo, es el Verbo. La fe nos dice también que ese Verbo es Dios, porque posee, o mejor dicho, es con el Padre una misma naturaleza divina.

«Y porque el Padre comunica a ese Verbo una naturaleza no sólo semejante, sino idéntica a la suya, la Sagrada Escritura nos dice que lo engendra, y por eso llama al Verbo el Hijo. Los libros inspirados nos presentan la voz inefable de Dios, que contempla a su Hijo y proclama la bienaventuranza de su eterna fecundidad: "entre esplendores sagrados, yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora" (Sal 109,2); "Tú eres mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias" (Mc 1,11).

«Ese Hijo es perfecto, posee con el Padre todas las perfecciones divinas, salvo la propiedad de "ser Padre". En su perfección iguala al Padre por la unidad de naturaleza. Las criaturas no pucden comunicar sino una naturaleza semejante a la suya: simili sibi. Dios engendra a Dios y le da su propia naturaleza, y, por lo mismo, engendra lo infinito y se contempla en otra persona que es igual, y tan igual, que entrambos son una misma cosa, pues poseen una sola naturaleza divina, y el Hijo agota la fecundidad eterna; por lo cual es una misma cosa con el Padre: Unigenitus Dei Filius... "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn 10,30).

«Finalmente, ese Hijo muy amado, igual al Padre y, con todo, distinto de Él y persona divina como Él, no se separa del Padre. El Verbo vive siempre en la Inteligencia infinita que le concibe; el Hijo mora siempre en el seno del Padre que le engendra» (Jesucristo en sus misterios, 3,1).

  1. http://www.gratisdate.org/nuevas/espsanto/default.htm
  2. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/por-obra-del-espiritu-santo-i-rev-p.html
  3. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/por-obra-del-espiritu-santo-ii-rev-p.html
  4. http://catolicosapostolicosyromanos.blogspot.com/2009/05/por-obra-del-espiritu-santo-iii-rev-p.html